Gracias por haberme salvado la vida Cuerpos, Opinión

He tenido dos abortos. Me ha hecho falta interrumpir voluntariamente dos embarazos no deseados para parar en seco y preguntarme si estaba haciendo las cosas bien.

Nací en una familia totalmente estructurada y funcional con roles tradicionales de los que bebí. Repetía paso por paso los modos de actuar mamados. Los cuentos que me leían, los que posteriormente leería yo, mis juguetes, la televisión, las revistas, la publicidad y mi entorno, me hicieron creer que calladita y complaciente estaba más guapa. Y yo, cómo cualquier niña, adolescente y persona adulta que aspira a ser “normal”, sólo quería resultar agradable, para encajar en el mundo que me había tocado, y vivir felizmente. Así que no me molesté en darle demasiadas vueltas a nada. Hacía lo que me decían.

No sé si fue una decisión o si en realidad apenas tuve margen de maniobra, pero desde que empecé a hablar, he sido un encanto. Mi vida ha girado en torno a gustar al resto, para poder gustarme yo. ¿Y qué mejor para gustar que acceder a todo lo que te piden, e incluso anteponerte a las necesidades o deseos ajenos y ser la más detallista de la pista? Debo decir que mi caso no creo que fuera un caso aislado, porque miro a mi alrededor y constato que nuestra valía, la de las mujeres educadas de forma tradicional, más a menudo de lo que nos gustaría, la marcan desde afuera. Y nosotras nos creemos lo que dicen de nosotras. Lo hacemos nuestro. Al menos es mi caso.

¿Le cuesta a alguien entender que muchas mujeres que hemos tenido sexo sin protección lo hacíamos no por gilipollez innata, ni desinformación, sino por seguir con nuestro rol de mujeres complacientes?

Todo iba bien en la niñez y en la adolescencia temprana. Pero cuando empecé a tener encuentros eróticos de coito vaginal sufrí un cortocircuito de los más heavy. Por un lado me dicen que tenga sexo “con cabeza” y utilice anticonceptivos de barrera para prevenir lo prevenible. Por otra parte, yo no sé si me habré relacionado con garrulos, en ciertas fases de mi vida, pero todos los tíos con los que he estado decían la frase hecha de “No se siente lo mismo. A pelo es mejor.”

No puedo hacer otra cosa que infatilizarme, porque yo con dieciséis, diecisiete y dieciocho años, era una niña. Una niña mayor con su menstruación y su derecho al voto, pero una niña al fin y al cabo. Y empezaban mis dilemas internos. Yo nunca he disfrutado especialmente del coito vaginal. Hasta los diecinueve ni siquiera sabía lo que era el clítoris. Era una de aquellas que no se masturbaban. Así que mi exploración corporal la han hecho los novios de turno, que iban informándome de los respectivos avances: se te ha roto el himen, tienes un coño precioso, lubricas fatal y demás estupideces. A mí todo me la traía al pairo, yo estaba centrada en gustar. En sentirme válida, útil, importante, especial, diferente, única: la mejor. Quiero insistir en que aunque parezca una perturbada inestable y desequilibrada, esto se da con más frecuencia de lo que nos gusta admitir. Basta con autoanálisis, interés o un par de sesiones de terapia para que salga todo a la luz.

¿Tiene alguien alguna duda de por qué prescindía esporádicamente de condones, píldoras, anillos vaginales o sentido común, o la cosa está bien explicada? Para gustar. ¿Le cuesta a alguien entender que muchas mujeres que hemos tenido sexo sin protección lo hacíamos no por gilipollez innata, ni desinformación, sino por seguir con nuestro rol de mujeres servidoras, cuidadoras y complacientes? Cuidadoras con el resto, claro está, porque a nosotras flaco favor nos hacemos con estas prácticas de mierda.

Pero la vida son decisiones y azar. Y cuando ambas se unen, resulta que puedes quedarte embarazada. Ese fue mi caso. La primera vez tenía 22 años, y lo descubrí con 23. Mi cumpleaños estuvo entremedias. Me quedé embarazada de mi novio con el que llevaba un año y pico. Lo sorprendente es que no me hubiera quedado embarazada antes. Porque hice mucho el idiota. Hicimos mucho el idiota. Pero sobre él no recae culpa, ni bombos, ni raspados. Me quedé embarazada un 28 de junio y descubrí que estaba encinta a finales de julio cuando no me bajaba la regla. Tenía las tetas hinchadas como dos balones de baloncesto y me notaba inflada en general. Yo que siempre he sido “de comer salado”, devoraba brownies y donuts. Una cosa muy rara.

En cuanto vi el resultado del test de embarazo supe que abortaría. Lo cierto es que flipé bastante, porque no creía que esas cosas les pasaran a gente como yo. Yo soy una tía con suerte. Con estudios. Mi familia tiene suficiente pasta para haber vivido cómodamente. Y no soy “una de esas perdidas” que anda por ahí. O eso pensaba yo. Porque ahora sé que en esa distinción entre “ellas las perdidas y nosotras las correctas” no hay ninguna diferencia que no sea económica. El maldito nivel adquisitivo de tu familia determinará si serás una de esas (utilizo este tono despectivo parodiando la realidad) “chonis catetas que se quedan preñadas con 16, y además lo tienen”. Yo tenía claro que abortaría. No tenía ni puñetera idea cómo. Pero lo haría.

No perdí el tiempo. Entré en Internet, busqué clínicas y concerté una cita para dentro de una semana. Por supuesto, por teléfono me dijeron que después de esta llamada tenía que pasar al menos un plazo de tres días en el que me pensara mi decisión. Y que después volviera a llamar. Aborté un 4 de agosto en Estados Unidos (que era donde vivía). Pagué alrededor de 600 dólares. En la entrada de la clínica privada en la que lo hice, había un camión con fotos gigantes de fetos siendo atravesados por agujas. Y de bebés recién nacidos. En la misma puerta en la que yo tuve que pasar para meterme dentro de la clínica, había un cura vestido de cura y unas seis mujeres con rosarios, sollozando y gritando que “por favor no entres ahí”, “piénsalo, podemos ayudarte”, “dios no quiere que lo hagas”.

Yo, hasta haber llegado allí, estaba tranquila. Había visto un par de carteles ANTI-ELECCIÓN en el trayecto de carretera, pero no tenía duda de lo que estaba haciendo. Al ver tal espectáculo dantesco en la clínica, me temblaron las piernas y cuando se me acercaban las mujeres con rosarios a tratar de convencerme, yo les decía que “soy buena persona, de verdad, soy vegetariana”. Por favor. Pobre de mí. Una cosa es querer ser complaciente y otra muy diferente dar pena. Este acto de estupidez transitoria e ida de olla que yo tuve fue dar pena. ¿Qué hacía yo, la encantadora niña, tratando de conseguir la aprobación de aquellos especímenes que querían coartar mi libertad de la manera más ridícula?

El aborto encendió la luz roja en mi cabeza. “Algo estás haciendo mal”. Cambié de novio un par de veces y no volví a tener sexo sin condón. Hasta que tuve coito vaginal sin preservativo con un chico que aseguraba ser estéril, y que además insistió en que quería que yo siguiera con el embarazo.

Entré en la clínica y el hall estaba lleno de postales de agradecimiento de mujeres que habían abortado allí. Me hicieron pasar a una sala de espera, me hicieron algunas pruebas, me preguntaron la razón de mi embarazo no deseado y el motivo por el que no quería seguir adelante con él. No dije la verdad, expliqué que se me había roto el condón y no tomé la píldora del día después. En aquel entonces no sabía explicar que fue mi falta de autoestima lo que me llevó hasta allí. La intervención fue muy breve. Recuerdo que me anestesiaron, porque así lo pedí, y para cuando me desperté ya todo había terminado. Pasé unos minutos caminando, en una especie de camisón, por un pasillo con otro par de chicas que también acababan de abortar. Me puse el chándal que me aconsejaron que llevara. Cogí las pastillas que me dieron para tomar, los panfletos informativos que me facilitaron y me dijeron que llamara al de un par de semanas para pedir cita y que revisaran que todo había ido bien. Me fui a mi casa, me tomé las pastillas y nunca llamé para pedir cita. ¿Volver hasta allí con esa gente en la puerta? No gracias.

Afortunadamente todo fue bien. Aunque fui una inconsciente no haciéndome el segundo chequeo, no tuvo final fatal. Mi novio vino de visita al de unas semanas, porque estaba en Europa. De alguna manera que no sé cómo justificar ni explicar, me sentí algo así como “importante” por haber gestado un embrión, que se convirtió en embrión con él. Como si esto nos hubiera unido. Hasta le pusimos un nombre al aborto. Ruth.

