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Y entonces fui yo Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

María

Siempre he sido de las que me he sentido feliz de poder decir que esta inseguridad que algunas mujeres nombran, no me ha tocado a mí. He andado numerosas veces a media noche por mi ciudad, andando a paso seguro, sin miedo y sin malas experiencias.

Sí, me he sentido segura.

Casi nunca he tomado un taxi para volver a casa. Aunque sí, lo reconozco, puntuales veces he cogido el móvil y he simulado que hablaba con alguien cuando me sentía observada. Pero la situación nunca fue a más.

Hace unas semanas, paseando con una amiga por un parque desolado, se nos acercó un chico visiblemente bebido y drogado. Empezó a mirarnos fijamente y a seguirnos, andando a menos de un metro nuestro. Fue una situación incómoda. Nosotras nos cogimos fuerte del brazo y aceleramos el paso. Pero él también lo hizo, sin dejar de mirarnos con unos ojos rojos desafiantes y un rostro serio. Entonces vimos una pareja y nos dirigimos hacia ellos rápidamente. Él se fue.

Varias veces desde entonces me he preguntado qué nos podría haber hecho. Y qué hubiéramos hecho nosotras. Cómo hubiéramos reaccionado. Quién nos hubiera auxiliado… O si podría habernos hecho lo que quisiera sin ningún testigo. Usando su fuerza, tal vez.

Nuestra defensa solo fue callar y huir.

Pensé en las chicas asesinadas en Ecuador. Pensé en las chicas violadas en sus portales.

Hace dos días, volviendo a casa poco más tarde de las doce, se me acercó un chico situándose muy cerca de mí. Yo aceleré el paso. Él empezó un monólogo. Preguntas a las que yo no daba respuesta. Algunas veces yo asentía o le daba largas. Él insistía. Con voz decidida aunque amigable, negué sus invitaciones. Él, ya molesto, empezó a hacerme propuestas sexuales altamente vulgares y desagradables. Me sentí indefensa, incómoda y sola. Finalmente, cogí mi móvil, aquel que me había salvado alguna que otra vez, y marqué el número de mi casa sin llegar a llamar. Estaba preparada, por si acaso. Mi cabeza pensaba en todos los argumentos que podía usar para que me dejara, argumentos para decirle un no claro pero de manera sutil, sin que pudiera ponerse violento. Al mismo tiempo, pensaba qué hacer en caso de que sucediera esta no tan remota posibilidad.

Mi defensa fue no protestar y huir. Insistí en que no existía la posibilidad de irme con él y le mentí diciendo que había quedado. Él se fue lentamente. Tal vez a buscar otra víctima. Yo di un rodeo para llegar a mi casa para que él, que se iba girando constantemente, no viera cuál era mi portal.

De nuevo las dudas me acecharon. ¿Qué me podría haber hecho? ¿Y qué hubiera hecho yo? ¿Cómo hubiera reaccionado? ¿Quién me hubiera auxiliado?

Mi respuesta con él fue disimular, no alzar la voz, no ponerme agresiva ni hacerle notar mi miedo. Y huir. Lentamente, con engaños, sin correr. Pero huir, al fin y al cabo.

Muchas preguntas me acechaban mientras me sugería que tal vez no fue para tanto, y yo misma me respondía que me acosaron. Dos veces. Dos jóvenes. Dos hombres. Por ser mujer.

Sí, me sentí insegura. Sí, utilicé aquellas técnicas que usan esas chicas a las que he escuchado explicar sus experiencias.

Sí, me invaden muchas preguntas. Pensé, otra vez, en las chicas asesinadas en Ecuador. Y en aquellas violadas en sus portales. Estos dos ejemplos se filtraban en mi mente y me torturaban. ¿Su situación estaba a años luz de la mía? ¿O yo simplemente había vivido el inicio de lo que vivieron ellas?

Y más preguntas… ¿cuál era la mejor manera para cortar estas situaciones sin provocar que el otro se pusiera violento y te agrediera? ¿Y por qué tenía yo que pensar en protegerme mientras otros se creían con derecho a hacerme sentir vulnerable y acechada en mi propia ciudad, en mis propias calles, en mi propio mundo?

Y entonces fui yo
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