A las cosas por su nombre: “Pide perdón y que no vuelva a ocurrir” Participa

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Eva Rodríguez, experta en Igualdad y Género

Una persona grita dentro de una lata que va conectada a una cuerda

La realidad es terca y es evidente que la ley actual contra la violencia de género se queda coja, pues solo contempla los casos en los que víctima y agresor mantenían un vínculo afectivo. Aunque existe otra ley que recoge a sus descendientes como víctimas por el simple hecho de ser testigos de los malos tratos, esta apenas se aplica y nunca con efecto retroactivo.

Tampoco los casos de agresiones sexuales, verbales, físicas, etc., a la mujer fuera de la pareja clásica, son contemplados como violencia machista y lo son, porque se cometen contra la mujer por el hecho de serlo.

Bien, la justicia restaurativa, mediación y paternalismo como nueva respuesta patriarcal en un intento desesperado de invisibilizar el problema social del machismo y por ende, de la violencia machista, propone la mediación entre víctima y quien agrede para resolver el conflicto. En esta mediación pueden intervenir testigos y personas del entorno social, de manera que la víctima pueda expresar su malestar y hacerle ver el daño causado y por lo tanto, brindarle la oportunidad a quien ha cometido el delito, de pedir sinceras disculpas y de esa forma reparar a la víctima.

Además, pretende eliminar el concepto de violencia de género como delito en sí, basándose en el Art. 21 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, así como las órdenes de alejamiento, alegando que no funcionan. Pura esencia de buenismo.

Para empezar, la violencia machista no es un conflicto (enfrentamiento entre partes), es un problema social del que debería hacerse cargo el gobierno, reconociéndolo como un problema de estado, porque afecta y mata a personas (siempre a las mismas), luego es un delito y no un conflicto; donde existe una posición de poder, ejerciendo su superioridad sobre la víctima, que se encuentra en plano inferior en una situación de sometimiento.

Actualmente la ley prohíbe cualquier tipo de mediación cuando existe violencia de género. La razón es muy sencilla, una mujer que hasta el primer golpe ha sido denigrada, degradada, manipulada, maltratada psicológicamente, difícilmente podría enfrentarse a su victimario y hablar del daño causado, daño que ha callado por vergüenza, por sentimiento de culpa, alimentado por una sociedad que aún responsabiliza a las víctimas, que no ve el problema y ¿pretenden sentar a esa sociedad junto a la víctima y al maltratador? ¿Por qué no se sientan juezas y jueces a escucharlas? ¿Por qué no dejan de ver otro caso sobre papel y evitan que pasen de mano en mano?

Quitar el concepto de violencia de género para que no forme parte del constructo social, que no es más que cómo se comporta la sociedad en su conjunto, que tanto ha costado conseguir que sea reconocido por la ley, sería como negar su existencia; el constructo social no lo da un nombre, ponerle nombre en cambio, visibiliza el problema del constructo social.

No poner órdenes de alejamiento, ¿menos? Creo que no hace falta explicar que con las pocas que se ponen, algunas se incumplen y acaban en asesinato…

La solución está en legislar, en educar, en coeducar, en formar e informar. Desde cero, desde la política, desde las familias, desde todas las instituciones educacionales, donde los libros de texto no mantengan el rol tradicional de la mujer, que se nos reconozca en todos los ámbitos, en todas las investigaciones, luchas, revoluciones. Donde se contemplen todas nuestras interseccionalidades, porque el patriarcado recoge el etnocentrismo, la heteronormatividad, es decir, mujer blanca occidental casada con hombre blanco occidental.

En todas y cada una de las instituciones públicas y empresas privadas donde se reciba formación específica, medible y evaluable en igualdad, hasta que deje de ser necesario porque exista una sociedad igualitaria real y tangible.

Si la educación es la base, la coeducación es el camino. Tapar el problema cambiando su nombre, no lo soluciona.

A las cosas por su nombre: “Pide perdón y que no vuelva a ocurrir”
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