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“Por maricón, tiene 24 horas para salir de acá” Crónica, Planeta

El desplazamiento forzado de personas trans en Colombia es una realidad no contemplada en los acuerdos de paz. Parces ONG facilita la reparación que el Estado no ofrece

María Rado / Villavicencio (Colombia)

Tatiana en Mesetas, el segundo sitio del que fue desplazada. Foto: María Rado

Tatiana en Mesetas, el segundo sitio del que fue desplazada. Foto: María Rado

Tatiana Triana tiene 26 años y es una de las casi siete millones de personas desplazadas internas que hay en Colombia debido al conflicto armado que sufre el país desde hace 52 años entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Su caso es especialmente duro porque no ha sido desplazada una sino tres veces, y también es especial porque el último desplazamiento, hace 12 años, se debe a su identidad trans.

La guerrilla y los paramilitares le amenazaron por ser trans y huyó a Bogotá donde vivió en casa de su tía, que le dio educación pero le maltrataba. Por recomendación de una amiga decidió irse al barrio de Santa Fe, “al ver que nadie me maltrataba y que me iba bien empecé a coger el ritmo y allí me quedé”, recuerda. En este céntrico barrio bogotano el colectivo trans se encuentra, de facto, completamente cercado. Allí ejerce la prostitución por obligación, en la llamada ‘zona de tolerancia’. A tan sólo dos cuadras de la plaza de Bolívar, es una de las zonas más abandonadas y decadentes de la ciudad: la vecindad lo esquiva y a las personas extranjeras se les aconseja hacer lo mismo.

Allí, una delegación de la oenegé Parces recogió a Tatiana para iniciar el retorno, 12 años después, al lugar del que la expulsaron. Volverá al municipio de Jardín de las Peñas, donde vive y trabaja su madre. Esa mañana, Tatiana se subió en el asiento del copiloto porque quería estar en primera fila para no perder detalle; pese a lo atractivo de la parte trasera de la furgoneta donde Andrea Correa, conocida como Coqueta, integrante de Parces, dejaba salir los nervios en forma de carcajadas que contagiaban al resto.

Parces es una oenegé especializada en el trabajo con colectivos marginados de la sociedad colombiana: ‘sin techo’, trabajadoras sexuales y mujeres trans, principalmente. Tienen varios proyectos inclusivos con estos colectivos y uno de ellos –‘(in)movilidad trans’- ha derivado en el desarrollo de una serie de retornos de mujeres a sus lugares de origen de donde fueron desplazadas por actores armados ilegales.

“Las mujeres trans no sabían que habían sido víctimas”

“Empezamos a ver que las mujeres trans no sabían que habían sido víctimas. Se ha naturalizado tanto la violencia que era muy normal que un paramilitar, las FARC o ‘los urabeños’ le hubieran sacado de su territorio o que le hubieran dicho ‘por maricón tiene 24 horas para salir’”, afirma Julian(a) Salamanca, directora de Comunicación de Parces.

Una reparación simbólica

El viaje de Tatiana supuso el tercer retorno que ha realizado la organización. Este proyecto nace al observar que a las mujeres trans víctimas del conflicto no se les ha hecho ningún tipo de reparación específica por ser expulsadas debido a su identidad. Los acuerdos de paz entre el Gobierno y las FARC, pese a su enfoque de género, no reconocen este hecho. “Cuando vimos que las mujeres trans no se les ha hecho una reparación ni simbólica ni concreta decidimos buscar alternativas para que ellas pudieran retornar”, recuerda Julian(a). Están previstos seis retornos más.

Tati tras bañarse en la piscina. / Foto: María Rado

Tati tras bañarse en la piscina. / Foto: María Rado

El campamento base de la delegación está en Villavicencio, capital del Meta. Este departamento se encuentra en los llamados Llanos Orientales, en el centro del país. A medida que nos alejamos de Bogotá y sus 2600 metros de altitud, las montañas se suavizan y la temperatura también. El viaje a Villavicencio dura unas tres horas que se alargaron por la parada para desayunar y el desvío hacia Granada, localidad en la que Tatiana trabajó como peluquera y en la que vive su hermana, con quien se encontrará.

