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Las cartas como cuestión de género Participa

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Noa Tendero Jovaní

Una mujer escribe en un cuaderno en la calle, sentada sobre un muro

A día de hoy, hace aproximadamente cuatro meses se celebraba en distintos puntos del hemisferio norte la Fiesta de la Primavera, que conmemora el equinoccio de esta estación. Un mes ha pasado desde que vimos llenarse las playas de hogueras y las calles de jolgorio, para festejar la mítica noche de San Juan, llamada en tiempos paganos Litha (rueda). Representaba el solsticio, que marcaba el máximo poder el sol y el día más largo del año. Si se practicase actualmente alguna religión neopagana, las festividades del año serían siete, todas marcadas por el calendario lunar-solar.

Frente a esta manera circular de entender el tiempo, está el cristianismo y la mella que dejó, primero en la Europa occidental, y luego allá por donde esta colonizó. A esta idea de linealidad, con la ilustración del s. XVIII y la llegada del capitalismo, se le añade la del progreso, la del constante crecimiento, con puntos de partida y metas, en continuo ascenso. En esta pugna por el poder del conocimiento y concepción del tiempo, las manifestaciones culturales que resistieron a dicha transformación, fueron pues, tomadas.

En este proceso de ruptura cultural e imposición forzada, una figura ha quedado totalmente fuera de plano: la mujer. Si bien el origen del patriarcado se remonta al neolítico, sociedad en la que surge la familia y la propiedad privada, esta forma de organización social ha ido tomando forma y adaptándose al contexto geocultural en cada etapa de la historia de la humanidad.

Sin excepción, las mujeres han sido relegadas a un segundo plano. Vetadas del acceso a la cultura e infravaloradas. Sometidas a un sistema de ordenación social construida entorno a la figura del pater y su autoridad. Construidas a imagen y semejanza de las necesidades ajenas a ellas para cumplir el papel reproductor y servil que ha caracterizado este género construido socialmente para completar al otro.

Las mujeres han aprendido a adaptarse a los espacios masculinos, como recurso de quienes no tienen uno propio. Han podido acceder con los signos de la pasividad, pero han formulado sus propias herramientas para interactuar con el medio y transformarlo. En este reclamo ha jugado un papel fundamental género epistolar, sobre todo en el ámbito intelectual –aunque, en la mayoría de casos, las mujeres no sabían leer y escribir, en los comienzos de su participación–, en donde se ha aliado, una vez más, la culturización con liberación.

¿Alguien podría, pues, negar la retroalimentación entre las epístolas y el empoderamiento femenino y feminista? Coletilla añadida por la lucha que, aunque silenciada, han llevado las mujeres escudándose tras las cartas –cuya estructura sí respeta sus ciclos naturales–, para hacer del espacio de lo privado un trampolín hacia, por un lado, crear un espacio íntimo de crecimiento personal y expresión sin corsés, y por otro, manifestar sus intenciones de ser reconocidas como sujetos.

¿Por qué, Jose María Ramón publica un libro en el que afirma que los hombres expresan mejor las ideas, pero las mujeres dicen mejor las cosas? Me preocupa que en la literatura también tomemos a las mujeres el modelo femenino de actuación, porque consecuentemente pasaremos a ser complementos literarios necesarios solo para perpetuar este, llamémoslo, engranaje. Engranaje, sociedad, sistema, como prefiera. Si la literatura es reflejo de la sociedad, también estará construida sobre la dicotomía masculino-femenino en cuanto a espacios. Pensaba que el espacio de lo privado y el espacio de lo público formaban parte de un orden roto por la literatura, por su puerta abierta a la ficción. Pensaba que aquello hubiese tenido cabida cuando el engranaje, sociedad, sistema, tomaba carácter más agresivo en cuanto a diferencias en su seno. Y ahora creo que me estoy decantando por poner en cuestión el progreso humano. Este carácter lineal del tiempo que tan bien se adapta a este sistema de producción. A este orden según el cual nuestro lugar, el lugar de las mujeres, está en lo privado.

El otro día me comentaba un amigo bastante molesto que no le parece adecuado distinguir espacios, y mucho menos en forma de crítica. Decía que era simplificador y no se ajustaba a la realidad hablar del trabajo masculino como algo casi bucólico, como algunas ensayistas norteamericanas afirman. Se siente acusado, encasillado dentro de lo “malo”. Además, insistía en que ahora ya no existe diferencia en lo laboral, ya que las brechas de género en las tasas de empleo se han venido limando en los últimos años hasta dejar la situación en, según él, una diferencia “insignificante, y casi natural”. De alguna manera reconozco sentirme culpable –dichoso sentimiento que nos persigue, algo así como una inquisición interna–, aunque por otro lado me planteo si realmente debiéramos conformarnos con la total, aunque no alcanzada, inclusión en el plano de lo público, aceptando de manera acrítica los valores masculinos.

