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De Haití se sale por la selva Planeta, Reportaje

Fronteras visibles e invisibles son franqueadas cada día por las personas que emigran en búsqueda de una vida mejor. Haití es un país pequeño sumido en una gran tragedia política, económica y ambiental que ha provocado varias olas de inmigración, una de ellas hacia Brasil. Algunos de los caminos transcurren a través de rutas clandestinas especialmente violentas para las mujeres, que no pueden permitirse retroceder en sus pasos puesto que la pobreza les pisa los talones.

Rosana Nascimento, psicóloga y coordinadora de la Casa de Apoyo a la Infancia, posa con algunas de las niñas haitianas que pasan el día en esta guardería./ Foto: Luna Gámez.

Rosana Nascimento, psicóloga y coordinadora de la Casa de Apoyo a la Infancia, posa con algunas de las niñas haitianas que pasan el día en esta guardería./ Foto: Luna Gámez.

Marie Altagracia, haitiana, es una de las numerosas valientes que se convirtió en emigrante. Salió un día de su isla caribeña cuando tenía 29 años. Hoy, con 44, se encuentra en el corazón de la selva amazónica. Manaos nunca fue su destino, pero ella es consciente de que la migración es un viaje constante en la búsqueda por una mejor vida. Recuerda con una media sonrisa dibujada en el rostro la inocencia con la que un día hizo las maletas para irse a Venezuela, su primer paradero. “Imaginaba cómo sería mi nueva vida, me veía caminando entre las calles de una ciudad moderna, deseaba poder tener un trabajo y llevar un día a mis hijos al cine”, relata Marie, que dejó Puerto Príncipe con un profundo sentimiento de miedo y partió hacia lo desconocido con su marido y sus cuatro hijos.

Antes de salir ya hablaba un poco de español por la proximidad de su país con la República Dominicana, que desde pequeña frecuentó acompañando a su madre en el trabajo de la venta ambulante de comida. Migrar al país vecino era una opción con menores salidas porque allí también había mucha pobreza, tal y como cuenta. Un mes duró su viaje hasta que Marie y su familia acabaron llegando a Caracas. “Estaba muy sola al principio, llegué a sentirme egoísta y culpable cuando veía el esfuerzo que tenían que hacer mis hijos para integrarse”, cuenta esta haitiana quien reconoce que los pequeños se adaptaron más rápido al país que ella y su marido. Con empleos de vendedores ambulantes consiguieron comprar dos casas a las afueras de Caracas pero después de más de 15 años viviendo en la capital venezolana, las circunstancias les forzaron a emprender otra ruta migratoria. “Caracas nos dio una posibilidad, todos mis hijos estudiaron y hoy tienen buenos trabajos, pero llegó un momento en que la tensión y la violencia en la ciudad hacían la vida insoportable”, opina Marie, quien tuvo que vender una de sus dos casas para pagar los pasajes del autobús en el que, ella y su familia, atravesaron la densa floresta amazónica, pasaron por varias ciudades en medio de la selva que esta haitiana afirma ni imaginar que existían y acabaron instalándose en Manaos, al norte de Brasil.

“Estaba muy sola al principio, llegué a sentirme egoísta y culpable cuando veía el esfuerzo que tenían que hacer mis hijos para integrarse”

“Lo ideal sería poder volver a mi país, allí está toda mi familia pero la situación es cada día más trágica”. Marie es hoy una de las trabajadoras de una conocida fábrica de helados artesanales de fruta, símbolo de la comunidad haitiana en la capital amazónica. Rodeada de olores de frutas exuberantes afirma que se siente satisfecha con su trabajo pero que el hecho de tener que aprender otra lengua nueva, el portugués, hace que la integración en el nuevo país sea más lenta. Recuerda la aspereza del camino hasta llegar a Manaos pero se siente afortunada por haberse salvado de los ‘coyotes’ – como se conocen a los miembros de las redes de trata de personas en la región – y del resto de inclemencias con las que otras mujeres migrantes se topan al intentar atravesar la selva amazónica.

Marie Altagracia reparte helados artesanales de frutas entre los vendedores ambulantes que cargan sus carritos para comenzar sus jornadas de trabajo./ Foto: Luna Gámez.

Marie Altagracia reparte helados artesanales de frutas entre los vendedores ambulantes que cargan sus carritos para comenzar sus jornadas de trabajo./ Foto: Luna Gámez.

