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La espera indefinida de los refugiados en la olvidada isla griega de Quíos Participa

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Javier Rodríguez

Campo de Souda a los pies de una muralla

Campo de Souda a los pies de una muralla./ Foto: Javier Rodríguez

Grecia, junto con Italia, Chipre y España, es una de las principales rutas de acceso a través de las islas del flujo migratorio. Una de ellas, en el Mar Egeo oriental es Quíos, cubierta por terrenos áridos y montañosos dedicados al cultivo de la vid, el olivo y la higuera. Tiene algo más de 50.000 habitantes y alberga normalmente entre 2.000 y 3.000 personas, según las autoridades griegas –procedentes de Iraq, Siria, Yemen, Nigeria, Sudán del Sur o Marruecos, entre otros países– que cruzan los siete kilómetros que separan la costa turca de la europea en busca de protección internacional.

La capital homónima de Quíos hospeda a la mitad de la población de la isla y a escasos metros de la plaza central de la ciudad se encuentra Souda, un “campo infernal donde ni los animales pueden vivir”, explica Aseel Khalid, un kuwaití de 24 años que lleva en el campamento desde mayo. Este joven confía en que saldrá pronto y podrá vivir una vida tan natural como la que tenía antes de abandonar su país.

Souda, en principio establecido como espacio provisional, está gestionado por el ayuntamiento, quien hacia el final de este verano ha intentado clausurarlo tras la creciente tensión durante los últimos meses. La ubicación, a los pies de una antigua muralla, no hace favorable la estancia en invierno ni en verano; menos aún bajo las lonas de ACNUR. Una de las salidas del campo desemboca directamente al mar, en una playa dividida a la mitad por un canal de aguas fecales. En ella, la municipalidad improvisó una ampliación del campamento –inmortalizado en un reportaje fotográfico por Politischios, un medio local– cuando el espacio no era suficiente para alojar al elevado número de personas que llegaban entonces. El hacinamiento durante meses en condiciones insalubres son el germen de la tensión que se vive en la localidad, que ha desencadenado varios conflictos: en marzo un joven sirio se inmoló. Un mes después una camarilla neofascista atacó las instalaciones arrojando objetos incendiarios dentro. No es el primero de los ataques y estos son solo la más extrema de las evidencias en cuanto al descontento de la población local con la situación.

El desalojo de Souda se está resolviendo con bastante rapidez y entre principios de julio y finales de agosto la ocupación ha pasado de alrededor de 800 a 200 personas, sostiene Antonis Vorrias, cofundador de FEOX, una de las organizaciones locales dedicadas al rescate y a la ayuda humanitaria en Quíos. Los desalojados están siendo enviados a otros campos en la Grecia continental o al otro que hay en Quíos, conocido como Vial, gestionado por el ejército heleno y a casi diez kilómetros de la ciudad. Delimitado por vayas y concertinas, los residentes pueden entrar y salir libremente –aunque las comunicaciones son escasas y a menudo tienen que hacer el trayecto a pie–, pero las organizaciones y voluntarios que operan en la isla no.

El alojamiento está conformado por contenedores –en principio, para un máximo de cuatro– en los que conviven “hasta siete y ocho personas, familias enteras”, cuentan algunos de sus inquilinos. Aunque la capacidad del campo está a punto de exceder su límite, la ocupación sigue aumentando y durante algunos días de agosto, decenas de personas durmieron en el suelo, en la sala de espera del centro, esperando para ser registradas y alojadas.

En Vial, la sobreocupación se suma al aislamiento, además de mantenerse la lentitud y la inquietud en el proceso de permiso de asilo: durante los meses en que se suceden las diversas entrevistas para obtener el traslado a la Grecia peninsular –y de ahí al país en que se pide protección–, en la mayoría de los casos, los solicitantes no están informados sobre sus derechos, los pasos a seguir y la duración de los plazos de espera. Refucomm es una de las organizaciones que ofrece ayuda –en árabe, farsi, urdu y francés– en todo el territorio griego sobre el procedimiento, pero en este centro, desde que los voluntarios no pueden acceder, su labor se hace prácticamente imposible.

A finales de agosto tuvo lugar en Lesbos, la isla vecina, una huelga de afganos en la que durante tres días reivindicaron la aceleración de sus procesos. Esta tardanza es la causa fundamental de la desesperación y la frustración con las que se vive en los diversos puntos de llegada, y las políticas europeas de cierre de fronteras como el incumplimiento del compromiso de acogida de los estados miembros de la Unión Europea o el acuerdo UE-Turquía que establece al segundo como “país seguro”, no reducen el número de llegadas. Muy al contrario, las “estimaciones mínimas [sic]” que ofrece la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) hablan por sí mismas: en el primer semestre de 2017 han perdido la vida en el Mediterráneo 2.357 personas y se estima que llegaron más de 103.000.

Las barcazas siguen arribando en las costas europeas y los traficantes de personas –en Libia, Turquía o Marruecos– aplauden las decisiones de Europa, que ignora la urgente necesidad de cubrir ni siquiera las garantías más básicas. Mientras tanto, se siguen acumulando personas, en unas condiciones caóticas y de precariedad extrema, que huyen de la persecución y la violencia. “No sé mucho sobre la ley en Grecia y el procedimiento de asilo es muy lento, llevo un año en Grecia y todavía estoy esperando una respuesta de las autoridades griegas”, cuenta Omar, sirio de 33 años. Tras describir algunas de las dificultades que ha encontrado desde que emprendió el trayecto, su paso por Turquía y su larga estancia en Grecia, se lamenta “yo ya no sé a quién se debe conceder asilo” y espera que “los gobiernos europeos no hagan lo que los gobiernos árabes nos hacen”.

 

La espera indefinida de los refugiados en la olvidada isla griega de Quíos
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