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De huevos y gallinas Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Marta Martínez   

¿Qué fue antes el huevo o la gallina?

¡Pero qué tontería!, me contesta mi sobrina de 11 años; lo importante es el polluelo. Tan brillante respuesta me recuerda cómo es de pura la mirada de un niño, cómo ve cosas que al crecer se nos hacen invisibles y me hace pensar, en cuando acurrucaba, cual gallina clueca, a mis hijas recién nacidas entre mis brazos y no podía evitar preguntarme cómo existen padres capaces de abandonar a su bebé en un contenedor, de lanzarlo por una ventana, de quemarlo dentro de su propia casa. Cómo, irónicamente, es tan difícil para muchas personas acceder a la paternidad, en solitario o en pareja, adoptar un bebé para darle un hogar y mucho amor, no hace falta mucho más, me contaba anteayer Luisa, que lleva seis años esperando a su bebé chino. Cómo otros muchos tienen que irse a Grecia, a Ucrania, a EEUU para poder tener un hijo propio, porque aquí, que somos tan modernos, es ilegal la maternidad subrogada, proceso carísimo, pero menos lento que una adopción, quizás si todo va bien, incluso menos doloroso, porque dejando de lado la moral de por qué esas mujeres lo hacen (en el caso de ciertos países) está la posibilidad de que ese embarazo no vaya bien, de que esa madre se eche atrás. De sufrir un aborto sin haber sido fecundado, sin tener útero siquiera y sentir que el alma se va vaciando al mismo ritmo que se evapora la esperanza.

Pienso también en todos aquellos que ven como su ilusión de ser padres se desvanece por una burocracia que no avanza, por una cuenta corriente que no da ya para más, porque las listas de espera son larguísimas y la ilusión va haciéndose añicos día a día, año a año y se forjan un armisticio en su carácter acerado que para no decaer en la batalla legal, humana, social a la que se enfrentan esos aspirantes a padres en el trabajo, en las reuniones familiares, tomando una copa con los amigos. Pienso en los lugares donde se evita el tema, pero acaba saliendo y se vislumbra el sufrimiento, las noches en vela, una espera que supera los nueve meses, que es indeterminada, insatisfecha, voraz.

Una espera casi siempre olvidada. Porque es mucho más interesante hablar de lo becerro que es Donald Trump, del marido de la Infanta, de corrupción, de si independencia sí o no y qué le pasará a Mas.

Mucho más importante que hablar del futuro.  Porque nos quejamos de la juventud y sin ni siquiera preocuparnos por la infancia. De esa juventud en la que muchos echan en falta una figura materna, paterna, en resumidas cuentas una estructura familiar sólida, que les apoye, que les guíe en esta aventura tan loca que es la vida, en este mundo que puede ser tan cruel y despiadado. Tendría que exigirse un carnet para padres decían algunos de mis compañeros de claustro en el instituto, porque no está todo en desearlo y después conseguirlo, me apuntaban, después hay que serlo.

Porque uno no se convierte en progenitor el día que pare, que firma, que se insemina, uno se convierte en padre el día que mira a su hijo a los ojos y se ve a través de ellos.

Y muchos, que no todos por supuesto, padres de adolescentes no se preguntan qué hicieron mal, sino que directamente te exigen que hagas algo tú. ¿Pero usted, habla con su hijo?, ¿Hablar? Si está todo el día enganchado al móvil, al ordenador, a la televisión. Hable con su hijo. De lo que sea.

Si no habla ahora significa que, obviamente, tampoco hablaba en el pasado y si no hablaba, no compartía. Qué tristeza, qué pena tan grande, perderse quién es tu hijo, perderte en mirar el WhatsApp mientras juega en el parque, mientras disputa su primer partido de futbol, su primer concierto de piano. Qué pena, de verdad.

No existe ningún tipo de control sobre cómo educamos a nuestros hijos, cómo los criamos, cómo los formamos para su futuro adulto. Y vemos atrocidades, padres que no pueden serlo, padres que lo son sin quererlo, otros que se animan porque ya toca, que se me va a pasar el arroz. Sin reflexión,  sin mesurar si lo harán bien. Porque quien se plantea si lo hace bien o mal, al menos lo intenta. Es entonces cuando nos encauzamos hacia el camino.

Los niños están totalmente indefensos: viven en un sistema que no les ampara, en una burocracia que frena su agrupación familiar, en un mundo en el que el sistema de acogida no funciona, porque pocos quieren a un niño de más de cinco años, que ya tiene un pasado, una identidad, que, por desgracia, terminará siendo carne de casa tutelada.

También existe una maternidad pospuesta, más allá de la menopausia, de la lógica científica, no me atrevo a aseverar que natural. De personas que optan por ser madre biológica más allá de los 60. Si la mujer vive hasta los 84, que es la media de esperanza de vida en España, estupendo pero, ¿y si lo hace hasta los 70? Amor, hogar, sustento, futuro serán palabras que pertenecerán al campo semántico de la complicación de esa criatura. De la complicación o de la inexistencia.

Pero nadie tiene derecho a imponer una edad límite para ser madre, quizás esa madre de 70 sea mucho mejor madre, simplemente por las ganas, que una de 30, como tampoco nadie tiene derecho a prohibir ser madre o padre de la forma que se quiera o se pueda.

Lo que sucede es que de nuevo perdemos de vista al polluelo. Porque mientras miramos hacia otro lado en este mundo poliédrico, hay polluelos, muchos polluelos que sufren el desamparo y cosas mucho más atroces.

Miraba el otro día la película Lion (2016) y no me impactó la búsqueda del protagonista, ni su situación de pérdida, sino el hecho de estar perdido: ese niño viviendo en la calle, evitando la prostitución infantil, la pederastia, los abusos en los orfanatos y muchas otras cosas que mi imaginación no pudo permitirse alcanzar. Eso fue lo que realmente se quedo grabado en mi retina, en mis entrañas de madre.

Pero no importa. Al mundo le es indiferente. Prefiere seguir preguntándose qué fue antes, si el huevo o la gallina. Porque no nos damos cuenta de que lo esencial, como escribió Saint-Exupéry hace más de medio siglo, dedicando su libro al niño que fue alguien una vez, es invisible a los ojos, así que seguimos deleitándonos con las plumas y el cascarón.

De huevos y gallinas
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