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Las lobas sabias continúan la lucha a favor del aborto Crónica, En red

En la manifestación del Tren de la Libertad en Madrid destacó el protagonismo de mujeres de edades avanzadas, con años de resistencia y sabiduría a sus espaldas, entregadas a custodiar los derechos sexuales y reproductivos

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Foto: Esmeralda Rodríguez

«La Mujer Salvaje es la salud de todas las mujeres. Sin ella, la psicología femenina carece de sentido. La mujer salvaje es la mujer prototípica; cualquiera que sea la cultura, cualquiera que sea la época, cualquiera que sea la política, ella no cambia. Cambian sus ciclos, cambian sus representaciones simbólicas, pero en esencia ella no cambia. Es lo que es y ella es un todo. Se canaliza a través de las mujeres. Si éstas están aplastadas, ella las empuja hacia arriba. Si las mujeres son libres, ella también lo es. Afortunadamente, cuantas veces la hacen retroceder, ella vuelve a saltar hacia delante. Por mucho que se la prohíba, reprima, constriña, diluya, torture, hostigue y se la tache de insegura, peligrosa, loca y otros epítetos, ella vuelve a aflorar en las mujeres, de tal manera que hasta la mujer más reposada y la más comedida guarda un lugar secreto para ella”. Clarissa Pinkola Estés. ‘Mujeres que corren con los lobos’.

Marcela viajó durante varias horas. Le había tocado madrugar. “Fuera los rosarios de nuestros ovarios”. “Madre libre”. Esas eran las inscripciones del cartel que empuñaba y que se unía a una vorágine de palabras, unas plasmadas sobre cartón o telas, otras lanzadas al aire y entremezcladas con miles de voces que daban forma a esa marea violeta expandida el sábado por el centro de Madrid. Marcela tiene 68 años. Vino acompañada de su hija. Y también de Claudia, su nieta de seis años. Llegaban de un pequeño pueblo de La Rioja. Se reunieron con el resto de la manada poco antes del mediodía en Atocha.

El ‘tren de la libertad’ del fin de semana, alimentado de empuje y perseverancia, logró lo que pocas convocatorias consiguen: el encuentro de gente de edades y feminismos heterogéneos. El objetivo unánime a bordo y en tierra: rechazar la modificación de la ley del aborto que pretende el Gobierno y exigir una maternidad libremente elegida. Protestar contra una ‘injusticia’, calificativo que las presentes otorgaban a la reforma anunciada. Demostrar que la loba que habita en ellas está despierta y dispuesta a defender su territorio y la autogestión de su espacio vital.

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E.R.

Sin obviar la presencia de un sector masculino de la población y del colectivo más joven, quienes se situaban en primera línea eran mujeres que traspasaban la madurez, rebosantes de energía y con años de lucha y experiencia a sus espaldas, con algunas uñas cuarteadas pero con muchas bien afiladas para continuar en la batalla. La convocatoria la promovieron desde Tertulia Feminista Les Comadres y Mujeres por la Igualdad de Barredos, unas veteranas asturianas del activismo feminista.

“Nos ha costado muchos años conseguir la Ley que tenemos actualmente y Gallardón pretende que desaparezca de un plumazo. Es un retroceso grandísimo”. Las palabras de Isabel, que ronda los 60, mostraban de forma clara la disconformidad frente a la norma que se pretende poner en marcha. No ocultaba su rabia y sus deseos, y los exponía con vehemencia, desde su naturaleza más profunda. “Que su mujer y su hija hagan lo que crean conveniente, pero que a las demás nos deje hacer lo que queramos, para eso vivimos en una democracia”, comentaba indignada.

Marcela, Isabel y una buena parte de las participantes en la concentración pertenecen a una generación en la que muchas mujeres eran tratadas como una propiedad y se sentían limitadas para llevar a cabo sus deseos. Mujeres que ocultaban bajo gruesas capas de tela lo que sus cuerpos les pedían a gritos. O que no se atrevían a decir lo que sucedía en estos cuerpos. Quizá por eso saben mejor que nadie lo que puede suponer perder derechos obtenidos con tanto esfuerzo y paciencia. “No vamos a parar hasta detener este ataque directo a nuestra integridad, a nuestra plenitud como personas”, comentaba Rosa ya en la plaza de Neptuno, punto en el que terminó la marcha una vez entregado el documento ‘Porque yo decido’ en el Congreso de los Diputados.

