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Aborto libre para no morir Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Olga Pastor Alvarado

En 2015, en una habitación pequeñita y fea del hospital de Lewisham en Londres, me clavaron una aguja gigante en la panza para practicarme un feticidio*. Estaba embarazada de casi seis meses; mi pareja me cogía de las manos y los dos lloramos muy bajito con los ojos cerrados para no verlo en la pantalla. El médico me acarició la cabeza y nos dijo: It’s done. Antes me había advertido que podía tardar un poco porque a veces, el feto, intenta escapar de la aguja. Recuerdo esas palabras y la aguja se me clava mil veces más. Mil veces más profundo. En distintas partes de mi cuerpo. Cada comentario un pinchazo: “Anomalías irreversibles”. Pinchazo. “Las piernas giradas”. Pinchazo. “Cerebro lleno de líquido”. Pinchazo. “Recomendamos un aborto”. Pinchazo.

El día de la ecografía fuimos a comer salchichas guarras a un bar de unos viejetes italianos en el barrio de Southwark. Era el único bar independiente que sobrevivía en esa zona, ya muerta por la gentrificación. Estaba mi hermana de visita y estaba muy contenta. No paraba de repetirme lo bien que me veía, lo estupendamente que llevaba el embarazo; que la mitad de sus amigas estaban muy obsesionadas con lo que comían y lo que no… En realidad yo también lo estaba, pero ese día me apetecía ir a ese bar; porque era un día especial y quería hacer cosas especiales.

Antes de ir al hospital paseamos por Tate y todos mis compañeros de trabajo me tocaron la barriga y se reían.

En la sala de espera discutimos nombres y mi hermana insistía en que era una niña. “Yo quiero que esté bien, el resto da igual”. “Olga, claro que va a estar bien”…

Pero no lo estaba. Después de un largo silencio del médico yo seguía sin intuir que algo iba mal. Después de la entrada y salida de varias personas en la sala, nosotros seguíamos barajando nombres.

  • Olga, ¿cómo está yendo el embarazo?
  • Eso me lo tiene que decir usted ¿no?

Y me reí… Pero él no.

El bebé que esperábamos, con casi seis meses de gestación, venía con unas anomalías demasiado importantes como para poder llevar una vida digna. Su cerebro no estaba formado.

Me mandaron a casa. Yo quería quedarme allí y que me hiciesen un aborto ese mismo día. Pero no podía ser por capacidad en el hospital. No entendía cómo me enviaban a casa. Cada minuto que pasaba era un dolor más grande. Mi vientre se movía, los síntomas del embarazo seguían ahí. Supliqué. Yo quería borrarlo todo de mi mente y de mi cuerpo. No quería procesar nada como ellos sugerían. Quería quedarme allí, que hiciesen lo que tenían que hacer y volver para casa y dormir un mes. O dormir para siempre.

Mi hermana se fue. La acompañamos hasta el cambio de metro en Holborn y entró llorando en el que va al aeropuerto. Nosotros fuimos a ver la expo de Ai Wei Wei en la Royal Academy. Fue un fin de semana muy largo.

Cuando mis padres llegaron a Londres, yo ya estaba ingresada. Me habían puesto unos óvulos que provocarían el parto. Una vez más insistían para que me fuese a casa a esperar a que el cuerpo empezase el proceso él solo; pero esta vez gané yo y me prepararon una habitación después del pinchazo.

Nunca había visto a mi padre llorar. Estaba muy preocupado por mí. Todos lo estaban… Yo también. Llegué a pensar que me iba a morir, que esas cosas pasan… ¿Cuántas se mueren practicándose abortos?

Las matronas entraban a menudo, me sonreían, me explicaban el proceso y me administraban medicamentos. Me pusieron un gotero con morfina.

Cuando todo empezó juré por mi vida que jamás volvería a quedarme embarazada. El parto duró dos días (a intervalos) y fue tan doloroso que llegué a pensar que la morfina era de mentira. Que me estaban engañando.

Tener que parir un feto sin vida es algo de lo que no se habla. Nadie quiere hablar de cosas tan tristes. El dolor físico se mezcla con el psicológico y acabas agotada. Esos dos días de hospital, que cambiaron mi vida de forma irreversible, es algo tabú en una sociedad enferma que nos anula. Después de eso, la nada.

La psicóloga que me trató los meses posteriores me dio folletos con nombres de asociaciones para que hablase con mujeres que habían pasado por lo mismo. No somos pocas y no consigo entender por qué no está más normalizado. Si esto se habla, todos sabremos qué decir, cómo reaccionar. No harían falta folletos ni asociaciones si todos como una piña practicamos nuestra naturaleza de amar.

El dolor es algo que se vive en la intimidad. Es personal e intransferible. No tiene por qué ser malo si no se demoniza y entendemos sus mecanismos y sus procesos. No forma parte de las labores de los médicos enseñarte cómo manejar ese dolor… pero sí forma parte de las labores de todos nosotros, como sociedad. Informándonos bien y practicando la empatía. Es responsabilidad de todos que una mujer no tenga que parir un feto sin vida en el baño de un hospital acompañada por su madre, sin asistencia, como pasó en A Coruña hace muy poco tiempo. Es nuestra responsabilidad como ciudadanos que convivimos, cuidar de las mujeres que necesitan sentirse en un ambiente seguro y fuera de juicios de valor, cuando deciden dar término a un embarazo. Sin importar el motivo.

Yo tuve miedo de morir. En un hospital en Londres con todos los medios a mi disposición y los míos abrazándome fuerte. Ese miedo, era infundado por una sociedad que se resiste a madurar y niega a las mujeres información y apoyo. De verdad pensé que mi caso era único. De verdad me sentí como la persona más desafortunada del planeta.

Los meses siguientes dividí a mis conocidos en dos: a los que les decía la verdad y a los que no. ¿Por qué decidí decir aparte de mis conocidos que el feto se había muerto de manera natural en mi vientre? Es algo que lo dejo ahí para debate.

Últimamente estoy siguiendo la lucha por la despenalización del aborto en Argentina, Irlanda y otros países cercanos a España en cultura e historia. Aquí, todos los años salen a la calle con pancartas, gente que presume su amor por la humanidad. Hay profesionales de la medicina pública que han negado abortos a mujeres en riesgo. Esto no es un juego. Si de verdad luchan por el bien del ser humano deberían escuchar, entender y APRENDER.  La despenalización del aborto es esencial para mantenernos vivas.

¿Cómo hubiese sido mi historia si en ese momento estoy en España y no en Reino Unido? ¿Y si estoy en Argentina? ¿El Salvador?

No es mi intención excederme en adulaciones con la sanidad británica ya que han tenido durante ese proceso fallos garrafales, pero tengo la sensación de que a pesar del trauma, he sido una suertuda. La suertuda de las desafortunadas mujeres que han tenido que practicarse un aborto de estas características.

Ahora tengo un hijo. Hije, porque todavía no habla.

La rueda continúa. Los traumas achuchan pero ahí estamos. No somos el sexo débil. Somos grandes. Somos infinitas.

ABORTO LIBRE PARA NO MORIR


*La autora aclara que éste es el nombre que recibe por parte del hospital y que su sorpresa fue enorme cuando lo vio así reflejado en los papeles.

Aborto libre para no morir
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