Hillary o Donald: ¿Otra jornada electoral inútil? Crónica, Planeta

¿Quién señala la ridícula situación de tener que elegir a una mujer corrupta para impedir que el Imperio colapse desde dentro? Las corrosivas parodias en los shows televisivos nocturnos y Yasmín Silvia Portales Machado, nuestra cronista cubana, marxista desencantada, y recién aterrizada en Estados Unidos.

Hillary Clinton y Donald Trump en Los Simpson

Hillary Clinton y Donald Trump en Los Simpson

Sábado a fines de octubre en Eugene. Aún no amanece, pero varias personas esperamos para viajar hacia Portland: un anciano con andar militar, una pareja de chicas tomadas de la mano, una señora de mediana con una bolsa de color rojo gastado muy llena. El ambiente es frío, y no solo por el clima: el empleado acaba de informar que el bus llegará con una hora de retraso, o más.

Mientras la calefacción se impone lentamente en el pequeño salón, escucho canciones pop de la década del noventa y miro el televisor con desgano. En la CNN, el titular es que el voto temprano femenino se disparó tras el tercer debate presidencial. Tienen gente bonita en pantalla y cintillos con estadísticas que… ¡Parece que las republicanas están votando por Hillary! OMG…

Pongo a Pandora en pausa.

Hay una mujer ahí: Jennifer Lim, fundadora de “Republican Women for Hillary”, que explica su posición (¿su esquizofrenia partidista?) en vivo. Del otro lado de la pantalla una vocera de “Women for Donald Trump” explica cómo, aunque él ha dicho algunas cosas inapropiadas, en realidad es la mejor opción para “hacer a América grande otra vez”.

¡Ajá! Cosas inapropiadas como las que grabó Billy Bush en 2005. Desde el 7 de octubre parece que la campaña se redujo a si Donald dijo esto o lo otro hace once años. Lo que dijo este año sobre la comunidad mexicana en Estados Unidos, quienes practican el Islam, la salud pública, el cambio climático y la evasión de impuestos… Bueno, no son noticias tan jugosas.

Es difícil regresar a la música pop de los gloriosos noventa tras esto… pero lo logro. Total, yo no voy a votar y no soy migrante.

Mientras el bus avanza por las carreteras de Oregon, a ratos se ven carteles de campaña. El estado tiene su propio torbellino en marcha con la ‘Medida 97’. Propone el aumento de los impuestos a las empresas con vistas a financiar escuelas, atención de salud y servicios a las personas de la tercera edad. Gracias a la geolocalización, Pandora y YouTube no dejan de forzarme a ver los argumentos de quienes están a favor y en contra.

Es difícil regresar a leer ciencia ficción tras eso… pero lo logro. Total, yo no voy a votar, aunque soy estudiante y tengo una madre sin seguro médico.

De regreso a Eugene, a las clases y las lecturas, me doy de bruces de nuevo con la política: el Día del Spanglish, lunes 24 de octubre, uno de mis alumnos –que podría ser poster de la idílica América WASP rural de la TV de 1950– presenta su poema:

“Mis ojos son azul, como una piscina,

Wich mean pool.

Donald Trump es un bad hombre

Mi nombre no es Raúl…”

El público de estudiantes de pre-grado, mayormente blanco, rural y anglosajón, estalla en risas y aplausos. ¿No se supone que esta es la América profunda y conservadora a la que apelan Donald y su equipo?

¡No!, perdón, estos son los míticos millennials, mis hermanos y hermanas generacionales más recientes. Nos separan más de quince años, pero compartimos las redes sociales, la dificultad para comprender o explicar la nacionalidad y la desconfianza política. Hillary quiere su voto, se supone que deberían votar por ella después que sacó a Bernie Sanders de la carretera. Los millennials se resisten, y los llamados de la democracia demócrata son cada vez más apocalípticos “¡¿Vas a dejar que él sea Presidente solo porque no manejé bien mi correo electrónico?!”

Se supone que Donald quiere el voto de quienes engendraron a la generación millennial, y de los miembros de esta generación que desconfían del ese extraño mundo conectado y –espantosamente- no blanco que acecha en el umbral de América –estoy segura de que lo imaginan exactamente como un cuento de Lovecraft, aunque nunca leyeran a Lovecraft.

Para rematar, el viernes un profesor usa un fragmento de ‘Saturday Night Live’ (SNL) para explicarnos la importancia de la acentuación correcta de las palabras. Ciertamente, pocas veces es más fácil ver la importancia de una buena pronunciación y acentuación como en una escena de humor, donde el equívoco es arma básica. Pero… ¿es legal que Alec Baldwin finja ser Donald Trump en la TV? ¡Oh!


Mientras el profesor reparte ejercicios prácticos de dicción, mi cabeza regresa a la idea de la parodia televisiva. Esto es imposible en Cuba, por obvias razones, pero creo que tampoco es muy frecuente en el resto del mundo hispanohablante -¿la cultura que nos une?

En la noche, voy a la red y miro el larguísimo archivo de humor político de SNL. Hago un alto especial con las actrices que han interpretado a Hillary Clinton desde 1991. YouTube, siempre servicial, me sugiere otros videos de estilo similar… Por fin le encuentro sentido a algo de esta campaña…

Trato de explicarle a mi madre lo que he descubierto, y su asombro es aún mayor que el mío. Previsiblemente, sus argumentos reproducen los míos: ¿eso es legal?, ¿nadie se ofende?, ¿por qué está Barack Obama dispuesto a leer tuits desagradables en la TV?

Mis argumentos para explicar el fenómeno en el lenguaje político que compartimos (el que traemos de Cuba) pasa por el carácter autofágico del capitalismo y el creciente poder de los medios: No hay salida al bipartidismo estructural de la política norteamericana –tenemos los casos de Albert Gore, Bernie Sanders y el mismo Trump como evidencia–, por lo mismo, lo que queda es la burla, el latigazo descarnado con cascabeles en la punta –¿qué diría José Martí de todo esto?

Si me siento a pensarlo, creo que mi visión podría ser definida como “marxismo desencantado”. Forzada a buscar una expresión de la lucha de clases en cada animado de Disney desde pequeña, soy incapaz hoy en día de ver algo tan grande y caro como la campaña por el contrato de cuatro años en la Casa Blanca con la mínima ilusión de democracia y ejercicio popular. Si sumo los lentes intraoculares violetas que llevo desde hace más de una década, el desencanto deprime al marxismo hasta convertirlo casi en nihilismo… ¡Pero hay esperanza en el mundo! No es que la vea, es que la estadística indica que tiene que existir.

La semana avanza y la polarización empieza a recordarme a Cuba. Estamos en la recta final y el miedo a la posibilidad de un país guiado por alguien tan incivil afecta a la mayoría. Se precian de su democracia esta gente, creen que viven en el mejor de los mundos posibles porque no tienen líderes autoritarios. Creen que tener presidentes respetuosos les da derecho a decirle al resto del planeta –desde Cuba hasta Alemania– cómo deben manejar sus propios asuntos. Comprenden que si su presidente no es diferente del de Venezuela el argumento podría derrumbarse y tendrán que reinar sobre el mundo a pura fuerza.

La posibilidad de ser un imperio honesto les da miedo.

El miedo que les da reconocerse como la incubadora natural de alguien como Donald Trump me parte de la risa.

En típica reacción de pánico marca Frankenstein, los medios se movilizan para detener a Trump –tras meses de darle cobertura preferencial por los índices de audiencia que genera su absurdo comportamiento público. Trump está loco, es analfabeto –dice Samantha Bee–, es irrespetuoso de las mujeres –nos recuerda Michelle Obama-, y en realidad es malo en economía –Warren Buffett es más rico y paga impuestos desde 1944, cuando tenía 13 años–. Clinton es la esperanza del sistema, que une a Demócratas y Republicanos bajo la bandera de las barras, las estrellas y la intervención extranjera. Ya no importa que sea mujer, parecen haber decidido, ya no importan Benghazi ni los correos electrónicos, ya no importa que diga una cosa en los discursos al aire libre y otra a puertas cerradas para tiburones de Wall Street. Hillary es real, trabajará para preservar el sistema y acaso logre compensar la economía interna, dar algunas migajas a los pobres.

En mi oficina –el local de estudiantes de maestría y doctorado– el tema de conversación más frecuente ahora son los planes de contingencia por si lo inadmisible ocurre. No hay que explicar la importancia que una campaña política basada en la xenofobia tiene para un departamento de lenguas extranjeras: nuestras filas se nutren, mayormente, por gente llegada de fuera, o nacionales poco nacionalistas. Se empieza a hablar de irse a Canadá o España para el doctorado. De conseguir trabajo en Italia o Argentina. Un colega –abrumado por la inquietud que exudamos les extranjeres– me confiesa que está profundamente avergonzado por compartir nacionalidad con Trump. Aunque le aseguro que no es su culpa –y no lo es, ni de lejos-, la sensación de irrealidad no me abandona.

Vuelvo a refugiarme en YouTube. En mi lista de videos que me gustan se mezclan fanvids de ‘Supernatural’ y el MCU con humor político y llamados de gente famosa a actuar contra Trump. Don Cheadle, Beyoncé, Meg Ryan, Death Cab for Cutie, Miley Cyrus, Arnold Schwarzenegger, Michael Moore, Shonda Rymes, Rachel Bloom, Homero Simpson, ¡George RR Martin!… gritan desde las pantallas de todos los dispositivos y redes sociales. Su miedo y rabia, su asombro ante el hecho de verse en la obligación de hablar tanto y tan claro de política es palpable. Mis favoritos son ‘Save the Day. Avengers vs Donald Trump’, ‘Los Simpson deciden por quién votarán’, ‘Save the Day. If Congress was your co-worker‘ y ‘Holy Shit (You’ve Got to Vote)’ de Rachel Bloom.



Parece que estamos en el clímax de un film de Hollywood, y el lugar común de que “la realidad supera la ficción” adquiere un sabor amargo.

Mientras, el análisis político “serio” y las encuestas siguen adelante. Pero –a escala– a poca gente le importa lo que Democracy Now, Washington Post y Wall Street Journal tienen que decir. Somos una minoría intelectual y reflexiva que se habla a sí misma, somos la elite -consciente de su ideología, con frecuencia políglota–, que ve el juego con cinismo y miedo.

The New Yorker, el siempre elegante refugio de la gente bohemia, acude a la suprema autoridad del mundo anglosajón: “Queen Offers to Restore British Rule Over United States” [La Reina se ofrece a restablecer el control británico sobre Estados Unidos], bromea Andy Borowitz. Lo comento en la oficina y, varias personas necesitan que les aclare si es noticia o chiste. Esto es el fin, pienso, si a mi alrededor hay quienes están en disposición de creer que la Reina va a opinar en esto y luego consideran la viabilidad de un regreso a la monarquía ante la disyuntiva de Donald Trump como presidente.

Fuera ruge la marea popular, sus referentes compartidos para entender la política son las series de ficción sobre política estadounidense The West Wing, House of Cards o Veep. Espacio aparte para mi gloriosa comunidad geek: los debates sobre seguridad nacional, internacional y planetaria, respeto al alien residente y el peligro de votar al candidato del miedo y el odio, ya son recurrentes en todo universo de ciencia ficción o fantasía que se precie. Recordemos que Marvel está hablando de xenofobia desde 1963, cuando aparecieron los X Men, y que Superman renunció a la ciudadanía estadounidense en 2011. Para mí, el más reciente aporte geek al debate que nos atañe son los Acuerdos de Sokovia –actualización del Acta de Registro de Superhumanos de 2006– en el filme Capitán América: Guerra Civil 1.

Entonces, ¿quién discute lo que ocurre? ¿Quién señala la ridícula situación de tener que elegir a una mujer corrupta para impedir que el Imperio colapse desde dentro? ¡Los shows nocturnos (“late night show” en inglés) con su desvergonzadas entrevistas y corrosivas parodias sociales!

La burla es el único camino racional en el debate político de este país. Son las preguntas de Stephen Colbert, Jimmy Fallon, Seth Meyers y el equipo de SNL lo único serio en este circo donde se juega el destino del planeta. Allí, con sonrisas burlonas y gestos asombrados, se ponen los puntos sobre las íes en la hipocresía sistemática de ambas candidaturas, y el estrechísimo margen de maniobra que deja el sistema a la ciudadanía: votarás por el menor de los dos males, concluyen todas las comedias con amargura.

Es otro sábado nublado en Oregon, faltan tres días para el final. La información es mucha y me duelen las costillas de ver humor político. Aun así, las lágrimas que derraman mis ojos de mirada violeta marxista hispanohablante desencantada no son de alegría. Esto es inútil, pero espero que suficiente gente se mueva (‘Holy Shit, You’ve Got to Vote’) y acaso consigamos un desnudo frontal de Mark Ruffalo –finalmente.

Hillary o Donald: ¿Otra jornada electoral inútil?
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Yasmín Silvia Portales Machado

Marxista crítica, feminista, y madre queer nacida en Cuba. Graduada de Crítica Teatral y Escritura Creativa, ha sido desde conserje hasta editora web. Apasionada con Tolkien desde adolescente, primero salió del armario como activista LGBTIQ y mucho después como fan del cine de ciencia ficción. Se mudó a Oregon para hacer un MA en Español con foco en las sexualidades de la literatura cubana de ciencia ficción. Foto de Neysa Jordan, San Juan de Puerto Rico, mayo de 2015

Comentarios recientes

  1. María Prieto Martín

    Según mi opinión, la victoria de Trump, con el 56% de votantes de mujeres latinas, a pesar de su machismo y misoginia declarada, sólo puede ser entendida con unas gafas violetas, o con una mirada feminista.
    Al Final, ha sido la victoria del “Supramacho” o “Protectomacho” sobre la “Hembrista” o “Feminazi”.
    Del machismo más rancio, sin complejos y sin-verguenza, sobre un feminismo simbólico poderoso reflejado en la figura amenazante de Hillary como presidenta. Y eso no se podía consentir.

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