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La fiebre de la goma elástica Opinión, Voces

“El juego era algo de ellos, nosotras teníamos muchos condicionantes: desde la ropa que llevábamos, además de que para jugar se necesitan adoptar unas posturas con las que tú misma habías aprendido a no sentirte cómoda”, escribe la autora sobre los juegos de su adolescencia.

Ilustra Núria Frago.

Ilustra Núria Frago.

Recuerdo como si fuera ayer aquel día que mi maestra de EGB habló de mí con mis padres en una tutoría. Yo estaba allí con ellos, pero ya sabéis esto que hacen los adultos de hablar de una niña o un niño como si no estuviera presente. “Es una niña muy responsable y muy madura para su edad… Ya sé que las niñas siempre maduran antes que los niños, pero lo de ella va un poco más allá”.

Yo, acostumbrada a no recibir demasiados halagos de aquella señora, quedé entre impactada y dudosa. Por una parte estaba claro que aquello debía de ser muy bueno, pero por otra parte se quedó retumbando en mi cabeza la frase “las niñas siempre maduran antes que los niños”. Desde aquel día, la convertí en un axioma en mi cabeza. No parecía loable que yo fuera madura, ya que eso me correspondía por ser niña; lo realmente importante es que, en comparación con otras como yo, yo era aún más responsable y madura. Qué bien. Qué orgullo. Qué sorpresa. Qué responsabilidad. Qué nervios. Qué miedo a decepcionar. Qué cansado, si lo pensabas un rato.

Fijaos si era “responsable y madura” que no solo me acabé ocupando de mi hermana menor, sino también de recoger de la guardería aledaña a la hija de mi profesora y asegurándome de que, tanto una como la otra, no se dejaban nada en el plato en el comedor del cole. Desde los nueve a los trece años me encargué de aquellas y otras tareas sin rechistar. Yo era niña y era muy madura, así que no podía hacer lo que me diera la gana, que era exactamente jugar de portera en los partidos que echaban el resto de niños que se quedaban a comedor. Lo asumí sin resistencia, sin quejas, sin lamentos. Simplemente yo, al igual que el resto de hermanas mayores, no podía hacer determinadas cosas y punto. Lo de los niños con hermanos más pequeños era otra historia, de ellos no se esperaba que cuidasen de nadie, para eso estaban el bedel y la secretaria.

“¿Por qué las niñas maduramos antes que los niños?” Pregunté un día, siendo ya adolescente, a la madre de una amiga que repitió el axioma de nuevo: “Porque desarrolláis antes — contestó—. ¿No te has dado cuenta de que mientras los cuerpos de las niñas empiezan a echar caderas y pecho, los niños siguen andando como desgarbados? Como desproporcionados, ¿sabes? Con los brazos demasiado largos, el tronco aún demasiado corto y ese bigotillo que les sale, que no es más que una pelusa”.

Aquello me dolió porque justo yo no tenía nada de pecho, y además era patilarga. Así que tenía lo peor de los dos mundos. “Bueno —me dije entonces—, al menos no tengo bigotillo pelusón”. Y sin embargo, aunque lo que aquella mujer me dijo no tenía ningún sentido, volví a afianzar aquel axioma en mi cabeza. Para aquel entonces, con unos catorce años, yo ya no jugaba a nada: era “demasiado” mayor para jugar con muñecas, cosa que por otro lado nunca me terminó de entusiasmar, y tampoco era apta para jugar al fútbol con los chicos de mi edad porque “jugar con niñas es un rollo, tenemos que chutar flojo”. No sé cuántas niñas había en el barrio con mi mismo anhelo; ni ellas ni yo dijimos nunca nada. Conforme íbamos creciendo, nuestra actividad cuando bajábamos a la calle era sentarnos en un banco a hablar, leer revistas, comer pipas… y mirar cómo ellos se divertían jugando y dando gritos en la plaza.

Matilda

Matilda era la “marimacho”. Era la única chica a la que aquel insulto no la había apartado del fútbol incluso teniendo ya dieciséis años. Vivía en mi mismo barrio y habíamos sido compañeras de clase, pero hacía mucho tiempo que ya no compartíamos tiempo de ocio. Matilda, cuando las demás chicas fuimos dejando de saltar a la goma y de jugar entre nosotras al voleibol o al fútbol, encontró un equipo de fútbol femenino en la otra punta de la ciudad y acabó siendo más amiga de aquellas chicas que nuestra. Recuerdo cómo ignoraba a los pocos chicos que se atrevían a meterse con ella. La admiraba. No tenía ninguna intención de encajar en lo que los chicos esperaban de ella.

“Son todas lesbianas —se decía en el barrio—, se lían todas con todas”. Su equipo de fútbol femenino era famoso en toda la ciudad allá por los años 90, pero no precisamente por cómo jugaban. Sumarte a aquel equipo era algo demasiado transgresor para una pequeña ciudad como la mía. De hecho, tenían que competir con equipos de otras ciudades porque en la nuestra no había más. Así que pasaban las tardes separándose en dos miniequipos y jugando entre ellas.

