“Mis padres me comparaban con gente exitosa y perdí el norte” Cuerpos, Mano de santa

Acompañamos a una lectora que se siente estancada, sin objetivos que le ilusionen. Su experiencia, atravesada por la presión social y familiar de “tener que hacer algo”, nos sumerge en dos grandes retos: buscar nuestra orientación profesional y encontrar nuestro lugar en el mundo.

Ilustración animada: Núria Frago

Ilustración animada: Núria Frago

Soy una mujer de 21 años finalizando un ciclo formativo, creativa y con gustos muy diversos. Siempre me han interesado las artes de todo tipo, escribir y expresarme a modo de desarrollo personal.

Cuando terminé el instituto tuve la sensación de que el grado en Derecho era lo más adecuado para mí, movida muy probablemente por el influjo social en cuanto a las salidas que tenía. No me gustó en absoluto y me amargaba la existencia porque no tenía nada que aportar allí. Lo dejé y accedí a un ciclo formativo, el cual tampoco me apasiona ni se adapta a mis aptitudes pero “tenía” que hacer algo.

Vivo con mis padres. Solían ponerme ejemplos de gente que ha hecho cosas exitosas hasta que un día perdí el norte y dije que no me compararan con nadie más, luego no volvieron a sacar el tema. La verdad es que nunca he sentido demasiado apoyo por parte de ellos porque intentan imponer su criterio sin escuchar y de malas maneras. No obstante, les agradezco todo y de más que han hecho, habiéndome tenido con 40 años, junto a otros dos hermanos.

La familia para mí es un gran valor y, cuando no siento su apoyo, me siento muy desmotivada. Hace un año conocí a un chico (mi pareja actual) con el que me encuentro muy libre de intercambiar opiniones y pensamientos, sin él no hubiese efectuado tantos cambios para encontrarme mejor que hace 3 años.

Sinceramente me siento muy estancada porque veo cómo pasa el tiempo; cómo el tormento de la decadencia física y mental de las personas con las que vivo cada vez se hace más patente y cómo todavía no me he marcado ningún objetivo que me ilusione para ser quien de verdad soy.

¡Muchísimas gracias de antemano!

Maribel

¡Hola Maribel! Gracias por remitirnos tu consulta y por compartir tu momento vital con nosotras.

Sin duda, tu historia nos será de mucha utilidad para reflexionar sobre temas tan importantes como la autodeterminación, la libertad de expresión y decisión inherente a cualquier persona o la búsqueda de la dedicación/estudios/profesión que nos llena desde nuestros valores, talentos y gustos.

Os quiero compartir que hace un tiempo trabajé en consulta con una chica. Su abuelo había sido un médico muy reconocido. Su madre y su padre ejercían también la medicina. Y de ella, desde bien pequeñita, se había esperado en la familia y fuera de ella que se convirtiera asimismo en una médica de éxito.

Digamos que su camino estaba ya marcado. Y así fue: con grandes esfuerzos, estudió tres años de medicina, contrariada, peleada con ella misma ya que no le gustaba en absoluto y le hacía sentir pequeña e incapaz. Decidió buscar ayuda el día en el que no pudo más y dejó la carrera. Así nos conocimos, ella destrozada y perdida, yo expectante y confiada.

Lo que siguió fue una aventura y, fijaos, no hacia afuera. Ni conquistando castillos ni combatiendo dragones. Fue mucho más profunda y emocionante: la aventura de mirarse hacia dentro y escuchar, más allá de miedos y discursos externos, su intuición. La hazaña que le llevó a escoger su camino de autoafirmación, superando expectativas familiares y sociales.

Sí, ¡hace falta ser valiente para ello! Y esta chica lo fue. Y te cuento esta historia, Maribel, porque ella no era ninguna superheroína. Como tú, como yo, como cualquier lector o lectora que nos lea ahora mismo, es una persona de a pie que se dio el permiso de parar, escucharse sin juicios ni reproches, tomar decisiones e ir a por ello. Es posible. Siempre, repito, siempre, podemos cambiar, mirarnos de una manera más amorosa, elegir nuevas opciones. Y mientras estemos vivitas y coleando, estamos a tiempo de hacerlo.

