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Daniel Ahmed: “El islam queer es feminista por naturaleza” En red, Entrevista

Licenciado en periodismo, educador social, activista contra la islamofobia y a favor de la diversidad sexual y de género en el islam, Daniel Ahmed habla de espiritualidad, religiones, diversidad sexual y de género en una Europa que vive un “momento de auge del racismo y de la islamofobia”.

Daniel Ahmed y June Fernández, durenta la entrevista hecha en directo en Bilbao. / Foto: Ecuador Etxea

Daniel Ahmed y June Fernández, durenta la entrevista hecha en directo en Bilbao. / Foto: Ecuador Etxea

Esta conversación tuvo lugar antes de que el atentado de Barcelona volviera a incluir la islamofobia en la agenda mediática. Antes de que la policía nacional deportase a dos saharauis, con el apoyo de varios colectivos LGTB, por haber llamado maricón al traductor en el aeropuerto de Barajas. Antes de que en las piscinas y playas de Francia se reanudase el hostigamiento contra las mujeres que usan el llamado ‘burkini’. Cuatro meses después, hablar de islamofobia de género, de homonacionalismo y de islam queer es especialmente necesario. Lo hacemos con Daniel Ahmed, licenciado en periodismo, educador social, activista contra la islamofobia y a favor de la diversidad sexual y de género en el islam. Ahmed está realizando una investigación doctoral sobre activismo queer musulmán en la Europa contemporánea y es integrante de la red Nasij.

Antes de entrar en harina, advierte: “Hablo desde mi experiencia personal, desde mi propia subjetividad, y no quiero que sea entendida como universalizable. Evidentemente, viene atravesada por mi origen, clase, orientación sexual, identidad de género y todos los privilegios y opresiones derivados de estos ejes. Habrá gente que se pueda sentir impelida por ella, o contrariada, pero ninguna de las afirmaciones que hago pretenden que tenga esa universalidad”.

 ¿Por qué decides definirte como musulmán queer?

Lo elijo como estrategia política porque en el imaginario colectivo se presupone una contradicción entre religión y diversidad sexual y de género. Yo tuve consciencia de que no era heterosexual desde muy pequeño, y también de que era una persona espiritual. Enseguida entendí que el discurso religioso oficial presuponía una incompatibilidad entre ser homosexual y cristiano o católico, que es la religión en la que fui educado. Vi la necesidad de pensar tres conceptos de manera diferenciada: la espiritualidad, la religión y la institución religiosa. Mezclarlas no es algo casual, es una consecuencia de las heridas que ha provocado la relación histórica entre el Estado español y la Iglesia católica. Para mí la espiritualidad es algo individual, ligada a una búsqueda de respuestas. La religión sería la construcción social de esta espiritualidad, más grupal o comunitaria. Y la institución religiosa deriva de la jerarquización. Yo no encuentro contradicción entre ser una persona del colectivo LGTIQ+ y ser una persona espiritual. Pero sí que entiendo que existe un problema a nivel social si nos referimos a la religión, y de ahí saltamos a la institución religiosa, que reprueba las disidencias.

¿Qué referentes te han permitido acercarte a una visión del islam emancipadora, antipatriarcal y compatible con la disidencia sexual?

Consciente de que mi orientación sexual e identidad de género no se encontraban dentro de la norma ni de los dogmas de las instituciones religiosas, en mi caso del Islam institucional, sentí la necesidad de informarme. Lo primero que hice fue acudir a los textos: a El Corán y a los hádices. Previamente había hecho un acercamiento a la religión católica, al hinduismo, al budismo. A través de internet, entré en contacto con personas de distintas religiones que hacían activismo en torno a esa confluencia entre espiritualidad y diversidad sexual. A mediados de la primera década de los 2000 se empezó a visibilizar en el Estado español el movimiento del islam queer, gracias en parte a un documental llamado ‘A jihad for love’, que contaba las historias de varias personas musulmanas LGBTIQ+ . Una de ellas era un imán de Sudáfrica, Muhsin Hendricks, uno de los primeros imames en ‘salir del armario’ públicamente. Él fue uno de mis primeros referentes.

Participas en la red Nasij, que promueve este Islam queer. ¿Cómo surge y para qué?

Surge en 2013 en Barcelona con el objetivo de promover el diálogo interreligioso e incluir lo queer en las espiritualidades. Como varias personas que participábamos en la red éramos musulmanas o estábamos en la lucha contra la islamofobia, a partir de 2014 decidimos centrarnos en promover el derecho a la libertad religiosa y defender un islam inclusivo. Queríamos visibilizar que existimos, que somos activistas, luchar contra la teofobia dentro y fuera de los movimientos sociales. Desde nuestro punto de vista, el problema no es que la religión o la institución religiosa sea LGTBIQ+fóbica; el problema de fondo es el patriarcado y la misoginia, dos lacras que están presentes en todos los colectivos y sociedades del planeta.

