¿ Y quién cuida de Adamá? Participa

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Nadie

Una mujer viaja en tren con aire melancólico

Foto de: Javier Sánchez. a través de Foter.com / CC BY-NC-ND

Muluk era una chiquilla cuando tuvo que coger un par de prendas, y salir disparada de Kenia en busca de asilo en Alemania. Tuvo que huir de una guerra que ella no había provocado, pero que tuvo que pagar con el precio de perder a su padre.

«No hacía mucho que había terminado la escuela, cuando de pronto entraron a casa, y dispararon a mi padre frente a nosotras» –me contaba ella– «desde entonces mi madre no fue la misma».

Luljeta había crecido en Kosovo en medio de la guerra. Ella y sus cinco hermanos solían esconderse en el sótano cuando las bombas invadían sus calles.

Sus padres sabían que si Luljeta y sus hermanos obtenían la educación necesaria, algún día podrían emigrar, y salvarse. Así fue como Luljeta pasó su infancia y adolescencia dedicándose concienzudamente a nutrirse con todo conocimiento que sus maestros le hacían llegar de forma clandestina.

Rosa, quien le contaba a todos que su nombre significaba «rosa» en español, había cambiado de religión hacía muchos años atrás.

Para nosotros los occidentales, convertirse al cristianismo no es relevante, puesto que vivimos en países en los que la mayoría es cristiana (católica), pero para Rosa, que vivía en un país predominantemente musulmán, aquella conversión terminó con su vida en su país, y tuvo que huir para salvar a sus hijos de los constantes ataques que recibía.

Adamá creció en Nigeria, pero cuando llegó a la adolescencia, descubrió que su orientación sexual podía causarle problemas graves en su país. De pronto, sin haber lastimado a nadie o haber cometido falta alguna, Adamá se convirtió en  «una persona ilegal».

Muluk trabajó por más de diez años en una fábrica rellenando salchichas, y entre salchicha y salchicha había aprendido a comunicarse en alemán, pero a pesar de haber sido acogida por el estado alemán, gozar de una modesta vivienda y recibir un curso pagado para aprender el idioma propiamente, Muluk tenía miedo: las pesadillas sobre la guerra la perseguían, y la despertaban casi todas las noches entre gritos y lamentos.

«Yo tengo mucho miedo aún, por eso no puedo concentrarme» –me decía susurrando en clase– «cuando la profesora explica algo, mi cabeza está en otra parte… quedé muy asustada».

Muluk siempre me pedía orientación psicológica para superar sus miedos, pero yo, lamentablemente, mucho no podía ayudarla porque no tenía experiencia en el tratamiento con traumas.

Luljeta era musulmana, pero después de haber faltado a clases por algunos días, regresó con la cabeza descubierta. Nadie se atrevió a preguntarle el porqué.

Todas creíamos que ella estaba cerca de los 50 años, pero unos meses después cuando tuve la oportunidad de conversar con ella, me contó que tenía 30 años, una linda niña y un esposo muy enfermo que la amaba con locura, pero que vivía postrado en el sofá incapacitado por un asma de dimensiones inexplicables.

«Vine aquí a ser feliz. Creí que tendría la vida perfecta, pero el idioma se me hace muy difícil de aprender, mi esposo perdió su trabajo por el asma y mi niña es lo único que tengo que me hace feliz» –me contó aquella vez Luljeta– «yo creía que sin guerra mi vida sería perfecta, pero estoy muy triste, extraño a mi familia y sufro sola con mi esposo aquí».

Rosa había estudiado economía, pero nunca logró rivalidar ni homologar sus estudios en Alemania, por eso se dedicó a «lo-que-sea» para lograr que sus hijos tuvieran una vida tranquila.

Sus hijos no notaban todo el esfuerzo de Rosa, y jamás ponían interés en su educación. Rosa estaba muy decepcionada.

Con los años pisándole los talones, Rosa quiso iniciar un negocio en Alemania, y al no tener dinero, acudió al gobierno en busca de soporte económico. Este le negó la ayuda debido a que su negocio no era viable.

Rosa no perdía las esperanzas, e incursionaría en el mundo de la belleza: peluquería. Ella ya había tenido un negocio en su país, y ahora solo necesitaba aprender alemán e integrarse al mundo laboral.

