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Carta abierta: Lo dejé 5 veces y yo volvía siempre. Chica, ¡aléjate de él! Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Alba Novell

Alambre de púas

Me enamoré de él y el amor se convirtió en una montaña rusa.

Me subí y bajé y caí y grité y fue divertido hasta que dejó de serlo y entonces me hundí en el fondo de nuestro amor. En la oscuridad de esa luz que te alumbra demasiado estaba buscando algo, un sentimiento reparador que lo invadiera todo: como cuando un ejercito destruye una ciudad y deja solo un solar infértil. A lo mejor en medio de esa nada podría construir una casita bonita para dos, eso sería cuqui… Eso que yo nunca he deseado porque siempre he sido de relaciones abiertas y respetuosas con nuestra libertad y nuestro flow… Eso entonces me pareció genial, porque estaba sola, triste, huérfana y deprimida.

Pero me enamoré muy de verdad y el amor tóxico me destruyó.

Íbamos en coche por todas partes, él me regaló su ciudad: la envolvió con papel de colores, le puso un lacito de los que me gustan y me dijo: “toma, princesa, Roma es para ti”. Y yo sentí que todo aquello era un tesoro, que realmente era solo mío y nuestro. Me merecía que me cuidaran, pensaba que merecía todo ese amor.

“¿Por qué no? Ya he sufrido bastante, esto puede ser el inicio de una nueva cosa maravillosa, otra vida para mí”. Y me equivocaba.

Chicas, no sabéis cuánto me he atormentado por haber aceptado ese regalo, esa ciudad que no pude disfrutar como hubiese querido, esa casita de paredes naranjas y violeta, esos cuidados con créditos emocionales al 20% que tenía la obligación contractual de devolver.

La autoculpabilización no nos ayuda a reparar nuestra autoestima después de romper con una relación tóxica de poder y de dependencia emocional. A veces nos equivocamos, a veces nos sentimos tan mal con nosotras mismas que buscamos en los demás aquello que solo podemos darnos nosotras. Y ahí, amigas… Ahí es cuando aparecen los monstruitos disfrazados de príncipes.

Yo no tenía que hacer demasiado, parecía como si él pudiera solucionar todos los problemas cotidianos que surgían en mi vida y estaba en ella y en todos los rincones de ella. Yo lo admiraba ciegamente. Cuando yo lloraba, cuando yo me encerraba durante semanas en la habitación y no comía y no hablaba con mis amigas porque sufría una depresión, él me preparaba la cena, me hacía levantar, me lavaba la ropa y me metía en la ducha. Me decía cosas bonitas, me cuidaba y me daba todo su amor. Porque, chicas, todo su amor era para mí y solo para mí, ¡enterito! y eso… Eso no puede traer nada bueno. Nada bueno… Porque eso se da pero a veces no es gratis. Yo era su cosita, su niña pequeña y princesa y tesoro… Y al final me asusté. Me asusté porque me convertí en todo eso, porque acepté es regalo, todo el pack del amor romántico metido en la batidora con la frustración personal de los dos y muchas inseguridades.

Dejó de hablarme porque había quedado con mi amiga, “sin antes comentarlo con él». Había temporadas en las que casi no hacíamos nada juntos porque él no tenía tiempo, pero yo tenía que consultarle antes, porque si no “lo estaba echando a un lado”.

Él era un hombre público con todas sus letras: salíamos a menudo y cada dos minutos teníamos que saludar a alguien. Yo era su “compañera” de la que él estaba orgulloso. Guapa, delgada, lista y 13 años más joven que él. Vaya, que el tío había triunfado. Pero nadie sabía que yo estaba delgada porque nunca superé del todo mis trastornos alimentarios. Nadie sabía que esa pareja perfecta no follaba más que los domingos, nadie sabía que yo me convertí en una niña caprichosa y él había concentrado sus inseguridades en mí. Y eso estalló en mil discusiones, en llamadas infinitas y controladoras, estalló en gritos y llantos y yo empecé a tener miedo. Hasta que creí de verdad que estaba loca, porque él me lo decía cuando discutíamos y yo perdía el sentido de todo. Llegué a pensar que todo era culpa mía, que esa relación no funcionaba porque yo era una histérica depresiva y desequilibrada. Me lo creí y me alejé de mis amigas y dejé de llamar a las personas que más quiero. Pensaba que era una mujer tóxica y me odiaba, no quería hacer más daño a nadie. Solo a mí misma.

Lo dejé 5 veces pero yo volvía siempre. O él venía a buscarme donde fuera, hasta en otro país, improvisadamente, sin mi consentimiento. Primero me parecía mal, después me encantaba con sus palabras y yo lloraba. Cada discusión iba seguida de una reconciliación preciosa, música, baile, cenas, sexo. Discursos mitológicos sobre nuestro amor único y especial y caricias de seda. Y entonces yo sentía que era el amor de mi vida. Mi cerebro se había deshecho como un helado de fresa y tenía la sensación que no podría dejarlo nunca jamás.

Pasaron casi dos años y me fui. Decidí irme después de una discusión que terminó demasiado mal y que me asustó. Me asusté a mí misma, en lo que me había convertido… Me fui de casa, me fui de esa ciudad y me fui de ese país. Y chicas, creedme, si ahora estoy volviendo a ser yo misma es gracias a mis amigas geniales y a mis técnicas de autoamor.

Las mujeres somos el top, porque esta relación no es única y especial, es un patrón de mierda que nos han enseñado a reproducir y aún así, aquí estamos, dándolo todo juntas y revueltas.

Y no os voy a mentir: amo a ese tío y no voy a volver.
Ahora, por fin, me quiero más a mí misma.

Carta abierta: Lo dejé 5 veces y yo volvía siempre. Chica, ¡aléjate de él!
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