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Porteadoras, la espina dorsal de El Tarajal Planeta, Reportaje

Ni una, ni dos, ni tres. Son miles. Miles de mujeres las que cada madrugada van de Marruecos hasta la Ceuta. Allí, esperan para entrar en el polígono de El Tarajal y se esconden tras bultos que, incluso, superan su propio peso. Fardos que no valen más que su dignidad, pero que mientras doblan sus espaldas, levantan la economía de la frontera Sur de Europa.

Son las tres de la mañana y para Zhora acaba de comenzar el día. Lista para afrontar una nueva jornada sale de su casa sin saber cuándo volverá. Durante el camino hacia la frontera de El Tarajal la única luz que le acompaña es la del tránsito de algún vehículo inesperado. Pero no es la más madrugadora. Cientos, incluso miles a primera vista, de mujeres de todas las edades ya han pasado la línea que separa Marruecos de Ceuta a la espera de que se abran las puertas del paso fronterizo.

Zhora es solo una de las miles de mujeres que de lunes a jueves trabajan como porteadoras. Vienen desde Tetuán hasta Ceuta, principalmente de los municipios de Castillejos, Rincón y Martil. Ella es el sustento de una familia monomarental en Marruecos. Sus dos hijos, ya mayores de edad, no tienen trabajo y Zhora se encuentra con muchas puertas cerradas por ser madre divorciada en su país. “En Marruecos, somos muchas madres las que vivimos solas con nuestros hijos. No tenemos ayudas del rey y estamos mal vistas por no vivir con nuestros maridos. Por eso, tenemos que venir aquí a buscar algo de trabajo. Yo he estado casada dos veces y también tengo nacionalidad española”, cuenta.

Zhora se encuentra con muchas puertas cerradas por ser madre divorciada en su país

El reloj marca las siete en punto de la mañana. La policía nacional de España debería de abrir ya la reja que separa el paso fronterizo exclusivo para las porteadoras pero, sin ninguna explicación y con un ambiente tenso, las mujeres tienen que esperar dos horas. A las nueve, comienzan las primeras avalanchas en una carrera de fondo de porteadoras por conseguir uno de los puestos. Zhora se queda atrás, pero Suein ha salido volando como si no hubiera mañana. Le falta el oxígeno, pero lo recupera poco a poco cuando por fin le dan los bultos marcados, para que el comerciante que le espera al otro lado de la verja la pueda identificar. Con ayuda de otras mujeres, se amarra el primero de unos 70 kilos a su espalda. Cruza una y otra vez la cuerda alrededor de su pecho, pasando por el cuello para que no se mueva, de manera que parece que forma parte de su lomo. Luego, sujeta el otro bulto de 20 kilos con sus manos, en el que se apoya mientras espera en la larga cola para pasar a Marruecos. “Este trabajo es muy duro, pero tenemos que buscarnos la vida como sea. En total, puedo cargar casi 100 kilogramos y todavía no sé lo que me van a pagar, pero lo normal, aunque depende de la hora que salgamos, son 30 ó 20 euros por el grande y 10 por el pequeño”, recuenta Suein.

Imprescindibles ante la falta de aduana comercial
Mujeres como Zhora y como Suein son la espina dorsal de la economía para España y Marruecos. El trabajo de las porteadoras se hace necesario ante la falta de una aduana comercial entre ambos países, debido a la negativa del país africano de reconocer a Ceuta como territorio español y, por ello, la falta de un paso de mercancías; que sin embargo, sí funciona como paso de personas. “La legislación marroquí regula que las personas pueden entrar a su territorio con lo que lleven en su cuerpo. De esta manera, las porteadoras deben cargar con los fardos sobre sus espaldas, pero no pueden utilizar carretillas u otro medios”, afirma la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía, APDHA, en su informe sobre la Frontera Sur de 2016. A todo esto se suma una España permisiva que hace la vista gorda ante esta explotación laboral y economía sumergida.

«Puedo cargar casi 100 kilogramos y todavía no sé lo que me van a pagar, pero lo normal, aunque depende de la hora que salgamos, son 30 ó 20 euros por el grande y 10 por el pequeño”, recuenta Suein.

Con la espalda doblada y fardo en mano. Las mujeres van a pie desde las naves de El Tarajal, en territorio español, hasta la salida fronteriza dentro del mismo conocida como el puente del Biutz. Hay dos aberturas controladas por la policía nacional española, una para mujeres y otra para hombres. El paso de ellos no está tan demandado y apenas hay colas; además, están organizados por números, lo que permite un mejor flujo. Sin embargo, la salida para mujeres está abarrotada y el riesgo de avalanchas es mucho mayor.

En mayo de 2009, el pánico cundió en el estrecho paso de El Biutz y dos mujeres murieron aplastadas. Este hecho no es algo puntual, sino que constantemente se acumulan grandes caravanas humanas. El reino alauita en muchas ocasiones cierra la frontera de forma arbitraria, sin poner remedio a una situación intolerable de malos tratos y sobornos. Según, el Seminario Independiente marroquí Al-Ayam, en esta frontera se mueven alrededor de 90 millones de euros anuales a través del soborno a policías.

