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Ser o no ser buena profesional: la tiranía existencialista de los trabajos llamados vocacionales Participa

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Raquel Velasco

Una mujer se prepara para comenzar una carrera en la línea de salida y su expresión es de lucha

¿Qué significa ser buena profesional? A priori, hacer bien tu trabajo y más si trabajas por la salud y bienestar de otros, pero ¿a toda costa? ¿Dónde están los límites de ser buena profesional en los trabajos de atención a personas, esos llamados “vocacionales”?

Vengo un tiempo reflexionando sobre cómo los tentáculos del mundo laboral nos atrapan hasta convertirse en nuestro único lugar de relaciones, de sentimientos, de reflexión, de construcción y al final de definirnos. ¿Sólo somos en el trabajo?

Desde luego, no solo es positivo, sino necesario, establecer vínculos estrechos en el trabajo, sobre todo desde un punto de vista de compañerismo en un sistema explotador con las trabajadoras, encaminado a que las personas cada vez estemos más separadas, tratando de dejar muy claro quién es mejor o peor trabajadora, quién se sacrifica más que el otro por su trabajo, es decir, compitiendo.

Pero el problema surge cuando ponemos todas nuestras energías en el entorno laboral, y sobre todo el problema que genera el querer ser una gran profesional, sin permitir que nos definamos más allá de que puesto de trabajo ocupamos. Es bastante difícil desmarcarse de este rol, puesto que pasamos la mayor parte del día desempeñándolo. Esto no es casual, así la gente pone todo su esfuerzo en el trabajo y cuando llega a casa únicamente se tira en el sofá a ver la tele, sin ganas de hablar con casi nadie hasta el día siguiente. El rebaño está servido y la carta de presentación sale automática; “Soy Raquel y soy educadora…” y así me vi un día presentándome. Esto era lo primero que decía de mi, mi puesto de trabajo… detrás venía mi edad, el lugar donde vivo… y nada había de mis aficiones, intereses, (en mi defensa diré que > me interesa destruir el sistema patriarcal<, cuando te presentas a desconocidos, así de primeras, queda raro…). Lo peor de todo es que dije “soy educadora” en vez de “trabajo como educadora…”. Cuando me percaté de esto, me di cuenta que no quería ser educadora, quería ser muchas cosas o ninguna, según el día.

Cuando desempeñas un trabajo para el que supuestamente te has formado previamente, ocurre, en muchas ocasiones, que sales del trabajo y piensas en el trabajo, lees sobre el trabajo, hablas con la gente que trabaja en lo mismo pero solo sobre trabajo. Si al menos fuera sobre derechos laborales, pero no, eso suele ser muy secundario. Así, hay compañeros que se leen todo el repertorio teórico para parafrasear en las reuniones a los autores de turno (normalmente hombres, claro) para ser los mejores trabajadores, pero no han abierto nunca su convenio, ni interés que tienen.

Trabajo en un centro que ofrece apoyo a personas con problemas de salud mental; esto suena muy bonito, seguramente estéis pensando, cómo no va a ser esta chica una buena profesional, si tiene que ayudar a otros… En un trabajo de los que llaman “de tipo vocacional”, trabajar, en teoría, por y para otras personas que necesitan, en teoría, apoyo (que nos daría para mucha reflexión; pues cuando el problema de este apoyo es estructural, por un sistema deficitario, que no integra, ni intención que tiene, la diferencia, el trabajo debería ser luchar contra este sistema criminal, pero no vamos a entrar en eso, hoy). La tiranía y explotación que se esconde en este tipo de trabajos es muy mezquina, y el no tener como prioridad ser una gran profesional es estar muy señalada con el dedo. Porque, ¡cómo no te vas a quedar un día a hacer horas extras si una persona a la que atiendes en tu servicio tiene una crisis, aunque no te paguen esas horas, cómo no vas a pagarte una formación extra para atender mejor a las personas, aunque tu empresa no se haga cargo económicamente. Evidentemente, no lo haces porque cuando trabajas con personas, cualquiera tiene un mínimo de humanidad y pocas seríamos capaces de dejar a alguien que está sufriendo solo, con el que además ya tienes un vínculo de años, y eso es precisamente, lo que explotan las empresas que trabajan en lo social, más tiranas que cualquier entidad bancaria.

Un día pensaba, o más bien, se me cuestionaba, por qué no discuto a viva voz con mis compañeras de trabajo cuando tenemos diferencias de opiniones en cuanto a estilos de intervención y forma de analizar ciertos casos. Y me sentía un poco preocupada pensando que quizás no estoy siendo demasiado buena profesional si no me desgañito frente a la otra para defender mi criterio, mi marco teórico, mi estilo de intervención. Esto en sí, es verdad, no soy la mejor profesional, y además puede indicar que no soy lo suficientemente segura, o fuerte, para defender mis opiniones frente a los demás. Gran parte se deba a esto, seguramente, pero si bien me paraba a pensar, en cuando me he desgañitado, o se me ha hinchado la vena, o elevado la voz, o he escupido fuego por la boca y por los ojos en mi vida. Y pensándolo, me he dado cuenta que en los últimos años estas actitudes las he limitado y desarrollado abiertamente en determinados contextos o por determinados temas, las feministas ya me entendéis. Además, si es por inseguridad y miedos, ¿por qué tengo que trabajármelos para ser mejor profesional, se trabajan otros la indiferencia por la lucha de los derechos laborales? ¿acaso se cuestionan otros sus privilegios?

