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Durmiendo con el enemigo Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Martín Nierez Arfil

 

Hace un tiempo he escrito por acá sobre las serias dificultades que estamos atravesando los hombres en el presente. Dificultades que entre otras cosas tienen que ver con el paulatino deterioro del binomio hombre-mujer. Una dualidad por la cual era imposible pensarse uno sin el otro.

Pero al igual que en el espacio político internacional se plantea un futuro multipolar, en nuestra cultura heteronormativa se están dando pasos hacia una multipolaridad de identidades y orientaciones sexuales que están cambiando nuestra percepción del mundo y nuestras subjetividades.

A esto hay que sumarle diferentes factores de vieja data como las cíclicas crisis económicas planetarias que han puesto en jaque nuestro rol como proveedores del hogar. La pérdida de referencias masculinas funcionales a los tiempos que corren. La salida de las mujeres al mercado laboral .Y muchas otras razones que han hecho de nuestra masculinidad un espacio de incomodidad a largo plazo.

El hombre que éramos antes ya no sirve y el que vendrá se esta gestando muy lentamente bajo presiones insostenibles para nuestra salud mental y emocional. La violencia se incrementa tanto hacia adentro como hacia afuera de nosotros mismos.

Y hoy por hoy la pregunta hacia el interior de cada uno de nosotros es: ¿Quiénes somos? ¿Somos el monstruo que nos plantean las mujeres en sus pancartas del 8 de Marzo? ¿Somos la épica búsqueda de ascensión social de nuestros abuelos? ¿Somos consortes despertadores de doncellas dormidas? ¿Violadores? ¿Acosadores? ¿Hijos abnegados? ¿Padres protectores?

¿Quienes somos y para que somos?

No voy a entrar en detalles específicos de los por qué del abandono del binomio; pero el primer dato ineludible es que las que han abandonado el binomio son las mujeres. Nosotros seguimos pivotando en el mismo lugar incapaces de articular palabra o acciones proactivas; salvo contadas excepciones. Y los por qué del abandono están bastante claros. Ellas no han obtenido beneficio alguno del binomio. Al contrario, han sido parte de un “equipo” donde cumplían un rol pasivo y contemplativo. Nosotros nos realizábamos, ellas festejaban y preparaban el camino.

Pero de lo que me quiero ocupar en este momento es de la reacción que hemos adoptado los hombres debido al abandono. Sobre todo los hombres “progres”, los de izquierda. Aquellos que por sensibilidad política nos hemos sentido mas cercanos al feminismo y al reclamo de las mujeres.

Ellas se han retirado esgrimiendo algunas consignas bastante claras, urgentes y sobre todo; necesarias: “no me mates, no me pegues, no me violes”.

Es la frontera de la incomodidad. El límite donde lo único que uno quiere es conservar la vida.

¿Pero son solo esas consignas o hay mas cosas de fondo? Pues sí, de fondo esta todo. Todo el entramado de nuestras sociedades patriarcales está de fondo.

Sobre todo las que tienen que ver con la volición mental que da curso a las agresiones machistas. La dimensión histórica, política y socio-cultural que da lugar a que la construcción de un sentido común naturalice la prevalencia de los valores masculinos por sobre los femeninos. La objetivación, la cosificación,los reduccionismos.

Sin embargo para nosotros esta salida a la calle tan visceral y sentida que han hecho las mujeres organizadas ha sido la base de nuestro desconcierto. Sobre todo porque nos hemos visto imposibilitados de escuchar otra cosa que no sea “no me mates, no me pegues, no me violes”. Dejando de lado todo lo demás que se dice y se discute en diferentes ámbitos no menos reales y transformadores que los de la calle y los medios de comunicación. Claro que esto no es culpa de las mujeres y seguramente tenga que ver con el devenir histórico de una sociedad que es incapaz de escucharse.

