El debate hurtado sobre la gestación subrogada Opinión, Planeta

La paralización de la tramitación de la Proposición no de Ley presentada en junio por Ciudadanos no implica la paralización del alquiler de vientres, sino que constituye su consolidación por la vía de los hechos consumados.

Participantes en la protesta contra la Surrogated Fair de Madrid./ Amecopress

Participantes en la protesta contra la Surrogated Fair de Madrid./ Amecopress

Tras una breve efervescencia mediática sobre la gestación subrogada o gestación por sustitución (léase ‘alquiler de vientres’), provocada por las protestas contra la feria ‘Surrofair’ en el mes de mayo, y la presentación de la Proposición de Ley de Ciudadanos en junio, la cuestión ha pasado a un segundo plano para la mayoría de la sociedad. La primera, celebrada en Madrid, estaba dirigida a promocionar la contratación en el extranjero de servicios que la legislación española prohíbe; la segunda, a instaurar un derecho inexistente, el de ser padre y madre, a partir del argumento liberal de que hay que legalizar la oferta, simplemente porque existe la demanda. Esta Proposición de Ley obvia que hablar de derechos es hablar de garantizar que toda la población pueda ejercerlos en igualdad de condiciones (al menos así fue hasta que lo público se convirtió en negocios privados). ¿Y cómo se crea un sistema que garantice la paternidad/maternidad deseada para todos y todas? ¿Para quiénes no se lo puedan permitir no solo física sino tampoco económicamente, por ejemplo?

Para quien esta cuestión no ha pasado a segundo plano ha sido para el sector empresarial interesado en desarrollar un prometedor nicho de mercado, consistente en extraer pingües beneficios –una vez más- del cuerpo femenino y de los deseos convertidos en necesidades y en el derecho a satisfacerlas. Configurar este recorrido consumista, deseo-necesidad-derecho, es la especialidad del marketing y la publicidad, y a ello se están dedicando a fondo las empresas y bufetes de abogados metidos en la harina de fomentar al máximo esa demanda para generar mayor presión. Así que cuando se refieren a la necesidad de regular la maternidad subrogada en realidad quieren decir que se eliminen las restricciones actuales.

La tramitación de la Proposición de Ley quedó pospuesta para septiembre, y unos meses después sigue encerrada en un cajón, para no abrir la caja de los truenos en los partidos parlamentarios, todos con divisiones internas al respecto. Y no está el patio partidista para más fisuras, menos aún si tienen que ver con la minucia de defender los derechos de las mujeres frente a los lobbies económicos. Pero la paralización de la tramitación no implica la paralización del alquiler de vientres, sino que constituye su consolidación por la vía de los hechos consumados. Porque la contratación de úteros extranjeros continúa, si no ha aumentado gracias al butrón que la instrucción de la Dirección General de Registros y Notariado le hizo a la Ley de Técnicas de Reproducción Humana Asistida, vaciando de valor real el artículo que declaraba nulo –y por tanto sin efectos- cualquier contrato en este sentido, con o sin precio. El fruto de dichos contratos ‘nulos’ se inscribe en el Registro Civil. En interés del menor, aclaran. Para sacarlos del ‘limbo legal’, insisten. Lo que no explican es quién los coloca en ese limbo legal. No lo hace la legislación, sino quienes, animados por las promesas de las agencias de este ‘emergente’ sector económico de compra-venta de embarazos, dan un largo y caro rodeo para lograr convertir en satisfacción su ansiado y muy respetable deseo. Al mismo tiempo los entusiastas reportajes sobre la paternidad de pago de personajes famosos de distinto pelaje van contribuyendo a normalizar el proceso.

De esta forma se está hurtando el amplio y profundo debate que han reclamado todas las voces científicas, jurídicas, sociológicas, filosóficas, activistas y políticas para encarar este grave conflicto ético y social. Todas las voces menos las de las agencias promotoras de la gestación subrogada, que callan, o peor aún, solo se pronuncian a través de la promoción, teóricamente ilegal, de sus servicios. Gracias a esta intermediación muchas parejas (y algunos/as singles) que por encima de cualquier otra consideración desean descendencia genética, y se lo pueden permitir, aunque sea a base de préstamos (más facetas del negocio), siguen adquiriendo gestaciones allende nuestras fronteras.

¿Qué hay de malo en ello? Preguntan. La tecnología lo permite y no se puede luchar contra el progreso, alegan. Habría que aclarar a qué llaman progreso exactamente. ¿A convertir a mujeres que no tienen cubiertas sus necesidades básicas ni las de sus familias en incubadoras para gente con más recursos? ¿A convertir la gestación de una vida en la prestación de un servicio a cambio de unos miles de dólares o euros? No suena muy bien, por eso hay que edulcorarlo con el proclamado altruismo de la gestante (y solo de la gestante), vinculado a la infinita generosidad femenino-maternal para satisfacer deseos y necesidades ajenas (especialmente las masculinas) a costa de una misma, un espíritu de desinteresada dedicación bien engrasado por el ideario patriarcal. Sin embargo, el altruismo, que nunca ha esperado nada a cambio y por eso es altruismo, en este caso es compensado, descarado eufemismo para referirse al porcentaje del precio total que recibe la mujer que gesta (estimado entre el 15% y el 25%, según algunas cifras publicadas). Pago que en realidad actúa como aliciente para conseguir ofertantes de vientres que acepten prestar su cuerpo –y su vida- durante más de nueve meses, a someterse a los riesgos del tratamiento previo, del embarazo y el parto, y a renunciar a cualquier deseo propio con respecto a la criatura por nacer. Lo que se dice a disociar su cuerpo y su mente durante la gestación.

