fbpx

Gladys Bentley: Cien kilos de queer blues con doble de picante Ficciones, Música

Gladys Bentley no fue tanto una rareza extravagante como una supernova de efectos duraderos. Cultivadora de blues insinuantes, su carrera fue corta y estuvo empedrada de humillaciones. Sin embargo, dejó por el camino importantes puertas abiertas: en sus manos, la sexualidad era material elástico, y fue una de las primeras mujeres del mundo del espectáculo en hacer público su lesbianismo.

Gladys Bentley con el traje blanco que la hizo famosa./ Archivo de Cine y Televisión UCLA

Gladys Bentley con el traje blanco que la caracterizaba./ Archivo de Cine y Televisión UCLA

Desde la última fila de la clase, Gladys Bentley recorre con la mirada el cuerpo de su profesora, como si sus ojos fuesen un par de gatos acorralados. Por un lado está el deseo, y por otro lado el miedo aún más fuerte a que ese deseo quede al descubierto delante de sus compañeras. Es otra mañana en la escuela secundaria de Filadelfia, y el timbre del recreo avecina tormenta. En pocos minutos, en el patio le caerá encima un chubasco de insultos como penitencia por cada pecado cometido: Gladys la marimacho ha vuelto al colegio vestida con la ropa de su hermano, cuyas costuras parecen siempre a punto de estallar por el sobrepeso. ¿No hay vestidos de tu talla, Gladys, o es que mamá no tiene dinero para comprarte uno? Si hay algo más imperdonable que una chica pobre es una chica pobre, negra, gorda y lesbiana. Todas lo sabemos, Gladys, sabemos cómo nos miras. Tendrían que encerrarte por esas cosas tan asquerosas que se te pasan por la cabeza.

El terror la acompaña de vuelta a casa, porque sabe que papá y mamá han tomado una decisión drástica con respecto a su comportamiento. Se han informado bien, y están seguros de que la medicina es la última esperanza para salvar a su hija. No sabemos qué hemos hecho mal contigo, pero el doctor puede hacer que dejes de retorcerte cada vez que te roza un hombre; curarte para dejes de pensar en otras chicas de esa forma tan extraña. Mañana cumple dieciséis años, y Gladys atraviesa la madrugada como lo hace siempre: refugiada bajo las sábanas, con la oreja pegada al cuaderno secreto de canciones y poemas en el que vuelca aquellas confesiones que no comparte con nadie. Hoy su sueño es especialmente inquieto y liberador: en unas horas va a partir hacia Nueva York, pues ha leído en el periódico que al norte de Manhattan existe un barrio en el que los negros viven de noche, alumbrados por neones. Al parecer, todos acuden allí atraídos por la promesa de que los afectos son libres y la música nunca se detiene.

Como le sucedía a Dorothy en ‘El Mago De Oz’, el mundo de Gladys pasa del sepia al technicolor tan pronto como pone un pie en Harlem. Lo que encuentra entre aquel puñado de arterias urbanas es una especie de república independiente en construcción, donde la comunidad afroamericana trabaja colectivamente para definir las bases de una cultura propia. Estamos en la aurora de los años veinte, en pleno “Renacimiento de Harlem”, y Gladys es aceptada de inmediato en aquella gran expedición con rumbo a lo desconocido. La actividad principal se desarrolla en los speakeasies, los bares que suministran bebida ilegal en plena Ley Seca, aunque la idea de tragar alcohol bajo cuerda no es tan excitante como la posterior tormenta de ideas: cada noche, las escritoras salen de allí con una novela por escribir, y los cantantes con una canción nueva para sus discos.

Es posible que Gladys, que absorbe lo que le rodea como si fuese papel secante, esté en una mesa tomando buena nota de cómo la realeza femenina del blues despliega su magia negra. No hay liturgia como la de Ma Rainey, una fiera con dientes de oro que ha recalado en Harlem tras dejarse la piel en espectáculos ambulantes, y en cuyo repertorio intercambia tristezas por insinuaciones lésbicas, pullas a los hombres y chistes verdes. En la primera fila, el temor vuelve a recorrer el espinazo de Gladys, pues está segura de que de un momento a otro la policía o los loqueros van a asaltar el escenario para llevarse a Ma. Pero las cosas no funcionan como en Filadelfia: en lugar de eso, la provocación es correspondida con guiños, besos al aire y chasquido de copas. Cuánto tiempo he perdido, piensa. Cuánto tiempo he perdido en Filadelfia tragándome el orgullo por culpa de todos esos idiotas.

Puesto que en Harlem la sexualidad es un juego y una investigación, las transgresiones son rápidamente metabolizadas. Así que Gladys tiene campo abierto para inventarse, para formular la estética que la definirá como artista. El resultado se hace público la noche de su debut en el Harry Hansberry’s Clam House, donde presenta ya el atuendo que la hará famosa: enormes pantalones de tiro alto, frac, sombrero de copa y bastón; toda ella convertida en una montaña negra, pero cubierta de un blanco nuclear. Una vez sentada ante al piano, comienza a aporrear las teclas con ritmo percutante, como si estuviera excavando un yacimiento o como si los diez dedos de las manos fuesen insuficientes. Con el excedente de energía, sacude la tarima a zapatazo limpio y se entrega a un scat frenético al estilo de Louis Armstrong, con las sílabas chocando como mariposas alrededor de una bombilla. Su especialidad son los blues picantes, en los que subvierte los éxitos del momento salpicándolos de jerga bulldagger, el término callejero que identifica a las lesbianas negras de aspecto masculino. Lo habitual es que las canciones bajen hasta las mesas del club para convertirse en manuales de flirteo: en las distancias cortas funcionan mejor los dobles sentidos, y no hay nada que más le guste a Gladys que volver a casa en buena compañía.

Con la velocidad de un cometa, la recién llegada entra en la leyenda de la parte más caliente del barrio. Dicho de otro modo, su vida comienza a suministrar materia literaria a quienes están escribiendo la crónica urgente de lo que se cuece en Harlem. Transmutada en personaje de novela, conjurada en canciones, retratada en artículos periodísticos, Gladys se convierte en carne de rumorología. Puesto que sus grabaciones se editan concienzudamente purgadas de referencias sexuales, las presentaciones en vivo son la única oportunidad para ir en busca de lo que todo el mundo habla. Mientras la artista espera en el camerino el momento de ofrecérselo, apura los últimos minutos recibiendo a los periodistas, y es en esas entrevistas donde se forja realmente la mistificación. Como intentado desalojar de sí el pasado, asegura haber nacido en Trinidad, aunque no es más que una filadelfiana con parte de sangre caribeña. Jura y perjura que su madre rezaba para que naciese niño, y que su llegada al mundo cayó como una maldición sobre la familia. Además, se jacta de haber contraído matrimonio en Atlantic City con una hermosa chica blanca. Poco importa que esto último sea cierto o no: en el sur, el mero hecho de sugerir algo así supondría acabar como un cuerpo muerto balanceándose bajo un árbol. En Harlem, sin embargo, Gladys es inmune y agota los días a todo trapo: ante sus ojos, la vida se despliega como una infinita alfombra roja.

Todavía no lo sabe, pero siempre hay una amenaza de peligro acechando en las fronteras del paraíso. Esta se hace efectiva a principios de los años treinta, cuando la derogación de la Ley Seca y los efectos de la Gran Depresión precipitan el declive del barrio. Aun cuando ya no queda dinero por dilapidar y el sueño del “Renacimiento de Harlem” parece llegar a su fin, ella sigue cantando y bailando entre las ruinas. A veces bajo el alias de Bobby Minton y otras con el apodo de Fatso Bentley, felizmente rodeada de bailarines travestidos, Gladys es todavía muy joven pero ya parece tan alejada de la realidad como Baby Jane Hudson. Al final la realidad se impone: en 1937 se atrinchera junto a su madre en un pequeño bungaló de Los Ángeles, dispuesta a perseguir el resplandor perdido de Harlem en el creciente circuito de bares gays del Bay Area.

