¿Por qué resultan poco eficaces las políticas de conciliación de la vida laboral y familiar? Análisis, Planeta

Las declaraciones de la presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica Oriol; la denuncia contra el concejal de Madrid que relevó a una trabajadora de su puesto por estar embarazada, y la noticia de que Apple y Facebook facilitarán la congelación de óvulos de sus empleadas no son más que la punta del iceberg del rechazo del mercado de trabajo a las interferencias de la vida personal, especialmente la reproductiva, en sus objetivos económicos. Las políticas de conciliación suponen un conjunto de parches bienintencionados pero, por lo comprobado, no demasiado eficaces.

Acto reivindicativo convocado el pasado domingo por la Plataforma por los Permisos Iguales e Intrasferibles en Madrid./ PPIINA

Acto reivindicativo convocado el pasado domingo por la Plataforma por los Permisos Iguales e Intrasferibles en Madrid./ PPIINA

La conciliación de la vida laboral y familiar es una cuestión social de primer orden que aún no pasa de ser una aspiración, a pesar de los discursos políticos grandilocuentes. La prueba: los tres casos que en estos días han ocupado los titulares de los medios y que ponen de manifiesto la actitud del mercado laboral ante la maternidad de las trabajadoras. Tres situaciones que suponen una realidad cotidiana para miles de mujeres.

Primero fue la presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica Oriol, quien, en un alarde de franqueza que se le fue de las manos, criticó la regulación laboral que protege el derecho a la maternidad y establece una serie de permisos que permiten atender las responsabilidades familiares, y “advirtió” de la exclusión de las mujeres de entre 25 y 45 años de la oportunidad de ser contratadas como consecuencia de esa protección.

No debería sorprendernos tanto esa crítica del empresariado a la regulación, que siempre la encuentra excesiva porque preferiría dirigir sus negocios bajo el único marco legal del “todo vale si genera más beneficios”. Y considera la maternidad, o su mera posibilidad, una perturbación inaceptable para la actividad productiva, que tiende a apropiarse cada vez más de la vida de las personas. El concepto del horario, trasnochado, ha sido sustituido por el de plena dedicación en esta deriva hacia la máxima competitividad y producción, favorecida además por unas tecnologías que han hecho desaparecer los límites de espacio y tiempo que antes tenía la jornada laboral.

Después llega por parte de algunas de las más idolatradas empresas tecnológicas, como Facebook y Apple, una propuesta disfrazada de modernidad, de “sensibilidad” hacia el “problema” de las mujeres que quieren ser madres y desarrollar una brillante carrera profesional, para que discriminarlas: se les paga la congelación de sus óvulos y ya cuando se jubilen que tengan hijos e hijas. Llegado el caso, siempre podrían utilizar los cochecitos de bebé como andador. Es su manera de compensar el “compromiso laboral” de sus trabajadoras. Sus argumentos resultan perversos, lo presentan como un beneficio para sus empleadas, como un apoyo para que logren tener la vida que quieren, como un medio para atraer el talento femenino.

Estas empresas presuntamente sensibles, como Facebook, ofrecen servicios de comida gratis, guarderías, salas de lactancia, gimnasios, piscina, yoga, peluquería…, se acercan a las japonesas, que incluso llegan a disponer de nichos donde dormir. Todas las necesidades cubiertas sin salir de la empresa, a excepción de las visitas regulares a los centros comerciales para consumir –a eso lo llaman ocio-, y así sostener este disparatado sistema.

Por último, un cargo político del Ayuntamiento de Madrid, el concejal del distrito de Hortaleza, Ángel Donesteve, infringe la legalidad discriminando a una empleada que cumple perfectamente sus funciones, relevándola del puesto que ocupa porque, como ha sido madre, tiene otras prioridades y no está dispuesta a destinar veinticuatro horas al día a los intereses electorales del susodicho, que lo ha justificado con el argumento de que “necesita el máximo rendimiento y número de horas de trabajo”. Tampoco en el ámbito público parece que los límites de la jornada laboral estén en su mejor momento.

