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Judy Chicago: mitos y desobediencias Análisis, Ficciones

Coincidiendo con la inaguración de su retrospectiva en Bilbao, la artista feminista participó en un seminario en el que flotaron preguntas como ¿de qué hablamos cuando hablamos de patriarcado y de opresión?, ¿por qué da miedo la etiqueta ‘feminista’?, ¿qué es el arte político?, ¿quién se hace rico con el arte?

Marta González Luque

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‘Red flag’, de Chicago, es una de las obras clave del arte feminista

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¿Conoces el nombre de alguna artista? En el Estados Unidos de los años cincuenta se aseguraba que no existía ninguna. Judy Chicago asistió a clases de pintura en su Illinois natal cuestionándose si realmente eso podría ser cierto. Confió en sí misma, su familia la apoyó y se mudó a California para continuar sus estudios en la UCLA. Dedicó sesenta horas semanales a trabajar en su estudio (fuck you, Picasso), comprometida con ser grande. Si no había existido ninguna, ¿no sería genial ser la primera?

52 años después de iniciar su carrera, la retrospectiva de Judy Chicago en el Azkuna Zentroa de Bilbao (entre tú y yo, siempre será la Alhóndiga) aporta un recorrido histórico compuesto por obras clave del arte feminista del siglo XX como Red Flag o Gunsmoke, documentos y obra en papel como Mother Superette, la colección ‘folk-punk’ de bordados Resolutions: A Stitch in Time, la colección de serigrafías Voices from the Song of Songs basadas en la traducción del texto bíblico de Marcia Falk, y una pequeña selección de piezas de la macro-instalación The Dinner Party.

En sus inicios, Chicago confía en que el reconocimiento llegará con el buen trabajo, se trate de hombre o mujer… ¿Pero por qué debería ser un problema? ¿Es que no hay una iconografía femenina, ni cuadros de mujeres en los museos que no hayan pintado los hombres? ¿Qué ocurrió en siglos anteriores? Ante estas preguntas, plantea dos estrategias de investigación artística: déficit (localizar el vacío histórico e iconográfico) y desobediencia (crear abordando la carencia de imágenes la búsqueda de un imaginario femenino).

Dibuja, pinta, pero no le da miedo bordar y coser, soldar y escribir. Anaïs Nin le dijo: “You can’t act out every idea, but you can write your way through every idea” (“No puedes representar cada idea pero puedes escribir cómo te abres paso con cada idea”) y, con este buen consejo, Chicago ve su primer libro editado en Estados Unidos, Reino Unido, Nueva Zelanda y Canadá, que será traducido después al alemán, chino y japonés. De pronto llega con la palabra a donde no llegaba con las exposiciones de arte por pura ceguera institucional y abre el camino expositivo para las mujeres de otros países. La acusan de poca modestia, y cabe preguntarse si a los 76 años tiene que pedir disculpas y agachar la cabeza quien allanó el terreno antes de que se inventasen los estudios de género y las leyes de paridad.

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‘The dinner party’ es una obra única del arte de instalación; una gigantesca mesa triangular convoca a 39 mujeres esenciales de la Historia

Imagina que nos invitasen a una extraña cena donde la carne de los mitos alimentase nuestro presente. ¿Con quién te sentarías al banquete? The Dinner Party es una obra única del arte de instalación. La gigantesca mesa triangular convoca a 39 mujeres esenciales de la Historia, desde Boudicca a Virginia Woolf. En este congreso épico-feminista, Chicago es historiadora y chamana: con ayuda de 400 asistentes fabrica una colección de tótems no-verticales, platos y copas de un menú muy peculiar que cada año atrae al 25% de las visitas totales del museo Elisabeth a. Sackler de Brooklyn. En Bilbao hay un pequeño aperitivo, id a ver a qué sabe.

Chicago fue la invitada protagonista de la cuarta edición del seminario Perspectivas feministas en las producciones artísticas y las teorías del arte que la antropóloga Lourdes Méndez y el comisario Xabier Arakistain organizan en Bilbao cada año. Habla con solidez intelectual y con humor, abordando las cuestiones difíciles, personales, las cuestiones históricas y las cuestiones políticas: los materiales primordiales del arte.

Nos cuenta que cuando era niña solía bañarse con su padre y un día le dijo: “Cuando sea mayor yo también tendré un pene como tú”. A lo que su padre contestó con la mayor naturalidad del mundo: “Si eres buena seguro que tendrás uno; si eres mala ¡tendrás un montón!”

El artista da representación a lo que no la tiene. Pregunta: ¿Le molesta que la definan como artista feminista? Chicago, nacida en 1939, cuenta que el término ni siquiera existía cuando ella se preguntó por vez primera por qué no había ninguna gran artista mujer en los libros que estudiaba en la universidad y decidió que iba a arreglar eso. Los movimientos sociales que conocemos como segunda ola del feminismo estaban empezando en Estados Unidos y ella proporcionó herramientas visuales, buscó iconos sumergidos en la Historia y se planteó la pregunta ¿qué es una mujer?, en la década de los 50, los 60, 70, 80, 90 y hasta la actualidad, indagando por qué cada generación borra deliberada o pasivamente a la anterior.