Tras una parada, en otra de las largas colas, a Zhora le ha tocado su turno. El protocolo siempre es el mismo: se pega el bulto mayor al cuerpo, se apoya inclinada sobre el pequeño y reza mientras espera para poder salir. “Hoy, sí”, dice auto convenciéndose. Zhora lleva más de tres meses haciendo cola en El Tarajal, cruzando los dedos todos los días para pasar la jaula del Biutz con un fardo y poder llevar algo de dinero a un hogar que, como tantos, se encuentra bajo el umbral de la pobreza. No sólo el peso indica el dinero que ganará, sino que cuanto más tiempo pasa, menos vale su bulto, que nunca sabe lo que esconde. No quiere ser pesimista, pero no le queda otra que ser realista: “Estamos tardando tanto porque la aduana marroquí no nos deja salir. Ahora, van abrir los bultos para ver qué hay dentro. Normalmente hay ropa, zapatos, productos de empresas de España para vender en Marruecos. Pero nosotras no podemos salir de aquí aunque estemos cargadas, tenemos que esperar. Hasta que no lleguemos a la frontera no podemos decir que hemos trabajado, porque si llega la hora de cerrar, sobre las doce o la una del mediodía tenemos que soltar la mercancía y salimos sin nada. Otro día, da igual que llueva o haga sol, sin nada”.

Sometidas a abusos
Son tratadas como mujeres ‘mulas’, como invisibles. Los golpes, malos tratos, incluso los abusos sexuales son formas de humillación que soportan por miedo a que tomen represalias contra ellas y les confisquen la carga. “Antes la policía de España era más tranquila, pero ahora pegan a las mujeres. Aunque lo peor es Marruecos porque allí nos tratan como animales y si no hacemos lo que ellos quieren nos quitan la mercancía. ¿Qué hacemos?”, se pregunta Zhora. “No puedo llegar a casa sin nada, pero no puedo dejar que hagan conmigo lo que quieran. Es muy duro, pero es muy duro no poder dar un poco de pan a tus hijos”, balbucea mientras vigila que nadie la escuche.

Estas vulneraciones de derechos provocan intensos daños físicos, sociales, familiares y psicológicos. En Marruecos y en España, ser porteadora es una profesión que avergüenza. Es símbolo de pobreza y de exclusión social. “A mí no me gusta este trabajo, pero tengo que hacerlo con dignidad. Aunque el bulto pese, la cabeza tiene que estar arriba. Mientras que no encuentre otro trabajo, este es el pan de mi familia”, aclara la porteadora monomarental.

España hace la vista gorda ante esta explotación laboral y economía sumergida

«La vida mala». Éstas son las tres palabras más repetidas en el polígono por las mujeres que tratan de explicar, en un modesto español, cuál es su situación. Como Fatma, que aún espera para coger algún bulto por pequeño sea. “Soy asmática y llevo aquí desde las tres de la madrugada. Hoy ha llovido. La policía [española] me ha tirado al suelo y aunque le he enseñado las medicinas, no me han creído y me han pegado”, dice enseñando su medicamento. Como ella, también está Malika, que carga de manera inexplicable la mercancía en silla de ruedas. O Mariem, una de las más veteranas, que cambia el valor de su fardo por los medicamentos que necesita.

Derechos (in)humanas
Existe una historia por cada porteadora. Un sin fin de razones y un vacío en derechos. El paso de mercancías se ha convertido en una actividad laboral inhumana, pero permitida. La pregunta es si reconocerla y regularla, o no. Por ello, desde Digmun, la Asociación por la Dignidad de Mujeres, Niños y Niñas en Ceuta, reclaman “facilidades para que estas mujeres realicen su trabajo y una vez que se consiga esto, que se acabe con esta forma de explotación laboral”. Desde esta organización recuerdan también que “es el ente político el que debe dar una solución y no las oenegés en un territorio que es España y, por tanto, Europa”. Uno de sus trabajadores, Víctor Fernández, además denuncia la doble vara de medir que separa una de las fronteras más hostiles del mundo: “Para algunas cosas nos interesa tener la valla alta y que no entre nadie, pero cuando hablamos de economía y política, tanto España como Marruecos permiten la entrada de mercancías”.

En una aparente primera vista, el 90 por ciento de estos pesados paquetes son cargados en las espaldas de mujeres. Mujeres con un perfil social empobrecido, viudas o divorciadas, incluso abandonadas, y que tienen el terrible problema del analfabetismo, ya que desde pequeñas sus roles se han centrado en el cuidado de la familia. “Detectamos un grave problema de empoderamiento, porque son obligadas a abandonar desde pequeñas el colegio para dedicarse a las tareas domésticas, por lo que no tienen constancia de sus derechos y la mayoría de los hombres, que son los que reciben educación escolar, no se preocupan de que los sepan”, aclara Paloma Manzano, coordinadora de Digmun.