Estos ejemplos no son más que la punta del iceberg del rechazo del mercado de trabajo a las interferencias de la vida personal, especialmente la reproductiva, en sus objetivos económicos, en los que trabajadores y trabajadoras solo son un instrumento más.

La ventaja de hacer poco de padres

El concepto de conciliación se incorpora al lenguaje laboral en las últimas décadas del siglo XX, consecuencia de la demanda generalizada de la mano de obra femenina tras la masiva incorporación de las mujeres al empleo remunerado, sin que la sociedad haya resuelto la histórica y discriminatoria distribución de tareas entre sexos. Distribución que ha permitido a los varones delegar tranquilamente todas sus responsabilidades familiares en sus esposas o parejas. Más aún, ni siquiera se han dado por aludidos en el conflicto que éstas mantienen frente a las exigencias de dedicación de las empresas, que apenas han transitado del siglo XIX al XXI en lo que a derechos laborales se refiere. Incluso tras esta etapa de crisis, están más cerca del XIX que del XX.

El “problema” no es, por tanto, que las trabajadoras puedan ser y sean madres, sino que los trabajadores hagan poco de padres. Lo que les proporciona a estos una gran ventaja laboral: mejores puestos y mayores salarios, no por tener más capacidad o cualificación, sino por tener más tiempo disponible. Mientras, las madres trabajadoras han tenido que autoorganizarse con estrategias personales que han ido desde la ya consabida doble jornada (cuatro horas diarias más de trabajo, de media) hasta la contratación de sustitutas en el hogar, pasando por el recurso al voluntariado de otras mujeres de la familia o al de las multiactividades infantiles.

En este contexto se ponen en marcha las llamadas políticas de conciliación de la vida laboral, familiar y personal. Un conjunto de parches bienintencionados pero, por lo comprobado, no demasiado eficaces. Se podría decir que proporcionan a las mujeres algo de oxígeno, pero sin permitirles sacar la cabeza de debajo del agua.

Políticas aplicadas en parte por las masculinizadas organizaciones sindicales que, hasta ahora, han utilizado las medidas de conciliación como cromos para intercambiar por otro tipo de contrapartidas con el sector empresarial, a pesar de la presión de sus esforzadas secretarías generales de la mujer. Así al menos lo reconocen, en voz baja, algunas sindicalistas implicadas en las negociaciones colectivas.

¿Por qué son poco eficaces? Primero, porque tratan la necesidad de conciliación de la vida laboral y personal como un problema que hay que solucionar, como un obstáculo a la producción, en vez de enfocarlo como un factor de bienestar social. Apenas se cuestionan las largas jornadas laborales y se busca sólo cómo extraer de ellas el tiempo imprescindible para los cuidados. Cuando se habla de racionalización de horarios se acaba haciendo más alusión a prolongar los escolares o comerciales que a racionalizar la dedicación al trabajo. Dedicación que en España es a todas luces desmesurada, cuando puede alcanzar fácilmente las 10 o 12 horas diarias en determinadas circunstancias, empleos y/o categorías.

Segundo, porque aunque los permisos y excedencias por cuidados se establecen para trabajadoras y trabajadores, solo en torno a un 2% de estos últimos se acogen a ellos. Mientras esos permisos no sean exclusivos y equivalentes para mujeres y para hombres, y no se actúe de forma intensiva sobre el “factor cultural” que continúa atribuyendo exclusivamente y con carácter prioritario a las mujeres el rol familiar, este desequilibrio seguirá jugando en contra de la igualdad de oportunidades y condiciones para las mujeres en la inserción, permanencia y promoción laboral. Y por tanto, generando un privilegio para los hombres.

Tercero, porque el empresariado tiene un margen muy amplio, a pesar de las quejas sobre la “excesiva” regulación, en la aplicación de las medidas legales. Por ejemplo, la flexibilidad horaria y la reducción de jornada: la primera opción debe adoptarse mediante acuerdo empresa-trabajador/a, pero para muchas empresas lo fácil es impedir ese acuerdo. Eso obliga a las interesadas a tener que recurrir a la reducción de jornada, con la consecuente reducción salarial, aunque sin ninguna garantía de que esa reducción horaria vaya a ser luego respetada, o de que no van a acabar haciendo el mismo trabajo en menos horas.

Cuarto, porque el ejercicio de esos derechos de conciliación en muchas ocasiones pasan factura a quienes se acogen a ellos, y no en términos de pérdida de oportunidades, que también, sino en términos de represalias: desde modificación de las condiciones del puesto de trabajo al despido puro y duro. Y sobre el supuesto blindaje a que hacía alusión Mónica Oriol, justificar “objetivamente” un despido con la legislación actual es pan comido para las empresas, con o sin maternidad.

En estas circunstancias no es de extrañar que muchas trabajadoras acaben renunciando a ejercer sus derechos, a defenderse si hay presión o a retrasar indefinidamente la edad de la maternidad, más en una situación en la que la reforma laboral aprobada en 2012 y la altísima tasa de desempleo en nuestro país ya han permitido podar la mayoría de los derechos y protección legal de los y las trabajadoras conquistada a lo largo del siglo XX. No hay que recurrir a muchas investigaciones para saber que, una vez más, las principales perjudicadas de este proceso van a ser las mujeres.

Las políticas de conciliación no pueden ser exclusivamente unas políticas de apoyo al empleo femenino. Entre otras cosas porque el embarazo dura nueve meses y la lactancia alguno más, pero en el resto del tiempo de crianza, bastante más largo, los padres deben tener el mismo grado de implicación. Sin prejuicios patriarcales y sin mantener la atribución a las mujeres de unas responsabilidades que deben ser compartidas al cincuenta por ciento, el empleo femenino no se vería resentido porque no hay ninguna razón objetiva para ello.

Tampoco pueden ser exclusivamente unas políticas de apoyo a la familia, puesto que se trata de defender el derecho a tener una vida privada más allá de la dedicada a producir, con un necesario equilibrio de tiempos. De la misma manera que aunque son muy necesarios, los servicios públicos de cuidados, accesibles y de calidad, que es otra demanda para favorecer la conciliación, no pueden sustituir el tiempo compartido con los hijos e hijas.

Ni mucho menos las políticas de conciliación deben quedar al arbitrio de la voluntariedad de las empresas, por muy buenas intenciones que apliquen en sus políticas de recursos humanos bajo el paraguas de la responsabilidad social corporativa -algo inventado por el marketing para suavizar la mala imagen de las corporaciones, que lo mismo sirve para financiar proyectos de beneficencia que para “ayudar” a las mujeres a soportar mejor “su carga”.

Someter a las mujeres a la tesitura de elegir entre su deseo de maternidad y su deseo a desarrollar una vida laboral y profesional conculca de forma flagrante sus derechos fundamentales. Es un sacrificio que se les está imponiendo desde un sistema productivo voraz con la vida de las personas trabajadoras. Aunque puedan criogenizar sus óvulos.

Defender el bienestar social

Las consecuencias son el “suicidio demográfico” -en palabras de la catedrática de sociología Mª Ángeles Durán-; la perpetuación de la discriminación laboral de las mujeres, que sigue penalizada en un mercado laboral incapaz de adaptarse a un modelo social igualitario y que sirve para forzarlas a aceptar peores condiciones de trabajo; y un gran déficit en las aspiraciones de bienestar social, que no es más que la suma del bienestar personal y familiar.

