I. El pasado: la maldición Uncategorized

Once voces en el desierto I. El pasado: la maldición II. El presente: empeños en el desierto III: El futuro: con la palabra o con las armas El Sáhara Occidental tenía derecho a la autodeterminación y España debía descolonizar el territorio. Así lo decidió el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya en octubre de Leer más

Dagousha Lamad

Dagousha Lamad

Once voces en el desierto
I. El pasado: la maldición
II. El presente: empeños en el desierto
III: El futuro: con la palabra o con las armas

El Sáhara Occidental tenía derecho a la autodeterminación y España debía descolonizar el territorio. Así lo decidió el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya en octubre de 1975. Un mes más  tarde, el rey marroquí Hassan II organizó la Marcha Verde para ocupar el Sáhara: unos 300.000 civiles y 25.000 soldados cruzaron la frontera y se instalaron junto a los campos de minas sembrados por los españoles. Con Franco moribundo, el Gobierno de Arias Navarro decidió abandonar el territorio y ceder la administración a Marruecos y Mauritania. Según las leyes internacionales, el Sáhara Occidental siguió siendo un territorio pendiente de descolonización, con derecho a autodeterminarse. Pero la ocupación marroquí fue aplastante, con bombardeos de napalm y fósforo blanco, y miles de saharauis huyeron al desierto.

El 27 de febrero de 1976, el Frente Polisario proclamó la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) y emprendió la guerra contra las tropas de Marruecos y Mauritania que invadían el territorio. Expulsaron a los mauritanos pero chocaron contra el poderío militar de Marruecos, apoyado por Estados Unidos, y se retiraron a Tinduf (Argelia). Allí, en plena hammada (el desierto pedregoso), los saharauis levantaron varios campamentos que fueron bautizados con los nombres de las ciudades perdidas: El Aaiún, Smara, Dajla y Ausserd.

Así se cebó con ellos la vieja maldición árabe: “Que Alá te envíe a la hammada”.

DAGOUSHA LAMAD. Ama de casa. 40 años.
“Si parábamos junto a los pozos, nos ametrallaban”

“Yo nací en El Aaiún, en El Aaiún de verdad. Tenía 6 años cuando llegaron los marroquíes. Impusieron el toque de queda, empezaron a rodear la ciudad con alambradas y muchos huimos. Yo me escapé con mi madre, mi abuela, mis hermanas y un bebé, que era mi primo pequeño. Los hombres se quedaron a luchar.

Caminamos hacia el interior, hacia el desierto, en plena noche. Hacía bastante frío. Nos juntamos muchas familias, una caravana de mujeres, niños y algunas cabras, huyendo sin saber adónde, sólo huyendo. No llevábamos nada: ni comida, ni ropa de abrigo… Un día aparecieron los aviones marroquíes. Pasaban por encima y nos lanzaban bombas, montones de bombas que caían desde el cielo como puñados de lentejas, y explotaban, la tierra saltaba en chorros, el suelo temblaba. Las mujeres guardaban a los hijos pequeños dentro de la melfa [el vestido largo de las saharauis] para protegerlos. Los niños llorábamos, las madres gritaban, teníamos mucho miedo.

Cuando acababan los bombardeos, quedaban cadáveres en el desierto. Nos bombardeaban de día y de noche. Si parábamos junto a un pozo y nos juntábamos mucha gente para intentar beber, venían los aviones y nos ametrallaban.

Caminamos varios días por el desierto, pasando frío por la noche y calor por el día. Los niños pequeños iban montados en cabras o en burros. Algunos morían de hambre y sed. A mí me sangraban los pies, despellejados de tanto andar.

Gracias a Dios, los argelinos vinieron a buscarnos con coches y camiones. A nosotros nos metieron en un coche y viajamos a oscuras, con las luces apagadas, para que no nos descubrieran desde el aire.

Nos dejaron en un lugar en medio del desierto, donde se instalaron tiendas de lona y se montó un primer campamento. Recuerdo a los que fueron llegando más tarde: venían familias con burros cargados, los burros se morían de cansancio, y otros llegaban en coches tan abarrotados que había mujeres y niños agarrándose por la parte de fuera, colgados de las ventanillas y las puertas. Los coches casi no podían avanzar.
En ese campamento estuvimos un mes. Pero dijeron que los marroquíes se acercaban y huimos de nuevo. Nos instalamos en el campamento de Rabuni. Meses más tarde nos llevaron al de Smara, donde vivimos desde entonces.