Junto a ella, Adela cuenta cómo vivió un aborto en primera persona, acompañada por su marido. Fue en 1982. Ella tenía 26 años y dos bebés. No podía permitirse traer más vidas al mundo. “Tuve que marcharme a Londres y recuerdo perfectamente que me costó 20.000 pesetas. Las pedimos prestadas porque no teníamos en aquel momento”. Había pedido consejo a algunos familiares de confianza y le habían aconsejado marcharse. Y después de regresar, conoció a otras cuantas mujeres que también se habían visto obligadas, sobre todo por cuestiones familiares, a irse a Inglaterra. “Y nosotras tuvimos mucha suerte, nos preguntábamos cuántas chicas como nosotras no estarían abortando en la clandestinidad o con métodos caseros, poniendo en riesgo su salud”. Adela ya estaba familiarizada con la lucha, y acudía a jornadas, charlas y encuentros en los que hablaban sobre los derechos de las mujeres. Al final, llegó la Ley de 1985, que despenalizó parcialmente el aborto. “Fue un gran avance y nos alegraba saber que tanto esfuerzo había servido, pero sabíamos que había muchos otros casos que no se estaban contemplando y que teníamos que seguir avanzando. Y resulta que casi 30 años después, vamos a retroceder”.

Vida y vida digna

Las más jóvenes, afectadas en primera persona, opinaban sobre el tipo de vida que defiende el Gobierno. Elena lo tiene muy claro: “Si realmente quisieran defender la vida, tendrían muchas otras formas de hacerlo, como aumentar las ayudas para acceder a las guarderías públicas o ante el nacimiento de un hijo o hija. Pero aquí no se trata de velar por la vida del feto sino de quitar libertades a las mujeres. Podríamos hablar de lo que es vida y lo que es vida digna. Hay muchas discusiones sobre el momento en que empieza una vida, pero lo que no es discutible es que los bebés nacen en familias sin trabajo y sin recursos”.

Eran miles. ‘Mujeres’ y ‘salvajes’. Ambas palabras “personifican la fuerza que sostiene a todas las mujeres”. Y puede que sea desde este flujo de ideas, sentimientos, impulsos y recuerdos desde donde dicen ‘no’. El ‘no’ ante una ley similar a la de 1985, en la que el aborto se consideraría un delito salvo en dos supuestos: que el embarazo sea fruto de una violación (alegable en las primeras 12 semanas) y que genere un “grave peligro para la vida o la salud física o psíquica de la embarazada” (alegable en las primeras 22 semanas). Las menores de edad volverían a requerir el permiso paterno para abortar y el derecho de objeción de conciencia se extendería a todo el personal involucrado o que colabore de algún modo en la intervención, ya sea médico, administrativo, celador o cualquier otro. Una ley incluso más restrictiva que aquélla, pues estos supuestos no contemplan la malformación del feto, salvo si ello “supone un daño psicológico para la madre”, en palabras de Ruíz Gallardón.

Depredación. Fuerza. Valentía. Pikola Estés lo analiza con precisión: “Los lobos sanos y las mujeres sanas comparten ciertas características psíquicas: una aguda percepción, un espíritu lúdico y una elevada capacidad de afecto. Los lobos y las mujeres son sociables e inquisitivos por naturaleza y están dotados de una gran fuerza y resistencia. Son también extremadamente intuitivos y se preocupan con fervor por sus vástagos, sus parejas y su manada. Son expertos en el arte de adaptarse a las circunstancias siempre cambiantes y son fieramente leales y valientes. Y, sin embargo, ambos han sido perseguidos, hostigados y falsamente acusados de ser voraces, taimados y de valer menos que sus detractores. Han sido el blanco de aquellos que no sólo quisieran limpiar la selva sino también el territorio salvaje de la psique (…). La depredación que ejercen sobre los lobos y las mujeres aquellos que no los comprenden es sorprendentemente similar”.

El Movimiento Feminista ha organizado nuevas concentraciones de cara al fin de semana. Una nueva cita en defensa de la libre elección de las mujeres sobre sus propios cuerpos. Encuentros que se extienden por todo el Estado. La marea violeta salvaje avanza en su marcha colectiva.

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