Este bienestar social, evidentemente, tiene un coste que debe ser asumido por un Estado que se configura como social y democrático de Derecho, con impuestos sobre el capital y los beneficios como forma de redistribuir la riqueza y devolver a las personas trabajadoras su contribución a la generación de esa riqueza. Lo que en ningún caso puede seguir ocurriendo es que el bienestar en las familias siga recayendo sobre las espaldas de la mitad de la población, sólo porque tengan la capacidad de procrear.

Los argumentos y estrategias para que la conciliación de vida laboral y personal sea posible están todas sobre la mesa: la reducción y flexibilidad de jornadas laborales, el incremento de servicios públicos de cuidados, la racionalización de todos los horarios, la protección de la natalidad como un bien social, los permisos más amplios y exclusivos para hombres y mujeres, la corresponsabilidad real, las políticas de responsabilidad social corporativa, las de competitividad vía talento femenino, etc. Medidas que avanzan tímida y aisladamente, pero que, mientras no se produzca una acción política determinante y audaz que defienda el bienestar social por encima de los intereses económicos, no pasarán de ser parches.
Mientras esto no ocurra, las jóvenes seguirán teniendo que responder sobre sus planes de maternidad en las entrevistas de trabajo, los hombres seguirán eligiendo libremente y sin cortapisas la edad a la que quieren ser padres… o se acabará exigiendo a las trabajadoras certificado de esterilización.

¿Por qué resultan poco eficaces las políticas de conciliación de la vida laboral y familiar?
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Periodista especializada en igualdad y comunicación.

    Comentarios recientes

    1. ingeniero

      Me pregunto cuántas mujeres aceptarían en realidad que sus parejas fueran las que redujeran sus jornadas o directamente se tomaran un descanso en el desarrollo de su vida profesional para cuidar a los hijos. Hay trabajos que requieren dedicación en cuerpo y alma y se trata de elegir prioridades e intereses en la vida. Una mujer con ambición profesional solo tiene que renunciar a los que los hombres con igual ambición han venido renunciando siempre: el pasar tiempo con la familia y el educar y cuidar a la prole. Pero para ello debe elegir emparejarse con hombres que carezcan de la misma ambición. El país está lleno de funcionarios que terminan a las 2 o las 3 de la tarde, y de hombres ahige a los que les encantaría quedarse en casita en vez de tener que aguantar a un jefe o jefa insorpotable. Sin embargo, estas mujeres siguen eligiendo como compañeros a hombres en buenas posiciones y trabajos exigentes.

    2. Lola O'keeffe

      Es precisamente por eso ingeniero, pq debemos elegir? como dice Mª José en el artículo se trata de una necesidad de Bienestar social no debe “venderse” como una forma de vida excluyente. El caso es que si yo quiero desarrollarme profesionalemente (como un hombre), primero debo de conseguir un trabajo que confíe más en mis capacidades, títulos y experiencia que en tener un útero; pq en lo tiempos que corren este órgano está muy penalizado, tanto que desconfian de tu disponibilidad por el hecho de tener la posibilidad de engendrar. Segundo, debo renunciar completamente a la posibilidad de ser madre, pq como digo las jornadas IMPRODUCTIVAS de 40h y más a la semana, en este país son la norma, y claro o soy profesional o soy madre no hay posibilidad de hacer las dos cosas segun tu planteamiento… esto es lo que hay te jodes y tienes que elegir!- no será que el sistema está eligiendo por mi!- y Tercero ; el colmo! elegir con quiero reproducirme según sus grados de ambición? en serio? no es más obvio que ambos progenitores DISFRUTEN del cuidado de su bebé gracias a los derechos generados a través de su cotización?! no es más lógico que podamos elegir y tengamos posibilidad para hacerlo?!

      1. ingeniero

        Si ser madre significa entrar en el curro a las nueve y salir a las dos, no, no vas a llegar lejos en la empresa frene a las que se partan el culo en la oficina. La vida está hecha de elecciones y prioridades, qué le vamos a hacer.

