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Javier Álvarez: «Como nunca me callo, cada vez sueno menos» Ficciones, Música

Le divierte la idea de que nadie pueda definirle con menos de dos palabras. Javier Álvarez es un compositor e intérprete a medio camino entre la frivolidad y la hondura, entre el intimismo y la pista de baile, siempre dispuesto a giros inesperados. El propio Javier nos ayuda a definir una obra singular, marcado por la desobediencia a los mandatos de género, la reivindicación de la fragilidad y el poder liberador del humor.

Javier Álvarez en concierto./ Jerónimo Álvarez

Javier Álvarez en concierto./ Jerónimo Álvarez

Inma Serrano, Merche Corisco, Tontxu, Pedro Guerra. De entre todas las cantautoras y cantautores con cobertura multinacional surgidos en España a mediados de los años noventa, Javier Álvarez (Madrid, 1969) destaca desde el principio por su carácter imprevisible y refractario a las etiquetas. Mientras las brújulas de muchos de sus compañeros y compañeras seguían orientadas hacia los referentes oficiales, atraídas aún por la alargada sombra de la Nueva Trova Cubana o los cantos de resistencia pre-Transición, el madrileño se movía como un verso libre por el parque del Retiro y el café Libertad 8. Al verle aferrado a su guitarra acústica, nadie podía sospechar que la gran obsesión de este estudiante de filología era una banda sueca especializada en diseñar música pop de acabado perfecto. Todavía hoy ABBA es el grupo favorito de Javier Álvarez, un artista que se define en pelea constante con las etiquetas y los estereotipos, pero «más singer songwriter y bailautor” que cantautor. “Mis modelos son literalmente cientos”, apunta, “de ABBA a (la banda tejana de hard rock) ZZ Top”.

En 1994, abrigado por las colaboraciones de Ana Belén, Víctor Manuel o Luis Pastor, Javier edita su debut homónimo: un trabajo acústico con canciones sobre niños a los que no les permitieron ser niños, hombres que rechazan la idea de hacerse hombres y mujeres liberadas de los corsés de la canción sentimental. Cuando le confieso que mis letras favoritas del álbum son precisamente aquellas que cuentan historias protagonizadas por mujeres, donde el acento recae en cuestiones relacionadas con la dependencia emocional o la dificultad de sobrevivir en un mundo diseñado por hombres, Javier reconoce en ellas una extensión de su propia dualidad.

-¿De dónde surgen los retratos femeninos de ‘Miss Universo’, ‘De Aquí A La Eternidad’ o ‘Amor En Vena’, en los que a menudo cantas desde el punto de vista de las mujeres?

-Me encanta que desde el principio saliera tan natural el lado femenino de mis composiciones. De hecho siento que es más tímido mi lado masculino, aunque procuro disfrutar de él cada vez más. Es un auténtico regalo que convivan en nuestras vidas masculinidad y feminidad, y nunca he entendido el sexismo. La verdad es que cada vez me resulta más difícil y mágico explicar de dónde surge mi creación: sobre todo, supongo, de mis sueños.

Aunque su denominador común es la observación de un mundo áspero y feroz, el relieve de aquellas primeras canciones (voz dulce, poesía sencilla, música limpia) permite el tránsito de su creador hacia un éxito temprano e inesperado. Durante meses, es difícil encender la radio y sortear ‘La Edad Del Porvenir’, un himno generacional instantáneo que concentra todo el desencanto y los anhelos de quienes nacieron en los estertores de la década de los sesenta. Veinte años después, Álvarez no sólo continúa recreándola en directo, sino que está plenamente convencido de su vigencia: “Con toda sinceridad, el discurso de ‘La Edad Del Porvenir’ cobra aquí y ahora más sentido que nunca. Jamás me he sentido más optimista”.

