Baby, tú vales mucho: I don’t see you as a woman o la definición heteronormativa de la mujer de éxito en el ámbito de los negocios Participa

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Javier Linares Nieto

El cine es todavía el dispositivo más potente de creación de imaginarios políticos y culturales donde el estudio de la representación de lo femenino ha sido una cuestión maltratada, especialmente, en materia de producción de percepciones y asunciones sobre la realidad. La mujer en este espacio cultural de comunicación es mayoritariamente invisibilizada en lo que puede denominarse como el cine mainstream, lo que contribuye a la naturalización del patriarcado y las visiones que funda en el seno del espacio social. Su performatividad es implacable.

Efectivamente, existen excepciones que cuestionan y sitúan en el centro de la discusión de forma diferente la pluralidad de los aspectos relativos a la definición de la mujer y lo femenino y cómo están relacionados en diferentes contextos desde la perspectiva de género. Ejemplos de estas obras pueden ser: Baise-moi, de Virgine Despentes, escritora y autora de la Teoría King Kong, Thelma y Louise, de Ridley Scott, guionizada por Callie Khouri y que aborda la capacidad emancipatoria y la libertad de la mujer, La sonrisa de Mona Lisa, Jayne Eyre, de Charlotte Brontë u Orgullo y Prejuicio, basada en la novela homónima de Jane Austin o recientemente, Sufragistas, entre otras.

En este artículo cuestiono y rechazo aquellos patrones de identidad que definen y socializan “cómo debe ser la mujer” en el contexto laboral del mundo de los negocios a través de la exposición de estos elementos en el film Baby, tú vales mucho (1987), protagonizado por Diane Keaton. En esta película, J.C. Wiatt (Diane Keaton) es presentada como una mujer de éxito que trabaja en una multinacional poderosa, con un nivel de vida muy alto de grandes lujos y gustos frívolos millonarios que vive con su pareja un asimismo exitoso economista. La vida de Diane da un giro radical cuando por la muerte de un pariente lejano, deja huérfana a una niña pequeña que apenas habla a su cargo. Este hecho comporta grandes adversidades para la protagonista: frena sus opciones de promoción profesional, el desprecio hacia su trabajo, el abandono de su pareja y la negación de ayuda e incomprensión hacia su nueva realidad que deberá superar por sí misma. Esta película coincide con el momento histórico de la incorporación de la mujer al mercado de trabajo y visibiliza las dificultades de prosperar de las mujeres en el ámbito laboral junto con los obstáculos que menoscaban la organización social del trabajo de cuidados y la conciliación de la vida familiar-laboral. Sin embargo, lo más llamativo y a la vez neutralizado es el rol de la mujer y pautas de comportamiento o valores que debe reunir y exhibir una mujer para ser valorada en términos de éxito y destacar en el ámbito empresarial y los negocios.

Dentro de la dualidad masculino-femenino históricamente se ha constituido una polaridad que separa y diferencia ambas nociones a través de la definición y consiguiente asignación de unos atributos que influyen en el comportamiento. Más aún, la confusión y fijación normativa de esos conjuntos de atributos o polaridades al sexo conduce a identificar a lo masculino con hombre y a lo femenino con mujer. El resultado de ello es la constitución de las identidades de género, definiendo las categorías hombre y mujer sobre la asignación exclusiva y diferenciada de esos atributos sobre un eje de relaciones de poder desigual, donde el hombre predomina sobre la mujer, siendo más apreciados los masculinos que los femeninos.

La comprensión de la mujer desde este enfoque en atención a los atributos que la definen por su mera condición de mujer es, a saber, atractiva, emocional, coqueta, débil, dependiente, sofisticada, emocional, encantadora, irascible, sensual, receptiva, frívola, chismosa, aprehensiva, sensible, sentimental, sofisticada, y así en una interminable lista de términos que expresan debilidad. A los hombres, en cambio, se les presumen virtudes que consideramos positivas como inteligencia, valor, sagacidad, determinación, y fuerza, entre otros, teniendo una percepción social negativa la exposición de esos atributos que expresan “debilidad” en la esfera pública. Ciertamente, estas atribuciones de valores que configuran la identidad fijada a cada sexo se inscriben en una lógica natural y predeterminada que socializa esta percepción. No obstante, los valores u otras características son personales, se manifiestan en las personas independientemente de su sexo. Pueden presentarse tanto en mujeres como en hombres. Son, en consecuencia, transversales.

La mujer, en aras de destacar profesionalmente y tener éxito en un espacio históricamente dominado por el hombre como lo es el empresarial y de los negocios, debido a las lógicas y dinámicas impuestas por el mercado no puede exhibir esos atributos que social y culturalmente son asociados a la mujer desde una perspectiva de debilidad. Por tanto, debe encarnar el predominio de los otros valores, anclados a la identidad masculina para vencer esas resistencias inherentes al contexto. Esto es, las mujeres deben, por tanto, destacar como hombres, siendo apreciados sus méritos o valoradas sus cualidades como tales. Ejemplos que señalan este hecho son ilustrados en la película. Uno de ellos es el apelativo asignado a J.C. por sus superiores y compañeros de la empresa en términos de admiración a su iniciativa, liderazgo, creatividad y sagacidad en los negocios es “la dama del tigre”. Irremisiblemente, se le reconocen sus virtudes pero en una posición subordinada a la figura del tigre, un animal depredador, hábil y fuerte que reúne el simbolismo identificado con la masculinidad. En una escena, J.C. es citada por su jefe quien la alaba y la informa de su opinión favorable a un ascenso a puestos directivos en la empresa. No obstante, su jefe le dice en un momento de crucial relevancia “You know I don’t see you as a woman” (Sabes que no te veo como a una mujer). Esta frase implica que el reconocimiento al trabajo y a las cualidades de J.C. y la oferta de promoción están asociados a las virtudes masculinas que reúne su perfil, puesto que se presume que naturalmente una mujer no encaja en ese espacio social ni posee esos atributos.

En este entorno, es de imperiosa necesidad impugnar esta modalidad arquetípica de subalternidad femenina. La opresión que comporta no refiere exclusivamente a las condiciones materiales que afectan a la mujer en el entorno laboral, sino que se oculta en un velo de criterios que en tanto más neutrales resultan más intenso es el machismo que los informa. Se presenta, pues, otra modalidad de dominación de género en la formulación de “la mujer de negocios o de éxito” como una suerte de sujeto asimilado al masculino, que, sin ser del mismo sexo cumple, en buena medida, con los estándares de representación masculina legitimados en ese contexto particular. En el momento en el que se introducen elementos que alteran el status quo como la maternidad o los cuidados, se desciende todavía más en la escala de dominación machista respecto de la consideración de la mujer. Nítidamente, el actor causante somos los hombres al utilizar nuestros privilegios como fuentes de legitimación del orden de dominación socializándolo en el imaginario colectivo para cada contexto.

Baby, tú vales mucho: I don’t see you as a woman o la definición heteronormativa de la mujer de éxito en el ámbito de los negocios
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