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Y entonces dije NO En red, Opinión

El caso es que yo iba al dentista. Estaba en la Puerta del Sol por casualidad. Ya era de noche y no hacía frío, pese a estar a catorce de febrero (pero ya no hace frío en Madrid desde hace años). De repente las oí. Eran pocas pero gritaban mucho. Cuarenta o cincuenta mujeres indignadas que gritaban con rabia. Nos están matando. Parecía que las estaban matando a ellas ahí mismo. No nos mires, únete. Y me uní, como muchas otras personas. Me convencieron.

La manifestación a la que se sumó José Luis, fotografiada por él.

La manifestación a la que se sumó José Luis, fotografiada por él.

Seguimos avanzando lentamente por la Carrera de San Jerónimo. No vi pancarta de cabecera, ni políticos. Solo los típicos carteles sin siglas reconocibles que me recordaban al 15M. No fui capaz de saber quién organizaba aquello, no conocía a nadie. Vosotros machistas sois los terroristas. Y cada grito era una bala en mi corazón. No son muertes, son asesinatos. Otra bala. Nos están matando. Otra bala. Nos tocan a una, nos tocan a todas. Otra.

Pero yo no podía gritar. No podía gritar con el convencimiento ni con la rabia con la que gritaba en las primeras manifestaciones del orgullo. En los balcones también hay maricones, en las aceras también hay bolleras. Porque cada grito de aquellas mujeres iba dirigido a mí. A todas las veces que había sido machista, a todas las veces que lo sigo siendo y a todas las veces que lo seré. Pero por cada una de esas veces pensaré en esas mujeres que gritaban y, a través de ellas, en las mujeres asesinadas, en las maltratadas, en las ninguneadas, en cada una de ellas.

Llevaban velas, pero habría sido posible que llevaran antorchas. Yo había estado muchas veces en las típicas concentraciones de repulsa con lacitos morados y periodistas haciendo la foto a los políticos de turno, indignadísimos todos por el penúltimo asesinato (siempre es el penúltimo, claro). Pero aquí había rabia. La rabia que es necesaria. La rabia de Rosa Parks, la de las trans* de Stonewall. La rabia del que no puede más, del que ya no va a aguantar más. Llevaban velas pero podrían haber llevado antorchas. Se dirigían al Congreso. Me acordé de Rodea el Congreso. Las imaginé quizá haciendo barricadas, acampando, quemando. Las vi capaces. Porque además ellas no son una minoría, como los negros, como los maricas. Ellas son mayoría. Una mayoría minorizada, claro. ¿Y si se levantaran todas un día y dijeran NO? El caso es que yo iba al dentista. Pero me llevé su indignación, que espero que me dure ya para siempre. Y me llevé la emoción del 15M. Como si allí estuviera empezando algo. Ojalá lo haga.

Un poco más tarde, en otra parte de Madrid, en la puerta de una sala de conciertos, se me acercó una mujer bajita, algo más joven que yo. Se dirigió a mí:

—Estabas en Sol, ¿verdad? ¿Lo has grabado?

Yo soy grande y calvo. Quizá era el más alto de toda la manifestación. No era raro que se hubiera fijado en mí.

—He hecho algunas fotos.

Me contó que eran un grupo de mujeres gallegas que estaba en huelga de hambre. Que nadie les hacía mucho caso. Que habían matado a la hermana de una de ellas. Que llegaron al Congreso y les pidieron los DNIs. Le conté que ahora con los móviles ya no hace falta que pidan nada, que estamos vendidos. Y gratis. Que ya saben que estuvimos. Que me manden la multa a casa. Entonces me pidió que lo contara. Y yo lo cuento:

Aquellas mujeres dijeron NO. Y no es lo mismo decir no cuando se le dice a un niño que no coja el mando a distancia que cuando se le dice que NO coja un cuchillo o cuando se acerca al fuego. Hay que decir NO como lo dicen ellas. Con rabia. Con indignación. Con determinación. Con la determinación que tiene el que ya no tiene nada más que eso. Como Rosa Parks. Como las trans* de Stonewall. A ver si así lo entienden. Parecía que las estaban matando a ellas ahí mismo. Lo estaban haciendo. Yo soy un hombre pacífico. Hasta que me matan. Y entonces dije NO. Nos tocan a una nos tocan a todos. Yo ya lo he entendido.

Lee la entrevista a Gloria Vázquez, presidenta de la asociación Velaluz, en La Marea

En 2014 Bárbara G. Vilariño ya se hizo eco en Pikara de las reivindicaciones de este colectivo, con motivo del ayuno que organizaron en Coruña.

Y entonces dije NO
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José Luis Serrano

Matemático sin teorema, historiador sin publicaciones, inmigrante con papeles, poeta sin libro, director de cine sin película, eurofan sin bandera, católico sin iglesia, oso sin pelo, queer sin seminario sobre teoría de género. Nacido en Ciudad Real, a los dieciocho años emigró a Madrid a estudiar Matemáticas, donde descubrió a Gödel y Turing, perdió la fe en las ciencias y se dedicó a la contemplación de la perversa obra de Dios. En 2012 publicó su primera novela (Hermano) y una colección de relatos de viajes, cuentos y escritos contra la homofobia (La tumba del chicle Bazooka). En 2014 publicó su segunda novela, Sebastián en la laguna. En 2015 publicó su tercera novela, Lo peor de todo es la luz. Fue coordinador durante 10 años de la sección cultural de la web www.dosmanzanas.com, donde se dedicó cada viernes, con la columna Desayuno en Urano, a comentar películas y libros de temática LGTB.

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