Adamá no era una compañera de mi curso de alemán. A decir verdad, nunca la he visto, pero una tarde una página alemana que organiza eventos, cursos, conversatorios, charlas y proporciona ayuda a lesbianas posteó un mensaje en el que se pedía urgentemente una laptop para Adamá, quien quería hablar con su familia en las fiestas venideras. El caso me conmovió a tal grado que le regalé mi laptop sin pensarlo dos veces, y además le dejé toda mi música dentro creyendo inocentemente que eso opacaría un poco su tristeza. Quizás sí lo logró en cierta medida. Nunca lo sabré.

La situación con aquellos que piden asilo en Alemania es muy delicada. Lo más probable es que la dificultad con estos casos se deba a ciertos intereses políticos. Nadie en el pueblo, puede decir a ciencia cierta por qué se dictan o no ciertas leyes.

Los alemanes y personas de otras nacionalidades se sienten profundamente tocados por este tema, y salen a las calles a marchar pidiendo que se les dé una vida digna a aquellos que tuvieron que abandonar sus tierras en busca de una vida segura.

A mí, como extranjera y sabiendo lo que es dejar todo atrás con la esperanza de una vida mejor, me gustaría marchar, pero no lo hago porque temo…

Muluk me contaba con orgullo la forma en la que en Kenia disciplinan a los niños y adolescentes que no se comportan correctamente: levantándolos en la madrugada, y poniéndolos a hacer trabajos pesados y a rezar hasta que entren en razón. Y como ella, Luljeta, Rosa y mis demás compañeras apreciaban en gran medida los valores misóginos, homofóbicos, machistas y esclavizantes de sus países, sin notar que precisamente esos «valores» eran parte de la causa de que su países estuvieran en ruinas.

Alemania, conciente de la diversidad cultural en la que se vive, ofrece cursos de integración en los que los migrantes podemos aprender sobre política, historia, costumbres y valores alemanes, sin embargo el interés no parecía ser unánime, mientras yo me esmeraba por aprender el símbolo de la bandera y el número de estados en Alemania, los demás alumnos llegaban tarde, atendían sus llamadas en plena clase y, por supuesto, se iban más temprano con cualquier excusa de último minuto.

Y así fue como llegó el día en que el profesor preguntó «¿pueden dos mujeres casarse en Alemania?». Todos contestaron al unísono y entre risas un rotundo «¡no!», mientras que mi compañero de asiento y yo nos perdíamos en el bullicio con nuestro confuso y tímido «sí».

«Sí pueden casarse. La ley alemana admite la unión civil a personas heterosexuales y homosexuales», dijo el profesor frustrado con la vena saltándole de la frente.

«Eso no puede ser» –dijo una de las alumnas– «¡eso es malo!»

El profesor le respondió que no era malo, sino normal, y que las leyes alemanas se ocupaban de los derechos de todos sus habitantes.

Yo me sentí orgullosa y deseosa de aprender más sobre este país que me ofrecía un aire con aroma a libertad, pero mis compañeros se echaron a reír, otros fruncían el ceño y meneaban la cabeza en señal de desaprobación «eso está mal» era lo único que se limitaban a decir. Y entonces tuve miedo, otra vez.

Algunos conocidos me han tachado de políticamente incorrecta e inhumana cuando cuestiono el beneficio de la inmigración de ciertas culturas a este país porque muchos de ellos no solo traen consigo esperanzas, sino misoginia, machismo y homofobia; y no están dispuestos a dejar atrás esas taras.

Cuando camino por la calle de la mano de mi esposa, usualmente son los migrantes (como yo) los que nos dan miradas de desaprobación o repulsión, y pienso «¿vale la pena aprender alemán, integrarme para que en veinte años este país sea igual o más homofóbico que el país que abandoné?».

Todos se compadecen por aquellos que tuvieron que huir de sus tierras –y yo también–, pero parece que ignoran las noticias cuando se informa de que en aquellos mismos «albergues» los homosexuales que huyen de su país en busca de paz, encuentran otro infierno en manos de aquellos que piden compasión. Los homosexuales son golpeados por los homofóbicos que también piden asilo.

Muluk, Luljeta y Rosa no solo tienen en común un pasado trágico, sino, como mis compañeros del curso de integración, sufren una homofobia latente, lista para dispararse en cualquier momento. Me encantaría que más Muluks recibieran la ayuda que necesitan, pero, ¿quién cuida de Adamá?.

¿ Y quién cuida de Adamá?
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