“En Granada sólo dejan trabajar a los travestis en peluquerías, nada de puteaderos porque les piden los papeles, análisis médicos y todo eso”, cuenta Tati, como prefiere que le llamen. Quien no deja trabajar a “los travestis” en lo que consideren son los paramilitares, o ‘paracos’, aún presentes en el pueblo, que no pueden esconderse de los ojos de quien los ha sufrido.

En Villavicencio esperaba un hotel con piscina que, junto con Tati, sería la protagonista de este retorno. “Es una oportunidad para ellas tener espacios de relajación, como estar en hoteles o piscinas, y no debe ocultarse porque forma parte de todo el retorno”, reconoce Camilo Torre de Rojas, miembro del centro de formación de formadores de Parces ONG. El hotel se encuentra en una enorme finca, y reparte todas las estancias en una única planta. Solo estaba alojada nuestra delegación, lo que le dio al retorno una intimidad que se supo aprovechar.

Viajando por zona roja

Una de las preocupaciones del grupo era la condición de ‘zona roja’ del departamento del Meta, y especialmente de los sitios a los que Tatiana quería retornar. Estas zonas son territorios colombianos con fuerte presencia guerrillera, y en el Meta, pese al alto el fuego con las FARC, la guerrilla aún no está totalmente replegada. “El mayor miedo es la gente con la que nos vamos a encontrar por el camino”, confiesa Andrea Correa, mujer trans que forma parte de la Acción e Investigación Participativa (AIP) de Parces. Tatiana no muestra ningún temor, parece que vuelve a tener los 14 años con los que abandonó esta zona y las ganas y la ilusión no le han dejado espacio al miedo.

Se le ve la alegría en la cara. Lo que perturba al resto, a ella no se le ha pasado por la cabeza. “Tengo una emoción rara en el cuerpo por ver a mi familia de nuevo porque nunca pensé que volvería a este lugar”, confiesa. El equipo coincide en señalar que en este retorno es ella la que decide lo que hacer y dónde ir, y quien debe sacar lo positivo y no dejarse marcar por la tristeza.

No todos los retornos han salido como la protagonista esperaba. En uno de los anteriores, el de Camila, su madre rechazó verla y la familia tuvo un cambio de actitud brutal. El primer día la recibió con los brazos abiertos, pero el segundo día dijeron a la delegación: “Ustedes la trajeron, ustedes se la llevan”. La psicóloga Catalina Correa reconoce que son procesos de aceptación muy complicados: “La persona que retorna puede volver a Bogotá, pero la familia queda en ese contexto que está permeado por todos esos valores hegemónicos y heteronormativos de cómo deben ser las personas”.

Por la tarde, parte de la delegación se desplazó a otro barrio de Villavicencio donde vive Kimberly, hermana de Tati, a la que llevaba 12 años sin ver y que había tenido una hija, Saray. Con Ricardo, el conductor de la delegación, cruzamos Villavicencio hacia una zona de casas bajas, humildes y recalentadas por el sol de los Llanos. El encuentro no fue todo lo efusivo que se espera después de tanto tiempo, pero la distancia y una comunicación precaria, además de una separación violenta, no hace ningún bien a las relaciones.

“La persona que retorna puede volver a Bogotá, pero la familia queda en ese contexto que está permeado por todos esos valores hegemónicos y heteronormativos de cómo deben ser las personas”

Mesetas: del miedo a la alegría

A las cuatro de la mañana del día siguiente la delegación salió de Villavicencio en dirección al municipio de Mesetas, también en Meta, lugar al que la familia de Tati, llegó desplazada. De tanto que lo ha repetido en sus declaraciones en la Unidad de Víctimas cuenta sus desplazamientos casi como una retahíla: “Mi mamá es de Lejanías, ahí las FARC nos quemaron la casa y nos quitaron las tierras y nos tuvimos que venir a Mesetas”, recuerda. “Aquí (en Mesetas) nos dieron una casita y de ahí también nos sacaron y nos tocó irnos a una vereda que se llama La Cabaña”, retoma. Los responsables de su segundo desplazamiento fueron los paramilitares, en una zona donde la población se vio agredida indistintamente por todos los actores armados.