El drama de “tener que hacer algo” (aunque lo deteste)

Quienes como yo hayáis sido adolescentes en los 90, vivisteis seguramente el éxito de Trainspotting, peli de culto que se desarrolla en Edimburgo y cuenta la historia de Mark Renton, un chico adicto a la heroína que se plantea por qué tiene que elegir un “estilo de vida”, mostrando un rechazo feroz al modelo estipulado (trabajo, pareja, seguro de hogar, hijos, televisión…). La imagen de la película, su manera directa de tratar el tema de las drogas y su ideario antisistema fueron un bombazo.

Si recordáis, la película comienza con la siguiente narración del protagonista:

“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo…[…] Elige tu futuro. Elige la vida”.

Retomo precisamente este ideario como excusa para comentar un tema clave que la película presenta y que tú has mencionado, Maribel: la obligación de “tener que hacer algo”.

Pero, ojo, no cualquier cosa sirve. Hay que hacer algo que tenga sentido según las pautas que esta sociedad aprueba y promueve. Y, sin duda, ese “algo” tiene bastante que ver con lo que narra Renton al comenzar Trainspotting.

Cuántas personas angustiadas me encuentro en consulta, abrumadas ante esa imposición constante de tener que hacer, demostrar, producir, estudiar, elegir, comprar, poseer; esa presión de encontrar un trabajo que les apasione, de tener claras las cosas. Cuántas veces he reconocido esa presión sobre mí misma.

De hecho, pareciera que en el fondo da igual si disfrutas o no ese estilo de vida: lo importante es encajar, pertenecer, poder mostrar hacia afuera que has conseguido esos estándares.

La influencia social/familiar a la hora de escoger unos estudios

¡Tantas veces escuchamos desde nuestro entorno micro (madres, padres, abuelos, familia extensa) y desde nuestro entorno macro (los medios de comunicación, los “expertos”, la sociedad en general), meras opiniones disfrazadas de verdades universales como: “si no vas a la universidad, serás una fracasada” o “da igual que te guste el arte, hay que estudiar aquello que tenga salidas y permita ganar dinero”!

Y es que, en las sociedades occidentales, aunque no sólo en ellas, se nos bombardea con un modelo muy concreto de éxito: el ejecutivo o profesional liberal hecho a sí mismo que se acomoda a la lógica capitalista, cuya prioridad es gozar de estatus social ingresando, como condición sine qua non para ello, un salario con el que gran parte de la población ni se atrevería a soñar. Ganar para consumir, ganar para acceder a un ocio que inevitablemente está ligado al consumo y a la imagen.

¿El modo de alcanzar las mieles de este “éxito”? Muy fácil: da igual que vengas del barrio más humilde o del más rico, no importa el color de tu piel, tu género u orientación sexual, tus habilidades, tus gustos… La meritocracia, ese mantra del neoliberalismo, te jura y perjura que si te esfuerzas lo suficiente, llegarás al paraíso prometido.

¿Y qué ocurre si no llego a cumplir ese modelo de éxito que se nos vende? ¿O si no me identifico con él? Ocurre que aparece frustración. Y sensación de fracaso, de estar perdidas y perdidos, de no encajar, de no servir.

Resulta que está muy bien estudiar empresariales o derecho… pero si eso es lo que te mueve el piso.

Es maravilloso ser una abogada o médica reconocida… si tu vocación va por ahí y esa es la vida que deseas.

Es una magnífica idea ir a la universidad… si ese es tu sueño y si además te lo puedes permitir (algo que el discurso meritocrático obvia, ¡oh sí!, resulta que no todo el mundo parte de las mismas oportunidades).

