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“–¿Estas son hippies?” “–No, son feministas, y creo que lesbianas” Secciones, Voces, Y luego diréis que somos cinco o seis

Este mes, en los diálogos feministas ‘Y luego diréis que somos cinco o seis’, Itziar Abad charla con la activista feminista y lesbiana Maite Mateos, sobre militancia, identidades, libertad sexual…

Maite Mateos

Maite Mateos en un momento de la entrevista

“Soy lesbiana activista y eso lo plasmaré en la entrevista”, me advirtió Maite Mateos antes de fijar, si quiera, un lugar para nuestro encuentro. Barajamos varios sitios -incluso las casas de ambas, después de que Maite Mateos preguntara con algo de guasa el manido “¿En tu casa o en la mía?”- y terminamos quedando en la cafetería de un hotel de la ciudad de Vitoria. Esta trabajadora social y antropóloga resultó ser tan aguda y tener tanto desparpajo como pareció en nuestro primer contacto.

En su juventud, Maite Mateos (Bilbao, 1958) frecuentaba la Librería Feminista de Barcelona, en las temporadas que pasaba allí. Después, viviendo en Vitoria, perteneció a la Asamblea de Mujeres de Álava, de donde se salió, junto a otras mujeres partidarias de montar un centro de documentación, porque el resto de la Asamblea no compartía ese proyecto. Por lo demás, siempre ha formado parte del movimiento Independiente y o de Autónomas, que englobaba a las mujeres que militaban, únicamente, en el feminismo.

“Creo que la libertad sexual es condición sine qua non para el empoderamiento”

Mateos es técnica asesora de políticas de igualdad en el Ayuntamiento de Bilbao y profesora en el Máster en Intervención en Violencia contra las Mujeres de la Universidad de Deusto. Actualmente está investigando sobre la diferencia que hay entre mujeres y hombres homosexuales a la hora de plantearse el activismo. El tema de la violencia intragénero (la que se da dentro de parejas homosexuales) le interesa especialmente.

Dices que nos mueven distintas cosas en la militancia.

Creo que hombres y mujeres homosexuales llegamos al activismo por diferentes motivaciones y que, en esos espacios, pretendemos diferentes cosas. En mi opinión, el activismo político del movimiento LGTB ha ido siempre orientado a lo que beneficia a los varones. Por ejemplo, se ha peleado mucho por la adopción pero, a nivel interno, nunca era el momento para hablar del derecho a la maternidad biológica, que era una posibilidad que tenemos las mujeres. Otro tema que no se trabaja nunca es la violencia al interior de la pareja.

Ahora sí, a raíz de la fuerza que están adquiriendo las propuestas de deconstrucción de género. Pero, ¿por qué no antes y a propuesta del movimiento LGTB?

Porque -y esto es una opinión personal- si se hablaba de la violencia en parejas de mujeres lesbianas, había que hablar de la violencia que se producía en la pareja de hombres gays, que también la había. Ellos quedaban como degenerados, tanto si eran víctimas como si eran maltratadores. En las parejas de mujeres, en cambio, no sucedía esto. Las degeneradas eran las maltratadoras, pero a las víctimas ese papel le iba como anillo al dedo. Bajo una lectura patriarcal, digo.

“Al feminismo le debo el no haber perdido la capacidad de asombro y mi adhesión a la teoría de la sospecha”

Reivindicas el término “lesbianidad”.

Yo reivindico ese término como se reivindica el de sexualidad. Creo que hay mujeres que tienen identidades muy fijas, a pesar de que creo que las identidades pueden no ser tan fijas. En cualquier caso, es algo que estoy pensando y estudiando ahora. Tampoco sé si es un momento muy conveniente para ser machacona con el tema de la identidad fija cuando hay toda una apuesta académica y activista de transitar por los géneros.

Y tú opinas sobre lo de transitar…

Yo digo que se pasee quien quiera, pero que no vayamos todas de paseo si no tenemos ganas, que es mi caso. De todas formas, iremos viendo, que dicen las personas budistas (risas).

Si hicieras un análisis histórico, ¿cómo dirías que anda de salud el activismo feminista hoy en día?

Para entender el estado actual del activismo feminista, tenemos que contextualizar y ver cómo están los movimientos sociales. No existen ya grandes colectivos de 200 personas, tal y como los conocimos. Afortunadamente, las reacciones al patriarcado cuentan hoy con nuevas estrategias, de la mano de las nuevas tecnologías.

Razones no nos faltan para militar a favor de múltiples causas. ¿Acaso nos falta tiempo?

Creo que una de las estrategias del patriarcado en las sociedades denominadas industrializadas -yo prefiero llamarlas sociedades expoliadoras- es precisamente hacer que las personas no tengan tiempo absolutamente para nada que no sea primordial en su vida. Hombres y mujeres disponemos de una hora menos de tiempo libre que hace una década (y ese tiempo era ya aún menor en el caso de las mujeres). El activismo es algo secundario cuando cuesta tanto cumplir con todo lo que tenemos que cumplir.