Como cuando éramos pibes y nos íbamos repitiendo como un mantra los mandados hasta el boliche de la esquina para olvidarnos de la mitad cuando llegábamos. Nosotros andamos repitiendo como un mantra “no la mates, no le pegues, no la violes”, pero no tenemos idea de las implicaciones reales que tienen esas demandas en el contrato social y en la definición de nuestra masculinidad. O simplemente no las queremos ver.

Sobre todo porque para llegar a cumplir con esas demandas, primero debemos desandar el tortuoso camino de deconstruir nuestra masculinidad. No se trata simplemente de enmendar un fallo mecánico.Por mas quemas de alguna vez nos pensemos como máquinas insertas dentro de un complejo industrial.

Algunos podrán decir por negligencia, otros por no perder los privilegios y yo digo entre otras cosas también por “déficit atencional”. Por incapacidad reflexiva. Porque muchas veces nos mueve el egoísmo propio de la supervivencia de un yo masculino que no tiene cabida en los tiempos que corren.

Esto es algo que se escapa a muchos de nosotros. No sabemos ser otros hombres que estos que somos. Y por ahora no podemos permitirnos explorar otras posibilidades.

Pero sabemos que algo esta mal. Y sobre todo, sabemos que el reclamo es legítimo.

Entonces, muchos de nosotros, repetimos el mantra y vamos a las marchas. Somos feministas. Posteamos y compartimos consignas por la equidad de género. Peleamos el lugar en la grilla de las marchas feministas; porque de algún modo queremos que se nos reconozca como abanderados de los nuevos paradigmas. Ser el centro de la escena, como antes.

Pero todavía no sabemos quiénes somos. Me da la sensación de que no sabemos de lo que estamos hablando y perdemos un tiempo precioso como agentes de transformación. Un tiempo que debemos tomarnos para reflexionar sobre nosotros mismos y explorar las infinitas posibilidades que nos brindan estos tiempos que corren para refundar los cimientos de la masculinidad o de las diferentes masculinidades que puedan existir. Porque esas nuevas masculinidades existen; solo debemos descubrirlas.

Sin embargo seguimos procediendo bajo las mismas lógicas del binomio. Aunque estemos solos y no haya nadie que nos haga el dos; nos sentamos a la mesa sin haber cortado una papa. Sin poner las cucharas, el tenedor, las servilletas. Sin calentar el agua del mate.

Una vez más las mujeres nos llaman a la mesa y nosotros llegamos con las manos vacías. Una vez mas evitamos implicarnos en la generación de contenidos legítimos sin apropiarnos del trabajo ajeno. De eso se trata cuando hablamos de privilegios, de la apropiación del trabajo de los demás en beneficio propio. Por lo tanto seguimos generando bucles insostenibles de privilegios sobre privilegios.

Yo quisiera que en un futuro no muy lejano podamos sentarnos a esta mesa o a cualquier otra con nuestras propias prioridades de hombres nuevos. Hombres nuevos que se contemplen como actores transformadores de la sociedad. Hombres comprometidos con su visión luego de un intenso proceso de descubrimiento mas allá de los reclamos externos. Que son el punto de partida, es verdad, pero no deberían ser condicionantes.

Lo que quiero decir es que no podemos, como hombres comprometidos con los cambios, plantearnos ningún cambio exterior, sin antes bucear en nuestro interior. De allí saldrán razones para comprender esta masculinidad que nos tiene jaqueados y de allí surgirán acciones en pro de otras masculinidades más alineadas con nuestra salud mental y emocional.

De otra forma seguiremos jugando el juego del gato y el ratón.

Sí, es verdad, las mujeres han abandonado el binomio y con eso nos han sacudido las estructuras. Pero esto solo supone el inicio de un camino. No la disolución en el otro o la autodestrucción. Buscar otras formas de ser implica dar un salto cuántico en nuestra percepción de lo que nos rodea y de nosotros mismos. Y en ese salto debemos encontrarnos todos los hombres que podamos.

Durmiendo con el enemigo
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