El mapa de la memoria de Tatiana.

El mapa de la memoria de Tatiana.

Los sentimientos de Tati hacia Mesetas han cambiado radicalmente desde que se marchó. Dentro del proyecto de Parces, ella dibujó su recorrido emocional en un mapa, como parte del retorno, anotando los sentimientos que vivió en cada uno de los sitios por los que fue pasando tras su desplazamiento. En Mesetas, era el miedo. “Estar aquí me llena de emoción por ser la primera afortunada en llegar al pueblo y arriesgarme a decidirme a ser lo que yo quiero ser, no a vivir con tapujos”, reconoce. Aunque también hay espacio para los ‘peros’: “La vida de una mujer trans acá me la imagino difícil por el bullying, la burla, el peligro; te pueden matar”.

Mesetas es un pequeño pueblo, sin demasiado encanto, construido alrededor de una plaza con una pista deportiva sobre la que han colocado una tejavana de chapa para protegerla de la lluvia que ese día nos recibió. Debajo del repiqueteo de las gotas características de la lluvia tropical nos reunimos con Alexandra, otra hermana de la retornada.

La historia de Alexandra tampoco ha sido fácil: sufrió los dos primeros desplazamientos, al igual que su hermana, y en los últimos tiempos ha recibido amenazas por ser lesbiana. Regado con jugo de mora, su reencuentro fue mucho más emotivo que el de la tarde anterior, porque ambas ya se habían visto previamente y habían mantenido más contacto. Alexandra acompañaría a la delegación hasta su destino final, Jardín de las Peñas, un pequeño pueblo donde vive y trabaja Yolanda, la madre de ambas.

Reencuentro con su madre

En el último tramo la delegación fue escoltada por ocho policías repartidos en cuatro motos. La fuerte presencia militar en Mesetas y la escolta policial más que tranquilizar alertaba, dejando al descubierto la inseguridad de la zona. Además, no deja de ser paradójico que un colectivo fuertemente reprimido por la fuerza pública sea escoltado por la policía; y más paradójico aún es que ese colectivo se sienta seguro al cambiar el contexto.

El abrazo entre Tatiana y su madre Yolanda. /Foto: María Rado

El abrazo entre Tatiana y su madre Yolanda. /Foto: María Rado

La distancia entre ambos lugares no llega a 20 kilómetros, pero el viaje dura más de una hora. El camino no está asfaltado y la lluvia remueve la tierra rojiza en la que el todoterreno que nos transporta entre brincos entierra las ruedas con serio riesgo de quedarse varado. La idea era celebrar un almuerzo con Yolanda e invitar a los agentes para agradecer el servicio, pero Alexandra pidió a la delegación que se desvinculara de la policía al entrar al pueblo: “No pueden entrar en la casa, si no alguien puede pensar que mi mamá es una sapa [soplona]”.

Al llegar a Jardín de las Peñas, Yolanda se estaba acercando a la casa con una cesta de comida para cocinar el típico sancocho, una sopa de gallina. Tati corrió hacia ella. Se abrazaron después de 12 años. “Muchas gracias por traerme a mi hijo, nunca pensé que fuera a volver”, dijo la madre refiriéndose a Tatiana en masculino. “Yo ya le he dicho que él no puede venir aquí, ¡no puede! Esto [ser trans] aquí no se ha visto, nadie sabe que yo tengo un hijo así, sólo mi familia y yo”.

