fbpx

Somos amigas Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Sara G. Fernández

Dos mujeres se besan en el espacio público

Resulta un poco extraño escuchar ciertas preguntas y tener que dar las respuestas correspondientes a estas alturas. También lo es el darte cuenta de que mucha gente no se plantea la posibilidad de que varias mujeres mantengan una relación que trasciende la amistad, incluso cuando lo único que falta para anunciarla son unas luces de neón. Desafortunadamente, situaciones de este tipo ocurren a diario y explican la existencia de días como el 26 de abril, jornada en la que se celebra el Día de la Visibilidad Lésbica.

Dejando a un lado la discusión en torno a la eficiencia de los días de, los beneficios que se derivan de ocupar espacios públicos con acciones y mensajes inclusivos me parecen fuera de toda duda. En este sentido, salir a la calle y visibilizar una orientación sexual que se escapa de lo heteronormativo es sumamente importante, ya que supone afirmar algo que durante siglos se ha reprimido e intentado eliminar de nuestra cultura causando una enorme cantidad de sufrimiento: la existencia de identidades divergentes en el plano sexo-afectivo. Con esto no quiero decir que quienes nos encontramos dentro de dicho espectro tengamos la obligación de informar al resto acerca de nuestras preferencias, ya que cada uno tiene el derecho de escoger libremente cómo y con quién quiere compartirlas. Sin embargo, si nuestras circunstancias materiales, físicas o psicológicas nos lo permiten conviene atender a las consecuencias positivas de manifestarse abiertamente acerca de esta cuestión.

Los ejemplos que me llevan a concluir esto son numerosos y cotidianos. Tan sólo hace falta visitar las redes sociales o los diferentes foros de internet para encontrar testimonios al respecto, o escudriñar los motivos por los que ciertas figuras públicas o personajes de ficción son importantes para sus fans. Cuando alguien perteneciente al colectivo LGBTQ+ decide visibilizarse como tal, normaliza una realidad que ha sido patologizada y estigmatizada durante siglos, reduce la sensación de incomprensión de quienes no saben lidiar con su sexualidad o su género porque la sociedad no le ha dado pautas para hacerlo, combate la soledad de estos individuos al hacerles ver que no son los únicos que atraviesan esa experiencia subjetiva, y les da la oportunidad de sentirse representados. Por supuesto, existe una lectura de este tipo de situaciones diametralmente opuesta: al fin y al cabo ¿por qué la sexualidad de alguien debería ser tratada como algo relevante? ¿Es la heterosexualidad un tema de conversación recurrente entre las personas que se denominan como tal? Y si no lo es ¿Por qué habría de serlo el caso contrario, si lo que se pretende lograr es una igualdad de consideración y trato entre las personas cuyos intereses encajan con la heteronormatividad y aquellas cuyos intereses no lo hacen? En mi opinión, la respuesta es simple: cuando un discurso es hegemónico -como lo es la heterosexualidad- todo lo que nos rodea se ve atravesado por ello, por lo que no existe la necesidad de reivindicar su existencia mediante la acción y la palabra de forma explícita. Sin embargo, los discursos e identidades que se alejan de la norma no tienen el privilegio de hacer algo tan aparentemente sencillo como existir. Este es el motivo por el que existen fechas como el Día del Orgullo Gay, el Día de la Visibilidad Lésbica o el Día contra la LGBTQfobia: demandar reconocimiento por parte de la sociedad y respeto como parte fundamental del mismo.

Pero, si bien es cierto que toda orientación sexual considerada como un desvío respecto a la norma ha sido silenciada y todavía sigue siéndolo, no tiene sentido negar que algunas son obviadas con más frecuencia que otras. Por poner un ejemplo, quienes se identifican como asexuales apenas gozan de representación alguna en la cultura popular y en los medios de comunicación. En cambio, ¿qué ocurre con otras minorías más socialmente aceptadas y con mayor presencia en el ámbito público como lo son gays y lesbianas? La comparación del tratamiento de unos y otras es un reflejo más de los efectos del heteropatriarcado: a pesar de que ellos también se encuentran perjudicados por el mismo, ya que sanciona a quienes escapan del modelo relacional canónico, este acepta e integra con mayor facilidad todo aquello que rodea a las figuras masculinas. Si atendemos a productos de consumo masivo como videojuegos, películas, series o programas de televisión, nos encontramos con que la homosexualidad entre hombres, ya sea personificada en un determinado individuo o mediante parejas, ha sido un tema más presente a lo largo de las últimas décadas que la homosexualidad entre mujeres (a pesar de aparecer reflejada de un modo casi caricaturesco debido al exceso de estereotipos u ocupar casi siempre un segundo plano para no despertar polémica). Esto repercute en el imaginario colectivo y, por supuesto, no es fruto del azar.