¿Por qué es necesario hablar de teofobia?

Es un concepto útil. Existe una confusión entre secularidad y laicidad. La primera hace referencia al proceso de pérdida progresiva de la influencia de la institución religiosa en los asuntos del Estado en las sociedades modernas. La laicidad sugiere la cualidad de un Estado o institución que es laico, es decir, que promueve, protege y defiende la libertad de conciencia. En este sentido, el Estado español no sería un país secular ni laico porque, aunque formalmente es aconfesional, existe una injerencia de la Iglesia católica en los asuntos del Estado. La laicidad, tal y como se entiende en Francia, en su objetivo por defender la libertad de conciencia, va más allá de la no injerencia de la institución religiosa en los asuntos del Estado, promoviendo la eliminación de los símbolos religiosos del espacio público. Dicho modelo es muy problemático ya que no sólo anula a las personas que quieren expresar su identidad religiosa, sino que además se basa en una supuesta neutralidad de la sociedad o cultura francesa. Decir que el Estado francés es laico es absurdo; es teofóbico y, por cómo dirige esa fobia hacia ciertas religiones, es además racista.

La entrevista se hizo con público, en el marco de unas jornadas sobre diversidad de género y religiosa. / Foto: Ecuador Etxea

La entrevista se hizo con público, en el marco de unas jornadas sobre diversidad de género y religiosa. / Foto: Ecuador Etxea

¿Como defender un Estado secular sin alimentar la teofobia, teniendo en cuenta la necesidad de expresar nuestra rabia contra las imposiciones religiosas?

No hay que olvidar que no todas las religiones juegan el mismo papel en el espacio público. Estamos en un estado en el que la religión católica es la hegemónica. Es necesario dejar de entender la laicidad -insisto en que prefiero hablar de secularidad- como si eso fuera algo ajeno a las personas espirituales y religiosas. Yo soy musulmán practicante y no quiero que ni la institución católica ni la musulmana ni cualquier otra regule los asuntos del Estado. También hay personas que se identifican como seculares o como laicas pero respetan la espiritualidad y la religión de las otras personas.

Volviendo a Nasij, ¿estáis coordinadas con colectivos de cristianas o judías LGTB?

A nivel internacional, sí. En el Estado español ha habido algunos intentos pero es complicado porque son colectivos con necesidades distintas y no hay una relación horizontal entre las confesiones. El colectivo musulmán está mayoritariamente vinculado a la inmigración. Estamos en un momento de auge del racismo y de la islamofobia, por lo que gran parte de nuestras energías se van en el trabajo de deshacer estereotipos y prejuicios.

En esta labor de desactivar el racismo y la islamofobia topamos con dos herramientas del sistema: el homonacionalismo y el pinkwashing. En los movimientos sociales las citamos cada vez más pero las nombramos indistintamente.

El concepto homonacionalismo fue acuñado por la académica Jasbir Puar en el año de 2007 y hace referencia al proceso al que estamos asistiendo, por el cual los Estados nación están instrumentalizando los derechos de las personas LGBTIQ+ para apoyar políticas, discursos y posiciones racistas y xenófobas. Como ejemplo podemos citar el caso del Ministerio de Interior de Austria en 2014, durante la primera oleada de refugiados provenientes de la guerra de Siria. Dicho Ministerio publicó unas guías de conducta para aleccionar a la población refugiada sobre los valores de la sociedad austriaca. Era un póster con dibujitos: un hombre acompañando a una señora mayor para que cruzara la calle, por ejemplo. Había algunos relacionados con la identidad sexual y de género: dos hombres besándose y dos mujeres besándose, y ponía: “En Austria es normal y ha de ser respetado”. En primer lugar, esta guía tardó en ser traducida al árabe, así que uno se plantea a quién estaba dirigido. La idea era reforzar en la población austriaca un sentimiento nacional de superioridad en oposición a una alteridad que es bárbara, que no tiene educación. Ese sentimiento nacional de superioridad facilita gestionar y justificar todo tipo de políticas migratorias, y a la derecha le sirve para ganar votos de la comunidad LGBTIQ+ , como ha ocurrido en las elecciones en Francia. Comunidades antes disidentes son absorbidas por los Estados y acaban apoyando posturas racistas.