Lo que algunas migrantes enfrentan en el camino

Adéle* no habla pero sonríe. Es una voz enmudecida por las dificultades de una experiencia migratoria en la que muchas haitianas se encuentran solas y expuestas a las inclemencias de un viaje que recorre parte del continente americano hasta alcanzar Manaos, el corazón de la Amazonia. En sus grandes ojos negros se refleja la experiencia de una larga travesía pero pocos detalles se saben de su historia. Al igual que muchas otras mujeres, Adéle llegó en estado de shock psicológico a la Pastoral del Migrante de la Parroquia de São Geraldo. A diferencia del resto, el grupo de trabajadores y trabajadoras voluntarias, entre las que hay algunas psicólogas, no consiguieron evitar que sus crisis fuesen cada vez más recurrentes, pero ningún centro de salud mental pública aceptó ayudar a Adéle, alegando que ya estaban desbordados de pacientes brasileños. Desde ese momento, Adéle nunca más volvió a articular palabra. Un silencio que para Valdecir es consecuencia de la dureza de las rutas migratorias clandestinas y de la omisión de las autoridades públicas frente a una dramática situación ignorada.

Las mujeres tardan más en aprender la lengua. Una de las razones puede ser una discriminación de género muy fuerte. El hombre se muestra como el ‘detentor’ de poder, toma las decisiones y se cree en muchos casos el ‘tutor’ de la mujer, lo que dificulta, a veces, que ellas puedan integrarse

“Cuando comenzó el flujo migratorio muchos de los haitianos llegaban muy traumatizados por el viaje, tenían que pasar por muchos países hasta llegar aquí y en cada uno eran violentados de alguna manera”, relata Rosana Nascimento, miembra de la Pastoral del Migrante. Destaca que la manipulación de los ‘coyotes’ y la violencia sexual son los principales riesgos para las mujeres. Las primeras haitianas venían la mayoría solas, llegaban totalmente desorientadas y algunas descubrían al llegar que estaban embarazadas, según afirma Rosana, quien también cuenta que “muchas no sabían quién era el padre porque habían sido violadas u obligadas prostituirse en varias ocasiones para no quedarse bloqueadas en el camino”.

Aprender portugués y encontrar un trabajo son sus principales deseos cuando llegan a la capital amazónica. Sin embargo, Rosana cuenta que en general las mujeres tardan más en aprender la lengua, “según nuestras observaciones creemos que esto se debe a que entre los haitianos hay una discriminación de género muy fuerte. El hombre se muestra como el ‘detentor’ de poder, toma las decisiones y se cree en muchos casos el ‘tutor’ de la mujer, lo que dificulta, a veces, que ellas puedan integrarse”, explica esta psicóloga voluntaria.

Además, en un contexto de tendencia machista, muchas de las haitianas se veían imposibilitadas para buscar un trabajo cuando tenían hijos de los que hacerse cargo, por lo que la Pastoral decidió crear una Casa de Apoyo a la Infancia, que durante el día se hace cargo de unas 25 niñas y niños entre seis meses y tres años. Esta guardería ha servido además para tener un poco más de proximidad con algunas madres, según cuenta Rosana, directora del centro, que destaca la dificultad de reunir a la comunidad haitiana para conversar ya que su prioridad es concentrar el tiempo y el esfuerzo en el trabajo.

Una integración basada en el trabajo colectivo

La principal preocupación de las personas que llegan desde Haití a Brasil es encontrar un trabajo, pero muchas se sorprenden al toparse con un contexto de contratación laboral irregular y con bajos salarios, en los que a veces se sienten discriminadas o engañadas. “La mayoría prefiere trabajar por cuenta propia, la propia inestabilidad de su país les ha enseñado a ser independientes y emprendedores”, afirma Valdeci, quien cuenta que para las mujeres fue especialmente complicado adaptarse ya que casi todas las oportunidades que se les ofrecían al principio era en el sector del trabajo doméstico. “Hubo muchos comentarios discriminatorios que decían que las haitianas no queríamos trabajar porque no queríamos conformarnos con el trabajo doméstico”, declara Marie. No obstante, esta inmigrante explica que la mayoría de ellas salieron de su país con el sueño de ser autónomas por lo que prefieren trabajos como la venta ambulante o la cocina, que además de generarles más recursos les da independencia.