Estuvimos un año y medio sin ver a los hombres, que seguían luchando contra los marroquíes. Luego venían de visita, cuando tenían permisos, así que en esos años de guerra las mujeres estábamos solas para construir los campamentos. Donde sólo había tiendas, empezamos a levantar casas de adobe. Yo, de joven, trabajé en la construcción de dos colegios. Las mujeres hicieron de maestras. Organizaron el reparto de comida. Siguieron construyendo casas. Si en la familia hay maridos, hermanos, hijos, ellos pueden hacer las tareas más pesadas. Pero al principio no había hombres. Mi marido sufrió heridas muy graves, por la explosión de una bomba, y durante mucho tiempo no podía ni moverse. A mi tío le amputaron un brazo.

Los primeros años fueron muy duros, pasábamos hambre, no teníamos ningún recurso salvo la ayuda de los argelinos, Dios los bendiga. A partir de los años 90 empezó a llegar ayuda internacional y desde entonces estamos mejor. Nos mandan arroz, lentejas, harina, azúcar, té. Y vienen médicos. A mí un médico español me extirpó un bulto grande que me había salido entre la oreja y la mandíbula.

¿Si tengo esperanzas de volver a El Aaiún?
[Calla unos segundos. Contiene un gesto de emoción, media sonrisa].
Es nuestra tierra. Allí tengo hermanos y tíos a los que no he visto desde hace 34 años. Mi mayor sueño en esta vida sería volver a El Aaiún.

Pero no quiero que haya más guerras. Mi marido es militar y está dispuesto a tomar de nuevo las armas. Los jóvenes también lo dicen. Pero a tres tíos míos los mataron, conozco a madres que han perdido a todos sus hijos en la guerra. Quiero mucho a mi tierra pero no quiero que los hombres mueran otra vez.

A partir de ahora, mi casa será siempre tu casa. Si vuelves otro año o si vienen amigos tuyos, siempre tendréis aquí vuestra casa. Y cuando volvamos al Sáhara de verdad, allá tendréis también una casa. Y os ofreceremos pescado, nuestro pescado”.

Mohammed Lami Ramdan

Mohammed Lami Ramdan con su hija Darchalha

Frente a las costas del Sáhara Occidental se extiende uno de los caladeros más ricos del planeta. Desde hace años lo explota Marruecos, un país que no tiene ningún derecho sobre esas aguas, pero que aun así cobra 144 millones de euros de la Unión Europea a cambio de conceder permisos de pesca durante cuatro años. En febrero de 2010, los propios servicios legales del Parlamento Europeo declararon en un informe que el convenio entre la UE y Marruecos viola las leyes internacionales. Noruega, Suecia y Dinamarca renunciaron a la explotación de los recursos naturales saharauis porque constituye “una seria violación de las normas éticas fundamentales”.

Mientras tanto, España es el principal beneficiario de la pesca ilegal: de los 119 barcos comunitarios que faenan en aquellos caladeros, un centenar son españoles.

MOHAMMED LAMI RAMDAN. Ex combatiente, 68 años.
“El aire se incendió. Perdí un ojo. Con el otro veo sombras”

“Yo vivía en Dajla cuando llegaron las tropas marroquíes, en la Dajla de verdad, en la costa del Atlántico. Mi familia huyó y yo me quedé a luchar con el Frente Polisario. Resistimos bastante pero nos fueron echando. Un día, cerca de Mahbes, los aviones nos lanzaron bombas y el aire se incendió. Nos envolvió una nube blanca, ardiente. Eran bombas de fósforo. Perdí un ojo. Con el otro puedo ver sombras. Sé más o menos dónde estás.
[Me tiende la mano. Le acerco la mía. La estrecha con fuerza y no me la suelta].