Nosotras reproduciendo (y produciendo) y ellos produciendo (sobre todo). Todo el mundo, a contrarreloj.

Sin embargo, si quieren sacar tiempo para el activismo, los hombres lo tienen más fácil porque es como si tuvieran asegurado lo relacionado con su vida personal. Un dato significativo que escuché el otro día en unas jornadas: entre los 9 ministros del primer gobierno de Zapatero, que fue paritario, sumaban 23 hijos. Entre las nueve ministras, tan sólo 3.

De las II Jornadas Feministas de Euskadi (Leioa, 1984) a las IV (Portugalete, 2008), ¿qué diferencias encontraste?

Los discursos que surgieron en Leioa eran discursos de ciencia aplicada, que iban a terminar en reivindicaciones políticas muy concretas. Por otro lado, las II Jornadas se centraron, dicho de manera brusca, en todo lo relacionado con lo que tenemos entre el cuello y las rodillas (risas): aborto, agresión sexual… Era un momento en el que realmente había que hacer un esfuerzo por catapultar el mensaje liberador que encierra el discurso feminista.

En este caso, en lo que se refiere a libertad sexual, ¿no es así?

Sí; creo que es condición sine qua non para el empoderamiento.

¿Y ha habido avances al respecto? Al igual que la deconstrucción del amor romántico, la libertad sexual aún es una asignatura pendiente.

Hemos avanzado en la posibilidad de hacer discurso y en la democratización de ese discurso, en el sentido de que hoy en día puedes hablar con cualquiera sobre el aborto, el divorcio o incluso sobre las malas consecuencias de un mal divorcio, como puede ser la custodia compartida. En 1984, año en que tuvieron lugar las II Jornadas Feministas de Euskadi, de esos temas hablaban sólo las feministas, del mismo modo que hoy sólo habla de lo queer la gente activista. Yo no puedo hablar con mis hermanas o con mis vecinas sobre ese movimiento.

¿Destacas algún hito en tu trayectoria de militante feminista?

La pelea para que en el II Congreso Mundial Vasco (1987) hubiera uno dedicado a ‘Las mujeres y la realidad social’. Había 34 congresos diferentes, sobre polímeros, matemáticas, política… Algunas feministas conseguimos, por vez primera, traer a ese evento a mujeres de talla internacional. Nos lo peleamos mucho, nadie nos lo regaló. Por otro lado, fue muy importante para mí la participación en una concentración en la Diputación Foral de Álava para exigir que las partidas destinadas a los temas que afectaban a las mujeres estuvieran dentro de las transferencias del Estatuto. Hasta entonces, se estaban gastando en cursos de macramé… ¡Qué tiempos aquellos!

¡Esas sí que son experiencias de empoderamiento!

Son ocasiones en las que te empoderas porque el grupo está empoderado y, al mismo tiempo, tú empoderas al grupo. Son experiencias casi religiosas (risas).

¿Recuerdas tu primer contacto con el feminismo?

Tendría 13 o 14 años y fui al cine a ver una película francesa (o suiza) para practicar francés. No me acuerdo del título, pero iba sobre una chica que decide dejar su trabajo y su casa y se va a una especie de comunidad. Allí conoce a otra chica y se largan juntas en una furgoneta. Me encantó la película. Cuando salimos del cine, le pregunté a una hermana mayor mía: “¿Estas son hippies?” Mi hermana me respondió: “No, son feministas. Y creo que son lesbianas”. Fue la primera vez que oía esas dos palabras. “Pues yo de mayor quiero ser así”, le dije entonces a mi hermana. “Qué, ¿feminista o lesbiana?”, me preguntó ella. “Pues creo que todo”, concluí yo. En realidad, lo dije por decir, porque no me había gustado ninguna niña en aquellos tiempos.

¿Qué le debes al feminismo?

Más de la mitad de lo que soy. Le debo el no haber perdido la capacidad de asombro y mi adhesión a la teoría de la sospecha. También, el inmenso placer de haberme posibilitado estar en el mundo como lesbiana activista y visible desde que me considero lesbiana. Le debo seguir sintiéndome feminista… Muchísimas cosas.

En pocas palabras

Lo sugerente: la posibilidad de tener tiempo para perderlo

Lo deserotizante: la pornografía

Lo pendiente: la globalización del derecho a una buena vida

Un éxito: no perder la capacidad de asombro

Algo como para tirar la toalla: a veces yo misma

Una feminista: Victoria Sau

Una época: la que está por llegar

Un lugar en el mundo: el lugar sagrado donde reside la dignidad

“–¿Estas son hippies?” “–No, son feministas, y creo que lesbianas”
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