Partiendo de esta idea, la comunidad de haitianos ayudada por la Pastoral del Migrante fue desarrollando varios proyectos de economía solidaria para integrarse como trabajadores con una mayor autonomía. La iniciativa con mayor éxito hasta el momento ha sido la fábrica de helados con pulpas de frutas regionales de la Amazonia, autogestionada íntegramente por cuatro inmigrantes, la mayoría mujeres entre las que figura Marie, que muestra con una sonrisa de satisfacción cómo funciona la pequeña industria y cómo se distribuyen las tareas. La fábrica se sustenta con sus propios recursos y con el dinero que sobra costean los gastos de la guardería y donan una parte a la parroquia para el trabajo de acogida.

Los helados ofrecen una oportunidad de empleo a las varias decenas de vendedoras y vendedores ambulantes que con sus carritos recorren durante todo el día las calurosas calles de Manaos al grito de “picolé da massa”, nombre de estos polos popularmente conocidos en la ciudad y gracias a los cuales una parte de la población manauara se ha hecho consciente de la presencia y de la integración de la población haitiana. Cada persona trabajando de forma ambulante puede vender entre 150 y 200 helados por día, lo que le reporta en torno a los 1.400 reales (400 euros) mensuales, casi el doble de lo que obtendrían en puestos no cualificados del mercado formal de trabajo. “Cuando salí de Haití yo soñaba con tener mi propia empresa, pero por lo menos esto me da independencia económica”, cuenta Jean Bouffard, uno de los vendedores de helados que, después de tomar avena con leche de desayuno junto a sus compañeros, se prepara para su jornada de trabajo diaria llenando su carrito con helados de diferentes sabores, principalmente de burití, una fruta amarilla que sale de una palmera amazónica adorada por la población local. Él ya ha conseguido comprarse un terreno y se está construyendo una casa, al igual que muchos de sus compañeros. Otros viven en casas de alquiler pero gozan de su autonomía financiera.

Una de las trabajadoras de la fábrica “Picolé da Massa” muestra los distintos sabores de helados que preparan. / Foto: Luna Gámez.

Una de las trabajadoras de la fábrica “Picolé da Massa” muestra los distintos sabores de helados que preparan. / Foto: Luna Gámez.

La comunidad haitiana se emplea también en otras alternativas autónomas como el taller de fabricación de artesanía que se vende en las calles y en los mercados, y el de costura donde se arregla la ropa que proviene de donaciones y se pone en venta en bazares solidarios organizados por las haitianas. Son principalmente mujeres quienes integran estos dos polos de trabajo acompañadas por las monjas de la iglesia de los Remedios. La cocina es el cuarto y último proyecto de autogestión económica de esta red de inmigrantes: ofrecen servicios de comidas industriales para grandes eventos –entre ellos sus propias fiestas con música y bailes regionales-, pero principalmente las cocineras y cocineros se ocupan de la preparación de los alimentos diarios para el resto de sus compañeros, quienes cuentan con recursos monetarios para pagar por este servicio de forma que la alimentación pueda ser también una vía de empleo para algunos de los inmigrantes.

Aunque estos cuatro proyectos han creado numerosos puestos de empleo, además de una red solidaria de apoyo a la integración, el párroco Valdecir alega que el trabajo independiente informal mantiene a estas personas totalmente desprotegidas legalmente por lo que están buscando la forma en la que el Servicio Brasileño de Apoyo a las Micro y Pequeñas Empresas (SEBRAE) les facilite un estatuto de trabajador autónomo que les dé acceso a ciertos derechos sociales como la baja por enfermedad o accidente, la maternidad o la jubilación.

Cuando los haitianos tuvieron que mirar hacia el Sur

Haití es un país de emigrantes que, desde hace medio siglo, huyen de la inestabilidad política y económica siguiendo, generalmente, dos rutas. La de la clase más pudiente se extendía desde América del Norte a Europa, mientras que la población operaria y campesina se desplazaban principalmente entre los países del Caribe. Pero las recientes crisis económicas dificultaron algunos de los tradicionales caminos y abrieron otros nuevos, como la ruta amazónica hasta Manaos, el corazón de Brasil.

Para los más pudientes, Estados Unidos había sido siempre el primer destino de referencia y, en otras ocasiones, el dominio del francés les ayudaba a migrar a Francia o Canadá. Este último país fue el que más inmigrantes recibió cuando comenzó la persecución política y la consecuente salida masiva de haitianos en 1960, después de que François Duvalier entrase en el Gobierno y se autoproclamase “presidente de por vida”, creando una de las peores crisis de pobreza del país. Duvalier hijo heredó una dictadura que duró en total 30 largos años, hasta que los militares le arrebataron el poder en 1986. Fueron sucedidos por Gobiernos intermitentes e inestables y el flujo de personas de la isla al continente no cesó.

