Bienvenidos a la revolución sexual de nuestro tiempo: la del consentimiento Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

*AVISO. Este texto contiene material sensible por hacer alusión a violencias sexuales. Te recordamos que tenemos un Foro en Pikara libre de machitrolls que puede ser un punto de encuentro para apoyarnos entre nosotras, darnos herramientas, etc. Un abrazo en estos días tan duros que nos están removiendo tantas cosas. #YoSíTeCreo.

 

Diana Eguía Armenteros

Nigsby | Stop Rape | Creative Commons

Se conocen, mensajean por teléfono una semana, quedan a cenar, él escoge el vino sin preguntar, él pide la cuenta cuando ella aún no ha acabado su copa, van a la casa de él, tienen sexo oral. Todo es rápido y crecientemente incómodo para ella, pero él no lo nota (o pretende no notarlo) e introduce sus dedos en la boca de ella hasta la garganta, a continuación trata de insertar esos mismos dedos en su vagina. Ella deja de moverse, no dice nada. Imagina, lector, seas quien seas, ese viaje de unos dedos que no quieres, que no has pedido, que no te gustan, de tu garganta a tu entrepierna. Piensa por un momento en su sabor, en su tacto, en la impresión que su roce deja en tu piel. Imagínalo y guarda esa sensación en tu cabeza. Recuérdala en tu próxima cita antes de llevar tus manos a otro cuerpo. Ella expone verbalmente que no desea sentirse forzada a la penetración. Él acepta con un “por supuesto, solo es divertido si nos gusta a los dos”. Segundos más tarde, la posiciona delante de su pene para una felación que ella, finalmente, práctica. ¿Por qué? ¿Qué dinámicas sexuales y de poder se están dando en esta pareja? ¿Cuáles son los terrenos pantanosos del consentimiento que esta escena pone en juego?

La situación descrita en el párrafo anterior nos resulta familiar a un buen número de  mujeres, pero le ocurrió concretamente a una de nosotras, de nombre ficticio Grace, con la celebrity estadounidense Aziz Ansari. Recordemos que pocos han hecho tanto por difundir la visión feminista dentro de la cultura audiovisual de masas como el mismo Aziz Ansari. Especialmente memorable es el capítulo “Ladies and gentleman” (Netflix: 2015) de la serie Master of None. Si Ansari no sabe demasiado bien dibujar la línea que va de la relación consensuada a la violación, ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de consentimiento?

Ahora sabemos que este actor no es tan especial, es un hombre cis más, es mainstream. ¿Acaso no es la estrategia mayoritaria insistir machaconamente y de todas las maneras posibles hasta que el otro acepte tener sexo contigo? Se llama por muchos nombres: galanteo, ligar, romanticismo, flirteo, cortejo… En su vulgaridad sigue siendo lo ordinario. ¿Qué contexto obliga a una joven fotógrafa de 22 años a practicarle una felación que no desea a un afamado cineasta de 35 en un lujoso apartamento de Nueva York? Una estructura de dominación jerárquica, tal vez; autoritaria, más bien; una densidad emocional suficiente como para sentir que le debes algo a alguien, aunque no lo conozcas del todo, porque en realidad sí lo conoces, es el varón superior; un desequilibrio de poder que te lleva a pensar que es su legítimo derecho ver cumplido su deseo; tu mandato natural, proporcionárselo. Existe un último motivo: la sociedad nos acostumbra como mujeres a estar incómodas casi todo el tiempo. Sencillamente ¿Te has preguntado cuántas mujeres salen con lágrimas de sus encuentros sexuales?, ¿has contado cuantas veces el cuerpo de una mujer siente dolor o malestar físico durante el sexo? Quizá te sorprenda saber que el Instituto Nacional de salud de los Estados Unidos indica que el 30% de las mujeres sufren algún tipo de dolor o molestia durante el sexo vaginal, cifra que aumenta hasta el 72% en el sexo anal. Tu placer, su dolor.

Grace realizó una felación que no deseaba, pero también sintió un desagrado suficiente como para contarlo públicamente en la revista Babe. Se dio un extrañamiento, un “esto no debería ser así” que otras muchas compartimos. Hay una frontera entre la seducción y la dominación que se ha movido de sitio o se está moviendo desde hace algunos meses, y tarde o temprano cristalizará en cambios generalizados. Se ve en Grace, se ve en #NiUnaMenos, #metoo, #timesup y, sobre todo, se palpa en la sensibilidad de las nuevas generaciones.

Lo que ella hubiera expuesto un contexto más igualitario —lo que él debía haber sabido— es que si eres tan torpe o tan ególatra como para no darte cuenta de que tu pareja no habla ni se mueve ni produce ninguna señal de placer, si eres tan patán de no reconocer el “no es no” en ninguna de sus formas, pregunta. Porque “sí es sí”. Así lo indica la ley pionera aprobada en California en 2014 que exige “acuerdo afirmativo, consciente y voluntario antes de la actividad sexual. La falta de protesta o resistencia no significa consentimiento, el silencio no significa consentimiento”. (La traducción es mía).