Y reivindico aquí, Maribel, que también está genial aprender un oficio, dedicarse a la jardinería, a la traducción, tener un estudio de diseño, apostar por el secretariado, por pilotar aviones, ser escritora, artista, periodista, fontanera, fotógrafa, emprendedora, montar un bar en el Caribe colombiano o en tu barrio, ser autodidacta, pintora, acróbata, deportista, cuentacuentos infantil o cualquier otra cosa por la que desees luchar.

Maribel, opino que todo comportamiento tiene una intención positiva y está orientado a la adaptación. Desde esta perspectiva, pienso que tu elección del grado de Derecho al acabar el instituto y del ciclo formativo posteriormente fue lo mejor que pudiste y supiste hacer en esos momentos con los recursos que tenías. Seguro que hiciste las elecciones considerando los beneficios que te iban a aportar y el equilibrio que estimabas que te iban a dar.

Me gusta y me creo la visión de que no existen los fracasos, sino los aprendizajes. Y el aprendizaje, como siempre, pasa por escucharte con sinceridad y apertura. Te invito a preguntarte: si miro atrás, ¿de qué decisiones estoy orgullosa? ¿Qué haría, en cambio, diferente? ¿Si pudiera revisitar mi pasado desde mi sabiduría de hoy, qué mejoraría?

Recuerda: tu vida es tuya y tú la vas a vivir en primera persona. Merece la pena seguir tus gustos y aquello que te llena, no lo que motiva a tu padre, tu abuelo o tu madre. Y merece la pena pelear por ello.

¿Todas las personas tenemos una vocación?

Qué chulo es cuando escuchamos a alguien decir: “Desde que no levantaba un palmo del suelo, ya sabía que quería ser periodista, o enfermero, o arqueóloga o pilota”. Como me dijo una vez una señora, ya jubilada, con una sonrisa en la boca: “Siempre me apasionó la meteorología y he sido feliz durante más de 25 años ejerciendo de meteoróloga”. Qué gusto, chica, qué maravilla haber sentido desde pequeña que existía una profesión que te llenaba y te hacía sentir útil y realizada.

Ahora bien, ese mito de que todas las personas “tenemos que” tener una vocación, me vuelve a sonar a ese discurso meritocrático y unificador que genera frustración si no ocurre.

¡Pues no! No todo el mundo tiene una vocación, al menos no como ésta se nos vende (una profesión que tengo clara de manera intuitiva desde bien pequeñita y en la que acabo trabajando entregadísima).

De lo vocacional rescato la pasión, la motivación, la facilidad y naturalidad al escoger y ejercer esa profesión elegida. Y eso, Maribel, podemos buscarlo todas las personas aunque intuitivamente no le pongamos un nombre desde la infancia. De hecho, te propongo hacer una reflexión. ¿Qué te contestarías a las siguientes preguntas, Maribel? Lectores y lectoras píkaras, ¿qué os contestaríais vosotrxs?:

  • ¿Qué disfruto haciendo en la vida?

  • Si me imaginara de aquí a cinco años en el trabajo de mis sueños, ¿qué aparecería en esa imagen, en qué tipo de entorno estaría, que tipo de cosas estaría haciendo?

  • ¿Qué se me da bien hacer y que, más allá de un hobby, podría convertirse en mi manera de generar ingresos?

  • ¿En qué ocuparía gustosamente mis horas?

  • ¿Con qué actividades pierdo la noción del tiempo?

Dejaos sentir y ver qué respuestas aparecen. ¡Quizá os sorprendáis!

Una herramienta potente: la línea de la vida

Maribel, hablabas en tu consulta de encontrar los objetivos que te ilusionen para ser quien de verdad eres. Te propongo, a ti y a las lectoras píkaras, que agarréis lápiz y papel y hagáis este ejercicio que os propongo: la línea de la vida.

Dibuja un gráfico con dos ejes. En el eje horizontal, la línea del tiempo, sitúa los acontecimientos que consideres clave en tu vida, tanto personal como estudiantil/profesional. En el eje vertical, puntuado del 1 al 10, anota la satisfacción, el entusiasmo, el placer que te produjeron esos momentos o hitos, fuera poco o mucho.