Tanto el horizonte estadounidense como el europeo comenzaron a nublarse tras la crisis de 2008. Sin embargo, la corrupción, la miseria y el vaivén político continuaban en Haití, un país marcado por los sucesivos golpes de Estado y una inestabilidad político-económica que no hizo más que agravarse después del terremoto de 2010 y el huracán Matthew del pasado año. Estas catástrofes naturales desencadenaron otros problemas de índole más humano, como el multitudinario brote de cólera que afectó al cuatro por ciento de la población y mató a más de 10.000 personas en el país. Finalmente, Naciones Unidas ha reconocido que fue provocado por los cascos azules nepalís de la misión de paz proveniente de Katmandú, donde había una crisis de esta enfermedad infecto-contagiosa. Un encadenamiento de sucesos que hacen que Haití –cuya inestabilidad se refleja en un Palacio Presidencial todavía destruido desde temblores de tierra de siete años atrás- continúe hasta hoy empujando a emigrantes a buscar nuevas tierras de acogida.

Desde la dictadura Duvalier, Venezuela había sido una puerta de entrada al continente para muchos haitianos, así como un destino de residencia para otros, sobre todo a partir del auge económico del país durante la década de los 80, pero la actual crisis y el crecimiento de la violencia provocó que muchos haitianos retomasen nuevas rutas migratorias, entre las que apareció Brasil y más concretamente Manaos, importante polo industrial y capital de la región amazónica.

Un encadenamiento de sucesos que hacen que Haití –cuya inestabilidad se refleja en un Palacio Presidencial todavía destruido desde temblores de tierra de siete años atrás- continúe hasta hoy empujando a emigrantes a buscar nuevas tierras de acogida

El salvaje paisaje y la inmensidad de los horizontes planos e infinitos se ha reflejado en las miradas de miles de haitianos que entraron en Brasil por las aguas del río Amazonas. Para llegar hasta allí, muchos partieron de Haití o de la Republica Dominicana y tomaron rumbo a Panamá. Desde allí iban a Ecuador y posteriormente a Perú para adentrarse en la selva. Desde Iquitos, ciudad peruana, navegaban durante varios días el río más caudaloso del mundo hasta llegar a la primera ciudad brasileña, Tabatinga (Estado del Amazonas), donde generalmente era necesario esperar entre 15 días y tres meses la emisión de un visado por razones humanitarias que les permitiese tener un estatuto legal y poder así trabajar formalmente.

Las relaciones entre la isla haitiana y el gigante brasileño comenzaron a consolidarse en 2004 cuando el movimiento de insurgencia, liderado por la oposición política y por grupos armados, derrocó al entonces presidente Jean-Bertrand Aristide y se instaló en Haití la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas (MINUSTAH) dirigida por Brasil, que envió al mayor contingente de cascos azules. Ambos países estrecharon aún más sus lazos tras el terremoto, cuando Luis Ignacio Lula da Silva, entonces presidente del Gobierno brasileño, envió una gran ayuda económica y anunció que su país acogería con los brazos abiertos a la población haitiana dispuesta a salir de la isla.

Desde 2010 comenzó una llegada masiva de haitianos a Brasil, muchos de ellos atravesando la selva hasta llegar a las principales ciudades de la Amazonia. A diferencia de lo que se creía, muchas de las personas que llegaban no huían solo del terremoto si no de la persecución política que la República Dominicana estaba emprendiendo contra sus vecinos haitianos y de la crisis política que se instalaba en el territorio venezolano. Es decir, a la Amazonia llegaban principalmente personas de Haití que ya habían migrado anteriormente a otros lugares y veían en la economía pujante brasileña un atisbo de esperanza, tal y como relata Valdecir.

La psicóloga Rosana Nascimento considera que los hijos son una gran ayuda para la adaptación de los padres. /Foto: Luna Gámez.

La psicóloga Rosana Nascimento considera que hijas e hijos son una gran ayuda para la adaptación de sus progenitores. /Foto: Luna Gámez.

Entre 2010 y 2012, la Pastoral del Migrante registró la entrada de más de 6.000 haitianos en el Estado de Amazonas. Cada día atracaban varios barcos en el puerto de Manaus con grupos de entre 30 y hasta 600 haitianos. “Cada día nos preguntábamos cuántos iban a llegar, estábamos desbordados”, afirma el párroco de São Geraldo, quien cuenta que durante meses varias iglesias de Manaos se transformaron en albergues de acogida y otras en salones de distribución de donaciones de comida o ropa. El movimiento solidario de iglesias y personas voluntarias llegó a tener hasta 14 casas alquiladas de acogida.

