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Que no nos maten, matémonos Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Texto anónimo

Ilustración de Frida Kahlo con un cuerpo de esqueleto sobre un fondo verde
Hace tiempo me pregunto a qué le temo. La respuesta que encontré en terapia fue a la muerte, pero es una muerte particular. Mientras intentaba dormir una noche con gripe, volteando de lado a lado, entendí que la sensación de muerte en algún punto me aliviaba. Pero no cualquier muerte.

Lo que alivia de la muerte es que cuando algo muere una solo puede contemplar. Es para mí el único evento que no se resuelve con ninguna intervención humana, algo que se nos escapa de las manos. Y cuando algo es incontrolable podemos adoptar frente a ello una apariencia pasiva, sin culpa, porque yo no tengo el volante de la situación, porque es una situación limite.

¿Pero qué pasa con eso que muere? Bueno, eso queda suspendido en el tiempo, no nos atrevemos ya a hablar de aquello que ha muerto y ni se nos ocurre recordar ni remover nada que altere la necesidad de que lo que ha muerto “descanse en paz”.

¿Pero qué pasaría si pudiéramos elegir morir de manera consciente?, ¿qué pasaría si armáramos un rompecabezas gigante en donde cada parte expresara una experiencia de nuestra vida particular?, ¿qué pasaría al mirar ese rompecabezas?, ¿qué pasaría si decidiéramos quitar piezas?

Está claro que la primera impresión es de vacío. Y eso me aterra, el vacío, la pérdida. Cuando alguien muere ya no hay reemplazo posible, pero si nosotras iniciamos la muerte de experiencias propias que nos hacen sufrir, ¿no podríamos en vez de dejar un vacío, llenar esa experiencia de nueva vida, de nuevos sentidos?

Extremos

Me paro frente a la realidad como si hubiera extremos, especialmente dos. Ambos me mantienen segura, en ambos puedo, de alguna manera tomar el volante. Blanco y negro.

Odio los grises, lo que no es ni muy muy ni tan tan, que somos, que no somos. Todo es A no A, y si quiero A Y B… ¿Y si quiero hacer conciliar esos extremos, cómo lo hago?

La indecisión y gris me hacen sentir perdida, como si estuviera en un impase, en un túnel, en el subterráneo de algo que está por llegar.

Siempre creo que algo está por llegar, que algo me estoy perdiendo, me pregunto qué habrá afuera, afuera de donde me dudo después, ¿y si no hay nada más que esto? Pero si esto puedo modificarlo, ¿necesariamente tiene que ser de manera drástica, perdiéndolo todo, quitando piezas y dejando vacíos? O quizás puedo recomponer piezas, utilizando algunas más suaves, quizás puedo quitar las que me hacen mal, mirarlas, pensarlas, procesarlas y volverlas a colocar con otro sentido, ya de duelo resuelto y seguir adelante.

La Imagen

Le contaba a mi psicóloga que yo he creado una imagen de lo que soy. Esta imagen tiene límites que se encuentran solo en mi imaginación y que solo funcionan para mí con respecto a otros. Soy un cuadro ya terminado. Soy un cuadro ya terminado… no quiero, ni cerca quiero. Quiero pintarme y despintarme, además quiero ser algo que tenga movimiento, no un cuadro colgado. Qué tristeza los cuadros.

Y después pienso si en realidad solo yo soy un cuadro o todas lo somos. Y qué pasa con los márgenes del cuadro, los pongo solo yo o los ponen otrxs. Bueno, un poco y un poco. Pero a las mujeres siempre nos han encuadrado, hasta acá, hasta acá, hasta acá.

Y cuando vas a salirte de esos límites pensas, hay un gris allá afuera, pierdo mi cuadrito, pierdo mi seguridad, me siento chiquita.

Chiquita frente a algo que no sabes en realidad qué es. Pero chiquita, con la voz bajita, con el corazón en la mano, con ganas de dar un salto enorme y sobrepasar a quien está enfrente que parece enorme, o con ganas de correr tan fuerte que tengamos la sensación de desaparecer en algún punto para reaparecer en otro sitio viéndonos gigantes. Gigantes con enormes pechos, piernas que parecen caballos y el pelo al viento.

Y hay miedo y alegría a la vez, hay deseo, mucho deseo. Lo que no conocemos es lo que deseamos porque nunca nos dejaron ir mas allá, nunca nos dejaron volar, nunca nos dejaron ser gigantes. Y ahora queremos, y ahora nos atemoriza que lo tengamos que hacer de una manera drástica, rompiendo todo lo conocido y volviendo a empezar. Qué locura, volver a empezar, volver a repreguntarnos todo, a rearmar. Bueno, creo que esta visión es mi visión drástica, que no necesariamente debe ser así. Que no quiero que sea así, porque muchas cosas de mi rompecabezas me hacen feliz, me tranquilizan, las quiero ahí. Pero sí quiero dejar morir algunas piezas, sin quitarlas, pero reviviéndolas con un nuevo color. Y quiero agregar. No quiero que sea un rompecabezas estanco, sino movible. Que en algunos momentos se agrande, otros se achique, que a veces brille, otros se opaque, pero que sea mío, que sea mi producción, mi imaginación, mi realidad.

Rearmemos nuestros límites. Dejemos morir a la mujer estanca, a la mujer esclava, a la mujer amante sin conciencia, a la mujer deber. Dejemos morir el deseo de desear a otro por siempre, dejemos morir a la mujer esqueleto.

Espejo

Me miro al espejo, a veces gorda a veces flaca, a veces con ojeras, otras hermosa. A veces cansada, otras brillando. ¿Cuál soy? –me pregunto–, ¿cuál ve el resto y qué tanto importa el resto? Bueno, claro que sí importa porque mirarse al espejo lo hacemos en general para salir a la calle al encuentro con otrxs. ¿Y en realidad, será esa la función del espejo? ¿qué tal si en realidad solo sirve para la intimidad, para ver nuestro reflejo y verlo como nos pinte, sin pensar que querrá el resto? Claro que lo malo del espejo es que de nuevo tiene límites, ¿pero, qué tal si los rompemos? Aparece un rompecabezas de espejos, en alguno veré mi ojo, en otro mi hombro, en otro mi vagina, en otro mi muñeca. Y todo eso roto y todo eso que tiene sentido solo mirando la parte al lado del todo, eso somos.

Rompe el espejo. Rompelo vos, nunca dejes que otro lo rompa, porque a la par de eso te taparán los ojos y desacomodarán las piezas, para decirte cómo es tu imagen, cómo son tus limites, para contarte cómo es tu ojo, tu hombro, tu vagina, tu muñeca.

Basta para mí, basta para todas.

Me maté; me rompí; me morí.

Me rearmé; renací.

Estamos vivas.

Que no nos maten, matémonos
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Revista que ofrece periodismo y opinión con un enfoque crítico, feminista, transgresor y disfrutón.

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