Cuando el sol ya está arriba es cuando el ambiente empieza a apretar fuerte. Se inicia el cierre de las verjas de El Tarajal y las mujeres, tantos las que esperan para cruzar ya cargadas como las que aún hacen cola para coger algún fardo, tienen que dejarlo todo y salir hacia Ceuta. “Un día más que no paso. Un día más que me voy con las manos vacías. Las mujeres que han pasado a última hora no cobran más de cinco o diez euros por bulto. Esto es una barbaridad. Y ahora, tengo que irme ya rápido porque se hacen colas en la frontera de Ceuta y Marruecos fuera del polígono”, se queja Zhora mientras acelera.

Efectivamente, al poner un pie fuera de El Tarajal, la playa que también lleva este nombre está llena de miles de porteadoras que no se resignan a llegar a casa sin nada, de las trabajadoras domésticas marroquíes que terminaron su jornada en España y de otro centenar de personas transeúntes. Pero la parte más crispada está en el lado de las porteadoras, ya que tendrán que esperar al día siguiente para pasar con el fardo por el Biutz. “La policía española no nos deja pasar. Estamos cargadas, tenemos familias al otro lado y ahora tenemos que pasar aquí la noche. La policía nos pega y nos retiene, nos tratan como animales. ¿Por qué nos cierran la verja si sólo queremos trabajar para vivir con dignidad?”, denuncia enfurecida una mujer en la playa. Sin dignidad, sin derechos, sin humanidad y a la fuerza. Así, trata la policía a las miles de porteadoras que se quedan atrapadas con unos bultos, que se enredan con otros en la playa, lo que provoca incluso ahogamientos.

Pasan las horas y cae la noche. Los enormes paquetes se siguen atropellando y la policía sigue imponiéndose con las porras levantadas al aire. En el momento menos esperado, son golpeadas en los fardos mientras las obligan a ir cada vez más lejos. “Hoy, a pesar de esta situación desesperante y de llevar horas y horas, al menos no hemos tenido que utilizar la violencia contra esta gente, porque otros días no ha habido forma de pararlos y para parar las avalanchas no hemos tenido más remedio que actuar [utilizar la violencia]”, asume uno de los antidisturbios que vigila la zona. En total, puede existir casi un centenar de agentes de seguridad entre policía nacional, guardia civil y antidisturbios.

Existe una normativa que limita el peso, pero no la hicieron por la salud de las mujeres, sino por la fluidez en los pasillos. Mayor fluidez, mayor paso de bultos y mayor ganancia

“Esta forma de comercio es un atentado contra la dignidad humana. Existe una normativa que limita el peso, pero no la hicieron por la salud de las mujeres, sino por la fluidez en los pasillos. Mayor fluidez, mayor paso de bultos y mayor ganancia. Esto en cualquier sitio de España es impensable ¿Por qué se permite en Ceuta y Melilla? Se trata del fruto de la pobreza que genera esta situación en régimen de esclavitud”, señala la coordinadora de Digmun.

Un nuevo paso fronterizo, en proyecto
El último informe de la Cámara de Comercio Americana de Casablanca señala que 45.000 personas viven directamente del comercio atípico, de las que el 75 por ciento son mujeres, e indirectamente otras 400.000 personas. Por otro lado, el 46 por ciento de las importaciones de Ceuta se convierten en exportaciones a Marruecos, lo que equivaldría a más de 400 millones de euros anuales. Sin embargo, el Gobierno ceutí pretende perfeccionar el comercio atípico con la apertura de El Tarajal II, un nuevo espacio donde las violaciones de los derechos de las porteadoras estuviesen aún más invisibilizadas, al alejarlas de la mirada de los turistas y demás agentes sociales que cruzan la frontera.

Día tras día, vuelven a abrir la frontera y la vulneración de los derechos humanos se ha convertido en una rutina, en algo que a pocas importa porque ni ellas mismas pueden denunciar. Trabajan donde nadie quiere hacerlo. Sin su espalda agachada la economía ceutí, española, europea y marroquí tendría un déficit considerable. Otras vienen a realizar el trabajo de cuidados. Otras son trabajadoras del sexo. Pero todas tienen algo en común: ninguna tiene derecho al trabajo ni a la Seguridad Social.

Ellas no lo saben, no son reconocidas, pero son las heroínas a pesar de desarrollar una actividad en condiciones indignas, su voluntad y fuerza les otorga la dignidad humana que el sistema heteropatriarcal trata de arrebatarle en las fronteras.

Porteadoras, la espina dorsal de El Tarajal
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Lucía Muñoz

Camarógrafa, periodista y flamenca. Me compré unas buenas zapatillas para recorrer el mundo y tengo un objetivo violeta para ver a través de él. Me decanto por escribir sobre mujeres y migración. Algún día, nos bañaremos en las playas de una Sahara Libre.

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