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La Partenón mirando abanicos en el chino Ficciones, Tocador de señores

La Partenón era transformista más experta, la que mejor hacía el ‘playback’, la que contaba los mejores chistes, la que lo mismo hacía de Sara Montiel que de Tina Turner. Nadie ha sido nunca más elegante.

Ilustración: Emma Gascó

Ilustración: Emma Gascó

Me encuentro con él algunas veces, en el chino del barrio. Los domingos es un refugio seguro para los solitarios, siempre está abierto y se pueden pasar un par de horas dando vueltas por los estrechos pasillos abarrotados de cosas inverosímiles (de Carnaval, de Navidad, de Halloween) sin que  nadie te diga nada, sin que la dueña te pregunte nada. Sabe por qué estamos allí.

Ese señor que ahora mira los abanicos es la Partenón. Seguro. Me gustaría tener el valor de acercarme a preguntarle “¿es usted la Partenón? Yo iba a verle cada semana, no me perdía ni un show”. Pero no lo hago y sé que me arrepentiré.

La Partenón ya era la más mayor del espectáculo hace veinticinco años, cuando empecé a salir con mi marido. La más experta, la que mejor hacía el playback (incluso a veces cantaba por encima del playback y no lo hacía mal), la que contaba los mejores chistes. No era la típica travesti de entonces (no sé si esa es la palabra adecuada, seguramente es mejor usar transformista, pero así es como seguimos hablando de ello en Madrid: vamos a ver travestis): la mayoría hacía copla. La Partenón hacía todo. Aparecía en el mejor momento, cuando la sala estaba llena. Se apagaban las luces y allí estaba ella: lo mismo de Marilyn Monroe que de Sara Montiel, de Amália Rodrigues que de Tina Turner. Y todo lo hacía bien. Con un estilo elegantísimo siempre. Cada imitación era arte puro. Pestañeaba, sonreía coqueta y decía “métemela, Alberto, que esta es muy bonita”. Alberto era el disc-jockey. La sala enmudecía. Luego aplaudía como nunca más he visto aplaudir. La Partenón contaba un par de chistes, chistes clásicos, de esos que podría contar mi padre. Nunca insultaba al público, nunca se metía con nadie. A veces, solo bailaba. Cerraba los ojos y era Isadora Duncan, la Paulova. Bailaba chotis, vals, sevillanas y hasta jota.

Me acerco al señor que fue La Partenón. Está mirando abanicos. Los acaricia sabiamente, como haría un experto. Pero en su boca hay un mohín de disgusto. No es lo que buscaba. Se dirige a la zona de disfraces y elige una boa de plumas rosa, de esas que se venden para despedidas de soltera. Se acerca al espejo y se la coloca. Nadie ha sido nunca más elegante que ese señor que fue la Partenón, hoy, ocho de abril de 2018, en un chino de Arganzuela. Lo dejo aquí escrito para que conste. Se apagan las luces y se enciende un foco. Se quita la chaqueta. Acaricia la boa. Pestañea, coqueto. Se tapa la cara con las manos con gesto teatral. Empieza el espectáculo. “Métemela, Alberto, que esta es muy bonita”.

I wanna be loved by you, just you

And nobody else but you

I wanna be loved by you, alone!

Boop-boop-a-doop!

La Partenón mirando abanicos en el chino
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José Luis Serrano

Matemático sin teorema, historiador sin publicaciones, inmigrante con papeles, poeta sin libro, director de cine sin película, eurofan sin bandera, católico sin iglesia, oso sin pelo, queer sin seminario sobre teoría de género. Nacido en Ciudad Real, a los dieciocho años emigró a Madrid a estudiar Matemáticas, donde descubrió a Gödel y Turing, perdió la fe en las ciencias y se dedicó a la contemplación de la perversa obra de Dios. En 2012 publicó su primera novela (Hermano) y una colección de relatos de viajes, cuentos y escritos contra la homofobia (La tumba del chicle Bazooka). En 2014 publicó su segunda novela, Sebastián en la laguna. En 2015 publicó su tercera novela, Lo peor de todo es la luz. Fue coordinador durante 10 años de la sección cultural de la web www.dosmanzanas.com, donde se dedicó cada viernes, con la columna Desayuno en Urano, a comentar películas y libros de temática LGTB.

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