También se mantiene vivo el texto de ‘Uno, Dos, Tres, Cuatro’, el célebre alegato antimilitarista que Javier compuso mientras rumiaba la decisión de declararse insumiso. La canción puede escucharse todavía como un rugido contra el servicio militar obligatorio, pero líneas como “No está nada mal que te enseñen a temer por si el coco viene una vez / las garras ofrecer, la sonrisa proteger y la lágrima contener” apuntaban de forma más profunda hacia un cuestionamiento de la noción heteropatriarcal de masculinidad. Puede que nunca se haya reconocido lo suficiente el mérito de Javier a la hora de deslizar estas ideas en composiciones de gran éxito entre el público joven, sobre todo teniendo en cuenta que en su momento no eran materia de reflexión habitual en músicos de su misma órbita. Sin embargo, el madrileño sortea elegantemente la comparación con sus coetáneos (“Sinceramente, soy muy yoísta. Expreso en cada momento lo que me sale, dando por hecho mi derecho a contradecirme como condición para empezar a hablar”) y rechaza de plano la idea de que su obra contenga algún tipo de mensaje concluyente: “Para mí es esencial que el debate esté abierto siempre, y cada vez me hace más gracia el hecho de que nunca llegue a resolverse”.

En 1995, coincidiendo con su momento de mayor proyección mediática, este fuerte sentido de la autonomía comienza a entrar en conflicto con todos los planes y expectativas que otros (su discográfica, el público, la prensa) han depositado en él. Javier salta de los pequeños locales a los grandes recintos, pero desde el centro de la popularidad surgen también las primeras incomodidades: los rostros de la audiencia empiezan a desdibujarse, el ruido mediático que le rodea se vuelve ensordecedor y su libertad artística entra en serio peligro de fractura. Cansado y necesitado de un reinicio, el chico que comenzó tocando en el metro decide detener la maquinaria al intuir que su carrera se dirige hacia un mercado ingrato: el de las cantautoras y cantautores de marca blanca, limpios de toda singularidad.

Contra todo pronóstico, cuando regresa en 1996 lo que trae bajo el brazo es ‘Dos’: una grabación melancólica y sombría que discurre casi en duermevela, con Javier merodeando una y otra vez entre sus fantasmas personales. “Escrito y compuesto literalmente entre la cordura y la locura, lo cual lo hace particularmente único y fascinante”, el álbum vende sin esfuerzo 50.000 copias y alcanza el Disco de Oro. Un logro improbable: al margen de ‘Sunset Boulevard’, su corte de apertura, en él no hay ningún otro gancho comercial aparente. Pese a su tono ensimismado, entre sus surcos persiste un interés por revalorizar la fragilidad que nos permite entender el disco como un potente acto político.

-¿En qué medida reconoces esta vertiente política en tu música? No me refiero tanto a la forma en que lo puede ser Paco Ibáñez cantando a Alberti o Gabriel Celaya, sino de un modo a veces más oblicuo. Por ejemplo, en el hecho de asumir tu vulnerabilidad y exponerla ante quienes te escuchan.

-Somos política, entre infinitas cosas que somos. Y eso tan sólo siendo un granito de arena. Ni más ni menos. Yo reivindico la sagrada fuerza del silencio y la fragilidad, que para nada son cualidades que deban asociarse necesariamente con la debilidad.

En ocasiones, este subtexto político se presenta de forma más evidente. Es el caso de los terrores cotidianos que acechan en versos como “mamá rompiendo el ajuar / mamá letal / mamá sin respirar” o “ella diciendo: si / siempre pensando: no”. Y es que en la obra de Javier nunca han dejado de describirse esta clase de desgarros, de fragmentos de vidas abolladas, a menudo marcadas por la tiranía que nace del corazón de los mandatos de género.

Dos décadas después de su publicación merece la pena detenerse en la portada de ‘Dos’, donde el autorretrato desenfocado del músico parece congelar el inicio de un proceso de transformación. Hacia dónde o hacia qué no lo sabremos hasta tres años más tarde, cuando después de un nuevo hiato reaparece en escena convertido en una potencial estrella superpop, estrenando cabellos rubios y una enorme paleta de sonidos y texturas. Para entonces, la distancia que le separa de cualquier otra propuesta cercana es tan grande que Javier casi parece inventar un nuevo tipo de categoría: tal vez la de bailautor electrónico, tal vez la de cantautor comercial para minorías.

Sus nuevas canciones son pegajosas, densas y llenas de inventiva. Catorce de ellas se reúnen en ‘Tres’ (1999), un disco concebido como “una gran broma surrealista” y un rompecabezas imposible. Frente a la opacidad de su obra anterior, ésta se abre de forma juguetona y desafiante (“Padre, soy pajillero, maricón y drogadicto / bakalaero, okupa, rojo, puta y bizco”), sin dejar nunca de recrearse en el placer lúdico de la composición. Entre juegos de palabras y montañas de referencias a canciones ajenas, películas y personajes televisivos, Javier se sumerge en el humor como mecanismo para cuestionar la autoridad y derribar tabúes. Un ejemplo: en ‘El preso me pone’, uno de los cortes más divertidos, su protagonista descubre que el deseo sexual puede surgir en lugares tan improbables como un coche de policía. “Creo que la cosa más importante para vivir, después de respirar, beber y dormir, es reírse, esencialmente de uno mismo”, asegura su autor.

Pero ni su explosivo sentido de la ironía, ni sus adictivas formas pop, evitan que la breve trayectoria comercial del disco avance a trompicones entre la incomprensión generalizada. En poco tiempo, ‘Tres’ deja de radiarse y pasa a ser rápidamente descatalogado. Durante años, las crónicas hablan de una censura expresa hacia los polémicos versos de ‘Padre’, aunque Álvarez desmiente esta posibilidad. “El problema real fue de tipo editorial, ya que es un disco con un montón de citas musicales y homenajes a varios autores populares. Eso suponía tener que pedir permisos o ceder derechos a través de una industria y una sociedad absolutamente dinerocráticas. Como yo nunca me callo, cada vez fui sonando menos”. Sin embargo, tampoco parece preocuparle la posibilidad de que su lenta desviación hacia los márgenes de la industria pueda estar relacionada con su tendencia al discurso incómodo. “Siempre ha habido, hay y habrá temas, palabras, enfoques, tabúes… ¡y viva, oye!”.

No hay atisbo de drama: hoy, la música de Javier es objeto de culto entre un público minoritario, pero fiel y de oídos abiertos. Y es en este contexto donde se suceden una tras otra sus obras más libérrimas. Así, la inspiración del momento puede traducirse en un disco de versiones (‘Grandes Éxitos’, 2001) en el que una adaptación de Olivia Newton John convive sin asperezas con una peculiar relectura de ‘El Novio De La Muerte’. ¿Javier Álvarez cantando el himno de la Legión? Sí, pero de tal forma que la masculinidad brutal del texto queda desactivada por una interpretación tierna, libre de testosterona. Su propensión a esta clase de cortocircuitos tiene múltiples lecturas.

-¿En qué momento decides que una letra como la de ‘El Novio De La Muerte’ puede relacionarse dentro de un disco con algunos de tus temas favoritos de Nancy Sinatra, Suzanne Vega o Caetano Veloso?

-Primero, porque soy esclavo total de mis musas, aunque a veces no las entienda. Segundo, por pura contradicción. Y últimamente, porque me parece vital ser incluyente.

Después de vestir la poesía del cantautor extremeño Pablo Guerrero con traje de pop marciano en el disco ‘Guerrero Álvarez’ (2009), su proyecto más reciente es ‘A’. Otra obra insólita: se trata de un álbum gratuito que no ha sido grabado, y que únicamente puede experimentarse en directo. Javier lo interpreta allí donde se le requiera, con una breve lista de requisitos: que el concierto empiece a la hora del crepúsculo, en interior y con ventanal, sin refuerzo de iluminación eléctrica. Además, ruega a los asistentes y las asistentes que no registren la actuación. Se trata por lo tanto de una experiencia exclusiva, que únicamente puede concretarse a través de la web personal del artista: www.alvarezjavier.com

Javier Álvarez: «Como nunca me callo, cada vez sueno menos»
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Sociólogo. Colaborador habitual en prensa musical, incluyendo las revistas 'Ruta 66', 'Mondo Sonoro' y distintas publicaciones online.

Comentarios recientes

  1. Dani

    Enhorabuena, Carlos, por tu artículo. Soy un gran seguidor de toda la carrera de Javier Álvarez como artista. Musicalmente me quedo con sus tres primeros discos, los otros ya me gustan menos. Pero lo que sí me gusta es que este ARTISTA con todas las letras vaya a su puta bola. Y lo del disco que sólo puede oírse siendo interpretado por el autor en un local desde donde se vea el atardecer, ya es el no va más. Gracias. A Javier y a Carlos.

  2. Rodrigo Robleño

    Acabo de leer tu excelente artículo. Soy actor, vivo en Brasil, conocí al querido Javi por las calles del Retiro yotras ciudades de España… me sentí otra vez en los 90, justo sentimiento y pensamientos sobre la linda obra d Javier Álvarez. Singular, provocador, fuerte!!!

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