Entre pompas de jabón: la tensión superficial y otras tensiones de Agnes Pockels Alborotadoras de saberes, Cuerpos

Agnes Pockels, ama de casa y cuidadora, fue pionera de un nuevo campo de la ciencia: el estudio de la tensión superficial. Fue la primera mujer en obtener un doctorado honoris causa en Ingeniería sin poner un pie en la Universidad. El alcance de sus investigaciones está en la base de un Premio Nobel de Química, en el que ni la mencionaron.

Nines Alquézar Castillo

Agnes Pockels.

Agnes Pockels.

Entre las pompas de jabón encontró Agnes Pockels inspiración. Fregando platos desde su cocina descubrió cómo influyen las impurezas, como las grasas, en propiedades de los líquidos, como la llamada tensión superficial. Tuvo el mérito de hacerlo desde la asunción del trabajo reproductivo, asociado al rol de cuidadora como tantas mujeres de antes y ahora.

Pockels cumplió los imperativos sociales que le asignaba el rol de mujer de su época, en la Alemania de la Primera Guerra Mundial, desarrollando paralelamente una experimentación científica por la que le otorgarían, tres años antes de su muerte, un doctorado honoris causa. No sabemos en qué proporción, pero sí que logró compaginar el rol de cuidadora con una vocación científica confinada al ámbito privado del hogar.

Pockels pasó largo tiempo entre jabones. Quizás usó fórmulas de las que perduran desde antaño, trasmitidas por generaciones de mujeres. Una de esas fórmulas es la del jabón de cenizas. No sirve cualquier ceniza: no usaremos las cenizas de castaños y encinas, porque conservan taninos que manchan la ropa. Una vez tamizada, establecemos la dosis: dos vasos de ceniza por litro de agua hirviendo. Sobre la ceniza, se vierte el agua, batiéndola para mezclar. Cuando enfría, hay que filtrar y dejar reposar. El jabón, entonces, está listo.

Tal vez a Pockels también le tocaba hacer la colada, esa que esperaba a finales del invierno la llegada del buen tiempo, cuando alrededor de una cuba de madera, las mujeres colocaban apretadas sábanas y ropa blanca. El agua hirviendo se vertía sobre la ceniza, tardando en filtrar. Los lixiviados -líquidos resultantes del paso de un fluido a través de material poroso-, se hervían nuevamente, repitiendo el proceso durante todo un día y una noche. Escurrida y fría, la ropa se retiraba entre vapores asfixiantes. Portada hasta el río, las mujeres apaleaban las prendas hasta disolver los restos de ese jabón que inspiró a nuestra científica.

¿Ciencia o cuidados, o ciencia en los cuidados?

Agnes Luise Wilhelmine Pockels (1862-1935) nació en la Venecia dominada por el imperio austríaco del que su padre era oficial. A sus nueve años, la familia se trasladó a Brunswich, a causa de la malaria que contrajo el padre. A las tareas del hogar y los cuidados, dedicaría parte de su vida. Las condiciones de salud de sus padres fueron requiriendo una creciente dedicación, llegando a convertirse en un gran reto.

Aún hoy, el conflicto derivado de la conciliación de la vida laboral y los usos del tiempo de las mujeres es un debate abierto. Las tensiones entre le trabajo reproductivo y de cuidados y el trabajo productivo siguen decantando la balanza a favor de unos en detrimento de otras. En los tiempos de nuestra protagonista, estos debates no existían. Hablamos de tiempos que primero negaban la educación superior a las mujeres y después las enfrentaron a tratos, cuando menos, discriminatorios. Quizás en el hogar, desde su cocina-laboratorio, Agnes Pockels encontró un equilibrio que no hubiera conseguido en el seno de instituciones académicas regidas por un sistema que aún hoy redime los cuidados y la responsabilidad de los mismos mayoritariamente al ámbito privado.

¿Cocina o laboratorio?

Una cocina tiene mucho en común con un laboratorio; física y química se combinan, haciendo servir ollas, balanzas, embudos, coladores, pinzas o fogones. Hay que cuidar limpieza e higiene, fregando y esterilizando enseres y superficies, procurando mantenerlos libres de patógenos diversos.

Burbujas: / Foto: Ana Ferrera Campos

Burbujas: / Foto: Ana Ferrera Campos

Hacer de una cocina todo un laboratorio y del quehacer diario una investigación concienzudamente científica, eso, que ya es más extraordinario, fue lo que hizo Agnes Pockels: desde los 18 años, y por más de una década, investigó sobre algo tan cotidiano como el agua de fregar los platos.