En lo referido a sentirnos atraídas por personas de nuestro mismo género las mujeres nos encontramos, por lo general, con una doble traba a nivel social: o nuestro interés acaba redirigido a satisfacer las fantasías de los hombres o directamente se nos niega la posibilidad del mismo. Estas reacciones responden a una cultura que nos ha concebido y nos concibe como objetos de deseo en lugar de sujetos deseantes, y que se esfuerza por hacernos creer que necesitamos un contraparte masculino para compensar nuestras carencias también en este ámbito. Pese a que el problema de fondo es que nuestra autonomía como seres humanos se encuentra en entredicho por el mero hecho de pertenecer a nuestro género, lo cierto es que esto no hace más que agravarse cuando se intenta hablar de la sexualidad femenina. Al fin y al cabo, la corporalidad, las fantasías y las apetencias de las mujeres siempre han sido tabú, incluso cuando se han dado en un marco donde el hombre juega algún papel… ya no digamos cuando estas se encuentran dirigidas única y exclusivamente al disfrute de y entre nosotras.

En este sentido, y tal y como decía al principio, yo misma he podido experimentar cómo después de meses en los que no había sido especialmente discreta e incluso a día de hoy, muchísimas personas todavía creen que mi pareja es simplemente mi amiga (con esto no quiero decir que no lo sea, sino que nuestro vínculo no se reduce a esto). Este es un ejemplo del tipo de situaciones a las que me refiero cuando digo que para el grueso de la sociedad somos invisibles. Sencillamente no existimos. Quizá somos una posibilidad en la teoría, pero no en la práctica: no se nos reconoce en los diferentes contextos sociales a los que cualquier persona se enfrenta en su día a día. También he podido comprobar en numerosas ocasiones cómo una de las primeras cosas que se le ocurre decir a un hombre cuando le cuentas que mantienes una relación con una mujer es algo relacionado con un trío. En sí misma esta sugerencia no tiene por qué ser negativa: sin embargo, que sea una de las reacciones más habituales y que se trate de un comentario de tal naturaleza no parece casual. Deja entrever cómo opera la dinámica social, según la que, ellos no pueden quedarse fuera y nosotras no somos suficiente. Podréis pensar que este diagnóstico es exagerado o precipitado en su defecto; puede que yo misma opinase lo mismo si leyese todo esto hace un par de años. No obstante, los comentarios y situaciones que en un principio se afrontan con naturalidad y humor acaban dando paso a la sorpresa y el agotamiento cuando se producen de forma reiterada. Y si yo, una persona privilegiada en multitud de aspectos, acabo teniendo sentimientos negativos cuando se me interpela o silencia en relación a mi sexualidad ¿en qué lugar deja esto al resto?, ¿cómo deben sentirse quienes también se encuentran invisibilizados y oprimidos por otros motivos además de este, y además lo padecen en un grado aún mayor?

Cuando vi que el 26 de abril algunos de mis contactos compartían esa frase que reza no somos amigas, nos comemos el coño no le di gran importancia. Lo dejé pasar. Ahora me parece una consigna sumamente acertada, símbolo de que algunas cosas deben ser dichas más altas y claras que el resto si tenemos la oportunidad de hacerlo porque también, a diferencia de otras, pueden ser ignoradas con mucha más facilidad.

1 Ver Why the media still doesn’t get lesbianism right: http://www.adiosbarbie.com/2014/11/why-the-media-still-doesnt-get-lesbianism-right/.

Consultar también GLAAD  – Where we are on TV report (2016): https://www.glaad.org/whereweareontv16

2 A modo preventivo me gustaría aclarar que no me siento atraída tan sólo por mujeres. En consecuencia hay experiencias y vivencias que se me escapan, ya que lesbianas, bisexuales y pansexuales no somos percibidas del mismo modo. Sin embargo, sí puedo hablar en primera persona de cómo es percibida (o más bien, cómo no lo es) esa parte de mi dimensión sexo-afectiva correspondiente a mi atracción como mujer por otras mujeres.

3 También me gustaría aclarar que no creo que tener coño sea un requisito para ser mujer. El motivo por el que me llamó la atención este lema y por el que ahora lo recojo es el que indico al final del texto: su carácter directo, explícito y contestatario.

 

Somos amigas
0 votes, 0.00 avg. rating (0% score)

Revista que ofrece periodismo y opinión con un enfoque crítico, feminista, transgresor y disfrutón.

Uso de cookies

Nosotras también hemos sucumbido a las cookies y eso que no son de chocolate. Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies