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El discurso de la equivalencia frente a la autonomía de la mujer Participa

Nota: Esta es la sección de libre publicación en la que promovemos la participación de las lectoras. Publicamos contenidos que nos parecen interesantes aunque no coincidan con nuestra línea editorial ni con nuestros criterios de edición. Máximo 3 folios.

Marta Busquets 

Continuamente leo artículos del tipo biberón vs. Lactancia materna, o parto vaginal vs. Cesárea, parto medicalizado vs. Natural y lo hago con preocupación. Desde ciertos sectores, no dudo que con la mejor intención, se pasa por encima de un conjunto de evidencias científicas que afectan directamente a la salud de las mujeres, en pro de una supuesta equivalencia de todas estas opciones.

El efecto que se busca es precisamente este, desvirtuar, por ejemplo, los estudios que establecen los beneficios de amamantar y negar los peligros de la lactancia artificial, o decir que para un bebé lo mismo da nacer por parto vaginal que por cesárea o en un parto altamente medicalizado que en uno natural.

Esto sucede, especialmente, en aquellos sectores donde se considera a las funciones naturales (que no obligatorias) del cuerpo de la mujer como necesariamente opresoras y de escaso valor. De algún modo, se defiende que la biología debe ser a toda costa superada y se confía en el poder de la técnica (por otro lado, a mi parecer altamente androcéntrica) de sustituir estas funciones en pro de nuestra emancipación.

También creo que estos esfuerzos de relativización y equivalencia constituyen una reacción a los nuevos ecofeminismos que en su revalorización de las capacidades biológicas femeninas, de algún modo, retoman el difícil debate en torno al equilibrio entre biología-habitualidad frente a necesariedad-obligatoriedad.

Como digo, creo que todos estos feminismos tienen en último término la mejor de las intenciones y buscan la emancipación de la mujer. En el caso de aquellos discursos relativizadores y de equivalencia se busca que las mujeres elijan sin sentirse culpables ellas y sin ser juzgadas por el entorno.

Pero, como activista a nivel de derechos sanitarios de la mujer, considero necesario manifestar mi disconformidad con esta opción que nos está afectando negativamente en nuestro poder de decisión.

Como digo, parece que la lucha esté en presentar opciones no equivalentes desde el punto de vista de la salud como equivalentes, así de este modo la mujer puede elegir tranquila pues tanto da una cosa, como la otra.

Mi respuesta es no. El poder de decisión de la mujer sobre su vida, su propio cuerpo y su salud (y en el caso del parto o la lactancia materna, también en la del bebé) tiene siempre un valor intrínseco y absoluto.

Tal y como la ley prevé estos derechos[1], por ejemplo, en el caso de las intervenciones y actuaciones médicas, la mujer presta su consentimiento informado, con base en datos e información veraz, cierta y basada en evidencia científica actualizada. También puede elegir tomar una decisión sin haber sido informada, pues existe también el derecho a la no información igualmente válido.

No encontraremos ni un solo artículo en la regulación legal ni la doctrina jurisprudencial donde se requiera a la mujer a justificar que aquella decisión era la más adecuada desde el punto de vista de la salud. Sin matices.

Existe también la creencia de que en casos de emergencia se puede actuar sin el consentimiento de la mujer sobre su cuerpo para preservar la salud o la vida. Bien, pues esto tampoco es así. Si la mujer previamente ha expresado su voluntad en una cierta dirección, aunque se pase a un estado de emergencia y peligro para la vida, esta no puede ser contravenida.

Precisamente por eso, estos derechos tienen valor y por eso afirmo que operan de forma absoluta y radical en su configuración actual. La idea es que el derecho a la integridad física y psíquica de las mujeres[2] siempre debe prevalecer. Entiendo que esto choque si entramos en debates de tipo bioético, pero con base en la regulación existente a día de hoy, esto es así.

Una vez más, insisto en que la decisión que toma una mujer de entre todas las opciones existentes, es la correcta porque es la suya, y punto. Son nuestros cuerpos, son nuestras vidas, es nuestra decisión. Presuponer que existe una especie de ente o fuerza exterior y ajena que sabe, mejor incluso que nosotras mismas, qué es lo mejor para nuestras vidas, familias, existencias, cuerpos e hijos, es mucho presuponer.

Es, una vez más, considerar a las mujeres como objetos o, en el mejor de los casos, como sujetos pero incompletos e incapaces de tomar las decisiones adecuadas y, por lo tanto, necesarios de tutela por parte de la autoridad establecida.

Salvo en casos especiales, nada impide a la mujer tomar la decisión más adecuada de acuerdo a su situación personal, que solo ella conoce. Efectivamente, el personal sanitario puede ofrecer información (veraz, actualizada y siempre desde el más absoluto respeto), pero como digo nadie más que ella conoce sus circunstancias y es por eso que nadie más que ella puede tomar la decisión correcta para su caso particular.

Creo que debemos ser precavidas cuando transmitimos ciertos mensajes, pues aunque sea bien intencionadamente, a menudo me encuentro con que está calando esta idea de que la mujer decide en tanto exista una equivalencia y esto como he expuesto no es así. La mujer puede elegir aquella opción que desde el punto de vista de la salud sea la peor o la más arriesgada, y esta decisión debe ser recibida con respeto, sin necesidad de explicaciones ni justificaciones por su parte.

La batalla, por lo tanto, está en mi opinión en otro lado. Logremos que exista acceso a información veraz y sincera, al margen de intereses paternalistas que tratan a la mujer como a un sujeto vulnerable y maleable a tutelar, también lejos de los intereses mercantilistas tan enraizados desgraciadamente en el ámbito de la medicina y de la alimentación infantil; y por último, que las decisiones a nivel médico tampoco se vean influenciadas por las rutinas y la comodidad en la práctica sanitaria que nada tienen que ver con el bienestar de la usuaria.

Luchemos para que la mujer decida lo que considere conveniente, desde la información o la desinformación siempre elegidas, y no se vea obligada a justificarse día tras día frente a una sociedad que cuestiona cada una de sus acciones, incluso cuando estas se basen en la mejor opción para la salud. Bastante difícil es ser mujer.

[1]   En este caso me refiero por ejemplo a la configuración legal establecida en la ley 41/2002 de la ley de autonomía del paciente.

[2]   También de los hombres y personas trans o genderqueer, colectivos que dejo al margen en este artículo pues no trata de todos ellos.

El discurso de la equivalencia frente a la autonomía de la mujer
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