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‘Quiero retruco’, dijo el machismo Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Paula Quinteros (with a little help of my feminist friends)

Un hombre hace pucheros y se oculta el rostro con las manos
El recrudecimiento del machismo frente a la lucha feminista se podría comparar con el avance revanchista de la derecha frente a los años de gobiernos populares en América Latina. Estigmatizar, desacreditar, ensuciar, marginar, reprimir… matar.

El poder se resiste a abandonar su lugar de privilegio. Se encierra, levanta sus muros y coloca francotiradores en todos lados para defenderse de lo que entiende como un “ataque” a su integridad.

Así, las mujeres nos enfrentamos a un poder que lleva siglos dominándonos, controlándonos, maltratándonos… matándonos.

En este contexto de resistencia al derecho a la igualdad, la libertad y la vida de las mujeres, se incrementa la violencia machista. Violencia psicológica, violencia económica y violencia física como una forma de disciplinarnos.

Claro que no todos los hombres ejercen la violencia de género.

Hay algunos que luchan diariamente con su propio machismo, hacen oídos sordos a sus ruidos internos y caminan al lado nuestro un poco convencidos, otro poco no… como siguiendo una lógica conductista en donde la praxis modifica la idea; o como dice Serrat “se hace camino al andar”. Entonces andan… con sus contradicciones, a veces sintiéndose atacados, otras haciendo chistes para procesar y comprender nuestra mirada desde su posición… Pero ahí van. Es justo reconocerlo.

Pero están aquellos que han quedado descolocados frente a nuestra demanda de relaciones basadas en la igualdad, el respeto, la libertad. Muchas veces son hombres que cuentan con un capital simbólico y cultural que les impide negar el feminismo como movimiento revolucionario pero que, a su vez, les cuesta encontrar herramientas para manejarse en este nuevo panorama que nos/les planteamos.

Entonces, sin querer queriendo, recurren a una modalidad más sutil de machismo. Pese a un discurso más bien progresista, asumen comportamientos que destruyen y lastiman nuestra autoestima haciéndonos sentir que eso no es más que una consecuencia de nuestro accionar como mujeres feministas. En algún punto, somos las únicas culpables/responsables de nuestro dolor.

El funcionamiento es casi imperceptible. Generalmente, acuden a la manipulación de la idea de libertad e igualdad que propone el feminismo convirtiéndolas en recursos negativos hacia nosotras mismas. Como si fuera una manera de redoblar la apuesta en donde nos volvemos descartables afectivamente, apenas pisamos el casillero de largada del gran juego de azar que implica una relación o un vínculo. Como si nosotras al ser libres e independientes perdiéramos la sensibilidad o fuéramos despojadas de emociones/sentimientos convirtiéndonos sólo en un cuerpo/objeto de deseo; o como si la libertad de elegir y la independencia como forma de vida implicaran frialdad en el corazón tanto hacia ellos como hacia nosotras mismas.

Conclusión: siguen sin verla.

Ellos esgrimen algunos argumentos al momento de explicar qué les sucede cuando, sin que el vínculo haya siquiera asomado a escena (o aún cuando esté comenzando a desarrollarse), deciden abandonar el barco.

Uno de los fundamentos de esta decisión reside en la no compatibilidad, el no enamoramiento entre dos seres. Nada que cuestionar. Eso está o no está. Se hace muy dificultoso develar aquí las variables de su existencia o inexistencia frente a tamaña subjetividad o ENIGMA.

Otra explicación suele estar relacionada con el rechazo a cualquier futuro compromiso y a una necesidad de saltar de cuerpo en cuerpo sin fusionarse con ningún alma. Superficialidad versus profundidad. ¿Amor libre o una nueva forma de harén occidentalizado escudado en la idea de libertad?

También el miedo hacia nosotras aparece como una de las respuestas. Para nuestra sorpresa, si recurrimos a las estadísticas, las que deberíamos tener miedo somos nosotras que nos matan cada 18 horas. Tan sólo en Argentina hubo 26 femicidios en el mes de abril del corriente año. Entonces, ¿a qué le teméis vosotros, los hombres?

Confiando en que tanto sus palabras como ese temor son reales, quizás el miedo no es más que a jugar con otras reglas: las de la igualdad. Lo que trae aparejado (para ellos) perder poder. Un poder que no quiere ser disputado. El poder que concentran desde hace siglos y que sus padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, etc. les transfirieron como la “preciada herencia”. Y que sus madres, abuelas, bisabuelas, tatarabuelas reprodujeron por ósmosis, algunas (quizás) no tan convencidas o sin darse cuenta.

