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Y por vergüenza, me voy a desnudar Participa

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Miriam Sánchez M.
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Vergüenza: el siguiente tema a tratar con Elena, mi psicóloga de género.

Sí, ahí estoy desde hace un año; después de ocultármelo durante medio (más el tiempo de relación) y no poder gestionarlo durante otros seis meses.

Y por vergüenza me voy a desnudar. Voy auto-aplicar terapia por shock. Porque es 8 de marzo, porque lo personal es político, porque quizá la siguiente se puede dar cuenta antes, porque quizá mis palabras te resuenen y sientas el #metoo y en cierto modo algo te alivie. Mal de muchas no es consuelo de tontas, son armas y razones. Es un “no soy sólo yo”: es un “esto es estructural”. Le puede pasar a cualquiera. ¿Cualquiera? No, como mujer la probabilidad es tan alta, que da igual tu fortaleza, determinación, historia vital… da igual que vayas a contracorriente, que seas o te sientas libre, que hayas lidiado mil batallas, que te hayas hecho a ti misma, seas autodidacta y autosuficiente, autónoma y “emprendedora”, brilles por ti misma, te digan que tienes liderazgo, tu sexualidad sea desinhibida, satisfactoria y plena, tus principios firmes y coherentes. Da igual tu perfección y tu falta de ella, da igual tu sumisión o tu portavocía… da igual. Te puede pasar.

Y esto era poco creíble para mí tiempo atrás. Teóricamente sí, claro. En cuerpo y certeza… pues no tanto.

Lo cuento porque la violencia se ejerce hacia las mujeres, no las mujeres tontas, no las “flojitas”, no las que no tienen estudios o educación. No es un tema de sensiblería, o de falta de habilidades, de visión, de saber lo que les conviene, de tener mala suerte o estar en el momento equivocado en el sitio equivocado. Piensas que a ti no te puede pasar, sobre todo porque olvidas y no le das el valor a los “pequeños” episodios.

Lo cuento, porque me da vergüenza y porque NO la merezco.

Él sí, el género masculino y la sociedad en general que lo silencia y ampara, también.
Después de la culpa, que no deja de perseguirte, cuando la tienes localizada y sabes que no va, que no te sirve, que no es cierta aunque la sientas y la superes. A menos en mi caso resulta que viene la vergüenza a sustituir la culpa porque estaba realmente más adentro. Es la primera vez que esa palabra adquiere sonido en mi boca. Ha sido pronunciarla y no puedo parar de repetirla. Mierda, vergüenza.

Como la que sentí cuando me vino la regla por primera vez. Escolarizada en un colegio de monjas, cuyas clases de educación sexual te hacían sentir sucia. Mi abuela, me contó que cuando tienes “esos días” (WTF!), que mejor no me duchara porque igual se me iba a cortar. Y tengo 36 años y mi madre me tuvo joven, mi abuela era joven. Sabía que no era cierto, pero cuando me vino, yo que sé, sentí vergüenza. Tanta, que no pude expresarlo en palabras y le enseñé la mancha de sangre a mi madre, en plan “lo siento” como cuando me hice pipí encima en un cole nuevo porque me daba “vergüenza” pedir ir al baño y me sacaron a la pizarra. “Tú mejor no llames la atención, pasa desapercibida.” “¡Mierda!”. Vergüenza como la que me daba admitir que me masturbaba siendo una niña descubriendo mi cuerpo, que es lo más natural.

Vergüenza. Cuando me mostraba en clase porque acertaba en las respuestas y me visibilizaban. Vergüenza como cuando hicieron un “concurso” en la pizarra de mi clase de 3ª de la E.S.O., recién llegada a un nuevo instituto y salí como la de las “mejores tetas” sintiéndome avergonzada de mi cuerpo y de haber creído que la carpeta omnipresente delante de las mismas y la ropa “rapera”, super ancha, me iban a suponer alguna protección.

Cuando la consejera escolar me dijo, también en el instituto, que el hecho de que un chaval de clase me hiciera la vida imposible hasta el punto de romperme un dedo era porque yo le gustaba. En vez de rabia lo que sentí fue vergüenza.

Vergüenza, como cuando un tipo, treinta años mayor y amigo de la familia, vino a mi casa en pleno divorcio de mis padres y me contó no sé qué mierdas de pareja abierta con su mujer y me invitó a enseñarme lo que era el sexo, sabiendo que tenía pareja y yo era menor de edad; sabiendo que mis padres no vendrían ese día y acojonándome.

Me contó que un día en la playa se me cayó un poco la toalla al cambiarme el bikini y que él lo había interpretado como una incitación sexual. Me preguntó que qué había hecho con mi novio o dejado de hacer haciéndome sentir vergüenza de mi sexualidad porque podría excitarle. Vergüenza por la pequeña caída de la toalla y muestra de mi cuerpo sin querer. Vergüenza porque me sobeteó. Vergüenza por los años que tardé en quitarme el sostén del bañador y “enseñar” mis tetas, que no era más que dejarme sentir mi libertad y dejarlas liberadas, algo natural.
Más vergüenza cuando pude acumular valor y contarlo al descubrir que esa relación abierta era mentira absoluta y que si lo contaba sería yo la culpable, la “desvergonzada” y desesctructuradora de familias.


