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Por el río Ficciones, Tocador de señores

Permítanme ser un poco optimista. En Madrid, el río, antes ahogado entre una autopista de varios carriles, ahora es un parque en el que puedo decir que nuestras vidas ya no son tan invisibles, tan invivibles.

Ilustración: Emma Gascó

Ilustración: Emma Gascó

Los domingos por la tarde suelo pasear por el río con mi marido. Por esa cosa que llamamos río en Madrid. Es curioso porque a lo largo del río se le toma el pulso a la ciudad. No es como en otros barrios, que son un microcosmos imposible de entender fuera de ellos. El río es como una de esas barras de sondeo que se extraen de la tierra para ver de qué está compuesta, como una encuesta demográfica, como un transect: allí hay un poco de todo. Y cada vez me alegran más esos paseos.

Permítanme ser un poco optimista, pese a que hoy, el día que escribo esto, es lunes y llueve. El río hasta hace unos años estaba ahogado entre una autopista de varios carriles, pero ahora es un parque, un parque muy bonito además. La gente que antes vivía allí cerraba sus balcones a cal y canto por el ruido y la contaminación: ahora los abre para ver los cormoranes, las garzas, las abubillas, los petirrojos, los conejos (sí, de todo eso he visto, no es broma).

Pero también se ven otras cosas mucho más interesantes: ayer mismo vi a dos chicos, con sus equipaciones de futbol, llenos de barro y sudando felices, cogidos de la mano. Veo muchas parejas de chicos cogidos de la mano, casi más que parejas mixtas. También, en los campos de futbol, los domingos a esas horas juegan equipos de chicas y no es raro ver a alguna pareja de chicas besándose (tampoco es raro oír algún comentario como “¿futbol y chicas?: son todas bolleras”). Saludé a un amigo trans que paseaba con su chica embarazada (y metí la pata al preguntar “¿sabéis ya qué va a ser?”. Recibí la respuesta lógica:”un bebé”). Dos chicas trans latinoaméricas ensayan un baile delante de los cristales de un edificio para exposiciones. Sus gritos y carcajadas se oyen a cientos de metros.

Sale un rayo de sol a última hora de la tarde. Los patos chapotean y de repente echan a volar en línea recta, de esa manera tan elegante que tienen los patos cuando vuelan, rozando el agua con sus alas. Recuerdo que hace unos años nuestros padres siempre repetían aquella muletilla: “antes, todo esto era campo” y yo ahora puedo decir: “antes, todo esto era una carretera llena de coches pitando en un atasco”. Pero también podría decir: “antes nuestras vidas eran invisibles e invivibles. Ahora no, ahora no aquí, ahora no tanto, ahora no todas”.

Tres mirlos juguetean y se persiguen. Pasa un grupo de muchachas gritando en bicicleta. Dos chicos se lanzan por la cuesta con patines. Mi marido sonríe a un niño rubio y pequeñito que se acerca tambaleándose y se le agarra a la pierna. Pienso en las cárceles. En los electrochoques. En los matrimonios de conveniencia. En los amigos que se murieron en la epidemia. En todo lo que pudo ser y nunca fue. Miro a mi alrededor y me permito, al menos hoy, ser optimista y sonreír.

Por el río
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José Luis Serrano

Matemático sin teorema, historiador sin publicaciones, inmigrante con papeles, poeta sin libro, director de cine sin película, eurofan sin bandera, católico sin iglesia, oso sin pelo, queer sin seminario sobre teoría de género. Nacido en Ciudad Real, a los dieciocho años emigró a Madrid a estudiar Matemáticas, donde descubrió a Gödel y Turing, perdió la fe en las ciencias y se dedicó a la contemplación de la perversa obra de Dios. En 2012 publicó su primera novela (Hermano) y una colección de relatos de viajes, cuentos y escritos contra la homofobia (La tumba del chicle Bazooka). En 2014 publicó su segunda novela, Sebastián en la laguna. En 2015 publicó su tercera novela, Lo peor de todo es la luz. Fue coordinador durante 10 años de la sección cultural de la web www.dosmanzanas.com, donde se dedicó cada viernes, con la columna Desayuno en Urano, a comentar películas y libros de temática LGTB.

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