    3. Noe

      “Hola, soy un hombre con mucha ambición profesional y que tiene claras sus prioridades e intereses en la vida, así que he decidido tener hijos y renunciar a educarlos y cuidarlos”
      Ingeniero…no seas malo

      1. Pereza

        El error de concepto – autoengaño, más bien – que tenéis las feminas es creer que el hombre que se dedica a trabajar se desentiende de sus hijos. Se dedica a trabajar precisamente para cuidar de sus hijos. Para garantizarles, para empezar, el necesario dinero que pagará sus techos, sus colegios, sus alimentos y su vestido. Y que en un mundo cada vez más competitivo, si quieres que tu hijo no pase del colegio a la cola del paro, exige cada vez mayores inversiones y, por tanto, mayores ahorros. Por eso, vuestros posicionamientos me recuerdan mucho a los de mi ex cuando, ante mis recomendaciones para que emigráramos donde pudiésemos tener un salario digno, ella me decía “me basta con que mis hijos sean buenas personas”. Hija mía, en la cola del paro hay seis millones de buenas personas… Yo también deseo que sea buena persona pero, desgraciadamente, eso por sí sólo no te garantiza un futuro. Y eso, amiga, es lo que no os da la gana reconocer. ¿Y sabes por qué? Porque la contribución femenina en este sentido es entre NULA y CASI NULA. Pondría en relevancia la falta de compromiso por vuestra parte en el futuro familiar y eso no os mola.

      2. Carolina

        Supongo que será porque tienes a alguien que te los cuida, si no te veía gritando por mayor conciliaxion

        1. Pereza

          Toda mujer – todo hombre – puede tener alguien que cuíde de sus hijos, querida. Está el padre – o la madre -. Están los abuelos. Están las guarderías. Están las cuidadoras. Tú decides qué opción o qué combinación de opciones prefieres. Naturalmente, algunas cuestan dinero, como no podía ser de otra forma. Tú verás qué prefieres, si trabajar para pagar a alguien que cuíde de tus hijos y te salga lo comido por lo servido, o trabajar para tu propia familia.

    4. Pereza

      Contestaré a las frases del artículo con frases concisas… La incorporación de la mujer al empleo remunerado se ha producido más como opción que como obligación. Por eso no se produce el cambio. Porque la mujer al trabajar, busca su propia independencia. El hombre, al trabajar, busca mantener y sacar adelante una familia. La mujer piensa en sí misma. El hombre, en la unidad familiar. Las ambiciones, desde luego, son muy distintas porque no es lo mismo ganar dinero para uno – caso de ella – que para varios – caso de él -. Así pues, el primer problema hay que buscarlo en la forma en que la mujer se plantea su futuro. Y es que parece que no hay forma de que busque solucionar su futuro por sí misma. Tiene que venir a sacarles las castañas del fuego un hombre – que casualmente suele ganar más que ella – o, como ahora reclaman cada vez más, que sea Papá Estado.

      Si el hombre ha conseguido conciliar ser padre y progresar laboralmente delegando los cuidados, la mujer puede hacer exactamente lo mismo. ¿Cómo nos vamos a dar por aludidos por el conflicto de ellas cuando ya sabemos la respuesta? Lo que sucede – ay – es que no es la respuesta que ellas quieren escuchar… ¿Por qué las empresas prefieren hombres con hijos? Porque son los más comprometidos. ¿Por qué no prefieren mujeres con hijos? Porque son las menos comprometidas. ¿Por qué el hombre con hijos se compromete más? Porque tiene más responsabilidades económicas. Y la pregunta, entonces, debería ser: ¿Por qué entonces las mujeres no se comprometen más? ¿Están siendo financieramente irresponsables? Admitámoslo: Es una pregunta que las mujeres no quieren ni escuchar. Y, efectivamente, todo indica que la mujer trabajadora con hijos, por lo general, actúa de manera financieramente irresponsable descuidando su fuente de ingresos. Y los ingresos, en mi pueblo, suelen ser lo más importante puesto que un estómago vacío difícilmente podrá dedicarse a otra cosa. Al amor, al estudio, en fin…

      El problema, por tanto, es que las mujeres no están dispuestas a realizar los sacrificios que sí han llevado a cabo los hombres. La progresión laboral se hace a costa de cuidar menos a la familia y viceversa. No hay vuelta de hoja.