Únelos y obtendrás un perfil de los picos y los valles de tu vida. Revisa los momentos álgidos de tu vida, donde mejor te sentiste… ¿Qué actividades o acciones implicaban? ¿Cómo eras tú en esos momentos? ¿Cuáles de tus valores se daban en todo su esplendor? ¿Hay coincidencias, factores comunes?

Aquí tendrás informaciones valiosas sobre esos caminos y elecciones vitales que pueden tener sentido para ti, más allá de esas creencias limitadoras aprendidas o heredadas.

Re-conociendo a mis padres: la teta buena y la teta mala de Melanie Klein

La psicoanalista Melanie Klein concibe el desarrollo personal como la superación de conflictos que conllevan ciertas etapas tempranas de la niñez. Esta superación permite alcanzar el equilibrio con el mundo psíquico interno y el mundo externo, desarrollar la capacidad de disfrutar de las cosas y construir relaciones gratificantes de amor con otros seres.

Ella cuenta que de bebés, al percibir tanta dependencia de nuestra madre, la escindimos en lo que denominó “la teta buena” y “la teta mala”. La “teta buena” sería la madre disponible que acude cuando el bebé la demanda y “la teta mala” la que no viene. Son la cara nutricia y la cara no nutricia de la relación con la madre. Se trata de un mecanismo de defensa, ya que al bebé le resulta difícil soportar que la disponibilidad de su madre no sea absoluta.

El juego amoroso de tira y afloja entre madre y criatura está hecho de placer y disponibilidad; también de desencuentros, dificultad, falta de entendimiento… y es necesario que sea así para que la criatura sea ella misma.

Maribel, qué bueno si desde tu adulta pudieras darte el permiso de identificar y guardar como un regalo esa “teta buena” de tus padres, esa cara nutricia, todo eso que te han aportado en positivo: aprendizajes, habilidades, consejos, protección, amor, alimentación, recursos, hermanas y/o hermanos, apoyo, etc.

Y qué bueno si pudieras mirar a su “teta mala” desde una mirada más compasiva*, desde su condición de personas que hacen o han hecho lo mejor que pueden con sus recursos, desde su momento vital, creencias y limitaciones.

Maribel, ¿cuál sería esa cara nutricia de tu madre, de tu padre? ¿Qué te ha aportado y te aporta? ¿Qué agradeces desde el corazón? ¿Con qué recursos te quedas para avanzar hacia adelante?

Y, sobre todo, ¿cómo necesitas posicionarte ante ellos para ser quien tú eres, para seguir tu voz?

*La palabra “sympathy” en inglés recoge mejor lo que quiero expresar al decir “compasión”. “Sympathy” implica compasión pero no pena, sino más bien empatía con la persona hacia quien lo siento –aunque no comparta su manera de hacer o pensar-. Implica también solidaridad y comprensión profunda de las circunstancias de esa persona. Añadiría –esto ya es cosecha propia- que mi visión de la compasión lleva implícito un desapego: entiendo que la manera de actuar de esa persona no tiene nada que ver conmigo, es su decisión, no mi responsabilidad. Y, desde esa comprensión, elijo cómo posicionarme y relacionarme con ella.

Los cinco permisos de Virginia Satir

No me gustaría cerrar este artículo sin compartiros un breve escrito que me parece de lo más inspirador. Maribel, lectores y lectoras píkaras, os invito a leer y a dejaros resonar las cinco libertades inherentes a toda persona que propone con sabiduría la psicoterapeuta Virginia Satir:

“La libertad  de ver y oír lo que hay, en lugar de lo que debería haber.

La libertad de decir lo que pienso y siento, en lugar de lo que se debería pensar y sentir.

La libertad de sentir lo que se siente en lugar de lo que se debería sentir.

La libertad de pedir lo que se quiere en lugar de tener siempre que pedir permiso.

La libertad de correr riesgos por propia cuenta en vez de elegir estar siempre segura/o y no perturbar la tranquilidad”.

