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¿Hay que pensar antes de hablar? Salida de socorro, Voces

Sin comerlo ni beberlo, empecé este 2015 trabajando para un centro católico concertado con selfies de nuestro salvador Jesucristo en la parte superior de la pizarra. Por si el hecho de que un colegio religioso elija a una lesbiana armarizada con personalidad muy rara no fuera suficiente, debo añadir que soy inmensamente feliz trabajando ahí.

Ilustración: Núria Frago

Ilustración: Núria Frago

Empezar trabajos nuevos cada mes, por dedicarte a sustituir a profesorado de baja, tiene muchas ventajas si eres una persona abierta y extrovertida. ¿Alguna otra interina en la sala? Respect, sister! La oportunidad de conocer múltiples centros escolares de cerca es impagable y poder relacionarte con 7549987986758087583 compañerxs al mes es la repanocha. Si te gusta. A mí no me gusta. Yo lo paso francamente mal. Estar un mes con sonrisa congelada de serie, teniendo conversaciones de ascensor de milésimas de segundo, con la broma de turno y el sentido del humor correcto siempre afilado, cuidando lo que puedo y no puedo contar sobre mí, y estudiando mis atuendos al milímetro como si estuviera en la pasarela de otoño-invierno de Cibeles, me trae por el camino de la amargura. Y lo peor es que todo lo hago con el único objetivo de caer bien y entrar por el ojo al resto. El resto, que va a su puñetera bola, pasa de mi culo y bastante tiene con lo que tiene: madrugar y aparecer como buenamente puede en la tutoría a horas intempestivas. ¿Quién decidió empezar las clases a las 8:00 de la mañana en educación secundaria? ¿Se nos va la olla? ¿¿Qué persona es responsable de que miles de millones de seres vivos con ojos medio cerrados nos arrastremos por el suelo con legañas mal quitadas y el pelo revuelto, para no aprender y no enseñar nada a horas en las que las calles ni siquiera tienen puestos sus adoquines?? ¿De verdad alguien cree que a las ocho de la mañana lxs adolescentes están en condiciones de, ya no digo absorber conocimiento o usar sus mentes críticas de manera efectiva… ¿¿¿de abrir el estuche sin clavarse las tijeras??? Estoy muy en contra de vivir con horarios de monasterio y convento de clausura. En fin, a lo que iba. Yo entiendo que para personas con trabajo fijo y vidas estables, que desean con todas sus ansias prejubilarse lo antes posible, yo estorbo. Por eso no culpo a nadie por hacer efecto pantalla cuando llega “la nueva” y ver a través de mí como si fuera un espirítu de Ouija. Entiendo que da una pereza del copón ponerte a hablar con alguien a quien sacas 30 años y a quien sólo verás un mes de tu vida. Sé que cansa tener conversaciones que no te aportarán absolutamente nada más que minutos perdidos. Pero yo sigo teniendo que esforzarme por caer mínimamente bien, porque mi triste personalidad de locadelcoñocomplaciente me obliga y porque creo que es algo muy lícito, teniendo en cuenta que en los centros concertados contratan a gente basándose en lo que les sale de la punta del pi…ercing. Ojo, que a mí me consta que hay personas que no sufren tanto con las interacciones sociales y que manejan niveles de ansiedad moderados. Pero esas personas tuvieron progenitorxs amorosxs que les escuchaban, y por ello son seres seguros de sí mismos que funcionan de otra manera. Con tranquilidad, con saber estar, sin fingir, sin incomodar al resto buscando su aprobación de manera tremebunda… en definitiva: “normales”. Bien. El caso es que, sin comerlo ni beberlo, empecé este 2015 trabajando para un centro católico concertado con selfies de nuestro salvador Jesucristo en la parte superior de la pizarra, un Belén del tamaño de Andorra en el pasillo y cuadernillos de rezos matutinos sobre la mesa de la profesora. Como detesto hablar por teléfono, he de decir que al llamarme para la entrevista pensé que, mientras le cortaba entre “sí, sí” y “vale, vale”, el puesto ya era mío antes de ir. Así que allí aparecí con mis andares de pato metido en katiuskas rojas, y mi risa floja, pensando que no encajaría en el perfil ni borracha. Pero resulta que me equivocaba. Resulta que una vez más, tuve que coger todas mis opiniones y limpiarme los mocos con ellas, porque en este centro católico en el que trabajo ahora: ¡¡estoy como Dios!! La entrevista fue digna de “vídeos de primera”. Me preguntaron por mi religiosidad. ¿Hola? Nunca nadie en el siglo XXI me había preguntado por mi religiosidad. Mi respuesta, entre risa nerviosa fue algo así como “pues no, no, no, la verdad es que en Semana Santa no salgo precisamente descalza en las procesiones. Cierto es que hice la comunión…pero tuve la posibilidad de confirmarme… y no lo hice, porque prioricé otras actividades extraescolares… como solfeo”. La cara de la entrevistadora era un poema enrevesado sin rima. Es difícil responder a preguntas que de primeras te provocan carcajadas sonoras con eco interminable, en las catacumbas de tu alma vendida a quien la quiera. Podría haberles hablado de muchas cosas, pero en un flash de lucidez, decidí no contar que lo di todo en la Procesión del Santo Coño de los Orgasmos, por ejemplo. Por algún afortunado motivo, decidí que no era relevante en ese momento. Luego tenemos la interesante pregunta: “¿Cómo te ves dentro de dos años?” Hace un par de semanas que mi novia se vino a vivir a casa de manera informal y no planeada. Sé que en esta vida de imprevistos, nada es definitivo, excepto los tatuajes de letras chinas con tribales y cortarte el flequillo. Pero mirando a la señora a los ojos y con una sonrisa de dientes de anuncio solté algo así como: “Me alegra que me hagas esta pregunta. ¿Cómo me ves tú dentro de dos años? Lo cierto es que hace diez, no