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¿Por qué es tan difícil procesar las agresiones entre mujeres? Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Maria Claudia Torres Flores

Una persona aparece sentada sobre una roca ante un lago y mira los cisnes que nadan en el agua

Hace dos semanas que cruzamos miradas en la Plaza San Martín y no he podido dejar de pensar que es uno de esos instantes que a una la marcan de alguna forma.

No nos conocemos, pero cuando ese sujeto, el cual espero de todo corazón ya no sea tu pareja, te jaloneaba y tiraba tus cosas de la cartera; algo dentro de mí empezó a hervir. Vivo con un miedo constante de cada una de mis acciones, pero después de mirarte por un par de minutos no pude evitar caminar hacia donde estabas. Me observaste dubitativa y cuando te pregunté si necesitabas ayuda, callaste. Ese sujeto, mucho más grande que yo, se puso a gritarme. Recuerdo claramente la frase: “Lárgate, chola de mierda”. Pese a que recién entonces tomé conciencia de la situación en la que me estaba metiendo, no pude evitar reírme por el apelativo tan ridículamente machista. Te mire nuevamente y te repetí la frase: “¿Necesitas ayuda?”.

Sabes, yo no podía tirarle un puñete a ese sujeto y tomar tu mano para escapar corriendo, aunque lo hubiera deseado. Soy demasiado pequeña y torpe para acertar a la primera y me canso con demasiada facilidad. Ese día, había salido rápido de casa y no tenía el gas pimienta a la mano. Me quedé parada frente a ti y el sujeto empezó a gritarte que no me hicieras caso y luego me dijo: “Lárgate, estúpida. Eres una chola, huevonaza, nosotros estamos bien”. Tú callaste durante toda la escena. Te recuerdo con la mirada gacha y luego me dijiste que estabas bien. Lo miraste y le pediste que se calmara, ese sujeto te volvió a gritar que todo era mi culpa y te jaloneó a una esquina. Te dije que si querías podía llamar al serenazgo, pero preferiste irte con él y repetirme que todo estaba muy bien entre ustedes. No te volví a ver más y probablemente nunca conoceremos nuestros nombres. Cuando llegué a casa tenía ese sentimiento de rabia e impotencia que suele invadirme el estómago cuando leo testimonios sobre violencia y me preguntaba, ya en mi sala, si huirías de ahí. Me puse a pensar también en cuántas situaciones de ese tipo una tiene una que soportar para digerir que aquello tiene un nombre, una etiqueta de fábrica, que la violencia no está escrita con jeroglíficos, sino que se representa de manera clara. No entendía por qué no le gritaste. Me decía mentalmente que debías de tener muchos problemas para aceptar esa clase de amor; pero ahora lo entiendo un poco. No porque crea que nosotras debamos soportar ningún tipo de violencias, sino porque entenderla, digerirla es un proceso personal y lamentablemente nos han criado en un entorno lleno de imágenes de amor asociadas al apego, al servilismo y con píxeles de violencia en cada lado.

Hace poco tuve que confrontarme con una situación que me obligó a revivir tu rostro y cada una de tus facciones. Horas después de aquel evento me quedé preguntándome a mí misma: ¿Por qué es tan difícil procesar las agresiones entre mujeres?, luego me pregunté con mucha más fuerza: ¿Cómo es posible que repitamos estos patrones entre nosotras?

Yo creo firmemente que nosotras compartimos una historia oculta, un pasado secreto que está latente desde antes de darnos “Seguir” en Tinder, antes de mandar un emoji salvaje por Facebook o coordinar una salida al cine. Antes de vernos las caras por primera vez, todas nosotras ya sabíamos lo jodidas que estábamos y fuera de todas las tonalidades que nos contornean y dibujan en cuadros totalmente disímiles, diversos y heterogéneos en cada caso; todas hemos vivido rodeadas de violencia desde que empezamos a llorar a todo pulmón en el hospital. Hemos sobrevivido en un mundo que nos odiaba desde que nuestros padres vieron su primera ecografía y la que piense que estoy errada es porque todavía no ha mirado bien a su alrededor.

Por eso, repito mi pregunta: ¿Cómo puede una ser abiertamente violenta con alguien con quien comparte tanto? ¿Qué cosa puede pasar por la cabeza de una mujer que agrede a una compañera de cualquier manera? Yo sigo sin comprender la respuesta, pero estoy segura de que estas tienen relación con el modo de vida al que nos ha expuesto este sistema.

Mi feminismo no nació de un libro de teoría, ni lo tomé de un jarabe con una receta detallada; el feminismo intuitivo e interseccional, que deconstruye mi modo de vida a cada paso y me ayuda a entender el mundo como un entramado de significantes que crean y recrean estructuras de poder y subalternidad en cualquier instante, también se aplica a mis relaciones interpersonales. Sin embargo, creer que somos robots y que no es difícil alejarse de alguien a quien una quiere realmente, no tiene una pizca de humanidad ni empatía. Entre nosotras siempre existirá la sororidad, aunque algunas confundan esa palabrita con complicidad, pero parte de ella es apoyarnos, entender a nuestra compañera, y también saber que si sus acciones nos violentan directamente, de cualquier manera, una tiene el deber de correr por el bien de las dos. Correr por el sendero más corto que encuentre y ese trote irá a la velocidad que cada una decida, y estoy convencida de que nadie tiene la calidad moral, ética o de cualquier tipo a acelerarlo.

Muchas creen que el feminismo se toma como antigripal y que en media hora te hace efecto, y en un instante una ya tiene el poder de detectar todo tipo de machismo y salvar el mundo. Pero salvarnos a nosotras mismas y protegernos sin perder de vista nuestra vulnerabilidad es otra historia, una más oscura, con demasiadas intersecciones y pocos puntos y aparte. Cuestionarnos nos hace humanas y aceptar que trasladar nuestro feminismo al ámbito de nuestros afectos es uno de los retos más grandes que existen también.

Creo que no puedo encontrar una respuesta clara, al menos no para mí, a ninguna de mis dos preguntas iniciales. Puedo darme más dolores de cabeza y sopesar las posibles dos mil respuestas que se me ocurran, pero solo puedo concluir que el amor construido con ladrillos de agresiones y microviolencias nunca puede edificar nada bueno. Por mucho que una pueda necesitar o extrañar a otra persona, recordarnos a nosotras mismas que necesitamos un tipo de amor que no nos hiera de ninguna manera debería ser parte de nuestra meta diaria.

¿Por qué es tan difícil procesar las agresiones entre mujeres?
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