Ahora lo pienso y me da mucha vergüenza haber pensado y pseudo-razonado de aquella manera. Veo que estaba desvalida, desprotegida, sin autoestima y desempoderada. Me agarraba a un clavo ardiendo para salir a flote de aquella NADA en la que estaba sumida. En diciembre de ese mismo año acudí por primera vez a terapia. No hablé con mi terapeuta de este tema del aborto, pero mientras yo entre lágrimas trataba de explicar que no estaba satisfecha con nada en mi vida y que odiaba mi forma de ser, que creía que estaba condicionada por mi educación familiar, me diagnosticó con un tono asquerosamente condescendiente: estás anulada como persona. Escupió las palabras como si fueran las últimas de su vida. O quizás no. Quizás fuera encantadora conmigo. Pero creo que fue una de las primeras personas con la que fui realmente yo. Sin intentar gustarle. Le conté mis miserias. Y me dijo que era miserable. Lógicamente.

En fin. No creo que esta breve pero intensa sesión de terapia tuviera nada que ver con el aborto. Es más, creo que el aborto encendió la luz roja en mi cabeza. “Algo estás haciendo mal”. Cambié de novio un par de veces y no volví a tener sexo sin condón. Hasta el día del cumpleaños del chico con el que me estaba acostando por aquel entonces. Yo tenía la regla y él se estaba inyectando no sé qué gaitas porque tenía un tumor no sé dónde. Así que me aseguró que era estéril. No me preguntéis cómo, ni por qué. Supongo que sería mi jodida manía por satisfacer de nuevo. El caso es que tuve coito vaginal sin preservativo aquel día. ¿Cuál era la probabilidad de volverme a quedar embarazada con la regla y con sus inyecciones? Ínfima. ERROR.

Esto sucedió a principios de octubre. En noviembre no me bajó la regla. Empecé a comer brownies y donuts como una condenada y tenía las tetas hinchadas como balones de baloncesto. ¡OH NO! No quería hacerme el test. Pero el tío en cuestión, con el que ya había roto, pero seguíamos quedando como amigos, insistió. Me hice el test y estaba embarazada. De nuevo. Aquí yo ya no daba crédito. Un año y pico antes había pasado por algo muy similar, pero me la había jugado al tener sexo sin protección bastantes veces. Esta segunda vez las posibilidades eran tan remotas…como yo inteligente. Me he culpabilizado mucho de esta segunda vez. No tenía que haberme quedado embarazada una segunda vez. No. Pero pasó.

Y el drama fue in crescendo cuando el tío en cuestión decidió que quería que yo siguiera con el embarazo. Yo ya le dije que esa no era una posibilidad que barajara. Nunca he querido ser madre. Él, insistió. Insistió. Insistió. Me seguía por la calle. Me dejaba notas en el coche. Me venía a buscar a casa para convencerme. Cuando le amenacé con denunciarle si seguía acosándome, empezó a mandar amigos suyos médicos a aconsejarme a casa. Fue un infierno.

Esta segunda vez ya conocía de la existencia de un Centro de Planificación Familiar. Llamé por teléfono y pedí cita para abortar. Cuando mientras rellenaban mi ficha por teléfono me preguntaron si había abortado antes, mentí y dije que no (una vez más por intentar salvar mi re-putación) y cuando me preguntaron por mis ingresos y se los dije, me dijo que me correspondía una especie de “ayuda”. Gracias a aportaciones económicas de terceras personas, las jóvenes con “pocos recursos” como yo, podíamos costearnos una interrupción de embarazo no deseado, porque nos pagaban la mitad en el centro. Esto fue la gota que colmó el vaso. No lloré en el primer aborto y en este segundo tampoco hasta este momento. Pero aquí empecé a llorar como una loca. ¿¿¿¿Por mi poca cabeza de mierda estaba quitando dinero a otros abortos de otras mujeres???? ¡¡¡Yo ya sabía como evitar embarazos no deseados!!! ¿¿Por qué me veía envuelta en esta mierda de nuevo??

Aquí desperté. NUNCA MÁS. Aborté. De esta vez no recuerdo demasiado. También había personas anti-elección en la puerta. Pero lejos de buscar su aprobación, les hubiera pasado por encima con el coche sin miramientos. Así podrían haberme llamado asesina con razón. Llamadme burra, pero cuando tienes este percal, lo último que necesitas es gente intentando disuadirte de llevar a cabo tu repensada decisión. En este aborto no tuve anestesia. No podía permitírmela. Salí de allí con molestia entre las piernas. Fui directa a dar clase. Había calculado todo perfectamente para que aquel segundo y último aborto no cambiara mi vida en lo más mínimo. Llegué a clase a tiempo, pero antes de entrar vomité dos veces en el baño. Una compañera de trabajo me escuchó y pensó que estaba enferma. Yo no lo desmentí. Y ahí se quedó. En clase debía estar pálida, por lo que me dijeron. Al finalizar mi jornada laboral me fui a casa, descansé, me tomé las pastillas pertinentes y me juré a mí misma que no volvían a pillarme en una de esas.