Es uno de los puntos del necesario debate: ¿Cabe el altruismo real? ¿Decide una mujer libremente donar su capacidad reproductiva a quien carece de ella? ¿Por nada? ¿A pesar de los riesgos? Sin duda que cabe. Realizo esta afirmación no solo por los casos que ya se han dado, sino porque yo misma lo haría, en un contexto de máxima vinculación afectiva. Pero estos supuestos son la excepción y nada tienen que ver con la mercantilización que de facto se está produciendo y que favorece la Proposición de Ley de Ciudadanos. El aliciente económico o ‘compensación’, que varía según la nacionalidad y calidad (o pedigrí, ya puestos) del vientre elegido, se establece para disponer de suficientes candidatas para atender la creciente y estimulada demanda. Se abre un nuevo abismo de explotación en el que aquellas que tienen más necesidades serán fácil presa de los intereses de las empresas y de los deseos de personas y familias acomodadas de todo el mundo, incluso de la presión de su propio entorno. Pero no solo, una vez normalizado el proceso ¿por qué no vender un embarazo para pagarme un buen máster? ¿O varios, para ahorrar para el piso? ¿O para hacer el viaje de mis sueños? ¿Por qué no encargar la gestación para no deteriorar mí físico? ¿Para evitar los inconvenientes y riesgos que conlleva? ¿O porque he dedicado a mi vida profesional y he entrado en una edad de riesgo? El mercado todo lo legitima.

¿Supone esto la desnaturalización de la maternidad? ¿Se acabaran adquiriendo los bebés como se adquieren vehículos o apartamentos en la playa? Hay quienes han opinado que al fin y al cabo es un ‘conflicto’ temporal, mientras se inventan los úteros artificiales. Probablemente, pero eso no resuelve cómo afecta a la dignidad humana y cómo aumenta la ya lucrativa cosificación social de las mujeres. ¿Resolverán estos úteros artificiales el mercado negro que se forme para saltarse las posibles trabas legales, o la nueva modalidad de trata de mujeres con fines de explotación para la gestación?

Más allá del altruismo, queda la cuestión de que ‘nosotras parimos, nosotras decidimos’, como bien han recordado los que apoyan los embarazos por encargo, dando la vuelta al lema que defendía el derecho a una maternidad libremente elegida. Pero no se está hablando de maternidad, se habla de gestación comprada. Como somos dueñas de nuestros cuerpos comerciamos con ellos como queramos, si el precio es bueno por qué no. Las voluntarias son libres de hacer con su cuerpo lo que quieran, excepto a partir de la firma del acuerdo mercantil en el que se reflejan todas las imposiciones y limitaciones que requiere la prestación del servicio. ¿Y qué ocurre si se incumplen las cláusulas firmadas por ambas partes? ¿Cuál será el destino de las criaturas, si no satisfacen las expectativas del que paga? ¿Habrá periodo de garantía? ¿Ofertas de 2×1? ¿Si el embarazo no llega a término, se hará un seguro para que la gestante cobre de todos modos o se quedará en altruismo sin compensación? ¿Y si se arrepiente y decide quedarse la criatura, la perseguirá la justicia civil por incumplimiento de contrato o la penal por secuestro? Y ya que se habla tanto del interés del menor: ¿Qué pasará con ese o esa menor durante el pleito o proceso? ¿Se le buscará un hogar de acogimiento o determinará cautelarmente la justicia con qué familia se queda hasta obtener sentencia firme unos años después?

El debate sobre las objeciones éticas a que el cuerpo humano se convierta en un instrumento de producción, que por otro lado siempre lo ha sido, bajo condiciones de esclavitud o de trabajo asalariado; a que este mal llamado método de reproducción asistida, que despersonaliza a la gestante convirtiéndola en una mera incubadora, vaya a suponer una nueva forma de cosificación femenina y por tanto un escalón más en su sometimiento patriarcal; a que una gran parte de la población mundial femenina se pueda ver explotada, legal o ilegalmente, para proveer a una minoría más adinerada de descendientes biológicos; a que el deseo de maternidad/paternidad se convierta en otro objeto de consumo… este reclamado debate está siendo barrido por el empuje de un negocio funcionando a pleno rendimiento. Para acceder a la gestación subrogada solo se requiere abrir un catálogo, elegir y pagar.

El debate hurtado sobre la gestación subrogada
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Periodista especializada en igualdad y comunicación.

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