El pinkwashing, ese lavado de imagen utilizando los derechos LGBTIQ+ , es una estrategia dentro del homonacionalismo. El ejemplo arquetípico es Israel vendiendo Tel Aviv como el paraíso de las personas LGBTIQ+ pero sin explicar que ese mismo Estado está violando los derechos de las personas palestinas, que hay personas palestinas LGBTIQ+ que no tienen acceso a ese paraíso, o que hay espacios dentro del Estado de Israel no precisamente gay-friendly. El pinkwashing no sólo se emplea para reforzar la identidad étnica o nacional, si El Corte Inglés saca unas banderas arcoiris por el Orgullo para vender esa imagen tolerante, eso también es pinkwashing.

Comentas que una práctica muy habitual en el activismo y las ONG, y que refuerza el homonacionalismo, son estos mapamundi de los derechos sexuales y reproductivos, en los que los países del Norte van a estar en verde y el Sur en rojo.

Es peligroso porque en estos mapas no se reflejan las vulneraciones de derechos que comete, por ejemplo, la Unión Europea en la frontera Sur, donde mueren miles de personas, entre las cuales también hay personas LGBTIQ+. Los análisis tienen que ir más allá: ¿por qué un país tiene una legislación específica respecto a la comunidad LGBTIQ+ ?, ¿esa legislación es apoyada por la mayoría de la sociedad?, ¿cuál fue el peso de la colonización?

Hace unos meses, la denuncia de que en Chechenia la policía está ordenando detener, torturar, desaparecer a hombres homosexuales provocó movilizaciones en el Estado español. Identificaste en ellas el riesgo de islamofobia y homonacionalismo.

Ha sido un claro ejemplo de cómo no gestionar este tipo de situaciones de vulneración de los derechos humanos. Sale la noticia, respaldada por Estados Unidos y la Unión Europea, circula por las redes sociales, se empiezan a crear iniciativas de solidaridad, los medios de comunicación entran en el juego y difunden contenido islamófobo. Es muy interesante ver el lenguaje que se utilizaba, que hacía referencia al Holocausto: campos de concentración, purgas, genocidio. Palabras que nunca se utilizan en otros contextos de vulneración de derechos humanos. En el Estado español hablamos de Centros de Internamiento para Extranjeros, no de campos de concentración de inmigrantes. Hay que plantearse a quién beneficia el uso de ese lenguaje. Hay que contrastar la información, ver si hay más de dos fuentes fiables, analizar la situación geoestratégica (una semana antes el Gobierno de Estados Unidos bombardea Siria, hay un atentado en Moscú y todo ello coincide con las elecciones de Francia). No es casual. ¿Esos centros no existían antes? ¿Por qué siempre son los países de mayoría musulmana los que están señalados? No se trata de dejar de denunciar que se están violando los derechos humanos, sino de no generar más violencia de la que estamos tratando de combatir.

Ahmed, durante la entrevista. / Foto: Ecuador Etxea.

Ahmed, durante la entrevista. / Foto: Ecuador Etxea.

¿Existe el riesgo a que, por miedo a alimentar la islamofobia, no denunciemos el avance del fundamentalismo islámico con la misma fuerza con la que plantamos cara a los integrismos cristianos?

Es complicado porque el miedo a fomentar la islamofobia es real. Se fomenta cada vez que se propagada un estereotipo, cada vez que se señala a una chica con velo, dudando de su agencia. Estamos instrumentalizadas por los medios de comunicación, por las políticas de los Estados. Los medios alternativos, los activismos, incluso la Administración Pública, tenemos el deber de hilar fino y que el dardo se dirija directamente a los responsables; al fundamentalismo religioso y no a las personas musulmanas o al Islam.

Desde nuestro contexto, nos llegan dos discursos feministas polarizados sobre el Islam: el que defienden las feministas islámicas y el de feministas ateas de países árabes que ven en esta religión una fuente de opresión.

Hablar de choque o de confrontación en los feminismos es lógico, en los feminismos blancos también los hay porque son muchos y diversos, denota diversidad y pensamiento crítico. Dentro del colectivo no se ve tan clara esa distinción. Fatema Mernissi, considerada como la abuela del feminismo islámico, rechazó siempre esa etiqueta, que veía ligada a Europa y la colonización. Existe un debate interno sobre la terminología. Pensaría más en las prácticas. El islam queer ha bebido mucho del feminismo islámico en lo relativo a la reinterpretación de los textos del islam; es feminista por naturaleza.

El velo es el eterno tema de debate y en el que se percibe ese choque: musulmanas que reclaman su libertad de vestimenta y árabes que ven en él una muestra visible del avance del fundamentalismo.

