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El machismo llorón Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Paloma Gómez Sánchez

Un señor blanco y con traje se oculta el rostro con las manos y hace pucheros

A veces, no sé si por sano aburrimiento o por curiosidad antropológica, disfruto buscando la palabra “feminismo” entre la hemeroteca de grandes periódicos dirigidos por conocidos conservadores –aunque la línea entre un periódico conservador y uno progresista se difumina cada vez más–. En una de mis incesantes búsquedas, encontré un artículo en El Español que llamó mi atención simplemente por su jugoso título: “El feminismo matón”. No eran más que tres palabras, pero yo, que llevo en esto más tiempo del que puedo recordar, imaginé automáticamente el contenido. Por si fuera poco, la primera línea era ya una declaración de intenciones: Varias veces en los últimos meses he pensado en escribir artículos críticos sobre algún aspecto del feminismo actual y no lo he hecho por miedo. El autor –un tal Santiago, que, un par de líneas más abajo, se declara hombre, blanco y heterosexual– se quejaba, como ya es costumbre, de la dictadura de lo políticamente correcto.

Este tema no es algo nuevo –hay páginas que ya publican viñetas donde se preguntan, ¿podremos bromear sobre algo que no ofenda a nadie en 2017?– y es, incluso, comprensible. Digo comprensible –que no es lo mismo que justificable– porque la inclusión de voces disidentes en el diálogo social ha traído una serie de consecuencias evidentes, beneficiosas para un grupo –el de aquellos que, históricamente, no han tenido voz hasta ahora– y perjudiciales para otro –los que llevan teniendo voz desde que el mundo es mundo y ahora deben ceder el turno de palabra a los demás–. En la época de las tecnologías y los medios de comunicación, cualquiera tiene voz, independientemente de su género, raza, clase u opinión política. Pero un debate más plural también supone que aquello que antes se consideraba natural ahora se vea como algo ofensivo. Supongo que, vaya, que ya no esté bien visto reírse a pleno pulmón de un chiste sobre putas, negros o maricones en medio de una cena de empresa pueda llegar a considerarse un dispositivo normativo inquisitorial, pero lo que realmente se trata de camuflar con esta frase es un puchero infantil que se queja de perder, y sí, tal como dice el autor del artículo, sus privilegios. El privilegio que supone poder llenarse la boca con chistes de rumanos robando cobre ya que no hay ningún rumano en la mesa que vaya a levantarse, defenderse a sí mismo y quejarse por semejante falta de educación. Y esto, señores, no es matonismo discursivo: es saber que aquello que históricamente hemos considerado bromas eran, realmente, mecanismos que perpetuaban estereotipos perjudiciales para el grupo oprimido. Podíamos bromear sobre cualquier tema con total impunidad porque el colectivo en concreto del que inocentemente –o no– nos burlábamos no tenía voz para hablar por sí mismo. Después de siglos de teorización sobre filosofía del lenguaje, presupongo –tal vez erróneamente– a la sociedad con la suficiente madurez como para saber que una frase nunca es inocente y que las palabras que elegimos y cómo las empleamos puede decir mucho más de nosotros que aquello que decimos como tal. Así, que, disculpe, don Santiago, pero no, no se trata de que exista una estructura feminista ideológica dominante que aniquile cualquier crítica: existen mujeres que se han cansado de que cuando traten de explicar qué es el feminismo, siga habiendo graciosillos que emplean el manido chiste de mandarlas a fregar. Como chascarrillo recurrente en Los Simpson, rancio; como forma de tratar de zanjar una conversación, patético y mediocre.

Hay algo en lo que, sorprendentemente, voy a darle la razón al tal Santiago: es cierto que, en ocasiones, las feministas pecamos de empirismo. Es cierto que existen feministas que desconfían de una crítica realizada por un hombre por su condición de privilegiado. No debemos –en mi opinión– rechazar cualquier crítica que venga de un hombre, pero sí que debemos negarnos taxativamente a escuchar cualquier crítica que trate de contarnos qué es el feminismo o cuál es la situación que viven las mujeres. He ahí el punto de inflexión entre un análisis de la realidad realizado por un hombre –que puede tener simplemente un fondo académico– y una perorata absurda donde un señor de cuarenta años te cuenta desde la barra del bar bebiéndose un carajillo cómo vivimos las mujeres nuestra lucha diaria. Perdone, Juan, pero es que usted nunca ha sufrido acoso callejero ni ha vuelto con las llaves entre las manos a modo de puñal por si le asaltaban al volver a casa de noche, así que, disculpe mi tono inquisitorial, pero no consentiré que trate de imponerme su visión sobre el mundo completamente distorsionada por el hecho de que nunca vivirá aquello sobre lo que trata de sentar cátedra. Y si el autor del texto quiere entender que con esto es que nos dedicamos a repartir carnés de opresiones por puntos, la verdad es que el descrédito de este señor hacia nuestra causa tampoco va a suponernos una gran pérdida.