pensaba que con treinta años fuera a estar dando clases particulares y entrevistándome mensualmente para trabajos de un par de semanas…así que creo que cualquier pronóstico que pueda darte sobre lo que creo que será mi vida, se queda cojo”. ¡Oooooooooole! La mujer me miraba, porque esta era la décimonovena pregunta que me hacía y yo no acababa de responder del todo. Y entonces, como la pobre no se quedaba tranquila, preguntó directamente: “¿Dónde vives?” Respondí el nombre de mi calle, el número de portal, el piso y el código postal. A la buena mujer no le bastaba. “¿Vives sola?” Aquí me decanté por la enrevesada historia sobre la casa que mi madre compró con su plan de pensiones pensando que era una inversión, mi hermana que estuvo en un orfanato de Kenya de voluntaria y lo poco que me gusta vivir en una calle en cuesta. ¡Ooooooooooooole! La señora yo creo que no daba crédito ante tal espectáculo de verborrea vacía donde no podía apuntar absolutamente nada de lo que le interesaba en su cuaderno. Es curioso lo indescifrable que puede resultar para alguien “normal”, una friki con incontinencia verbal y un sentido del humor raro. El final de la entrevista es de las acciones más bochornosas que he llevado a cabo de manera inconsciente. Cuando dio por finalizado el show, me dijo lo de siempre: “Bueno, pues ya te llamaremos con lo que sea”. De mi interior salió una curiosa voz que dijo lo siguiente: “Sé que vais a llamarme, porque soy la mejor.” ¡¡¡¿Perdóooooon?!! ¿Hay alguna psicóloga leyendo que pueda decirme por qué dije eso? O mejor, ¿hay alguna psiquiatra en la sala que pueda recetarme medicación? Aquí hasta yo misma me sorprendí. Salí de la entrevista y me daban ganas de llamar a la ambulancia, por si esa borrachera psicológica terminaba en coma etílico. Lo más sorprendente de todo es que, después de hacer el ridículo de manera descaradamente desorganizada durante una hora de entrevista, ¡¡me llamaron para decirme que querían que trabajara con ellxs!! ¡¡¡¿¿¿Perdón???!!! Por si el hecho de que un centro católico elija a una lesbiana armarizada con personalidad muy rara no fuera suficiente, debo añadir que soy INMENSAMENTE FELIZ trabajando ahí. No tengo una explicación racional para esto. Pero lo que sí tengo son excelentes palabras para un centro escolar que yo consideraba basura pura. Desde dentro, he descubierto que mis compañerxs son las personas más agradables que me he echado a la cara en mucho tiempo. Son ese perfil de gente simpática, sonriente, con sentido del humor agradable, ganas de hacer sentir bien a quien está delante y actitud de ayudar a quien lo necesita. Siendo “la nueva”, me he sentido absolutamente integrada desde el minuto UNO que he llegado a la tutoría. El centro usa las horas de claustro complementarias de jornada para informar al profesorado sobre, por ejemplo, conflictos en Congo o el coltán. Una de las prioridades este curso, además de impartir las sacrosantas materias obligatorias, es concienciar sobre “qué hay detrás de los teléfonos móviles” para que todxs hagamos un uso más responsable de los mismos. Este es el “objetivo” que se han marcado ahora, desconozco cual era el anterior, pero cuando he curioseado en los corchos de las aulas, he encontrado entre otros, información sobre “menores migrantes no acompañados” y las dificultades que encuentran en esta ciudad. La información que leí tenía como claro objetivo sensibilizar a la chavalería, y cuando les pregunté por ello, supieron explicármelo a las mil maravillas. ¿Perdón? Se me saltaron las lágrimas. Además, last but not least, hay un grupo de GÉNERO que se encarga de visibilizar a las mujeres tanto en las materias académicas, como en general. No soy yo de fácil impactar, pero ¿¿¡cómo os quedáis si os digo que al lado del selfie de Jesús, hay un cartel que ocupa toda la pared diciendo: ¡PONTE LAS GAFAS MORADAS!!?? ¿Hola? De tal manera que cuando el alumnado mira a la pizarra, lo que ve sí o sí, son dos cosas: a Jesús en una minifoto y FEMINISMO en gigante. ¿¿Perdón?? ¿Esto se sabe? ¿La gente lo comparte? Estoy absolutamente impactada y me siento una boba de manual por haber catalogado a ciertos centros de “retrógrados” sólo por pertenecer a la iglesia. Creo que está claro que no soy yo precisamente de las que piensan mucho antes de hablar. Tampoco voy a defender que haya que hacerlo obligatoriamente. Como dice mi idolatrada Simone, “la palabra es sólo una manera más original de estarse callada”, pero sí voy a revisarme eso de infravalorar sistemáticamente todo lo que tenga que ver con la iglesia, como si todo lo que tuviera crucifijos estuviera podrido. Lo mencioné una vez, y vuelvo a decirlo: ‘Entre señorita y garçonne’ de Miren Llona me dejó patidifusa, por descubrir gracias a ella y a los testimonios orales que comparte en su obra el notable papel que el nacionalismo+catolicismo, fomentando la (poco original) figura de “mujer=madre” tuvo a la hora de definir y revalorizar el papel de las mujeres de clase media vasca en un periodo en el que estaban prácticamente vetadas de la vida pública. Yo sólo digo dos cosas: que pese al estigma que puedan haber tenido para mí, empezaré a visibilizar las acciones positivas que los centros no laicos están llevando a cabo, y que me he comprado el último libro de Itziar Ziga .Estoy deseando meter con calzador en mis clases de Inglés presididas por Jesucristo referencias a estas mujeres ‘Malditas’ cuya importancia es proporcional al inmenso olvido en el que se han visto sumidas en los libros de texto ordinarios. ¡A saber que sale de todo esto! ¡Viva las mezclas eclécticas! ¿Podré dejar caer miguitas de que soy bollera cuando menos se lo esperen? Todo esto y mucho más, después de publicidad.