      El planteamiento de la congelación de óvulos responde a una realidad que las talifemis os empeñáis en ignorar: La progresión laboral y disfrutar de la maternidad – a vuestro estilo hedonista – es incompatible. Es imposible. Sencillamente, no se puede. La progresión laboral exige disponibilidad, flexibilidad, compromiso, sacrificio que son, precisamente, las mismas exigencias que tiene la maternidad-paternidad. Existe, por tanto, conflicto de intereses entre ambas actividades. La progresión laboral exige, por ejemplo, que viajes dos días a Dubái. Justo los dos días que tu hijo se pone enfermo. Toca sacrificar una de las dos cosas. Y esto, amigas, no tiene remedio. Porque cualquier persona que no tenga hijos o que delegue el cuidado de sus hijos, pasará por delante por una sencilla cuestión práctica. Esa persona está disponible el 100% del tiempo. Vosotras, digamos que el 60% – por decir algo. En cualquier caso, siempre menos -. Está claro quién interesa.

      Y, la verdad, el problema de la mujer y la progresión laboral se puede resumir en algo que habéis escrito: “la ventaja de hacer poco de padres”. Y a esto me refiero concretamente a las ventajas que tiene que no terminéis de asumir lo que sí asume el rol masculino. Hacéis muy bien de madres, pero de padres, fatal. Porque es muy desagradable. Y lo sabéis. Y os negáis. Pues a bregar con las consecuencias, majas…

      Las trabajadoras serán madres, pero la parte de la responsabilidad financiera – la parte de “padre” – la llevan fatal. Nada de lo que presumir, vaya. Y como vosotras no asumís la labor de “padre”, nos resulta imposible a nosotros asumir la labor de “madre”. Porque en este caso sí se sabe qué va antes, si la gallina o el huevo: Primero va la seguridad económica – el atávico rol de padre – que es la que permite el tiempo para los cuidados – el atávico rol de madre -. Hoy día, quién lleve a cabo esos roles es indiferente. Lo que pasa es que a las mujeres, por lo general, el rol de padre se les atraganta. El rol de padre, puntualizo, no consiste en trabajar. Es mucho más que eso. Consiste en preparar el futuro, en no poner los ingresos en riesgo, en buscar posiciones cada vez más favorables, en procurar mayores oportunidades para todos, generalmente, a costa de las suyas. La doble jornada, amigas, ya la viven los hombres con hijos en su trabajo, pues las mismas horas de más que las mujeres trabajan en casa, las trabajan ellos fuera de casa.

      ¿Por qué las medidas no atajan el problema? Porque son equivocadas. Porque no reconocen la realidad del problema. Porque cuando el diagnóstico es equivocado, el remedio no funciona. Para empezar, las medidas de conciliación, así como las medidas de “igualdad” son enormemente costosas. Y la igualdad sólo es sostenible cuando las economías son tremendamente excedentarias. La igualdad no es natural. Es una impostura que queda muy bien, pero es enormemente costosa por su artificialidad. Por tanto, en una economía como la nuestra, en paro cardíaco, la cosa se antoja complicada. Salvo para funcionarios y grandes corporaciones.