El autor concluye su texto con el testimonio de una feminista de los setenta, Natalia Ginzburg, que reza que una de las cosas que hoy más envenenan el mundo es la retórica construida sobre simples condiciones humanas. Ginzburg argumenta que erramos en la búsqueda de algún tipo de orgullo femenino, un orgullo construido sobre nuestra condición de mujeres, ya que debemos sentir una absoluta indiferencia ante la propia condición humana. Sin caer en lo siguiente que ella critica, que es en que debemos reivindicar dichas características por haber sido históricamente oprimidas, el autor –y la autora, en su momento– olvidan algo: ser mujer no es sólo una categoría biológica, es, ante todo, una categoría política. Desde hace siglos y como consecuencia de la misma opresión, las mujeres no comparten sólo unos genitales –la prueba es que para vivir la experiencia femenina no se necesita haber nacido mujer–, sino que comparten una conciencia colectiva, una experiencia común. Nuestra interacción con el mundo no consiste en algún tipo de solipsismo metafísico acerca del yo: las mujeres, en tanto que seres sociales, experimentan una serie de vivencias que son comunes al hecho de ser mujeres. No se trata de reivindicar nuestros atributos, nuestra feminidad –construcción social que no es más que otra herramienta de opresión–, sino de reivindicar nuestra lucha conjunta contra todo aquello que está en nuestra contra. Así que, sí, don Santiago, elevamos una condición de entrada biológica a una categoría política para hacer del feminismo una militancia activa legítima, equiparable a, como dice usted, decisiones o ideas personales. La radical idea personal de que nuestra emancipación a todos los niveles pasa por dejar de consentir las vejaciones de aquellos que se resisten al cambio le puede parecer un paradójico privilegio que impide toda discusión de ideas, pero, créame: no lo es.

Para concluir, y si se me permite la analepsis, volveré a la frase con la que el amigo Santiago comenzaba su artículo: varias veces en los últimos meses he pensado en escribir artículos críticos sobre algún aspecto del feminismo actual y no lo he hecho por miedo. Quiero invitar, en un último afán inquisitorial que he demostrado con mi matonismo discursivo, a que el señor que ha escrito esta frase reflexione sobre aquello que le asusta. Usted, varón, blanco, heterosexual, teme el linchamiento mediático por realizar una crítica pública hacia una idea que usted cree –erróneamente, si se me permite– hegemónica. No me queda más que preguntarme en qué momento la masculinidad se volvió tan frágil. Cualquier feminista que haya defendido sus ideales en redes sociales ha sido víctima de un acoso generalizado, de críticas constantes y de burla sistemática. Hace un par de meses, cuatro chicas que forman el grupo de rap feminista Klitosoviet sacaban una canción: recibieron en cuestión de horas mensajes donde las amenazaban con violarlas, pegarles palizas e incluso asesinarlas. Algunos se dedicaron a enviar imágenes de mujeres maltratadas para demostrarles cuáles pueden ser las consecuencias de tener un discurso alternativo en un país donde, tristemente, el feminismo no es hegemónico ni a nivel cultural ni a nivel político. Y no, don Santiago: nosotras no nos hemos planteado dejar de alzar la voz, porque lo más malo que le puede ocurrir a usted por no suscribir el feminismo públicamente es un juicio mediático. Lo más malo que nos puede ocurrir a nosotras por no tomar conciencia de las condiciones actuales en las que nos encontramos es que nos violen, es que nos maten, es que abusen de nosotras, es que se perpetúen las estructuras que no permiten nuestra emancipación. Así que discúlpeme el tono inquisitorial, pero me río yo de su machismo lacrimoso, descontento con que no le rían todas las gracias. Algunas no nos podemos quitar las gafas violeta. A algunas se nos va la vida en ello.

El machismo llorón
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Revista que ofrece periodismo y opinión con un enfoque crítico, feminista, transgresor y disfrutón.

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