Las veces que me preguntaron, caminando en plena calle después de salir de trabajar, caminando hacia el metro y desde un coche, que cuánto cobraba, que sabían que no era puta, pero que “todas tenemos un precio”. O los cambios de ruta para no pasar por la obra en primavera o verano. O el tener que cambiar de vagón porque hay un tipo tocándose y/o mirándome fijamente. O los mal llamados piropos en la calle. O cuando no saben mirarme a la cara y tengo que indicarles que mis ojos están más arriba. Siempre rabia y gritos (no soy de las que se callan). A veces miedo pero, en el fondo, se encuentra esta recién nombrada vergüenza.

Vergüenza cuando un tipo, camarero de una discoteca de moda, me acorraló en una sala cuando yo buscaba a la amiga con la que había venido. No pasó nada porque tuve la capacidad de reaccionar como una “energúmena” capaz de matar (capacidad podía no haber tenido por el alcohol y otras circunstancias de mi vida perpo que, por suerte, tuve en ese momento).

Vergüenza por ser mujer y técnico y, por tanto, tener claro que era necesario “esconder mis atributos” para ser considerada profesional. Y por cosas cotidianas como que se te vea sin depilar, tengas una manchita de regla en el pantalón, vayas despeinada, con las uñas sin cuidar, se noten los pezones con esa camisa y el aire acondicionado, se te baje la camiseta y se te vea el sujetador, o caiga un tampón de tu bolso en un entorno laboral. Porque parece ser que todo lo que es ser mujer,tiene que dar vergüenza.
Y vergüenza porque me han violado, y me ha violado alguien en quien confiaba y a quien quería. Vergüenza por haber sido sometida a tal humillación y ultraje. Vergüenza porque aunque el consentimiento no estaba, “me dejé” al no poder oponer resistencia en el estado y circunstancias. Vergüenza porque mi cerebro para sobrevivir lo ocultaba hasta el momento en el que llegaron las imágenes de lo sucedido, medio año después de dejarlo. Incluso yendo a la ginecóloga con síntomas y dolores de violación que no detectaron como tal (los impactos estaban, pero no se alarmaron, quizá era por culpa mía, que no sabía relajarme mientras tanto…). Vergüenza porque cuando empecé a saberlo yo pensaba que sería culpa mía, porque por algo me habría metido en esa relación, porque yo igual buscaba que me maltrataran, porque buscando mis lados más oscuros quizá era cómplice de mis propias violaciones. Ahora sé que dejaba claros los límites de mi sexualidad de forma contundente.

Vergüenza, porque todo esto tuvo lugar una vez fui maltratada también en un proyecto al que había dado mi vida, ahorros, energía y voluntad; en el que llevaba más áreas efectivas que nadie y algunas que funcionaban mejor que otros espacios y que me cargaban más cosas a pesar de mis quejas. En el que me llamaron “rubia” por plantarme cuándo mostré mis límites. Y como me daba vergüenza ser “débil”, ser “rubia”, ser “mujer” o en realidad, ser un ser humano… cedí. En el que la culpa siempre era mía, por aceptar, o por no hacerlo. Y entonces no supe cuidarme y puse por delante de mi “yo” otros espacios; cosa que también ahora sé que forma parte de nuestro aprendizaje social como mujeres.

Porque eso me debilitó y el hombre que tenía a mi lado aprovechó para ponerse por encima, para poder sentirse poderoso. Primero con violencia psicológica y social; después con la sexual. Soy una persona con capacidad introspectiva, para analizarme, para detectar y trabajarme mis sentimientos y emociones. Mi entorno cree que soy fuerte, y me da mucha vergüenza reconocer que lo sufrí.
Vergüenza por ser mujer. Porque ser mujer, en vez de la realidad que es (fortaleza para vivir todas esas cosas y no estar traumatizada o darme por vencida;  para llevar más carga, peso, menos sueldo y con una sonrisa y bien depilada (ja)) se traduce injustamente es una construcción social que significa ser “débil” .

Vergüenza por tener que hacer un trabajo de reconstrucción, un proyecto que me está llevando un año, que es difícil e importante y que necesita de mayor fortaleza: mirarme a mí misma, aceptar mis circunstancias, aceptar mis sentimientos y la desventaja real en el mundo, mi vulnerabilidad; y saber que eso, precisamente, no son nuestras debilidades. Aceptar mi comprensión, empatía, simpatía y amor como un valor que aportar al mundo y no un defecto… que lo que debería es de darme orgullo, plantarme con una bandera y ser voz de la realidad silenciada. Gritar que soy objeto de desigualdad, pero no víctima. Que cuesta, que hay que sacar el pus y limpiar la herida, que la cicatriz quedará, pero se cura. Que ningún imbécil me quitará jamás el disfrute de mi sexualidad, ni volverá a hacerme sentir vergüenza. Que la vergüenza, hilo conductor de este escrito y de muchas de nuestras vivencias, se puede cambiar para alzar la voz, visibilizar y sentirse orgullosa. Porque en el desnudo no hay nada vergonzante. Y en ser mujer, menos.
María. Una mujer.

Y por vergüenza, me voy a desnudar
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