Nota de la editora: Este artículo fue escrito en enero, pero por motivos de actualidad, priorizamos la reseña del libro de Itziar Ziga, ‘Malditas’, y el desahogo por la censura a Memes Feministas en Facebook. A fecha de marzo, María Unanue sigue su periplo de sustituciones por centros concertados, ahora en un instituto en el que lidia con lxs hijxs de la élite más selecta y en el que su principal preocupación es si puede llevar Dr. Martens a clase.

¿Hay que pensar antes de hablar?
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María Unanue

Adoro aprender por ciencia infusa, las flores y las patatas en todas sus formas.

    Comentarios recientes

    1. lyra

      Durante muchos años despotriqué contra la educación católica que recibí con embudo durante 15 años y contra lo «antinatural» de haber pasado mi infancia y pubertad sin niños, con o, de mi edad. Y, aunque sigo creyendo que el modo en que se nos adoctrinó contra ciertas cosas fue lamentable (contra el aborto, por ejemplo, aunque creo que fue, sobre todo, cosa de una monja-profesora concreta), la verdad es que hace tiempo que le doy vueltas al hecho de que crecí rodeada de mujeres que sabían mucho, que llevaban una empresa juntas y que –tal vez precisamente por lo homosocial de todo ello– nos trataron como personas independientes, con libre albedrío y con capacidad de crecer, de identificar y combatir la injusticia. Las pocas veces que me encontraba con niños fuera del colegio, hacían cosas raras, como mirarme debajo de la falda, o endosarme muñecas y reírse. En el colegio de monjas, jugábamos a las casitas y al fútbol, a superhéroes y a cambiar cartas de olor. Lo que significaba ser niña/mujer no vino hasta mucho más tarde, pero para entonces yo ya era atea y había renegado de todo lo aprendido con las monjas. De lo malo, y de lo bueno.

