Seguimos con el burkini En red, Opinión

Hemos hablado de racismo, machismo y homofobia pero, ¿hemos hablado lo suficiente sobre la teofobia?

Ilustración: Ana Penyas

Ilustración: Ana Penyas

A veces leemos, pero no leemos lo que está escrito, sino lo que creemos que está escrito. Les rogaría un ejercicio de esfuerzo para leer lo que escribo en este caso. No estoy hablando del burka. No estoy hablando de la ablación. No se trata de relativismo cultural: hay costumbres bárbaras e inadmisibles en muchas culturas (sí, en la nuestra también). Hay otras costumbres que no son tan bárbaras pero quizá son sexistas, poco saludables, poco higiénicas o poco seguras. Personas de otros países piensan que nosotros tenemos algunas de esas costumbres. Les daría una lista, pero quizá sea mejor que hagan ustedes el ejercicio de repensar cada una de las cosas que hacen desde que se levantan bajo un punto de vista extraterrestre y las apunten (ya les digo: cosas bárbaras, sexistas, poco saludables, poco higiénicas y poco seguras). Verán que risa.

Ya se imaginan que todo esto viene al caso del tema del verano: burkini sí, burkini no. No creo que tenga que convencer a nadie de que la prohibición del burkini en playas y piscinas europeas es un ejercicio de machismo y de racismo (de fascismo en el fondo). Como tampoco creo que tenga que convencer a nadie de que es igualmente despreciable la obligatoriedad de su uso. Les repito: no estoy hablando del burka ni de ninguna otra prenda que oculte el rostro, que no solo atenta contra la seguridad sino contra lo que es propio de una persona, lo que la caracteriza sobre todo lo demás. Pero prohibir un bañador que encubra el cuerpo o un pañuelo que tape el pelo, si no se prohíben a su vez otras prendas similares tanto en hombres como en mujeres (gorras, pamelas, camisetas, pantalones, trajes de neopreno), es racismo. Punto pelota. Además, ¿qué atenta más contra los derechos humanos, ir vestido o desnudo bajo el sol en pleno verano, taparse la cabeza o no tapársela?

Si esta preocupación por los derechos de las pobres mujeres musulmanas fuera real, alguien se preocuparía también de gastarse el dinero y contarles a esas mujeres que en un Estado de derecho como el nuestro (perdón por la carcajada) cada uno es libre de ponerse la ropa que quiera y que existen mecanismos para que, si están siendo obligadas a llevar esas prendas, puedan denunciar los malos tratos sufridos. Lógicamente habría que hacer lo mismo con cualquier otra prenda de ropa que sea sexista o que consideremos que no ha sido libremente elegida: pendientes, faldas, tacones, pantalones, sujetadores, calzoncillos, ropa de marca, ropa de Alcampo…

Y ahora es cuando me meto en el jardín, que es lo que a mí me gusta. Porque si bien más o menos hay un consenso entre la gente que me rodea de que la prohibición del burkini es racista, se habla mucho menos de que lo que realmente molesta a los que abjuran de ese tipo de prendas con connotaciones religiosas no es que las mujeres estén oprimidas, sino que sean religiosas. No quieren quitarles el velo, quieren quitarles su religión. Se llama teofobia. No es ateísmo: el ateísmo es un sentimiento lógico y normal, casi se atrevería uno a decir que es lo lógico y lo normal. La teofobia es otra cosa. Y también es otra cosa el laicismo. Y el laicismo no es prohibir el burkini en una playa.

Hay algo que se llama sentimiento religioso que muchas personas tenemos y que forma parte de lo que somos. Otras personas no lo tienen. Yo sería musulmán, hindú, judío, budista, pero soy católico (a mi manera: me quedo con lo que me da la gana y reniego de la jerarquía). Y si ustedes creen que ir a una playa, ir al Mercadona, comer en un restaurante o ir a misa es algo público y yo no puedo hacer “ostentación” de mi sentimiento religioso en un espacio público, entonces tenemos un problema. ¿Se acuerdan de la homofobia liberal, esa que dice que “yo no tengo problema con los homosexuales, siempre que yo no los vea”? Pues es el mismo caso. No hay nada más privado que ir con mi marido por la calle de la mano, ni nada más privado que ir a bañarme a una playa con la ropa que me sale del coño. Y todo el resto es racismo y machismo, homofobia y teofobia.

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Otras voces sobre el ‘burkini’: Brigitte Vasallo y Patricia Simón

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José Luis Serrano

Matemático sin teorema, historiador sin publicaciones, inmigrante con papeles, poeta sin libro, director de cine sin película, eurofan sin bandera, católico sin iglesia, oso sin pelo, queer sin seminario sobre teoría de género. Nacido en Ciudad Real, a los dieciocho años emigró a Madrid a estudiar Matemáticas, donde descubrió a Gödel y Turing, perdió la fe en las ciencias y se dedicó a la contemplación de la perversa obra de Dios. En 2012 publicó su primera novela (Hermano) y una colección de relatos de viajes, cuentos y escritos contra la homofobia (La tumba del chicle Bazooka). En 2014 publicó su segunda novela, Sebastián en la laguna. En 2015 publicó su tercera novela, Lo peor de todo es la luz. Fue coordinador durante 10 años de la sección cultural de la web www.dosmanzanas.com, donde se dedicó cada viernes, con la columna Desayuno en Urano, a comentar películas y libros de temática LGTB.

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