Lo cierto es que ante la posibilidad del amor (que no siempre está, pero puede estar), las personas nos volvemos mucho más vulnerables. Más aún si estamos en igualdad de condiciones. Entonces, aquellos machos que ejercen la violencia de género (en donde no hay amor sino deseo de dominación, pero ellos creen “amar”) optan por maltratarte, pegarte, asesinarte. De esa manera, vuelven a su lugar de dominio. Te disciplinaron. Eras su propiedad y no lo habías entendido.

Pero ¿qué hacen los hombres que no acuerdan ideológicamente con el mandato de ejercer poder sobre el otro y que no consideran la violencia machista como una salida/resolución de la situación?

Una respuesta posible (pero no única) es que logran reorganizar sus estructuras mentales y su praxis en este nuevo mapa, pero en el fondo no logran deshacerse totalmente de su lugar de privilegio. Reformistas, más no revolucionarios. Por ello, algunos nos ubican como objetos de deseo desechables donde el juego de la libertad (en algunos casos) anula la oportunidad del amor. Si osamos enamorarnos/engancharnos, en ese mismo instante somos rechazadas y ellos volvieron mágicamente a su lugar de poder. Ellos decidieron y te avisaron de que las reglas estaban basadas en la libertad que “tanto anhelamos nosotras”. Touché.

Resultado: ahí queda una… luchando contra sus sentimientos hacia otra persona o el deseo de seguir conociéndola; peleando contra su propia idea de libertad (¿está mal?); cuestionando su propia idea del amor; reflexionando sobre si fueron claras las reglas del juego y si realmente las aceptamos así; surfeando la ola de la frustración; preguntándonos si la fórmula es esconder el corazón; y un sinfín de preguntas sin respuestas…

¿Ma’? ¿Pos ‘hora? ¿Cómo hacemos si buscamos libertad e igualdad en una relación pero con la posibilidad del amor como motor del vínculo? ¿Imitamos el papel de sus madres o de nuestras madres mientras nos tragamos todas las palabras, ideas y banderas que enarbolamos en estos años? ¿O nos resignamos a vínculos chatos/mediocres creyéndonos libertarias y feministas, pero condenadas a que el control/dominio lo sigan teniendo ellos y no sea compartido? ¿Eso era por lo que luchábamos? ¿O aún estamos a mitad de camino en esta larga (por momentos, eterna) batalla contra el patriarcado (que no es lo mismo que “los hombres”)?

Muchas son las preguntas y varias son las hipótesis que surgen como intentos de respuestas a nuestros debates internos y nuestras propias contradicciones. “Qué sé yo”, “anda a saber”, “es muy complejo” concluimos con amigas, compañeras, hermanas, primas, cuñadas y otras pensadoras agotadas.

Asistimos a tiempos revueltos. Las cosas tienen movimiento y al parecer están intentando cambiar pese al peligro que aparentemente representamos.

Sin embargo, hay algo que nos/les debe quedar claro: no peligra la integridad del “hombre” como tal. Lo que claramente está en riesgo es el poder machista. Corre riesgo porque, según dicen, somos peligrosas. Y sí. Somos peligrosas porque somos anti-sistemas. Somos anti-sistemas cuando peleamos la igualdad; cuando defendemos nuestra dignidad de los que faltan el respeto; cuando nos mantenemos solas y no los necesitamos como proveedores sino como pareja; cuando deseamos nosotras antes que ellos; cuando les enseñamos en la cama… Somos anti cuando nos negamos a ser sus madres y ansiamos ser sus compañeras. Juntas a la par.

El machismo nos llama feminazis, masculinizadas, jodidas, yeguas, perras –entre otros adjetivos–, para ningunearnos en nuestra calidad de mujeres y oponernos a la mujer dulce, princesa, adorno, sumisa y condescendiente que atrasa años luz en esta lucha. Como si las guerreras no pudiéramos ser dulces. Como si las luchadoras no tuviéramos nuestro costado sensible. Como si la autonomía implicara el descuido hacia nosotras. Como si la libertad mereciera la indiferencia.

La verdad es que necesitamos de los hombres para deconstruir el patriarcado y así poder construir otro tipo de relaciones/vínculos entre nosotros. No va a ser un signo de debilidad sino de fortaleza de parte de ustedes. Y va a ser hermoso.

Por eso, prueben ser más fuertes y suban hacia donde los estamos esperando. Porque si no hay igualdad quizás sea porque muchos de ustedes se quedaron abajo y nosotras…. volamos.

‘Quiero retruco’, dijo el machismo
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