Después del segundo aborto, me corté el pelo, me hice mi prioridad, saqué de mi vida a toda persona que considerara tóxic0, me metí en grupos activistas de izquierda y LGTBQ+. Deconstruí el maldito amor romántico. Deconstruí los asquerosos roles de género. Vivo feliz

El maldito imbécil que quería obligarme a seguir con el embarazo y dejar el neonato en sus manos, me escribió una carta al de un mes para darme las gracias por haberle ayudado tanto en su vida. Me decía que no supo estar a la altura de las circunstancias, que se había dejado llevar por esto y aquello y en definitiva que le perdonara. Yo, que he sido doña segundas , terceras, cuartas y vigésimas oportunidades, creo que me limpié el culo con aquella carta.

En cuanto caí en la cuenta de que tenía que tomar las riendas de mi vida, lo primero que hice fue ir a la peluquería y cortarme el pelo muy corto. El pelo largo era un engorro. Necesitaba un cambio. Quería cambios. Me hice mi propia prioridad. Empecé a dedicarme más tiempo. Ideé un plan, gracias al que decidí que me convertiría en quién yo quería ser.

Y comenzó el proceso de construcción de mi identidad. Cambié de amistades. Saqué de mi vida a toda persona que considerara tóxica (al acosador que expulsó esperma dentro de mi vagina prometiéndome que era estéril el primero). Empecé a leer más. Empecé a escribir más. Añadí más voluntariados a los que ya hacía, que incluía traducir panfletos de inglés a españoles para las usuarias latinas del centro de Planificación familiar. Me metí en grupos activistas de izquierda y LGTBQ+. Empecé a vivir. Deconstruí el maldito amor romántico. Deconstruí los asquerosos roles de género. Me analicé por libre y en terapia hasta terminar exhausta y no tener ninguna duda sobre por qué actuaba como actuaba. Me volqué en mis estudios. Empecé a leer feminismo. Me metí en el movimiento feminista.

Y desde aquel fatídico día en el que lloré en el teléfono mientras me decían que contaba con 250 dólares para pagar los 500 que me costó este segundo aborto, soy realmente quien quiero ser. Recuerdo que me compré una GRAN pegatina que decía PRO-CHOICE (pro-elección) y la puse en mi coche para que todo el mundo la viera. Estaba hasta el mismísimo coño de ver pegatinas ANTI-ELECCIÓN y de apoyo a las tropas militares en el mismo coche. Cada vez que algún coche lleno de gilipollas me gritaba insultos (pasaba muy a menudo), yo sacaba el dedo por la ventanilla y gritaba improperios que harían las delicias del mismísimo Satanás.

Hoy por hoy no tengo ningún trauma de aquellos dos abortos. Que yo sepa. Y que nadie me los imponga. Porque el trauma sin consciencia, no es trauma. Es pantomima social. Sí es cierto que, de vez en cuando, me viene a la cabeza el hecho de que podría ser madre de dos criaturas en estos momentos. Aunque sé que de haber tenido la primera, la segunda nunca hubiera tenido lugar. Y viceversa. Pero me cruza la mente como cualquier otra encrucijada en la que tuve que decidirme por un camino, como haber decidido estudiar X carrera en vez de Y, por poner un ejemplo.

Nunca jamás me he arrepentido de las dos veces que decidí abortar. En ningún momento se me pasó por la cabeza seguir adelante con los embarazos. Nunca. Y además, gracias a la luz roja que se encendió en mi cerebro, ahora tengo una vida perfecta. Tengo un entorno envidiable y una relación conmigo misma basada en el conocimiento, la aceptación y el autoamor. Cada día aprendo más. Me río a carcajadas hasta que me duele el estómago. Me encanto. Llevo una existencia plenamente consciente y feliz. Y todo gracias a aquella ginecóloga que me intervino la segunda vez. Le envié una postal de agradecimiento que decía: “Gracias por haberme salvado la vida”.

Gracias por haberme salvado la vida
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María Unanue

Adoro aprender por ciencia infusa, las flores y las patatas en todas sus formas.

    Comentarios recientes

    1. izas

      Maravilloso. Gracias por un relato tan detallado. Ayuda a desmitificar las consecuencias tan traumaticas q se supone q tenemos q sufrir.