Allí, aunque sea de forma intermitente, Gladys vuelve a ser el centro de atención, pero en sus shows comienza a percibir una carga de hipocresía en el aire: los aplausos no son tan fuertes, la alegría tiene un matiz desvaído y el público asiste al espectáculo con un ojo puesto en los agentes de policía que merodean por el local. Las primeras noches, esos policías escrutan a Gladys como si fuese un meteorito que acaba de caer sobre la zona: no saben muy bien si es una mujer o un hombre, hacen preguntas, tratan de descubrir si sus canciones esconden mensajes potencialmente peligrosos. Un buen día, la sacan del bar con las esposas por delante. En la Bahía somos permisivos con los espectáculos para maricas, dicen, pero la ley prohíbe que las mujeres actúen con ropa masculina si no es con un permiso especial. En el futuro todo serán trabas, y fuera del escenario las cosas no van mucho mejor: sus discos pasan cada vez más bien desapercibidos, y la estrella de Gladys experimenta un declive definitivo a medida que Norteamérica avanza hacia el macarthismo.

Primero van a por los comunistas. Después, el senador católico Joseph McCarthy extiende la “caza de brujas” a los gays y lesbianas, a quienes acusa de colaborar en el ultraje de los valores estadounidenses. Gladys, cuyo nombre figura en las listas negras elaboradas por el Comité Del Senado, no tarda en ser perseguida, arrinconada y finalmente despojada de su identidad y expulsada de su oficio.

Desesperada por salvar lo poco queda de su carrera, en 1952 entrega a la revista Ebony un testimonio que es también un grito ahogado y una rendición. Publicado en agosto bajo el titular “Soy una mujer de nuevo”, el texto documenta la falsa nueva vida de Gladys: se ha curado de su “extraño padecimiento” a base de hormonas femeninas, está limpia de drogas y acaba de encontrar el amor en los brazos de un periodista. Las fotografías adjuntas reflejan la felicidad del ama de casa que ha sobrevivido al inferno: en una, la antigua artista conocida a veces como Bobby Minton prepara la cama de matrimonio para hacer “confortable” la vuelta a casa de su esposo; en otra hace lo propio con la cena, “disfrutando del rol doméstico que evitó durante años”.

El tiempo pasa, y Harlem queda ya tan lejos que Gladys comprende que el camino no puede desandarse. Estamos en enero de 1960 y, como cada día, esta nueva devota de la iglesia del “Templo del Amor en Cristo” se demora ante el altar. En pocos días resultará vencida por la gripe y no es extraño encontrarla aquí con más frecuencia de lo habitual, lanzando preguntas al cielo. Finalmente hay un momento de aceptación y le invade la calma. Tal vez la vida sea en ocasiones un hecho irreversible. Qué más podías haber hecho tú, Gladys, con todo este extraño deseo y este color negro a cuestas.

'Soy una mujer de nuevo'. "La fabulosa artista de entretenimiento cuenta cómo encontró la felicidad en el amor después de un tratamiento médico para corregir su extraña aflicción".

‘Soy una mujer de nuevo’. “La fabulosa artista de entretenimiento cuenta cómo encontró la felicidad en el amor después de un tratamiento médico para corregir su extraña desgracia”.

Gladys Bentley: Cien kilos de queer blues con doble de picante
0 votes, 0.00 avg. rating (0% score)

Sociólogo. Colaborador habitual en prensa musical, incluyendo las revistas 'Ruta 66', 'Mondo Sonoro' y distintas publicaciones online.

Uso de cookies

Nosotras también hemos sucumbido a las cookies y eso que no son de chocolate. Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies