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Ladybird, Ladybird. El castigo social por ser madres adolescentes Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Mireia Foradada Villar

Nos gustó Juno, de Jason Reitman. Hija de familia de clase media y blanca con unos padres que la supervisaban (madre – adolescente). Finalizada la vorágine de críticas, comentarios mediáticos y de profesionales del sector hacia la madre de Joan; el caso del niño que fue retirado de su madre cuando ella tenía 14 años y dado en adopción, en principio para siempre, hasta que una carta y un juez cambian el sentido de esa decisión. Nos preguntamos, cómo ella pretendía hacerse cargo de un menor con solo 14 años. Mi respuesta: Ladybird, Ladybird de Ken Loach. Esa película que cambió mi forma de ver y pensar en la mujeres jóvenes y atendidas por los servicios sociales, ya hace años. Cuántas malas prácticas se ejercieron por parte de los servicios sociales británicos a finales de los 70.

Y de la ficción a la realidad. Chica, menor, no blanca, irresponsable, que se queda embarazada. Esta es la carga discursiva mayoritaria, de una crítica feroz a la decisión de devolver la custodia a esa madre biológica irresponsable. Buen ejercicio sería analizar, no sólo desde un punto de vista del discurso de la edad, sino también del racismo, el sexismo y el clasismo que vislumbra los posicionamientos mayoritarios de los opinólogos mañaneros, que ya han sentenciado a esta mujer joven. Me pregunto si su fuente de información han sido los realities shows, donde estas aparecen totalmente estigmatizadas y sesgadas.

Está claro que la protección del menor recién nacido es siempre una prioridad en el sistema de protección a la infancia. Pero demos otra vuelta de tuerca entonces a esta cuestión, para dar una respuesta beneficiosa para amb@s.

Dicho esto, a mí no me interesa hablar sobre ningún caso concreto, más bien de una alternativa a lo que ahora mismo considero violencia institucional hacía l@s dos, madre e hij@. Y es que necesitamos repensar la intervención social con chicas jóvenes de forma integral. Debate, por cierto, muy común ya desde hace años en otros contextos internacionales, no tan lejanos a nuestra realidad. Lo que está claro es que el panorama no es satisfactorio para nadie.

Tampoco es cuestión de exportar fórmulas sino de repensar la nuestra, según nuestro contexto y realidad. Pero, qué limita o potencia la decisión de separar a dos menores; un/a recién nacida de su madre (adolescente/joven). Por supuesto hay muchos argumentos educativos, psicológicos y sociales a favor, desde un punto de vista de la protección del primero. Pero estamos hablando de los derechos de dos menores.

Si ser madre adolescente o muy joven es una realidad en nuestro contexto y más allá, por cierto, desde antaño. Sin querer entrar en valoraciones en si es adecuado o no para las jóvenes. Creo que no es la maternidad lo que hace que las chicas sean más vulnerables, sino la sociedad que no las reconoce como tal, cuando ellas así lo deciden. Y como ya es sabido, si no eres un sujeto reconocido socialmente, no eres un sujeto de derecho. Mi propuesta pasa entonces, por cambiar las condiciones sociales y materiales que empobrecen y vulneran los derechos de las jóvenes cuando deciden ser madres.

En el caso de que una chica quiera hacerse cargo de un bebé, ¿qué se le exige? Que sea “buena” madre, por cierto, criterios muy relativos según el momento histórico –cultural­– educativo. Pero no quiero entrar en relativismos que cuestionen esta reflexión. Alguien dirá que hay condiciones objetivas que diferencian una buena de una mala crianza. Que pueda mantenerlo económicamente y que le proporcione un espacio de seguridad y estabilidad. Pero depende sólo de ella que se puedan cumplir todas las expectativas de buena madre, de acuerdo con sus condiciones materiales (económicas, por ejemplo).

Imaginémonos, por un momento, el mismo caso. Una menor se queda embarazada y decide, por los motivos que sea, que quiere tener a ese bebé. Quería remarcar, para que no pueda instrumentalizarse interesadamente, que estoy tanto a favor del aborto como a favor del derecho a las maternidades. Imaginémonos, también, que esta chica, además, se encuentra en medio de su proceso educativo, y que sus padres la han echado de casa. ¡Esto nos suena a la gente del campo de la intervención social! Pero, afortunadamente, como nuestro sistema de protección es comprensivo y no agresivo, porque piensa en el derecho de ambos menores, va a ofrecer medidas de protección para ambos, ya que no(sotros?) los derechos de los y las menores nos la creemos. Por este motivo ella tiene que continuar estudiando hasta que lo desee. Se le ofrece un espacio donde vivir (por ejemplo, un piso de servicios sociales para la vida independiente). Recibe una renda por maternidad, como en tantos otros países que se interesan por la igualdad de las mujeres, y otra para su bebé. Además, cada semana recibe apoyo de una profesional y participa en un grupo de iguales para trabajar aspectos vinculados a la maternidad, el empoderamiento y el derecho de niñas, jóvenes y mujeres para facilitar su trayectoria a la vida independiente. Y si existiera pareja y/o padre del bebé, también participaría de espacios formativos de paternidad responsable, deconstrucción masculina y prevención a la violencia de género. Entonces la decisión de separar a la menor de su hijo/hija, ¿sería la misma?

¡Rotundamente, no! Y nos sugiere que una intervención comprensiva y no violenta hacia madres adolescentes y sus hijos, es posible. Sin querer recurrir a los estados de bienestar nórdicos, como Finlandia, donde lo planteado anteriormente ya está pasando. Lo más importante es poner en cuestión, no a la menor que se queda embarazada y decide ser madre, sino al posicionamiento que está forzando, ahora mismo, la separación de la madre adolescente-joven de otro menor. Como también los imaginarios– ideológicos– que justifican estas decisiones y que representan, incluso, formas de castigo social hacia estas chicas.

Ladybird, Ladybird. El castigo social por ser madres adolescentes
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