(Virginia Satir, En contacto íntimo, 1975)

¿Te imaginas qué cambios positivos en tu vida implicaría el darte estos permisos, Maribel?

Un abrazo enorme y adelante, valiente.

¿Estás en un momento de cambio vital? ¿Te sientes estancada, desorientada o bloqueada? Si quieres que nuestra coach feminista te oriente mediante un artículo que sirva además a más lectores y lectoras pikaras, escribe a participa@pikaramagazine.com

“Mis padres me comparaban con gente exitosa y perdí el norte”
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Beatriz Villanueva Martín

Coach y comunicadora especializada en género. Disfruto a lo loco acompañando procesos de cambio y empoderamiento feminista. Sólo tengo claras dos cosas: 1) Que el cambio personal es clave para el cambio social y 2) que aquí hemos venido para gozarnos la vida. Conóceme más en mi web www.igotlife.es

Comentarios recientes

  1. Hugo González Mora

    Hola, Maribel (y Beatriz). Me he sentido bastante identificado, y quería mostrarte mi apoyo. En mi caso terminé Bachillerato en 2005. Me metí a Empresariales porque por entonces me parecía la opción menos mala (además, quería ser rico para comprarme un castillo; así, como lo oyes, je… ¡aunque me siguen gustando los castillos, si a alguien le sobra uno, ya sabe!). Al año siguiente me metí en Sociología. Mucho mejor, dónde va a parar, pero lo dejé casi tan rápido como la anterior. Algunos años después lo volví a intentar con Historia. Aprobé un par y la dejé igualmente. Moraleja: me metí en la Universidad porque era lo que tocaba, sobre todo si uno o una no quería ponerse a currar nada más salir del instituto, pero no era lo que yo quería. Tampoco quiero trabajar (no como está organizado ahora: jerarquía, competencia, títulos, horario interminable, alienación…), y ya no me avergüenzo de decirlo, lo cual no ha sido fácil a nivel familiar. A nivel social, sin embargo, encajo mejor las críticas. Pero heme aquí con relativas buenas noticias diez años después. Mi familia me acepta cada vez más, no sin mucho pelear. Escribo (tengo un blog, y estoy con varios ensayos empezados), hago voluntariado rural de vez en cuando (comida, techo y aprendizaje a cambio de cinco horas de trabajo), planeo hacer el FP de panadería y pastelería si en julio consigo plaza (después de escribir, lo que más me gusta hacer es cocinar) y ahora mismo mi madre y yo estamos alojando perros en casa para sacarnos un dinero, ¡y todo eso sin agachar el lomo! Bueno, con el voluntariado se agacha el lomo, pero la sarna con gusto no pica, y una o dos veces al año tampoco hace daño 😉

    En cuanto a la parte del texto en la que Beatriz menciona a Melanie Klein, quizá porque mi experiencia (especialmente con mi padre) ha sido bastante problemática y violenta, yo en cambio he encontrado más consuelo en la obra de Alice Miller. Hay personas difíciles y hay personas que maltratan (y grados intermedios). Con las unas se puede llegar a cierto acuerdo y amor, con las otras es mejor la distancia y el adiós muy buenas. Pienso que nadie se merece nuestro amor de manera automática. Ni siquiera un padre o una madre. Pero en esta sociedad, como en todas las que han existido, es más fácil dejar de creer en Dios o en el Estado que en la Familia :o)

    Un saludo a todas/os y ánimo, que el tiempo si no lo cura todo, al menos nos da nuevas perspectivas.