No ha sido algo elegido a conciencia, sino la consecuencia de ordenar tus prioridades, aceptar tu forma de ser, y tener claro porque cosas te partirías la cara con cualquiera y cuando simplemente no te apetece hacerlo. Yo siempre me he considerado una persona con dificultades en los enfrentamientos de tú a tú, inseguridades, y, mi propia condición como mujer; el mundo y la historia me ha enseñado a callarme y no elevar la voz demasiado por ese aprendizaje del “me gustas cuando callas”. Pero ahora se me exige que defienda mis criterios, que eche espuma por la boca cuando quiero defender mi opinión, eso sí, en el trabajo, para ser la mejor profesional, porque si lo haces para defender tus derechos laborales importa menos, ahí eres la sindicalista pesada o si lo haces contra la agresión machista eres la feminazi. Pero no te olvides de que luego, si decides hacerlo, se te acusará de histérica y probablemente tengas que acabar dando la razón, a poder ser, a algún hombre, incluso a algún hombre que se declara feminista.

Vale, dicho esto, es cierto que yo no quiero ser de las que “gustan cuando callan” ni mucho menos, pero tampoco quiero que se me exija cuando, donde y como debo hinchar mi vena, y por supuesto, me rebelo contra eso de desgañitarme para competir con la de al lado y cuestionarla para demostrar que soy mejor trabajadora que ella, sea o no sea un trabajo vocacional.

Como feminista, ya me toca joder reuniones de amigos y comidas familiares a diario, como para que se me siga exigiendo que me pegue con otras para garantizar que el engranaje capitalista funcione bien. Pues no me da la gana. Además, en muchas ocasiones lo que está velado a todo esto, es que seamos tan incisivas y competitivas como lo han podido ser los hombres. Y muchos se llevan las manos a la cabeza si dices que no te vas a pelear con tu compañera a pesar de no estar de acuerdo del todo con su estilo de intervención, porque mi estilo de relación no es el estilo masculino, no es la competición, no es la imposición de criterios, ni la pelea, yo decido mi estilo de relación con mis compañeras y quizás yo necesite discutir con mis compañeras desde otro ángulo y con las gafas moradas puestas.

Luego hay otro matiz cuando trabajas en lo social; se asume que estás en un trabajo en el que crees, y que estás a favor de la existencia de centros donde se ayude a las personas. Es decir no se plantea nadie, que te puedas sentir igual, a veces, que el que curra en el McDonalds, pero haré una confesión, que parece que cuesta mucho hacer en este tipo de trabajos, se puede trabajar en lo social sin estar de acuerdo con cómo el estado organiza y gestiona esto, incluso estar muy en contra del centro de atención social en el que trabajas porque crees que genera una imagen falsa de integración y solo es otro lugar donde recluir y aislar al diferente, y que a veces te sientas tan en contra y tan explotada como las compañeras de Burger King, pues esa empresa que se define como “preocupada por las personas” o que se cuelga el cartel de la igualdad o pro conciliación es la que más esclaviza y roba derechos a sus trabajadoras.

Volviendo a nuestra actitud de ser la mejor profesional, a mí, es que desde hace un tiempo, esta imposición de que sea clara y sincera en todas las reuniones de trabajo me viene tocando un poco los ovarios, porque esto, que suena bonito, a ser valiente, a decir mi opinión en el trabajo, a veces me parece el coliseo romano, donde todos te jalean para que te pelees para el divertimento de otros, y no, lo siento, no quiero ser una gladiadora para el disfrute de los demás o para alimentar los egos ajenos, o darle al machirulo de turno la peleíta del día y la posibilidad de elevar el tono más que una mujer e imponer su sabiduría por encima de ella. Que sí, que lo hacéis, y más en estos trabajos en que somos mayoría mujeres y os encanta demostrar que sois pocos pero seguís siendo los putos amos.

Por eso, yo elijo cuándo, cómo, dónde y con quién elevo la voz, me peleo o me parto la cara. Desde luego, he decidido no hacerlo con tanta pasión por ser la mejor trabajadora.

Yo me enciendo de verdad sólo cuando tengo que defender una postura política, feminista, anticapitalista, antirracista… creedme, hay pocos minutos del día en que no se me encienda. Es, por tanto, una decisión política pelearme lo justito con mi compañera por un criterio profesional de intervención. Es una decisión política no invertir toda mi energía en ser la mejor profesional, es una decisión política pelearme en entornos seguros y trabajar mi valentía en los entornos que yo elijo. Es decir, soy mujer, vivo en un puñetero circo romano de agresión constante y pocas veces puedo elegir cuándo ser el jodido espectáculo.

Dicho esto, mi conclusión, es que no me interesa tanto ser buena profesional, matadme, tengo que trabajar a mi pesar, es cierto que tengo la suerte de tener un trabajo que en muchas ocasiones puede gustarme por trabajar mucho la relación con el otro y conocer personas, y del que tengo la oportunidad de aprender muchas cosas, pero no, no quiero ser la mejor profesional y menos, desde el prisma masculino de la competición y la pelea. Sí, discuto criterios y estilos de trabajo, pero es un trabajo, y quizás por mi condición asumida desde hace mucho de clase trabajadora, me niego a gastar todas mis energías en ser la mejor profesional y convencer al resto de que lo sean, pues prefiero guardármelas para luchar por mis derechos que no nos vienen sobrando a las mujeres y menos en el entorno laboral.

Que nadie se preocupe por mi falta de pasión en este aspecto, soy feminista, vivo con la vena hinchada permanentemente, ahí me sobra pasión.

Ser o no ser buena profesional: la tiranía existencialista de los trabajos llamados vocacionales
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