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De lo privado a lo público. Autocrítica feminista, límites del humor y abuso sexual. Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

EXIT

Un grupo de universitarios posa con camisetas que llevan el mensaje de "Hoy follo, mañana juicio"

Camisetas en las paellas universitarias de Valencia./ Foto: @ElInformerUV

Pongamos que me encuentro la foto de cuatro chicos sin rostro en la fiesta de las paellas de Valencia, tres de ellos con camisetas que rezan «Hoy follo, mañana juicio», a los que se identifica como estudiantes de Derecho y en la camiseta del restante puede adivinarse: «Fisioterapeuta por vocación, porque me gusta la palpación». Imaginemos que solo se trata de humor.

Pongamos que en el pasado, la idea perezosa del feminismo, sin profundizar más allá de la tibieza del término «igualdad», me seducía. Echando la vista atrás resulta bastante humillante, teniendo en cuenta el libre acceso a la información que brinda San Google.

Pongamos que me llamo EXIT, pongamos que hace un tiempo me drogaron y abusaron de mí. Lo que el código penal español recoge como Delito de Abuso contra la Libertad Sexual en la reforma del año 2010 de la Ley Orgánica 10/1995. Yo que me creía autosuficiente, crítica y segura de mí misma, me quedé bloqueada. Sentí vergüenza, asco y miedo de que cualquiera me juzgase por haber vivido esa situación, a la que incluso yo misma en ese momento, era incapaz de ponerle nombre. Solamente pude contárselo todo a un par de personas a las que creía de confianza y recibí frases que me culpabilizaban o que restaban importancia a la situación. Me cerré y tiré la llave al vacío. Avisé al resto de mis amigas para que en adelante tuviesen cuidado con sus copas y me guardé la parte «privada» de la historia porque no quería aceptarlo. Me sentí sola, estúpida y vulnerable. Acabé negándome por dentro que eso me hubiese ocurrido a mí y no lo pude reconocer como tal hasta mucho tiempo después.

Es ahora, después de pasar por el duro proceso de deconstrucción, cuando soy realmente consciente que mi lucha no es exclusivamente mía, ahora que el feminismo me da cobijo, apoyo, seguridad y amor incondicional cuando noto que le debo mucho a esta causa. Es cuando puedo decir que; JAMÁS en ningún caso, se debería culpabilizar a la Víctima de una experiencia semejante y que esa situación dista mucho de estar en el marco del humor.
Admito que adquirí una idea cómoda y distorsionada del movimiento que LUCHA por la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, cuestionando la dominación, la violencia y la asignación de roles de género. Ni idea de la opresión sufrida por otras mujeres, ni de mis privilegios por ser una mujer blanca occidental de clase media. Los conceptos y las correspondientes actitudes de empoderamiento, sororidad o feminismo interseccional me eran tan lejanos como la luna y no llegaron a mí hasta hace bien poco. En definitiva, hice lo que comúnmente es llamado como apropiación cultural, exactamente igual que lo que hacen «Los Machistas Soterrados» pero con una connotación distinta, yo por ignorancia y ellos por propio beneficio.

Esta clase de machista pasa desapercibido a los ojos de las miradas poco entrenadas gracias al irónico discurso de “respetar” a las mujeres y desear la igualdad (sin pretender cambiar el Status Quo). Perpetuando actitudes machistas bajo el amparo de pretextos como el amor, despistes, ignorancia o simples bromas, sin aceptar nunca que son ellos mismos, el verdadero problema. Como el hombre que abusó de mí, hablando de igualdad. Como estos cuatro universitarios, algunos estudiantes de Derecho, excusándose en el humor, con sus camisetas de «Hoy follo, mañana juicio». Como la empresa que hizo esas camisetas, hablando de negocio y el hombre que las pensó hablando a través de su diseño de la cultura de la violación. Mientras tanto, la justicia mirando hacia otro lado, concretamente a los chistes sobre Carrero Blanco. Y nosotras, las histéricas que sacan las cosas fuera de su contexto, hartas, muy hartas.

La libertad de expresión y los límites del humor son dos términos que están en boca de todos a partir de los casos de César Strawberry y Cassandra Vera, condenados por el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional respectivamente, a un año de prisión cada uno, por la publicación de una serie de tuits que la Justicia considera “enaltecimiento del terrorismo y humillación a las víctimas”. Y aquí surgen las preguntas ¿Quién humilla a quién?, ¿Los límites del humor existen exclusivamente cuando se trata de chistes acerca del asesinato de la mano derecha de un dictador?

Si como sociedad y como individuos hacemos humor de los eventos con los que podemos establecer una distancia, si tenemos en cuenta que no hay nada más terriblemente gracioso que el hecho de que alguien nos prohíba reírnos, entonces entendemos el humor como una forma de rebelarnos contra lo establecido, contra lo que nos oprime. Prueba de ello es el efecto “Streissand” ocurrido tras las sentencias de Strawberry y de Vera.

Javier Gomá, filósofo y director de la Fundación Juan March defiende que “una sociedad sin límites sería una sociedad sin sentido del humor”. Con el tiempo la sociedad es más consciente del dolor ajeno y cuando ese progreso moral todavía no ha cicatrizado, toleramos peor un chiste, especialmente cuando este es a costa de un tercero. “Cuando esos sectores que han sufrido están todavía en un proceso hacia la normalidad y la igualdad, el humor a costa de ellos parece que es ofensivo puesto que relativiza su causa”. Aquí hay que puntualizar que; quien contando con una serie de privilegios adquiridos (cuestiones como raza, género, orientación sexual, nivel adquisitivo, lugar de nacimiento, acceso educativo…) hace diana de sus bromas a una minoría o a cualquier sector oprimido al que NO pertenece, no hace humor, ejerce otra forma de opresión trivializando cualquier lucha como «la broma perversa» que ya es en la actualidad.

Según el Ministerio del Interior, en España una mujer sufre una agresión sexual con penetración cada 8 horas. Poco se sabe del resto de datos que engloban el acoso o el abuso sexual. No existe nada más allá que los protocolos sanitarios de actuación ante agresiones sexuales, no hay mapas de recursos o campañas nacionales de concienciación.

Invito a reflexionar, tanto a hombres como a mujeres que hayan adquirido una idea cómoda y lejana del feminismo, como yo misma hice en el pasado. Quien no forma parte de la solución quizá sea parte del problema.

Si han abusado de ti o te han agredido sexualmente me gustaría oír tu historia y hacerte saber que no estás sol@ wifilover@outlook.com

De lo privado a lo público. Autocrítica feminista, límites del humor y abuso sexual.
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