Por el engranaje –sociedad, sistema– nombrado anteriormente, que vemos funcionar con el aceite de la dicotomía de lo masculino-femenino, y por su evidente reflejo en las diferentes artes, resultaría bastante complicado reconstruir una historia contada por los hombres. Por eso, me uno al carro de la idea de que para conocer la historia de las mujeres como objeto pasivo tengo que recurrir a las propias mujeres como fuentes primarias. Aunque sin olvidar que también nuestro pensamiento –me incluyo–, se ha forjado en el seno de la sociedad patriarcal. Simone de Beauvoir lo expresa de la siguiente manera: “Las mujeres sienten cómo, a medida que van creciendo, se las coloca en un lugar que ellas no han elegido, pero del que es muy difícil salir, si no imposible”.

Encuentro necesario, a estas alturas, repetir la idea de mujer que se encuentra detrás de las cartas de cualquier época, la cual se muestra incluso absolutamente tolerante a los adulterios, que siempre se encuentran justificados con la existencia de amor. No solo se encuentra una postura respecto del amor totalmente transgresora y discrepante con lo que el patriarcado espera y exige, sino que se encuentran unas mujeres que toman la iniciativa en la relación y además, no creen en la fidelidad dentro del matrimonio. Esto concuerda con la necesidad imperante de tomar las riendas de la imagen propia en el único ámbito que se les (nos) permitía a las mujeres: el ámbito de lo privado.

Defiende la historiadora Sarah C. Chambers que las epístolas constituyen el medio desde el cual el género femenino se expresó en el s. XIX. Queriéndolo comprobar, encuentro que se remonta a mucho antes la funcionalidad del género. Me llama especial atención el papel empoderador que ha jugado entre los que destaca el deseo de Isabel de Guevara, que en el s. XVI escribía a la “muy alta y muy poderosa Señora” Doña Juana de Austria, Princesa Gobernadora de los Reinos de España. Guevara era una de las ocho mujeres que zarpó en una tripulación de 1.500 personas hacia el Río de la Plata con la expedición Don Pedro de Mendoza. En la carta reclama compensaciones por su participación en la expedición, ya que dice haber aportado tanto como sus compañeros varones “sin que de mi y de mis trabajos se tuviesen nenguna memoria, y me dexaron de fuera, sin me dar yndio ni nengun genero de serviçio”.

En este sentido de empoderamiento profesional destacan también las cartas de la primera directora del Colegio Normal Nº1. Se dirige a los funcionarios del sistema educativo tomando las reglas del genero epistolar, poniendo así por escrito sus preocupaciones. Existe la recopilación de sus quince cartas, que constituyen un volumen importante para la historia de la institucionalización de la escuela pública en Argentina. Estaban escritas con el siguiente tono: “Además, con fecha 10 de julio la Aduana de esta ciudad suspendió mi sueldo por haber sido nombrada otra persona que me sustituyera durante una licencia pedida por enfermedad, lo que participo al Sr. Ministro, pues teniendo contacto y encontrándome de nuevo en el cumplimiento de mi cargo, necesito me sean pagados dichos sueldos para cubrir mis necesidades”.

Estarán de acuerdo conmigo que por todo lo anterior no se puede, por un lado, afirmar que el carácter recatado, pasivo y disciplinado de las mujeres sea intrínseco a su condición biológica, y por otro, negar la relación epístola-mujer como movimiento de liberación para la segunda –y, por qué no, de enriquecimiento para la primera–. Aunque el tiempo de las cartas se ubica en espacios propios de las esferas masculinas, nos hemos servido de este género para corromper el silencio, la represión, y la domesticidad que el sistema patriarcal había guardado para nosotras.

Bien, la figura femenina no deja de cumplir un papel dentro de la rígida estructura patriarcal, pero después de recorrer nuestras creaciones, alienta descubrir que al menos nosotras no nos encontramos reconocidas en dicho papel. Precisamente, por haber tenido que vencer tantos obstáculos, somos conscientes de la capacidad de manipulación y de encubrimiento de la realidad que tiene el lenguaje. Más aún, se han planteado dentro del propio ámbito, estrategias de transformación, con el único objetivo de ser sujetos de nuestro arte, nuestra realidad.

A partir de aquí, la lucha por la visibilización acaba de comenzar, el poder se aferra a su hegemonía masculina y utiliza el descrédito con todas las cargas culturales como arma para frenar el avance del autoconocimiento femenino, y el empoderamiento feminista. No obstante, la literatura ha sido históricamente disidente, pionera y punta de lanza de teorías emancipadoras, siendo el género epistolar un campo de batalla en donde aún queda mucho por recorrer.

Las cartas como cuestión de género
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