      ¿Permisos de paternidad obligatorios para los hombres? Me parece perfecto, pero nada cambiará porque lo que diferencia a hombres y mujeres es su cambio de actitud al regresar al trabajo tras la baja. Ellas se distancian del mundo laboral, ellos se comprometen más. Que es a lo que se refería Mónica de Oriol. El factor cultural parece tener mucho que hacer todavía en las mujeres… Quieren estar en misa y repicando. Difícil labor…

      ¿Flexibilidad horaria? Eso dependerá del tipo de trabajo. Si ese trabajo necesita de una persona sustituta, el empresario lo va a tener complicado porque resulta difícil buscar sustituta para una vendedora, por ejemplo, que un día falta dos horas a primera hora y al día siguiente tres horas por la tarde. De nuevo, ese tipo de situaciones multiplican sus gastos y reducen su competitividad poniendo a su empresa, si tiene problemas, en posiciones muy precarias. Y, por cierto, ¿quién tiene que compensar las reducciones salariales de la reducción de jornada? El esposo, trabajando más horas y más duramente.

      Ejercer los derechos de conciliación pasan factura. Naturalmente. No rindes igual que el resto y eso se paga, es lógico. ¿Qué te lleva al despido? Pues es que resulta que hay empresas que viven al día y situaciones como estas les descuadran la subsistencia. Y sí existe tal blindaje porque en este país el despido objetivo no existe. Todos los despidos, incluso los procedentes, se acaban gestionando como improcedentes para que el trabajador obtenga compensación por ellos y no dé murga.

      Si os dais cuenta, amigas, todas estas circunstancias derivan de una: El cambio de actitud laboral que se produce en la mujer al ser madre. Cambio de actitud absolutamente voluntario. Por tanto, ahí tenéis la solución: No cambiéis de actitud laboral al ser madres. Convertíos en el motor económico de vuestras familias. Delegad los cuidados en vuestros esposos o en terceras personas. Buscad hombres dispuestos a reducir sus jornadas pero antes de tener a vuestros hijos, no después. Porque casaros con un hombre que gane más que vosotras para mantener vuestras opciones y luego esperar que ellos cambien, como que no. Sed madres libremente, pero aceptad que sean otros quienes cuiden a los niños.

      Finalmente, da vergüenza escuchar de vosotras que “someter a las mujeres a la tesitura de elegir entre su deseo de maternidad y su deseo a desarrollar una vida laboral y profesional conculca de forma flagrante sus derechos fundamentales”, cuando los hombres llevan siglos eligiendo.

    5. G.

      Lo siento mucho pero en este tema lo tengo muy claro: o decides ser madre o decides dedicarte a tu trabajo. Conciliación no va a haber nunca, asumámoslo, y no se puede tener todo: un embarazo tranquilo en las condiciones inhumanas de tener que trabajar hasta casi el día del parto (por Dios bendito, una mujer embarazada lo que necesita es reposo y descanso, NO IR A TRABAJAR), hijos, puestazo, horario flexible… Además, desde el punto de vista de los bebés tampoco es bueno: un niño no puede estar desde los cuatro meses en una guardería, necesita a su madre. Las mujeres que decidimos no ser madres, aunque tampoco nos queramos dedicar cien por cien a nuestro trabajo, la verdad es que no entendemos muchos de los privilegios a los que pueden acceder las madres. Y sí, digo privilegios aunque se me echen todas encima, porque en este país una media jornada sólo puedes solicitarla en la mayoría de las empresas y la gente ve esa petición plenamente justificada si tienes hijos. ¿Qué pasa, que mi vida vale menos por no tener hijos? ¿Y si quiero dedicarme a otras cosas y trabajar sólo media jornada, sólo tengo derecho si soy madre? Lo mismo ocurre con las vacaciones, que hay que cogerlas en función de lo que mejor les venga a las madres en plantilla, de los marrones que puedes comerte cuando les toca llevar a los niños al médico, de las excusas por funciones escolares o tutorías… A las que elegimos no tener hijos se nos pide estar siempre al cien por cien en nuestro trabajo, cosa que no sucede con las que son madres, y no lo veo justo. Así que hasta cierto punto entiendo y comparto las declaraciones de Mónica Oriol: yo no contrataría a mujeres que pueden suponer problemas a los compañeros o a la empresa, lo siento mucho.

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