  2. Carlos

    Hola a ambas! En primer lugar, mi más sincera felicitación por el artículo, creo que estoy de acuerdo con todo lo expuesto. La sociedad se ha encargado de inculcarnos unos modelos de vida y unos modelos de conducta, de lo que está aceptado y lo que es reprobable. Al final, yo mismo me he dado cuenta con los años que lo más importante es que cada persona debe conocerse bien (cosa que no es fácil) y aceptarse (lo cual es aún más complejo). A partir de esto, hay que intentar encontrar qué cosas nos gustan, qué nos hace feliz, qué nos hace sentir libres, e intentar tomar las decisiones en base a esto, independientemente de lo que la sociedad marque como correcto. Creo que es bueno escuchar opiniones de los demás, pero las decisiones sobre tu propia vida debes tomarlas tú; porque las consecuencias de tus aciertos y tus errores son, principalmente, para ti. Yo creo que, Maribel, debes mirar “puertas adentro”, pensar bien en las cosas qué te gustan y cómo podrías hacer de lo que te gusta tu camino vital, con libertad, con valentía, y sin prejuicios sociales, porque al final el éxito no es lo que la sociedad marca como exitoso, sino lo que tú percibas como un éxito, porque te haga sentir completa. Posiblemente tus padres actúan así con las mejores intenciones del mundo, pero bajo su percepción sobre lo que es mejor para ti, que no necesariamente tiene por qué ser lo que tú consideras mejor para ti. A veces, no es fácil encontrar un camino, pero te aseguro que tarde o temprano se encuentra. Mucho ánimo!

  3. Merchillona

    Qué tu familia espere de ti que sigas el plan de vida que desean, tu aceptes empezar una carrera que no te gusta, sigas, te deprimas y vayas en busca de una coach para que te ayude a salir de ese supuesto atolladero, no es ningún proceso bonito de superación personal, sino la encarnación más infantilizadora de la feminidad patriarcal. Para colmo fuera de tiempo, por lo tanto elegida. Las mujeres hemos peleado titánicamente durante ya muchas décadas para recuperar nuestro derecho a decidir nuestras vidas desconectándonos de la validación ajena, familiar, patriarcal. El código napoleónico extendido en Europa occidental a principios del siglo XIX nos convirtió en eternas menores de edad. Revertir aquello a costado horrores, pero hemos ganado. Si una chica dice perder el norte porque no quiere decepcionar a papá y a mamá y heroiza su victimismo, está encantada en su rol de princesa. Y en esta revista supuestamente feminista aplaudís su valentía, lo que ansía toda princesa. Cuando existe este retorcido consenso en autoerigiros como oprimidas por cualquier cosa, sólo puedo pensar que no estáis oprimidas en nada. Miles de mujeres y hombres se la jugaron para ir eliminando poco a poco las injusticias que malograban las vidas de la mayoría de la gente. Al menos en esta parte del mundo privilegiada donde ha sido más fácil ganar. Equiparar opresión con presión social es una mezquindad de acomodadas. Y las que queráis mejorar este mundo pero vuestras vidas afortunadamente no estén cruzadas por ninguna injusticia colectivamente mejorable, hay muchísima gente realmente oprimida que agradecerá vuestro apoyo y vuestro activismo. Siempre hubo privilegiadas que lucharon por las más desheredadas, pero proclamarse oprimida sin serlo retorciendo la teoría feminista es infame. Joder, qué ganas de que pasen ya estas olimpiadas del princesismo.

  4. Au

    Maravilloso artículo. Y muy cierto todo lo que cuenta Beatriz. A mí me costó mucho tiempo y mucho dolor emocional desprenderme de las expectativas familiares por ser “la lista de la familia”, cuando realmente sólo tengo buena memoria y a eso no puede llamársele inteligencia. Pero como la educación formal funcina por exámenes los míos eran perfectos, y cuando no lo eran por décimas tenía que sorportar el: “podrías haberlo hecho mejor”. Mientras tanto mis amigas eran felicitadas por sus padres por llegar a un Bien o un Notable. Hice una carrera que detestaba desde el primer curso porque mis padres me convencieron para seguir porque “hay que tener una carrera”. Hice un ciclo superior para descubrir que “lo técnico” era el club de los chicos donde no tenía espacio y al hacer prácticas no podía ir vestida como quisiera, a diferencia de ellos, porque yo podía “desviar/llamar la atención”. “Tienes que hacer algo” ha sido una losa pesada porque siempre ha significado “estudia, sácate tal título, sácate lo otro, pero mejor, porque tú puedes hacerlo mejor” sin que apenas me conozca a mí misma o las cosas que me gustan. Y ahora que sé unas cuantas cosas que me gustan y se me dan bien, tengo terror a no ser lo suficientemente buena en eso, porque son cosas que he elegido yo misma y sin consejo de nadie.
    Es un camino difícil, pero hay que seguir andando.

