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Ainhoa Yll Subirà

Beatriz Saiáns

Laura Mureddu Ardu

Anna Ibañez Sert

Alumnas del Máster Género y Comunciación de la UAB

Rostro de un hombre enfadado

“Algunas mujeres matan a sus criaturas recién nacidas”.

Este es el íncipit del artículo, que nos hace plantearnos muchas preguntas:

¿Algunas mujeres, cuáles?

¿Las que tienen una situación económica, laboral, familiar, precaria?

¿Las mujeres pobres?

¿Debemos entonces reproducirnos solamente cuando tengamos un nivel económico y una estabilidad concreta, para evitar matar a nuestras criaturas?

¿Son las mujeres pobres malas madres?

O el foco del problema está, más bien, en quién sostiene, siempre, individualmente, invisiblemente, los cuidados.

Consideramos arriesgado que el comienzo del texto sea que “algunas mujeres matan a sus criaturas recién nacidas”, si comprendemos que nuestra construcción de género como mujeres nos obliga tradicionalmente a completar nuestro rol de madre/cuidadora con una criatura. Lo que quiere decir, que si llegases a matarla, el estigma que sufrirías sería tan grande que la mayoría preferimos cuidar a la criatura, o simplemente cuidar, aunque eso signifique hacerlo muy precariamente y sobrepasadas por la carga que eso implica.

La autora, Isabel Otxoa, compara este caso excepcional de mujeres que matan a sus criaturas, con el de un hombre-cis-blanco que se siente con el poder de matar a una mujer. Afirmar que a los hombres y a las mujeres el capitalismo y el patriarcado nos afecta de la misma manera, y que tiene las mismas implicaciones para ambos géneros, es sencillamente desconocer los mecanismos de control del mismo.

Nos encontramos todavía en el primer párrafo, donde la autora sigue con la reflexión:

“Cuando leo que han encontrado una criatura en un contenedor, siento una gran compasión por la madre recién parida, y cabreo por la persistencia de circunstancias que hacen que alguien se plantee matar a su criatura. Deseo siempre que no lleguen a descubrir a la mujer –tal cual- aunque esta parte no la tengo tan clara, porque quizá el mantener algo así en secreto sea, a la larga, una carga peor”.

En esta duda que se plantea en el articulo, si el secreto es lo mejor o lo peor para cada una, parece ausente una preocupación previa sobre el sistema penal que le corresponde a esta parte de Europa, y sobre las leyes patriarcales que sostienen la justicia. Es un análisis bastante superficial de la realidad, el pensar que la peor carga es el secreto, cuando a veces es la única manera de sobrevivir al consecuente castigo social y a ser confinadas a los márgenes, porque no has cumplido con el mandado de genero que te han asignado al nacer.

Más preguntas surgen en nuestra conversación al seguir leyendo:

“De vez en cuando, parejas ancianas y enfermas son noticia porque una de las dos personas –en todos los casos que recuerdo había sido el marido mata a la otra y luego se suicida. Siendo como soy firme defensora del derecho a la eutanasia, no tengo por qué presumir que ahí no hubo un pacto de ambos de terminar con su vida, y me parece muy bien”.

¿Qué información hace presumir a la autora que hubo un pacto?

¿Es posible que lo que la autora opina sobre la eutanasia se mezcle con el hecho de que un hombre ­–en todos los casos que recuerda– mata a su mujer y luego se suicida?

¿Qué razones tenía el hombre para intentar el suicidio, si hubo ahí un pacto para acabar con la vida de su madre?

¿Qué tipo de pacto, viniendo de una mujer de 92 años de edad y afectada por Alzheimer, puede considerarse un pacto realmente consciente?

Quizás sería interesante centrarse en qué es el consentimiento, qué consentimos sin querer y queriendo, qué es lo que queremos.

En ningún momento del articulo se habla de las condiciones de vida de la mujer asesinada, de qué implica vivir con una enfermedad como el Alzheimer cuando eres una mujer pobre y tu vida empieza a depender de tu hijo. Como de costumbre, solo parece importar la vida de él. De ellos.

Citando textualmente:

“lo que he sentido es simpatía y solidaridad con el hijo único que a saber cuánto tiempo llevaba atendiendo a su madre enferma”, “las personas del vecindario han dicho que solían ver al hijo paseando a su madre en silla de ruedas y que se les había dejado de ver (…) porque el estado de salud de ella había empeorado”.

Consideramos que debería ser un tema a tratar a parte que la eutanasia sea una opción real para esta anciana (y para todas nosotras), a nivel legislativo y social. Y desde el movimiento feminista, las aportaciones al respecto podrán orientar la reflexión partiendo de la misma postulación de siempre: queremos ser dueñas de nuestros cuerpos, de nuestra vida y de nuestra muerte.

La autora sigue argumentando:

“El que sea el hombre el que primero mata y luego se suicida no me hace pensar que estemos ante un acto de violencia machista. (…) alguna vez, hablando entre feministas, se ha argumentado que sí que hay violencia machista (…) porque cuando en una pareja es el hombre quien está más enfermo o dependiente, las mujeres cuidamos hasta el final, no matamos. Creo que es verdad, ellas no lo suelen hacer, al menos no de la manera en la que una termina en los periódicos. Pero que la conducta no sea habitual en las mujeres no me parece argumento suficiente para censurarla, a no ser que estemos ratificando el principio de que hay que cuidar hasta inmolarse”.

Volvemos a enfrentarnos a una comparación sobre el mandado patriarcal diseñado para las mujeres y para los hombres.

¿Ahora los hombres son enseñados en comprender, conciliar, escuchar, lavar, abrazar, cocinar…y no nos hemos enterado?

¿Nos hemos perdido la revolución de los cuidados?

No se trata de que “la conducta no suela ser habitual en las mujeres”. Estamos convencidas de que a las mujeres no se nos da la potestad para ser violentas.

Y ojalá nunca lo seamos para asesinar a alguien a quien amamos por el simple hecho de que no le podemos cuidar más. Las historias de vida de las mujeres enseñan que no asesinamos a nuestras familias por no poder cuidar de ellas. Buscamos alternativas, construyendo redes, apoyándonos mutuamente en la carga que supone sostener la vida ajena. Que eso significa cuidar: sostener la vida.

El #NotAllMen que nos propone Otxoa con la frase “también hay hombres a los que el patriarcado capitalista aplasta al desentenderse del cuidado y atribuirlo a la esfera familiar” resume la ideología subyacente al texto.

Pensamientos como este, que sustancialmente comparan los roles y los mandados de género, acaban invisibilizando los discursos producidos desde su origen por el movimiento feminista, las aportaciones hechas por muchísimas mujeres y personas no normativas a lo largo de siglo pasado.

No queremos que nuestro tiempo sea ocupado otra vez en debatir sobre si el “poder” actúa por cuenta ajena y nos aplasta como iguales en el patriarcado. Significaría volver a abordar dentro el movimiento feminista la disputa de si hay algo que justifica una agresión machista o un feminicidio, y no lo hay.

Sería poner el foco en debates que poco tienen que ver con nuestra realidad mucho más sangrante y urgente. Sería olvidarnos de una mujer, que no decidió estar enferma y depender de su hijo, y que además fue asesinada por él.

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