Yolanda es una mujer guapísima, de ojos oscuros y despiertos y con tanta energía que nadie creería su historia. Fue desplazada dos veces con seis criaturas, un actor armado quemó su primera casa y otro diferente les echó de la segunda. La guerrilla reclutó a una de sus hijas cuando ésta tenía diez años; Yolanda fue a pedirle al comandante que se la devolviera y lo consiguió. Ahora, tras reencontrarse con Tatiana, su lucha se centra en que le devuelvan la casa de la que echaron, que hoy tiene otro propietario. “¡Qué mezcla de sentimientos!”, gritaba Yolanda mientras corría de un lado a otro de la casa con los ingredientes para el sancocho. La casa estaba pintada de verde y rosa y tenía la cocina fuera, al final de un jardín lleno de cocos, caracoles gigantes y loros que te silbaban al pasar. Estaba contenta por lo evidente, pero también preocupada. Aunque los policías no entraron a la casa, se quedaron por el pueblo y eso le inquietaba: “Ustedes se van, pero yo me quedo acá”, se quejaba.

La identidad como pretexto

Tatiana comenzó a construirse cuando tenía 15 años, entonces ya vivía en Bogotá pero afirma que su madre “ya sabía lo que era”. “A ella le dio mucha rabia y me dio ‘palo venteáo’, se puso muy brava porque yo le dije que me gustaban los hombres”, recuerda entre risas. “Yo tenía claro que quería ser mujer desde bien pequeña. Me ponía tacones, toallas en la cabeza, me pintorreaba”.

Pese a comenzar con su transición formal con la libertad en Bogotá, antes de que la expulsaran ya mostraba signos que no se correspondían con la masculinidad que se espera de un hombre en un pueblo campesino. Ella trabajaba la tierra igual, pero no hacía caso a las niñas, pese al empeño que le ponía su madre. ‘Transexual’ o ‘transgénero’ son conceptos que estaban a años luz de la sociedad en la que ella se crió, y aún lo están. Y su identidad, aún por terminar de moldear, sirvió de pretexto para que le echaran de su pueblo.

Ahora ha vuelto, y sin esconderse de nadie nos da un paseo mientras nos dirigimos al río a bañarnos. El clima colombiano no falla, y tras la lluvia de rigor sale un sol de justicia que invita a meterse en un agua turbia, pero que con el calor se nos antoja cristalina. Después, repartidos entre troncos en el suelo y sillas de plástico, nos comimos el sancocho que Yolanda había preparado con ayuda de la delegación. La madre de Tati seguía agradeciendo y asimilando que su hija estuviera allí, porque nunca la creyó cuando le dijo que iría a verla. Su hermana Alexandra nos contó que no era la primera vez que lo anunciaba y que al final no aparecía, de ahí el recelo de su madre.

Yolanda cocina sancocho. / Foto: María Rado

Yolanda cocina sancocho. / Foto: María Rado

Ya se estaba haciendo tarde y para evitar que nos cogiera la noche en esos 20 kilómetros de trayecto, emprendimos la vuelta a Villavicencio. Tatiana quiso hacer de nuevo una parada en Mesetas y se dio un baño purificador en el río Lucía, “para que se lleve todas las malas energías”. Usó un jabón parecido al ‘Chimbo’ y sal marina. Con el atardecer, se enjabonó tres veces, con sus correspondientes aclarados, e hizo lo propio con la sal, esparciéndola por su cuerpo para que se llevara consigo todo lo malo. Cuando terminó, ya de noche, estaba lista para regresar.

Sin miedo y sin malas energías, Tati sabe que ahora puede volver a casa. Ha comprado una peluquería en Bogotá y solo faltan unos detalles para ponerla en marcha y poder salir de la calle. El retorno le ha reencontrado con el dolor de un desplazamiento, pero no ha podido a la alegría de ver de nuevo a su familia y a la satisfacción de volver a casa siendo quién es.

“Por maricón, tiene 24 horas para salir de acá”
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