  5. Lau

    La mayoria, para vivir, tenemos que realizar alguna actividad que alguien remunere. No hay otra. Y si está bien remunerada pues tanto mejor: podrás escoger casas y barrios más confortables, ir al teatro que te plazca, ahorrar para cuando seas vieja, pagarte o pagar a quien quieras un mejor médico, financiar ese proyecto que tantas cosas buenas aportará al mundo, echar una mano al vecino que está en el paro. Sī, el dinero sirve para cubrir necesidades, también para abrir puertas y caminos que sin él ni se abren ni se transitan. Al fin y al cabo lo que haces con dinero es conseguir que alguien se ponga de algūn modo al servicio de lo que tū indiques (que ese médico trate a la madre de un colega, que esa mente brillante discurra a favor de un mejor mundo) o que se te de a ti o a quien digas el producto del trabajo de muchos otros (esa casa en barrio tranquilo y bonito para tu vecino y su familia).

    Esto lo saben muchos padres que quieren que sus hijos se preparen para trabajar en algo que les saque de pobres (o que les mantenga alejados de la pobreza). Porque ser pobre consiste en pocas oportunidades, necesidades mal satisfechas, sueños que quedan fuera del propio alcance. Y si de todos modos vas a tener que pasar la mayor parte de tu vida haciendo las tales actividades remuneradas pues mejor que estén bien remuneradas, o no?

    Por supuesto, tambiėn, ya que no te queda otra que dedicar al llamado trabajo gran parte de tu vida y energīas pues cuanto mejor si te gusta. Ahora bien, no nos engañemos, el mundo está lleno de gente que tuvo la oportunidad de no solo estudiar sino de escoger qué estudiar y que estudiö lo que le gustaba y hoy ni trabaja en algo que le gusta ni saliö de pobre. Y es que eso de “sigue tu pasión y alcanzarås la plenitud y la dicha” puede suceder, pero también pasa que seguir pasiones o preferencias personales se descubre mas adelante como una verdadera mierda. Todo dependerá de cual sea esa pasion o preferencia, de si (si se trata de trabajar de ello) alguien pagarå por ello, de a cuanto se pagara, de si habra mucho curro de eso, de cuan talentosa seas, de la suerte que tengas, de la gente que conozcas, de en que condiciones se ejerza de eso,..

    Y sí, el tal trabajo con su competencia, búsqueda incesante de lucro, injusticias, etcetera..todo eso es jodido y duro de llevar. Una mierda. Nadie ha dicho que no lo sea. De hecho, no se trata tanto de si lo quieres o no, sino de si acaso cuentas con mejores alternativas. Vivir de tus padres y comerte su infima pension? Es una opcion, aunque si yo tuviera una hija dispuesta a ponerme las cosas màs dificiles para ponerselas mas faciles a si misma no se lo permitiria. O nos salvamos todas o no me jodas más para salvarte tū.

    Al fin y al cabo tambien se trata de eso, de etica, de cuan eticas son tus acciones, de cuantas inmoralidades y amoralidades vas a realizar a cambio de pan. A cambio de una casa. A cambio de influencia social. Etc.

    Si, en nuestro mundo no es facil dedicar el tiempo a actividades eticas, que aporten y no resten al bien comun, cuya realizacion te satisfaga, que te dan de comer, un techo sin goteras en algun barrio en el que te agrade vivir, quizas algunos ahorros para no vivir tan acojonada, o para financiar algo que pudiera aportar,..

    No, no es facil. La mayoria de la gente va tirando como buenamente puede.

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