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La islamofobia nos desnuda En red, Opinión

Reprender públicamente a una mujer en la playa por ir vestida, que unas autoridades la expongan al escarnio público fomentando institucionalmente el racismo y la xenofobia, y la multen por no acogerse a lo que se espera de ella como mujer, es una forma de violencia de género, con el agravante de que el que criminal es el propio Estado.

Un grupo de mujeres mayores disfrutan de un día de playa en La Caleta, Cádiz./ Patricia Simón

Un grupo de mujeres mayores disfrutan de un día de playa en La Caleta, Cádiz./ Patricia Simón

Si mi abuela siguiera viva, seguiría yendo a la playa con sus vestidos de flores. Seguiría metiéndose en la orilla a jugar con nosotras muriéndose de la risa por el cosquilleo de las olas, mientras se le mojaban los bajos de su ropa. Si mi abuela siguiera viva, se seguiría tapando la cabeza cuando hacíamos matanza –por higiene, sí, pero también por tradición– y algunas de sus amigas seguirían cubriéndose la cabeza para ir a misa. Si mi abuela siguiera viva, ¿sería reprendida públicamente en las playas francesas por ir vestida a la playa o cubrirse la cabeza en un evento social? ¿O sólo lo harían si fuera musulmana?

Como ciudadana europea y activista feminista me siento profundamente agredida por la violencia machista que el Estado francés está infligiendo contra las mujeres musulmanas que van a la playa vestidas. Porque lo que yo veo en esas fotos no es un burkini como muchos se empeñan en señalar, es ir vestidas. Aunque tras esas mangas y pantalones largos pueda haber razones religiosas y culturales atravesadas por el sexismo y el patriarcado, también lo están la mayoría de las decisiones y situaciones que cualquiera de nosotras enfrentamos diariamente y no por ello somos expulsadas de espacios públicos. Por eso, en este caso, al sexismo se le ha sumado la islamofobia, tan extendida en nuestra sociedad que permite actitudes y políticas flagrantes que serían vehemente y mayoritariamente rechazadas si estuvieran dirigidas hacia minorías como el pueblo gitano, colectivos como el LGTB o las mujeres en general.

Estas mujeres están siendo perseguidas por ir vestidas a la playa, como cuando yo decido ir a pasear, a leer, a tenderme y disfrutar del sol en la cara, o a mojarme los pies, pero no me apetece por las razones personales que sean, desvestirme. Una decisión tan natural como cuando decido ponerme un turbante para proteger mi cabello del sol o quedarme en bañador, bikini, hacer topless, ponerme sólo un tanga o practicar nudismo –barrera esta última tan sutil que siempre me ha parecido ridícula la distinción entre playas nudistas y no nudistas–. ¿Me apercibirían también a mí si decido quedarme totalmente vestida o cubro mi cabeza por protegerme del sol? ¿Tendría que enseñar mi árbol genealógico para demostrar que no tengo ningún antecedente musulmán y librarme así de la multa? ¿Tendré que explicar las íntimas razones por las que decido no enseñar mi cuerpo?

Reprender públicamente a una mujer en la playa por ir vestida, que unas autoridades la expongan al escarnio público fomentando institucionalmente el racismo y la xenofobia, y la multen por no acogerse a lo que se espera de ella como mujer, es una forma de violencia de género, con el agravante de que el que criminal es el propio Estado. Según ONU Mujeres, la Agencia de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de la Mujer, la violencia de género «se refiere a aquella dirigida contra una persona en razón del género que él o ella tiene así como de las expectativas sobre el rol que él o ella deba cumplir en una sociedad o cultura». Estaremos de acuerdo entonces en que obligar a una persona a vestir de determinada manera, castigarla por no hacerlo y discriminar a un colectivo por su religión, son elementos constitutivos de delitos contra tres derechos fundamentales: la libertad religiosa, el derecho al libre desarrollo de la personalidad así como a la libertad de expresión, entendiendo que esta mujer está siendo censurada por transmitir unas ideas a través de su vestimenta.

Las playas se diferencian de otros espacios públicos por su carácter lúdico y gratuito, lo que permite toda una extravagancia hoy día: la convivencia de personas de diferentes clases sociales, edades, género, etnias y nacionalidades. Y lo hacen acarreando cada una de ellas sus costumbres, gustos y prejuicios. Cas que cargan con una casa a cuestas compuesta por sombrillas, neveras, tumbonas y juguetes, conviven con las que bajan solas con una toalla y un libro; la abuela que no sabe nadar y que, como la mía, acompaña vestida a los nietos que sólo ve en verano, con los más adinerados que se pueden pagar una tumbona y una sombrilla mientras reciben un masaje y beben un daiquiri al lado del chiringuito; las monjas que tampoco se desvisten, con los jóvenes disfrazados de becerros que terminan su despedida de soltero con un baño en el mar. Ésa es una de las riquezas fundamentales de la playa, un espacio en el que hay que saber convivir con “otros” con los que normalmente no podemos coincidir ni compartir nada en una sociedad donde la mayor parte de los espacios públicos y de ocio se han privatizado y, por tanto, restringido a una parte de la sociedad.

Tampoco deberíamos olvidar que en muchas regiones, como en Centroamérica, la mayoría de las mujeres de clases populares se bañan vestidas cuando van al mar, porque es su forma de concebir este ocio y porque además, un traje de baño es un artículo de lujo que ni siquiera se vende en muchas aldeas. ¿Les prohibiremos también a ellas bañarse como quieran en nuestras playas?

El llamado “burkini” nació hace una década en Australia como un instrumento para fomentar el disfrute de las mujeres musulmanas de la playa y, por ende, de sus hijos, favoreciendo así también su integración en un escenario tan cotidiano para la sociedad australiana como el mar. De hecho, se fomentó igualmente la incorporación de mujeres musulmanas como socorristas para incidir de esta forma en la normalización de su participación en la sociedad.

Frente a esto, la prohibición de una docena de ayuntamientos franceses de ir vestida a la playa si eres musulmana  –medida apoyada explícitamente por el primer ministro francés, Manuel Valls– fomenta la segregación y abre la puerta a que terminen abriéndose piscinas específicas para quienes quieran disfrutar de las caricias del agua con más ropa de la aceptada por estas normativas.

El ya desgastado lema identitario francés de “Liberté, egalité y fraternité” se ve de nuevo mermado con unas medidas sustentadas en una islamofobia que sólo hace reforzar el mensaje del tan temido Estado Islámico: ‘¿Veis como no os respetan, como odian el Islam, como nunca os llegarán a considerar unos verdaderos franceses, unos verdaderos europeos?’. Políticas como ésta sólo sirven para seguir criminalizando y estigmatizando a toda una población que lleva décadas soportando silenciosamente la xenofobia en nuestros países. Y a la que ahora, además, no se les permite bañarse como quieran en las orillas de un mar que nosotros, los europeos –y no ningún grupo islamista radical–, hemos convertido con nuestras políticas de cierre de fronteras en una enorme fosa común. Esta Europa no hay quien la defienda.

Y tú qué opinas? Para un diálogo tranquilo, constructivo y libre de machitrols, vente a nuestro Foro de Debate Feminista.

Otras voces sobre el ‘burkini’: Brigitte Vasallo y José Luis Serrano

La islamofobia nos desnuda
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Patricia Simón

Periodista especializada en derechos humanos y enfoque de género.

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