'Power play' analiza la construcción de la masculinidad

‘Power play’ analiza la construcción de la masculinidad

Quizá la sátira es más poderosa que la queja, pero la controversia es una herramienta para crear preguntas que sabe utilizar con ánimo constructivo. Cuando una mujer (o un hombre) dice “No soy feminista”, lo que quiere decir es que no está preparado para ser desobediente. Pone por ejemplo la ocasión en que una mujer le gritó en una conferencia: “¿Por qué odias a los hombres? ¿Por qué pintas cosas horribles?” Y la Chicago se defendió: “¿Odiaba Picasso a todas las mujeres? ¿Las odiaba De Kooning?”

La artista habla con calma y capacidad analítica de su propia historiografía. Destaca la necesidad de renovar estrategias en cada década porque vivimos en sociedades abrasivas donde la única manera de posibilitar el cambio es creando nuevos modelos a seguir.

Lo personal es político. Plantea el caso del FBI llamando a la puerta de casa: vienen a buscar a su padre cuando ella contaba ocho años de edad. Dentro de las estrategias del Macarthismo, el Gobierno vigila e invade el ámbito doméstico si lo considera oportuno. Chicago describe la soledad más aterradora, simple y cierta, la brutalidad que convierte en cómplices de la violencia del Estado a quienes nos rodean en nuestro círculo cotidiano. ¿De qué hablamos cuando hablamos de patriarcado y opresión? Su padre pierde su empleo en el servicio postal por intervención estatal y pasa a ser estigmatizado en su entorno acusado de comunista. El hombre tolerante y positivo que Judy conoce sufre la angustia psicológica del desempleo por ostracismo. Se consume lentamente hasta caer enfermo; las viñetas del Weekly Reader caricaturizan a los comunistas como una plaga de monstruos de ojos azules que no solo piensan diferente, son equivalentes a extraterrestres y deben ser denunciados y perseguidos.

Muere cuando ella cuenta con trece años de edad, pero la joven Judy ya sabe lo que la Judy de ahora nos dice: las herramientas del poder sólo son imágenes, dibujos, caricaturas. Y añade, muy seria: “El mundo entero puede estar de acuerdo en algo y ese algo puede ser un completo error”.

Explica el caso ejemplar de la primera mujer universitaria de los Estados Unidos, una estudiante de medicina de Rochester a quien las propias mujeres escupieron e ignoraron. En estas fortalezas prestadas, va creciendo su historia personal, vocación y acción de una chica que se refugia de la locura Macarthista en el arte. La palabra Presidente es género neutro en inglés, igual que Artista. Quizá la fortaleza de la Chicago sea una intuición propia armada con un lápiz.

Por debajo de esa estética que Robert Hughes criticó definiéndola como “colores estridentes de fábrica taiwanesa de artículos de regalo” existe una capacidad de estudio de las formas de arte no institucionales, de los trabajos manuales y tradicionales, un deseo de articular las técnicas consideradas menores con una independencia y resonancia política inaudita.

Chicago, como todo artista de gran altura, nos muestra algo más allá de lo retinal: hablando sobre el volumen de investigación y desarrollo en The Dinner Party, explica que le fascinó la minuciosidad y suma de horas de trabajo de quienes bordaban las túnicas de los Papas porque en esa fuerza anónima se sostenían sus estéticas de poder, al igual que la divinidad de un Faraón era fabricada por los esclavos que levantaron las pirámides. Con las pocas herramientas con que cuenta el individuo en sociedad (el tiempo, el cuerpo, el trabajo) Chicago parece cantar por algo eterno e inviolable: el ejercicio de autoconfianza a través de la practica con materiales accesibles.

Y así Judy cierra la clase maestra: “Todo arte es político y todo arte enseña que cada uno puede fabricar sus imágenes y herramientas si quiere, y medirse con las que el mundo le tira encima”. Porque quien está con su arte no está nunca totalmente solo, pero… ¿quién escribe la Historia y cómo se transmite? La propia Chicago es un ejemplo de falta de reconocimiento institucional.

El final de las jornadas deja un sabor emocionante y a la vez un poco preocupante, agradecimientos y aplausos a la protagonista después de poner en evidencia el problema institucional. ¿Quién se hace rico con el arte? Quien se ha preocupado de hacerse rico con él, está claro. Chicago continúa comprometida con su labor docente mientras Damien Hirst prepara su propio museo, Marina Abramovic explota a becarios ingenuos y Jeff Koons es récord histórico de visitas en el Museo Guggenheim de Bilbao.

Mientras recordemos a los artistas por su capacidad de espectáculo, por sus fortunas, y no por sus ideas, trayectorias de cincuenta años peleando por el arte de una campeona del ring como Judy Chicago estarán en peligro de extinción y olvido.

Judy Chicago: mitos y desobediencias
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