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“Somos extraordinarias” Pikara

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Elena C.

Para C, y C.

 

Dorso desnudo de una mujer que mira a través de una ventana a través de la cual entra mucha luz

Fotografía de ¡Sismonski! a través de Foter.com / CC BY-NC

Por más que lo intentemos, los momentos que más nos determinan quedan marcados en nuestros adentros en forma de recuerdos. Permanecen en nosotros, a pesar de que a veces los arrinconamos, los ocultamos bajo llave confiando en que dejaremos de saber que existen.

Esta mañana, de camino al trabajo, algunos de esos recuerdos que yo tenía cogiendo polvo han vuelto a mí mientras navegaba en Internet. Hasta esta mañana había leído de pasada titulares sobre un cortometraje que abordaba el tema de la violación por parte de la pareja pero no había seguido la información. Hasta hoy, en el que he visto el cortometraje “Soy ordinaria” (Je suis ordinaire), y mi único pensamiento, como el de tantas otras personas, ha sido: “A mí también me ha pasado”.

No sé cuándo lo supe exactamente, solo sé que tuvo que pasar el tiempo para que yo aprendiera a quererme más a mí misma y eso hiciera que lograra ver las cosas en perspectiva. Una noche, una amiga me confesó una situación parecida y solo pude decirle que la entendía, que sabía de lo que me hablaba. Para las dos fue un alivio. Supongo que ambas estábamos comprendiendo que nuestras parejas nos habían forzado a tener sexo con ellos, y que en ese momento ni siquiera fuimos conscientes.

Cuando ocurrió llevábamos más de un año juntos, tal vez incluso ya habíamos cumplido los dos. La primera vez, él venía de tomar unas cervezas con sus amigos y yo había pasado toda la tarde esperando a que me llamara. Cuando lo hizo, fui hasta su casa veloz y me sorprendió encontrar a sus amigos todavía en el salón. Me hizo pasar a su habitación, se fue y cerró la puerta. Yo esperé, mientras del salón me llegaban risas y retazos de conversación. Cuando él volvió, tenía una lata de cerveza en la mano, la dejó en un mueble y se abalanzó sobre mí. Me desnudó y cogió la lata de cerveza, me la vertió en el pecho y me dijo:

“Vamos a jugar a un juego. Tú eres mía pero yo no voy a ser tuyo nunca”.

Yo solo recuerdo que le dije: “No”. Y, al segundo, otra vez, con más fuerza: “NO”.

Lo recuerdo como si hubieran pasado diez días y no casi diez años. La situación se resolvió como él quiso que se resolviera. Apenas un minuto. Después de eso, me acompañó a casa y él volvió con sus amigos.

Meses después, al despertar de una siesta perezosa de verano, sin mediar una palabra, él se fue a la ducha. Al volver, vino hasta mí y sin apenas tocarme me quitó el pantalón. De nuevo, la situación se resolvió como él quiso, y también en apenas un minuto. Cuando terminó le dije que por qué lo había hecho, que yo no quería. Se rió. Luego le dije que me había sentido usada de una manera sucia y me dijo que no fuera exagerada. También se rió.

Asimilé todo ello como si fueran situaciones normales, e incluso llegué a asociar el malestar latente que iba arrastrando con la posibilidad de que yo hubiera actuado mal. Con que de verdad era una exagerada. En esos momentos, en los que mi bienestar dependía tantísimo de cómo él me tratara, yo creía que mi cuerpo era aquello que debía entregarle, incluso cuando no me sentía deseada. Ni cuidada. Ni bien tratada. Pensaba de verdad que era lo que me tocaba, porque solo así alguien como yo podía gustarle a alguien como él. Que, aunque no me hicieran sentir bien, era normal que pasara esos minutos de incomodidad debajo de su cuerpo, porque “era un momento”, y luego ya pasaba, y me querría más por haberlo soportado.

Por suerte, el tiempo y la distancia respecto a esa relación me fueron ayudando a darme cuenta de que si esos recuerdos permanecían en mí no era por casualidad. Que había algo que se había quedado sin resolver y, sobre todo, que no había estado bien. Con el tiempo fui queriéndome más, y así es como interioricé que tengo derecho a decir NO, no solo a desconocidos con los que hablo o bailo o voy al cine, sino también a mi pareja. Y, por encima de todo, que esa negativa siempre debe ser respetada. Siempre.

Lo que relata la actriz y cineasta Chloé Fontaine es una realidad que para muchas, y muchos, también es un recuerdo propio. La falta de información y la baja autoestima, a veces provocan que normalicemos este tipo de situaciones. A mí esa noche me ayudó que mi amiga me contara su experiencia, me ayudó a saber que me habían forzado, que no me habían respetado y que el sexo sin consentimiento, aquí y en cualquier parte, solo significa una cosa: violación.

Por eso, en parte, me he decidido a escribir esto, y no ha sido fácil. No es algo de lo que haya hablado nunca con detalle. Pero quería compartir mi experiencia para que pueda llegar a otras y se den cuenta de que si tienen ese recuerdo enquistado deben atacarlo porque son valientes y fuertes y no tienen que tener miedo a un gesto que las va a empoderar. Porque tenemos el mismo derecho a decir no que a pensar que en esa ocasión no fuimos respetadas, y aceptarlo, porque hacerlo es aceptarnos a nosotras mismas y mimarnos, para que de nuestras manos jamás salga nada que no implique el consentimiento de la persona que tenemos a nuestro lado.
Para que sigamos luchando, porque sí, claro que somos ordinarias, pero trabajar en nosotras mismas, sin miedos ni tabúes, es lo que nos hace definitivamente extraordinarias.

“Somos extraordinarias”
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