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Mi hija no Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Alba A.

Una mujer vestida de rojo abraza con fuerza un osito de lana de color rojo

Os voy a contar una historia, una historia real que ojalá nada hubiera tenido que ver con la realidad. Aun así, es algo que ha sucedido y necesito manifestarlo, visibilizarlo, sacarlo de mis entrañas; necesito darle forma y no dejarlo pasar. Necesito hacer algo con este dolor y esta es la manera que he encontrado para sentirme más libre.

Son las 22:30 horas de la noche y estoy sentada en mi habitación, dispuesta y con la fuerza para teclear. Empezaré por lo sucedido a la hora de comer del día de hoy, momento clave. Personajes en escena: mi madre y yo.

  • M: ¿Qué clase de amigas sois?
  • YO: ¿Por qué?
  • M: Te estoy preguntando, ¿sois algo más que amigas?
  • YO: Sí.

Todavía no sé cómo he podido pronunciar ese de manera tan rotunda y decidida, pero con un nudo en la garganta lleno de miedo. A mis 21 años soy consciente de mi bisexualidad y he necesitado un proceso para reafirmarme y reconocerme en esa condición, un proceso interior lleno de valor, dudas y miedo. Pero todavía quedaba enfrentarse a algo: a mi familia y amigas. Llevaba semanas intentando encontrar el momento para contar en casa que esa amiga era algo mucho más que eso, pero nunca lo encontraba y necesitaba romper con esa “doble vida” que se iniciaba hace unos meses, a pesar de mis dudas y cuestionamientos sobre mi sexualidad hace aproximadamente más de un año.

Durante un tiempo pensé que no tenía por qué explicar ni argumentar que me reconocía como bisexual pero, en cierta manera, no soportaba la idea de que las demás me reconocieran como heterosexual, en un entorno heteronormativo, por el hecho de haber mantenido una relación heterosexual y por no haberme manifestado antes en otra condición sexual. Sin duda alguna, se da por supuesto que todas nos incluimos en la heterosexualidad a no ser que “se te note” o lo manifiestes.

Sigamos narrando la primera escena. Después de ese sí, viene la cara de disgusto y decepción de mi madre. Una expresión que ya conocía pero que no esperaba en ese momento. Empezaron a salir comentarios por su boca tales como: “Entonces eres lesbiana”, “pero si nunca se te había notado”, “eso se sabe desde pequeña”, “tú has estado con chicos”, “o una cosa u otra” (o lo que viene a ser como lo mundialmente conocido: o carne o pescado), “por ahí se empieza (para acabar reafirmándome como lesbiana)”, “Soy abierta pero no tanto”, “¿Qué piensas hacer? ¿Vas a tirar tu vida por la borda por una chavala?”, y un sinfín más. Para completar esa situación hay que añadir que esa amiga, a la que llamaremos X, se reconoce como lesbiana desde su adolescencia. Mi madre ya lo sabía y parecía ser que no tenía ningún problema con eso o al menos así lo manifestaba. Pero a su hija no, a su hija no le podía pasar, su hija no podía salirse de los márgenes de la heteronormatividad ni mucho menos no refirmarse como “una cosa u otra”, mucho menos ser bisexual, porque claro, a “esas les va todo” y “por ahí se empieza”. Tampoco han faltado los comentarios de mi madre sobre cómo supuestamente X “me había encandilado sabiendo que yo era heterosexual”. Da la impresión de que mi madre sabe más que yo de mí que yo misma; que yo estoy confundida y no sé qué es lo que quiero; que, claro, el pasar tanto tiempo con una lesbiana me ha hecho dudar. A pesar de que me duela, no es otra cosa que una situación más de bifobia, una situación que he tenido que vivir en mi propia casa y con mi madre. La conversación bifóbica con ella me ha hecho dudar de mí misma por un momento, de pensar que solamente le “doy disgustos” como ella dice; que estaba confundida y, lo peor: de que había algo mal conmigo. Pero no, no mamá, no voy a consentir que tus ansias de protegerme, que tus prejuicios e ideas me hagan sentir que no estoy en mis cabales. He necesitado, como ya he mencionado antes, un proceso; un proceso en el que me ha sido necesario analizar la posición de privilegio en la que me encontraba al reconocerme yo como heterosexual y ser vista de esa manera por las demás personas de mi entorno. Un proceso que me ha hecho replantear qué pasa cuando ya no te identificas con lo normal, lo normativo, con lo único, con lo que nadie se cuestiona y se da por supuesto que todas debemos identificarnos con ello. ¿Qué pasa cuando, durante toda tu vida has estado en el bando de las privilegiadas pero descubres y empiezas a ser consciente de que hay otras formas, otras maneras de hacer y de vivir que son apartadas, excluidas y observadas como si de un objeto de estudio se tratase? ¿Qué pasa cuando ya no te identificas con la heterosexualidad? Opciones situadas en la periferia que, como dice Brigitte Vasallo en ¿Quién teme a la sátira lesbofeminista?: “No apunta a la heterosexualidad como opción, sino como sistema que, como toda hegemonía, es represivo. No es «simplemente» una opción sexual: es el mundo. Es la norma y la normatividad, es la medida de lo correcto, lo aceptable, lo moral, lo sano”.

Durante el proceso de resituación de privilegiada a no serlo desaprendes la mayoría de ideas, discursos, por no decir todo de lo que te habías (o te habían) apropiado hasta ese momento. No faltan los comentarios, solidarizándose, de: “Si no pasa nada, ya está aceptado, el amor es amor” o el de “todas somos iguales”, entre otros por el estilo. Discursos simplistas que, a pesar de su buena intención, invisibilizan mi yo y mi sentir en ese tránsito. Discursos que no dejan entrever las diferentes realidades que surgen y se sumergen al no ser una privilegiada y al estar en los márgenes de la normalidad.

El reconocimiento de haber estado o de estar en una situación privilegiada puede permitir cuestionarnos la realidad que se percibe desde esa posición, siempre teniendo en cuenta que esa no es la única. La salida de esa posición de privilegio puede suponer y supone el desaprendizaje de esa historia única, término de la escritora Chimamanda Ngozi, de ese discurso único al que nos alienamos de manera automatizada, pudiendo analizar tanto la posición de privilegiada como la que no.

(Re)conocer las diferentes historias supone visibilizarlas y darles cabida a ellas y a las dueñas de estas. Permite visibilizar las diferentes luchas y movimientos por parte de cada uno de los colectivos, posibilitando que ellos sean los protagonistas. Pero sobre todo, hace posible empequeñecer la única historia.

Y no, no voy a negar que he estado toda la tarde encerrada en mi habitación, llorando, sintiéndome culpable por momentos, de hacer sufrir a mi madre, pero lo que no siento es de reconocerme de cómo lo hago. Ahora más que nunca necesito quererme y quererme fuerte.

Mi hija no
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Revista que ofrece periodismo y opinión con un enfoque crítico, feminista, transgresor y disfrutón.

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