Iván

A los quince años empecé a salir con Iván. Entonces no sabía por qué, pero echando la vista atrás sé por qué me gustaba: no era un machista recalcitrante. No me juzgaba, no me imponía nada, todo de mí le gustaba y no tenía miedo a reírse con mis tonterías. No era habitual encontrar a un chico que se riera a carcajadas con una chica sin miedo a qué pensarían el resto de chicos. Pero Iván se reía conmigo como se reían los chicos entre ellos. ¿Sabéis esa risa libre y cantarina que tienen los adolescentes cuando están con sus colegas? ¿Que lloran de risa si hace falta con sus amigos, porque ellos son los más graciosos y ninguna chica puede igualarlos? Seguro que recordáis a chicos sintiéndose incómodos si hacíais chistes que no os “pegaban” por ser chicas. O aquellas veces que los veíais aguantar el tipo si erais demasiado agudas, porque reír a pleno pulmón con vosotras se hubiera visto como debilidad o como, directamente, amor (si un chico se reía demasiado contigo podía ser interpretado por el resto como que quería salir contigo). Pues así se reía Iván con cualquiera que le hiciera gracia. Chico o chica. Yo estaba acostumbrada a que mis amigas se rieran con mis payasadas, pero ¿un chico? No, eso era una novedad. Y me enamoré de aquella risa, de aquella ausencia de ego machito, de esa falta de obligatoriedad de controlar las emociones que una chica podía causarle. Iván era el mejor. Por eso, cuando me pidió que saliéramos juntos le di un beso y salí corriendo. “¿Eso es que sí?” gritó mientras yo me alejaba con el pavo de mis quince años. “¡Sí!”, grité. Y rió. Y yo me reí.

¿Por qué traigo a Iván a esta historia? Porque Iván me regaló, para mi 16 cumpleaños, cinco metros de goma elástica. ¿Cómo lo supo? Supongo que hay personas que saben leerte, y supongo también que tú siempre dices más de lo que crees decir. Hay gente que te llega a conocer mejor que tú misma. Si me hubieran preguntado cinco minutos antes, jamás habría dicho que quería una goma elástica para saltar.

Y allí estaba yo, ahora no necesitaba excusas ni convencer a nadie de la pandilla para jugar: Iván me había regalado una goma elástica por lo que jugar con ella era lo suyo. Nadie iba a juzgar a nadie. Ninguna de las chicas iba a sentirse fuera de lugar o demasiado “mayor” para dar brincos en mitad de la plaza, ese lugar donde nosotras no pintábamos ya nada. Necesitábamos una excusa y la tuvimos. Y nos aficionamos tanto que empezamos a comprarnos sujetadores menos bonitos y más deportivos para que no nos doliera el pecho al saltar. Y los chicos a veces, muchas veces, preferían saltar con nosotras que jugar entre ellos al fútbol. Les enseñamos y prestaron atención.

Pero fue algo fugaz. Cosa de unos meses. Poco a poco fuimos volviendo a nuestra rutina de estudiar, de salir a la calle para sentarnos en el banco para estar con la pandilla y pronto a casa para madrugar al día siguiente. Sin embargo, ellos jugaban hasta cuando no estaban jugando. Podían estar hablando contigo y estar a la vez dándole pataditas a una lata sin dejarla caer al suelo, podían estar contando una historia mientras lanzaban chinas a una alcantarilla a diez metros tratando de colar el mayor número de ellas. Podían estar contando un chiste y, al segundo siguiente, intentando trepar por una tubería anclada a la pared para ver hasta dónde conseguían llegar. Se retaban entre ellos y se retaban a sí mismos. Hasta las rejas del instituto eran algo con lo que sabían divertirse: jugaban a treparlas y a colgarse cabeza abajo. El juego era algo de ellos, nosotras teníamos muchos condicionantes: desde la ropa que llevábamos —faldas, tirantes que si te descuidabas dejaban ver el sujetador, el pelo largo que se podía enredar si nos daba por trepar—, además de que para jugar se necesitan adoptar unas posturas con las que tú misma habías aprendido a no sentirte cómoda: abrir las piernas demasiado, ocupar demasiado espacio, hacer demasiados aspavientos, etc.

Y, ahora que ya tengo más de 30, la cosa no ha cambiado: ellos siguen jugando más que nosotras. Ahora tienen la Play, siguen teniendo el fútbol y más actividades a las que se suman fiebres pasajeras como la del Pokémon Go!: los jugadores del nuevo Pokémon acabaron siendo los niños de entonces, hombres ahora, nostálgicos que no se sienten juzgados por volver a jugar.

¿Os imagináis que hubiera una fiebre de la goma elástica y no solo se sumaran las niñas de ahora sino también las mujeres que la saltamos en los años 90?

Yo, por si acaso, tengo el sujetador deportivo preparado para cuando queráis. Picadme al porterillo y bajo a la plaza.

 


Este texto pertenece al número 5 de #PikaraEnPapel, que se puede adquirir en nuestra tienda online.

La fiebre de la goma elástica
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