Me la imagino embelesada ante coloridas y efímeras pompas de jabón, concentrándose e intentando comprender la causa de su formación, el porqué de tonos, colores, tamaños y durabilidad, al tiempo que preguntándose por la cantidad de jabón necesaria para arrancar el aceite pegado a las cacerolas. Vaya, por el efecto de suciedad y jabón sobre el agua. Todo esto tiene su origen en la tensión superficial, una propiedad de la superficie de un líquido que le permite soportar una fuerza externa. Es también la causa de que se formen las gotas de rocío o de que floten pequeños insectos sobre la superficie de un río, seguro presentes entre las aguas de aclarar la colada.

Sea lo que fuera que atrajo su curiosidad, la atrapó durante años de estudio e incentivó, y de qué manera, su creatividad: diseñó y perfeccionó su propio instrumental y su método cuantitativo para medir el tamaño de las moléculas y la tensión superficial de monocapas de aceites, grasas y jabones -sustancias hidrofóbicas y anfipáticas-, logrando una gran precisión.
Sin duda, fue una mujer perseverante, detallista, creativa, ordenada y metódica… Así la identifican estudiantes que participaron de una investigación que analiza su biografía. A mí se me ocurre asignarle también grandes dosis de coraje y valentía. Si no, ¿cómo te lanzas a presentar ante el entonces más prestigioso científico en la materia, John William Strutt, los resultados de un trabajo autodidacta?

Agnes Pockels contó con apoyo de su hermano, Friederick Pockels. Su acceso a la Universidad –que a ella le negaron; primero las instituciones, después, la familia-, el doctorado en Física y su ejercicio como profesor, le facilitaron a ella educación y bibliografía. Conocedor de las investigaciones de su hermana y consciente de los limitantes sociales del momento, la animó a buscar el reconocimiento de John William Strutt (1842-1919), también conocido como Lord Rayleigh. Cuando ella le escribió, impresionado, le brindó el apoyo que facilitó su primera publicación en la prestigiosa revista científica Nature.

¿Científica o ama de casa?, ¿o científica desde casa?

Nuestra científica -con o sin título, científica sin duda-, seguiría publicando hasta 1933. Además de la salud de sus padres, el contexto histórico también tuvo repercusiones: por 1913, las alarmas de la guerra la sepultaron, según relata su diario. La posguerra trajo el cierre de la revista en la que publicaba parte de sus artículos y, poco a poco, perdió contacto con la investigación en su campo.

Su trabajo obtuvo reconocimientos. Uno de ellos, inusual: a los 70 años, se convirtió en la primera mujer a la que le concedieron un doctorado honoris causa en Ingeniería. Irónico, si tenemos en cuenta que nunca puso un pie en la Universidad, vetada para las mujeres en Europa hasta bien entrado el siglo XX. Tampoco aceptó el ofrecimiento de un laboratorio de la Universidad de Goettingen: incompatible con sus tareas de cuidados.

El reconocimiento que no obtuvo fue el de su contribución a los estudios de Irving Langmuir, Nobel de Química en 1932. La cubeta utilizada por éste y su colaboradora, Katharine Blodget, no es otra que una perfección de la cubeta diseñada y utilizada por Agnes Pockels. Un caso de efecto Matilda por partida doble: invisibilizando a la creadora de la cubeta original y a la colaboradora que llevó a cabo gran parte del trabajo que condujo a Langmuir a ser galardonado.

Sea como sea, compartir estas historias de vida es, simbólicamente, como si hiciéramos la colada y estuviéramos aclarando con agua limpia del río, con nuestras palabras, lienzos -en este caso, de papel- que blanquean la memoria de nuestras protagonistas, entre pompas de jabón y la tensión superficial que las mantiene. Tendámoslas al sol para que brillen.

 


BIBLIOGRAFÍA

  • Pérez Sedeño, Eulalia; García Dauder, Silvia. (2017); Las ‘mentiras’ científicas sobre las mujeres. Editorial Catarata.
  • Tamir, Abraham y Ruiz Beviá, Francisco (2012); Arte y ciencia. Tensión superficial.
  • Sauvage, Annie-Jeanne (2015); Hacia la autosuficiencia en casa; La fertilidad de la tierra.
  • Sorkin (2018). ‘La ciencia que se esconde en los saberes de las mujeres‘. Guía didáctica.
  • Solsona-Pairó, Nuria; Joglar, Carol y Garrido, Cristian, Agnes Pockels: pionera del estudio de la tensión superficial. En Quintanilla et al (2017); La historia de la ciencia en la investigación didáctica. Aporte a la formación y el desarrollo profesional del profesorado de ciencias.
  • Tomé López, César (2011), Agnes Pockels, la química física del agua de fregar.
Entre pompas de jabón: la tensión superficial y otras tensiones de Agnes Pockels
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