El contexto connota los términos del debate. Las luchas son muy diferentes. En Europa, las musulmanas reivindican su derecho al propio cuerpo, a vestir de la manera que consideran, a poder practicar su religión, a usar el velo para reafirmar una identidad política. En países de mayoría musulmana donde hay un auge del fundamentalismo, el foco se pone en otra parte. El punto de encuentro es luchar por que las mujeres tengan derecho libremente a decidir y cuestionar la injerencia por parte del Estado o los hombres respecto a la regulación de su cuerpo, como ha ocurrido con el burkini.

Tú defiendes el islam queer desde un contexto determinado. ¿Te has encontrado con reproches de personas que se han sentido perseguidas en nombre del Islam opresiva?

No. La gente agradece una mirada emancipadora y conciliadora. De todas formas, no todas las personas del movimiento Islam queer han nacido o viven en Europa. Tampoco hay que presuponer que la aceptación de la diversidad sexual por parte de las familias musulmanas es menor que la de las familias cristianas. Hay personas que, debido a la persecución, han abandonado el Islam, y hay otras que no.

Mushin Hendricks plantea que una ventaja del Islam es que no hay una jerarquía que le expulse por participar en el Orgullo.

El Islam no tiene una autoridad central, lo cuál facilita las disidencias. No se busca la homogeneidad o la universalización de los dogmas. Un imán es una persona elegida por su propia comunidad, por sus conocimientos sobre religión, para liderar la oración y dar consejos. Nadie le puede quitar esa autoridad si la comunidad le apoya. No creo que ese modelo esté muy alejado de los grupos de cristianos de base, aunque es un error pensar otras espiritualidades con nuestras gafas -que toman la católica como referencia- puestas.

En la tradición musulmana encontramos otros elementos interesantes, como la tradición homoerótica o alusiones a la existencia de personas no binarias en los hádices.

Decir que en el mundo islámico ocurre algo es muy problemático porque hablamos de un colectivo de casi dos mil millones de personas. Pero sí existe un antes y un después con la llegada de la colonización. Hay toda una literatura homoerótica que era animada por los propios sabios de la religión y que contrasta con la tendencia hegemónica en estos países hoy. Cuando Europa coloniza América, Africa y Asia, lleva un sistema cultural, unas leyes, una moral rígida, victoriana en el caso de las colonias británicas… Hay crónicas de viajeros que se llevaban las manos a la cabeza porque en lo que hoy conocemos como Marruecos la homosexualidad era visible.

¿Y el lesbianismo?

En la jurisprudencia clásica en el Islam, es decir, en las leyes escritas por personas a partir de El Corán y de los hádices -y que, por tanto, no son palabra divina- se considera que no hay acto sexual si no hay coito o penetración. Eso ha tenido un efecto negativo y uno positivo para las lesbianas. El negativo es que no nos ha llegado mucha información sobre qué sucedía con ellas, pero al mismo tiempo las pocas crónicas que nos han llegado hablan de cierta permisividad, porque no se consideraba que lo que hacían fuera ilícito. Volviendo a la anterior pregunta, es absurdo pensar que no existen disidencias sexuales y de género más allá de los marcos de la contemporaneidad europea. Hay referentes no binarios en cualquier civilización: los ‘dos espíritus’ en Norteamérica; las hijras en el Sudeste asiático; las vírgenes juradas en los Balcanes… La colonización intentó borrar y homogeneizar.

¿No existe el peligro de mitificar esas disidencias desde Occidente? En el caso de las vírgenes juradas, se les permite adoptar un rol y una expresión de género masculina, precisamente en el marco de un binarismo muy rígido.

La idea no es nombrarlas como ejemplos idílicos ni negar sus dificultades sino visibilizar las identidades no binarias en estos territorios. Su propia existencia, negada por el discurso oficial, ya es una muestra de lucha contra el patriarcado, contra la misoginia, contra las interpretaciones misóginas y patriarcales que se hacen de la religión.


Esta entrevista fue realizada ante el público que acudió a las jornadas sobre diversidad religiosa y de género ‘A los Diosxs rezando y el género cuestionando’ que organizó Pikara Magazine junto a Médicos del Mundo Euskadi- Munduko Medikuak Euskadi en mayo de 2017.

Daniel Ahmed: “El islam queer es feminista por naturaleza”
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Periodista. Madre orgullosa de Pikara. Colaboro con eldiario.es, Diagonal y Argia. Me gusta contar historias de personas libres y rebeldes. También me gusta romper tabúes y provocar cortocircuitos contra los sectarismos (el mío incluido).

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