    2. Sonia Herrera

      Me ha gustado mucho el artículo de María porque ayuda a romper con los prejuicios por muy argumentados que estos puedan estar. Yo llevo años vinculada a la iglesia de base e intentando que la gente de mi alrededor distinga entre Rouco Varela, el arzobispo de Granada y cía y esa otra iglesia que sí me representa: la de Oscar Romero, Ignacio Ellacuría, Lucho Espinal y Pere Casaldàliga, la de la HOAC y las JOC; la de la IT donde me eduqué; esa iglesia autocrítica y que cuestiona el poder y las desigualdades; la iglesia de Pepa Torres y la Red Interlavapiés, la de Pau Vidal y Álvar Sánchez, dos jesuitas catalanes que se dejan la piel en los campos de refugiados de Maban, en Sudán del Sur; la iglesia de Teresa Forcades, de los colectivos de Católicas por el Derecho a Decidir, la del Lloc de la Dona de las Oblatas y el trabajo de las adoratrices en la denuncia de la trata y la explotación sexual; la de Margarita Pintos y el Col·lectiu de Dones en l’Església, la de Ivone Gebara y y Mª José Arana; la iglesia que acompaña a los colectivos de gays y lesbianas católicos; la iglesia de Joan Chittister, Carol Gilberth, Jackie Hudson, Ardeth Platte, Dorothy Mae Stang y otras monjas cañeras de la LCWR (Leadership Conference of Women Religious); y también la de Cristianisme i Justícia (el centro donde trabajo como responsable de comunicación desde hace más de dos años y donde mi mirada y militancia feminista ha calado tanto en el día a día como en las publicaciones del centro). ¡Claro que existe esa iglesia casposa, capitalista, violenta y patriarcal! Y por desgracia sigue siendo la cara más visible porque sigue ostentando el poder… Pero en el otro lado somos más aunque se nos invisbilice.

    3. Rosa

      Me encanta el artículo. Yo me eduqué tambien con la Institución Teresiana, y aprendí a ser libre y crítica. A no aspirar a menos ni ser menos por ser mujer. Soy católica y feminista y quiero una iglesia distinta de la del poder y el patriarcado. Y trabajo con muchos centros católicos que promueven una educación no sexista y que trabajan ppr la equidad. Hay muchos prejuicios y qué flaco favor nos hacen!

    4. vir

      Q gracia! Ya se en q centro es…fui la encargada de dar esa charla sobre coltan, congo y la tecnologia al claustro en enero….q pequeño es el mundo…

    5. Chul

      El otro día me encontré con una maravillosa sorpresa cuando acudí a trabajar a la academia donde doy algunas clases. Sustituí a una compañera que estaba de viaje y me puse con sus niños (de 3º de la ESO) a hacer los deberes. Y what a surprise! Deberes de religión pa mí. Yo no recibí ningún tipo de educación religiosa en ningún momento de mi vida y cuando me entrevistaron para dar clase en esta academia, situada en el barrio de mi ciudad en el que se encuentran los colegios más religiosos del lugar (incluso en los que hay segregación por sexo, para mí, impensable), nadie me preguntó por ello. Tampoco daba un duro porque me quisieran a mí, sin haber terminado la carrera. PEro resulta que sí. Y resulta que, por supuesto, todos los niños que acuden son lo mejor de lo mejor, la crème de la crème, los más de postín y los más cubiertos de oro blanco que he visto jamás. Son unos niños increíbles. Se sientan rectos y te borran la pizarra cuando se lo pides. Dicen «perdón» y «por favor» y dentro de su inconsciencia (y mira que los hay inconscientes, los tíos roñosos) son de lo más amable y educado que te puedas echar a la cara. Pues resulta, volviendo a lo mío, que tenía deberes de religión. Y la jefa por ahí rondando. Y yo con mi cara de póker. Resultó que el niño en cuestión tenía que rellenar un cuestionario sobre la historia del cristianismo, las persecuciones, el edicto de Milán y cosas de esas que a mí me contaron en historia del arte en su día. La experiencia fue tan poco mala (dentro de lo que podría haber sido) que cuando la semana siguiente me encontré con mi alumnito habitual, decidí comentar con él un artículo de la JotDown sobre la visibilidad lingüística del género femenino. Ahora, el niño dice «la médica» y no «la médico». Fuck the police.

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