    2. maider irurozki artajo

      mila esker zure bizipena kontatzeagatik eta bai egia da, ez zara txoratua egon den bakarra. Zorionak benetan egiten ari zaren prozesuagatik!

    3. Mara

      Gracias por este relato íntimo, María, que además está muy bien escrito. Tu sinceridad es un soplo de aire fresco. Me alegra saber que ahora tienes la vida que deseas.

    4. Simon dice

      “Ahora tengo una vida perfecta. Tengo un entorno envidiable y una relación conmigo misma basada en el conocimiento, la aceptación y el autoamor. Cada día aprendo más. Me río a carcajadas hasta que me duele el estómago. Me encanto.” Repítelo 1000 veces y puede que algún día te lo llegues a creer.

    5. Cartavio

      >>”¿Le cuesta a alguien entender que muchas mujeres que hemos tenido sexo sin protección lo hacíamos no por gilipollez innata, ni desinformación, sino por seguir con nuestro rol de mujeres servidoras, cuidadoras y complacientes?”

      Sí, a mi. Me cuesta entender que a una persona adulta no le de la gana de asumir la responsabilidad por sus errores.
      Interesante la historia: la mujer tiene derechos reproductivos, al hombre le arrebatan su hijo no nato. Y no pasa na.

      1. Victoria

        ¿Le arrebatan su hijo no-nato? Tremenda gilipollez. No-nato, no-hijo. Y no le arrebatan un carajo, porque no somos úteros-incubadoras de vuestro asqueroso esperma. Nuestro cuerpo, nuestra decisión. Sino haber nacido con útero, listo-más-que-listo..

    6. Gothaus

      Ojo, que algunas mujeres se “hacen” lesbianas o bisexuales por convencimiento ideológico.

      Vaya tela, muyayos. A mí jamás se me ocurriría hacerme gay por un par de malas experiencias con las mujeres. Que se llegue a esto sólo puede ser producto de una mente inestable y muy trastornada.

    7. eli

      mmm….no te juzgo porque abortaste, pero dos veces, eso es por pendeja. Te evitas tantos dramas cuidante con algun metodo. Una vez abortar esta bien, pero dos veces??’ Si eres feminista y pro-eleccion, tambien debes cuidarte para ser responsable de tus actos.

      1. Lara

        ¿Pero te has molestado siquiera en leer el texto o has venido sólo a insultar?

    8. Pingback: Anónimo

    9. Liz

      Bravo!
      Me resultó tremendamente impresionante que un aborto haya determinado el cambio en la dirección de tu vida y de tu identidad, finalmente. El camino del encantamiento con nosotras mismas es una huella que todas debiéramos comenzar a andar YA!
      Muchas gracias por compartir 🙂

    10. Mor

      Había leído este artículo hace meses, y me encantó. Hace poco he pasado por una situación muy parecida y sentí que necesitaba leerlo otra vez.
      Yo también he sido siempre una chica ejemplar en muchas cosas, hasta que conocí a un chico locuelo y con puntos “malotes” que también tenía puntos dulces que me enternecían. Nos cuesta reconocerlo, pero muchas chicas somos tremendamente complacientes, sí, a pesar de sentir de manera vaga que algo va mal y que no nos estamos cuidando tanto a nosotras mismas como a él.
      En toda esta experiencia de estar a punto de quedarme encinta, no miento si digo que ha sido la peor época de mi vida: he sentido toneladas de culpa por haber cometido aquello que creí que nunca haría -mientras que él no sentía ni un ápice, ni siquiera por hacerme sentir así-; vergüenza por tener que mentir a mis padres, y por crear mal ambiente en casa; desesperación por darme cuenta de que no podía confiar al 100% en el chico con el que estaba; inseguridad por no saber lo que ocurre en mi cuerpo; irresponsabilidad por haberme sometido a tantos riesgos a la vez; miedo a volver a cometer el mismo error. Y mucha rabia…por maltratarme a mí misma a consecuencia de hacer las cosas sin pensar en cómo me benefician o no.

      Es difícil entender todo lo que se siente hasta que no se pasa por lo mismo. Por suerte no todos los hombres son tan egoístas como los que habéis comentado aquí. Bajad vuestras dosis de chulería porque cuando hay embarazo no deseado la gran culpa cae sobre la mujer, que queda como la irresponsable. Más cabeza, sí; pero por parte de los dos.

    11. minerva

      Te envio un fuerte abrazo y creo tu testimonio ayuda a las mujeres que leen a no sentirse juzgadas, condenadas por aquellos que se creen dueños y administradores del cuerpo de nosotras. El aprendizaje es lo constante en la vida.

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