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Carta a la mujer salvaje Ficciones

Texto e ilustraciones: Laura Castresana Martínez

 

Carta a la mujer salvaje

Mi querida mujer salvaje,

Ya estoy aquí. He vuelto. He venido buscarte. He llegado al país de las cuatro lunas. El país de los cinco puntos cardinales.

No me preguntes cómo he llegado, aún no lo sé con certeza. Me debato entre la posibilidad de haber sufrido algún trastorno disfuncional y que mis átomos hayan pasado a un estado alterado de la materia que desconozco por completo.

Lo último que recuerdo es mi imagen reflejada en el espejo. A lo lejos escucho tambores que llaman a tierra. Primero despacio, a ritmo de soleá. Después más cerca, ahora por tangos. Un, dos, tres, cuatro. Mis cuerdas vocales asumen el ritmo. Las vibraciones me empapan. Pasan por las mejillas, se desplazan hacia los pulmones, recorren la médula ósea. Cada electrón choca repetidamente con su vecino elevando la temperatura hasta límites insospechados. Fiebre.

Y de repente silencio.
Carta a la mujer salvaje
Una oleada de finos cristales de hielo atraviesa todos mis tejidos. Frescos. Acarician suavemente cada célula. Mi cuerpo se ha licuado, ahora es mercurio a través del espejo. Abro los ojos y despierto en una estancia nueva, una que yo no recordaba.

Las paredes son de nácar, moldeadas a mano. Lo sé porque al acercarme he podido distinguir marcas de huellas digitales. Antiguas, desconocidas. A ti te encantaría.

Los rayos de sol juguetean con los colores que ofrece el material. Los grandes ventanales son sus cómplices. Largas cortinas de seda blanca bailan incesantemente con la brisa marina. Silencio. El suelo es de arcilla blanca, húmeda. Mis pies retozan al comprobar a cada paso la sensación de fusión entre tierra y carne. El barro trata de escapar entre los dedos de mis pies provocándome un absceso de cosquillas. Camino descalza, despacio, para no perderme ninguna sensación.

La gravedad es menor, me siento más ligera. Trato de acostumbrarme a la nueva situación.

La madera se hace protagonista. Escaleras, el escritorio, una mesa y cuatro sillas. Una mecedora junto a la ventana ofrece posibilidades infinitas. Estanterías repletas de libros. Madera otra vez. El olor a viejo y a nuevo. El olor a letras, a historias. Un colchón sobre la arcilla blanca hace de cama y colchoneta a la vez. Junto a ella descubro un libro de instrucciones para un sueño reparador.

No veo relojes. De hecho, el cuco se dedica a revolotear libre por toda la casa inventando nuevas canciones. El azahar cae a plomo sobre mí como una ducha en verano. Recorre la sala, atraviesa el colchón, provoca un remolino en el centro del salón y sale disparado escaleras arriba. El cítrico lo impregna todo. Silencio de nuevo. Serenidad.

Fuera es verano, otoño, primavera e invierno. Todo depende de la ventana que escoja para mirar. Allá donde mire puedo ver árboles milenarios, desiertos de arena ocre, océanos.

A lo lejos escucho risas, música, percusión e intuyo luces. El olor a hoguera y cantos en lenguas desconocidas.

Ahora me puede la curiosidad, la pasión. Me armo con un arco y unas flechas que yo misma he fabricado. Estoy a punto de abrir la puerta para salir. Tomo suavemente la manilla, la acaricio saboreando el momento. Está caliente, ebulle.

He vuelto, mi querida amiga, a buscarte. Ya estoy aquí. He venido a mirarte a los ojos.

Carta a la mujer salvaje

Carta a la mujer salvaje
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