Fruto de la gran presión migratoria, en 2012 el Gobierno de Dilma Rousseff aprobó una medida para la concesión de visados humanitarios destinado especialmente a facilitar la entrada regular de la población haitiana y evitar así las mafias ilegales y la inseguridad que ofrecían las rutas clandestinas. A diferencia del estatuto de refugiado, la protección humanitaria se rige por la legislación nacional brasileña y se destinó a proteger a las víctimas de crisis económicas y medioambientales como la de Haití, sin embargo esta medida no ha estado exenta de críticas. “El Gobierno central daba la documentación pero luego ellos tenían que buscarse la vida”, una postura insuficiente a ojos de Valdecir, quien considera que tanto las autoridades nacionales como locales omitieron su responsabilidad de ayudar a estas personas en el proceso de inserción. “Mientras nosotros acogíamos a 4.000 personas ellos (el Gobierno municipal), 20, cuando nosotros distribuíamos más de 100.000 kilos de comida, ellos solo donaban 2.000, nosotros tuvimos que comprar más de 4.000 colchones y ellos dieron unos 600”, especifica este párroco e insiste en que hubo una inversión de papeles ya que las autoridades se conformaron con ayudar al movimiento religioso de solidaridad y no asumieron su responsabilidad, en parte porque para algunos de ellos la presencia de migrantes es un problema, por lo que a menudo las autoridades locales, como a los ayuntamientos, les dificultan su trabajo de venta ambulante en el centro de la ciudad, según afirma.

El Gobierno de Acre, estado vecino al Amazonas, asumió sin embargo mayores responsabilidades cuando a partir de 2012 se transformó en otra de las principales puertas de entrada de población haitiana por su posición geográfica fronteriza con Perú. Tião Viana, gobernador de la región por la que pasaron más de 35.000 haitianos, calificó la situación de “tragedia humanitaria”, ya que afirmó que llegaron a encontrarse con más de 1.200 inmigrantes ilegales en lugares con capacidad para 200. Un masivo flujo ilegal de personas que la medida del visado humanitario no consiguió evitar y que, ante la ausencia de ayuda humanitaria en el trayecto, alimentó a varias redes de ‘coyotes’, según este político.

La medida para la emisión de visados humanitarios fue prorrogada por cuarta vez consecutiva ante una entrada todavía constante de haitianos en Brasil, pero su futuro es dudoso en un escenario político brasileño en crisis. Según los datos de 2016, en el país había 80.000 haitianos con documentación según el Consejo Nacional de Inmigración de Brasil, pero estiman que haya otra gran parte todavía indocumentados. Manaos, importante polo industrial del país, continúa siendo uno de los principales destinos de esta población aunque la mayoría se han concentrado en los últimos años en el sudeste del país, principalmente Río de Janeiro y São Paulo. “Yo me fui a Sorocaba (São Paulo) porque un empresario vino buscando trabajadores para la construcción pero no conseguí adaptarme”, cuenta Jefferson Justin, que con 18 años se vio en el sur de Brasil, solo y en una situación laboral muy precaria, por lo que decidió volver al Amazonas y hoy ayuda a las mujeres que se encargan de la contabilidad en los proyectos de trabajo colectivo.

Tras la conversación, Marie indica que debe volver al trabajo y mientras va colocando los palitos de madera en los helados -un producto escaso en su país que ella nunca se imaginó que acabaría fabricando- concluye su reflexión: “Nuestros sueños estaban en Europa o en Estados Unidos pero se nos cerraron muchas puertas, no nos quedó otra que caminar hacia el Sur”. Brasil les abrió sus puertas pero, ahora que el país se sumerge en una de sus peores crisis políticas y económicas, muchos haitianos que se han quedado sin trabajo están haciendo de nuevo las maletas con la esperanza de poder mirar hacia un nuevo horizonte.

* Adéle porta un nombre ficticio para respetar la intimidad y la sensibilidad de esta mujer haitiana.

De Haití se sale por la selva
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Luna Gámez

Periodista y antropóloga, escribo para sentir y compartir donde estas disciplinas confluyen. Voy y vengo, con un pie en Europa y otro en América Latina.

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