Pero entonces, ¿dónde queda la sensualidad y la seducción? Mi amiga R. no cree que ella pudiera sentirse del todo cómoda teniendo que afirmar un consentimiento verbal del sexo sin perder la libido. Bromeamos con la idea de mirar a la pareja a los ojos y espetarle un “sí, proceda” justo antes de la penetración. Mi amigo J. lleva un tiempo reflexionando sobre su pasado y presente de hombre cis, sobre cómo su condición le facilita quedar al mando de la pirámide social, sus privilegios y sus consecuencias. ¿Alguna vez J. presionó consciente o inconscientemente a una pareja para tener relaciones sexuales? ¿Alguna vez R. accedió al sexo por complacer a un varón? Puede que sí o puede que no, pero es indudable que son experiencias que la sociedad reserva para ellos.

El consentimiento es un terreno demasiado movedizo, un área demasiado gris como para olvidar que empapa todas las identidades sexuales, sin dejar ninguna, aunque es la tradición heteronormativa la que hace más claramente acerca abuso y cortejo. Como anteriores cambios de paradigma, aquí se pone en la picota comportamientos sexuales injustos para una de las partes, pero a diferencia de otras, la llamada ahora incluye a los perpetradores de las mismas. La norma no escrita dice que los varones cis follan, eso es lo que hacen, eso es lo que se supone que quieren hacer todo el tiempo. Aunque a priori nos cuesta imaginar situaciones en las que un varón se pueda ver forzado a un comportamiento que no desea ¿qué pasa si esta revolución también es para ellos? ¿Qué pasa cuando un varón cis, por los motivos que sean, quiere decir no? ¿Es una erección un gesto biológico unívoco o también es interpretable?

Muchos de los discursos en torno al sexo son aún vejatorios, clasistas, sexistas. Por supuesto que vamos a seguir encontrando un grupos inhábiles a la hora de abordar la sexualidad de un modo distinto a como lo haría un pre-púber tiránico: a veces con humor, a veces con violencia; siempre bajo el velo de otro discurso como el secretismo, el morbo, lo grotesco, el paternalismo, etc. Hay quien aún está procesando el divorcio, el matrimonio gay, el aborto, etc. Ellos siguen ahí, como el dinosaurio de Monterrosso, y van a necesitar un buen empujón para asimilar que el “no es no” se convierte poco a poco en un “sí es sí”. Las revoluciones sexuales siempre se iniciaron en la marginalidad. Aunque nos gusta imaginarlas en retrospectiva como una potente fuerza sexual que agita la sociedad al completo, lo cierto es que son íntimas, detallistas, sutiles, conviven con modos de hacer que frente a ellas se van volviendo brutales. La del consentimiento es una revolución en la que está todo por hacer, echa a andar sin modelos. Nos guste o no, el instrumento iniciático para la curiosidad sexual dominante es aún el porno, ese mundo en el que el consentimiento nunca parece jugar ningún papel, un mundo al que aún no ha llegado si quiera el “no es no”. En general, a la hora de buscar patrones sexuales sanos e igualitarios, el campo está yermo. La del consentimiento es, por tanto, una revolución adánica, que debe bucear en la creatividad del ensayo error en su búsqueda de un sexo más igualitario y placentero. Frente a estas adversidades crece una nueva afectividad que, si bien aún cuenta con pocas alternativas, sabe ponerle nombre al abuso. En una de esas búsqueda, Tara Rubinstein, líder ecofeminista, dirige un taller pionero llamado Take back the rite: parents resisting rape culture (Recuperar el rito: padres que se resisten a la cultura de la violación) en Filadelfia (EEUU). “Sabemos que hay un problema, ¿qué hacer?”, bajo esta pregunta padres y jóvenes abren un diálogo sobre consentimiento sexual que se abre al feminismo, la vulnerabilidad y la centralidad de los cuerpos adolescentes.

La denuncia anónima de Grace fue tildada por numerosos medios de pataleta, un indicio de que el movimiento #metoo había ido demasiado lejos. Sin embargo, Grace no estaba dibujando los límites del abuso sexual, sino abriendo el debate soterrado de un verdadero sexo igualitario.

Acaba el día, cierro mi ordenador, me dispongo a salir del lugar donde me encuentro. Al tiempo aparece un señor mayor que yo, rondará los cincuenta, con pelo canoso y actitud afable. Llega una milésima de segundo antes a la puerta y me abre. Con mi mano le indico que puede cruzar el umbral antes que yo. Me mira con condescendencia. Me mira con galantería. Mueve su cabeza en un gesto que conozco. Me está diciendo “no, por favor, ladies first”. Está bien, pienso, porque me quiero ir. Mi gesto natural sería dibujarle una enorme y aprendida sonrisa con la que buscaría corresponderlo por un gesto que no pedí. El hábito es pensar que le debo algo y dárselo. En eso consiste la amabilidad heteronormativa. Lo siento, señor, no me quedan sonrisas hoy para usted, pienso mientras me marcho.

Bienvenidos a la revolución sexual de nuestro tiempo: la del consentimiento
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