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‘Connerland’ o cómo construir un castillo encantado en una playa desierta Ficciones, Reseñas

Detectives espaciales y dinosaurios proletarios, azafatas que son representantes de fantasmas, editores superpoderosos que regalan yates, señoritas con barba que bucean en cerebros y una viuda cabreada que no para de follar. Hablamos de la compleja y desternillante novela de ciencia ficción metaliteraria de Laura Fernández.

«Los vestidos de princesa no tienen bolsillos, porque ¿para qué querría una princesa bolsillos?» 'Connerland', Laura Fernández

Hace poco conocí a una chica que me contó que iba a empezar un curso de azafata de vuelo. Entre las asignaturas, me explicaba, había clases para aprender a hacerse recogidos de pelo bonitos (nada de pelo corto), clases de maquillaje y le habían hecho firmar un papel conforme se comprometía a borrar sus tatuajes en un año. Tenía que acostumbrarse a usar tacones, a llevar faldas entalladas y a ponerse con gracia un pañuelo en el cuello. Su piercing de la nariz, por supuesto, tenía que desaparecer también. Se me olvidó preguntarle si los aprendices de azafatos también tenían clases de maquillaje y lindos recogidos, tan alucinada estaba. Al día siguiente comencé a leer Connerland (Literatura Random House), de Laura Fernández, y me quedé de pasta de boniato cuando comprobé que una de las protagonistas era una azafata de vuelo de sonrisa impecable y uniforme ceñido imposible que participa en un programa de citas para azafatas. Me pregunto qué impulsó a la autora a escribir sobre azafatas y aerolíneas. Alguien explica un día una historia personal y de repente esa anécdota puede convertirse en la base de una novela, así empiezan los relatos. Y ese, precisamente, es uno de los grandes temas de Connerland: cómo la realidad, filtrada por la imaginación (y a base de mucho trabajo), se transforma en ficción.

Portada de 'Connerland', ilustrada por Sergio Mora

Portada de ‘Connerland’, ilustrada por Sergio Mora

Al libro de Laura Fernández le sienta muy bien su título: Connerland. Eso es lo que hace a lo largo de la narración, construir todo un universo alrededor del fantasma en toalla de baño (azul cubierta de microdelfines) de un escritor de ciencia ficción muerto llamado Voss Van Conner. Un universo del que Van Conner es origen y fin, contenido y continente, desorden y desorden, como si fuera un dios de todas-las-cosas-que-existen-y-las-que-no. ¿Pero qué otra cosa puede ser un escritor, aunque esté muerto, sino un dios del que emana la realidad, su propia realidad? Y la realidad de Van Conner, la de Fernández, es compleja y desternillante: escritoras y escritores que escriben libros sobre astronautas, detectives espaciales y dinosaurios proletarios, azafatas que son representantes de fantasmas, editores superpoderosos que regalan yates (ay, si fuera verdad), señoritas con barba que bucean en cerebros y una viuda cabreada que no para de follar (me encantas, Lana Grietzler). Ciencia ficción metaliteraria, fantasía desbocada, humor que oculta cierta tristura y mucho amor al oficio de escritora, ¡ahí es nada el Fernandezland!

Durante el primer puñado de decenas de páginas estuve algo enfurruñada con Laura Fernández. No te lo pone fácil como lectora. Había logrado atraparme desde el principio en su red particular de ciencia ficción pulp del siglo XXI, vislumbraba con placer reminiscencias del mejor Kurt Vonnegut, uno de mis autores favoritos, y me relamía de gusto con cada discusión de ese tronchante dúo que forman el escritor muerto y su representante azafata. Pero, a veces, me sentía superada por la multitud de personajes con nombre y apellido que habitan la novela, y sus tramas secundarias. Luego entendí que sin esos personajes, aparentemente accesorios, y sus historias, no hubiera estado completa la experiencia inmersiva en el cosmos de Connerland. Y como la autora, la creadora-de-todo-esto, es lectora antes de escritora y sabe de la dificultad de su obra, le planta a Van Conner en la página 248 un discurso al respecto de los desafíos que debe suponer una buena lectura y además añade un glosario de personajes al final de la novela. Di que sí, Laura Fernández, que para leer algo fácil ya están los best-sellers (con todos mis respetos, sobre todo si se trata de Stephen King).

En España no existen muchas autoras conocidas de ciencia ficción (Laura Fernández y Elia Barceló son las grandes exponentes), no obstante, eso no significa que no existan escritoras que se dediquen a la ficción científica y al género fantástico (ese inolvidable Olvidado Rey Gudú de Ana María Matute). En la literatura infantil y juvenil, más proclive a la fantasía que la literatura para adultos, destacan nombres como Laura Gallego o Ana Alonso, que es de Terrassa como Laura Fernández. La ciencia ficción también es muy apreciada en las comunidades de escritoras y escritores de fanfiction, alejadas de los circuitos comerciales. El fanfiction o “ficción de fans”, es aquel género bastardo que desarrolla tramas alternativas relacionadas con una obra original conocida. Usa Internet como plataforma de publicación y son las fans de una obra o autora, quienes generan nuevas ficciones para otras fans. De allí salió la famosa Cincuenta sombras de Grey, que no es más que un fanfiction de la no menos famosa saga Crepúsculo (¿qué pasaría si Bella y Edward le dieran más al sexo?), y que al convertirse en libro perdió su identidad como creación. En este caso, la ficción no proviene de la realidad sino que de la ficción nace una nueva ficción.

Además de Connerland, Laura Fernández tiene publicadas cuatro novelas más: Bienvenidos a Welcome, Wendolin Kramer, La chica zombie y El show de Grossman. Además es periodista y crítica literaria y musical. Como Van Conner, que escribió 117 novelas, lleva un ritmo frenético de trabajo y cada pocos días se puede encontrar un nuevo texto suyo en las redes. Pero a diferencia de su escritor muerto en toalla de baño, que no triunfó hasta que la palmó electrocutado por un secador de pelo (aunque antes muchas personas le leían en secreto), la literatura de Fernández es cada vez más reconocida y no hay lista de “los mejores libros del año” en la que no se incluya Connerland, que además será publicada en Francia. Nunca, Van Conner, se hubiera imaginado que llegaría tan lejos.

Nota: ‘Cómo construir un castillo encantado en una playa desierta’ es el título de uno de los capítulos de ‘Connerland’.

‘Connerland’ o cómo construir un castillo encantado en una playa desierta
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Ana Belén Herrera de la Cruz

Licenciada en ADE y con un máster en Edición, llevo en el mundo editorial desde 2007. Gran lectora siempre, a veces soy escribidora de relatos y artículos sobre literatura. Aprecio la concreción y la claridad en el mensaje por encima de todo, tanto en el discurso como en la literatura.

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