El pueblo de España nos ayuda mucho. Nos mandan medicinas y alimentos, nos ayudan a construir escuelas, acogen a nuestros niños en verano. Son nuestros hermanos. Pero el Gobierno… El Gobierno español nos ha olvidado. Nos abandonó en manos de Marruecos. Ahora llevamos 34 años en el desierto, lejos de nuestra patria, y no le importamos. Nunca hace nada para ayudarnos a volver a nuestra tierra, nunca presiona a Marruecos. Mis hijos y mis nietos han nacido en este desierto de los argelinos. Sólo conocen los campamentos de refugiados. Mi mayor sueño es que algún día conozcan nuestra tierra. Que vuelvan a Dajla, donde nací yo, donde nacieron mis padres y mis abuelos”.

MOHAMMED LAMI DACH. Soldado del Frente Polisario, 50 años.
“Pasé toda la juventud en el campo de batalla”

“Pasé toda la juventud en el campo de batalla. Empecé con 16 años, justo cuando estalló la guerra, y seguí hasta el alto el fuego, con 31. Hay muchos como yo.

[Al hablar agacha la cabeza y clava la mirada en la alfombra. No la levanta en ningún momento. A petición de su mujer, se quita el turbante y deja al descubierto un semicírculo carnoso que le surca la calva, una profunda cicatriz en forma de media luna. Sigue mirando a la alfombra]

¿En la guerra? Se hace lo que se puede. Luchar y ayudar siempre a los compañeros.

De la herida no me acuerdo. Fue una bomba, me alcanzó la metralla, pero no me acuerdo de nada.

Sí, sigo en el ejército del Frente Polisario. Paso cuatro meses en los territorios liberados [la estrecha y desértica franja de territorio saharaui controlada por el Polisario], patrullando y haciendo guardias junto al muro de los marroquíes, y luego tengo un mes de permiso para volver a los campamentos con mi familia. Los territorios liberados están tranquilos: allí andan los cascos azules y también nosotros, así que con esa protección cada vez hay más gente de los campamentos que se marcha a vivir allá. Es el puro desierto pero al menos es tierra saharaui. Muchos refugiados de los campamentos piden que al morir los entierren allá.

Pero la zona cercana al muro sigue siendo peligrosa.

[En los años 80, el Ejército marroquí levantó un muro de más de 2.700 kilómetros en el desierto para mantener al Polisario lejos de las ciudades, de la costa y de los ricos yacimientos de fosfatos de Bucraa, en cuya explotación participó el Estado español hasta 2002, en complicidad con Marruecos. El muro está custodiado por más de cien mil soldados, búnkeres, baterías artilleras, alambradas y uno de los campos de minas más densos del planeta: se estima que los marroquíes sembraron entre cinco y diez millones de piezas. En abril del 2009, durante una marcha de protesta contra el muro, unos cuantos chicos saharauis se acercaron demasiado y uno de ellos, Brahim Husein Labeid, de 16 años, pisó una mina. La explosión le arrancó el pie derecho.

En la zona liberada, peligrosa por su cercanía a las baterías marroquíes, sólo vivían las tropas saharauis y unos pocos pastores nómadas. Sin embargo, en 2007 el Frente Polisario decidió revitalizar la región y empezar a construir poblaciones, carreteras, conducciones de aguas…  El proyecto estrella es la Universidad de Tifariti.] “Tengo una hija estudiando Biología en Argelia. Pero los jóvenes terminan los estudios, vuelven a los campamentos y aquí no pueden hacer nada. ¿Qué deseo para mis hijos? Lo mismo que para todos los jóvenes de los campamentos: que algún día puedan vivir en la tierra de la que echaron a sus padres,  y que allí puedan desarrollar todo lo que han aprendido, para ayudar a los demás”.

Once voces en el desierto
I. El pasado: la maldición
II. El presente: empeños en el desierto
III: El futuro: con la palabra o con las armas

I. El pasado: la maldición
0 votes, 0.00 avg. rating (0% score)

Ander Izagirre

Periodista con botas. Kazetari alderraia. Autor de 'Plomo en los bolsillos', 'Potosí', 'Cansasuelos', 'Txernobil txiki bat etxe bakoitzean'.

    Uso de cookies

    Nosotras también hemos sucumbido a las cookies y eso que no son de chocolate. Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

    ACEPTAR
    Aviso de cookies