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El enredo del cambio climático Planeta

Kristina Sáez explica los intereses en juego en la lucha contra el cambio climático, desde la crítica contra los grandes programas impulsados por gobiernos y multinacionales.

El enredo del cambio climático

Ilustración de Kristina Sáez

A estas alturas, todas habremos reflexionado sobre un tema tan ‘vox populi’ como es el cambio climático: su origen, su significado, quién es el responsable, qué consecuencias tiene para el ecosistema y para las especies que formamos parte de él, qué postura adoptar o qué propuestas son válidas para hacer frente al escenario que se nos viene encima…

Independientemente del grado de optimismo con que se mire, no cabe duda de que, desde una perspectiva ambiental, el cambio climático es la mayor amenaza a la que se enfrenta el ser humano. Y precisamente por ello, al abordar este problema no podemos dejar de lado la perspectiva social, económica y política.

Podemos pensar en el entramado climático como un ovillo, en continuo crecimiento, formado por hebras (protagonistas) de muy distintos colores. Por un lado, encontramos los intereses de las multinacionales y de los gobiernos, sobre todo los de los países más industrializados. Frente a ellos están las luchas de movimientos y organizaciones sociales del ámbito rural y urbano, sindicatos, estudiantes, redes de mujeres, de indígenas, que defienden lo que se ha denominado “justicia climática” y que está íntimamente vinculada a las justicias sociales, antirracistas y feministas. Por ello, la lucha contra el cambio climático es también un campo de batalla a tener en cuenta en la lucha contra el sistema capitalista y patriarcal.

El comercio de emisiones ha servido para premiar a los actores contaminantes y exacerbar las injusticias sociales y ambientales

La principal herramienta adoptada por gobiernos, organismos financieros y grandes empresas para abordar el cambio climático es el comercio de emisiones. Se trata de un programa multimillonario cuyo objetivo es abaratar los costos que las empresas y los gobiernos deben realizar para cumplir con los objetivos de reducción de emisiones estipulados en el Protocolo de Kyoto (1997), para el cercano año 2012. La iniciativa es un rotundo fracaso, porque ha servido para premiar a los actores contaminantes, a la vez que ha exacerbado las injusticias sociales y ambientales. Todo ello, sin lograr en absoluto revertir las tendencias ni incentivar la reducción de emisiones. No obstante, seguirá siendo punto estratégico para tratar en la próxima Conferencia Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (COP-16), que se celebrará del 29 de noviembre al 10 de diciembre en Cancún, México.

El comercio de emisiones se presenta en dos grandes formatos: tope y trueque (cap and trade) y el sistema de compensaciones. El primero es un mecanismo que permite a gobiernos u organismos intergubernamentales, como la Comisión Europea, distribuir licencias para contaminar entre las grandes industrias. Es decir, en lugar de cambiar el comportamiento contaminante, una industria puede negociar estos permisos de emisiones con otra cuya transformación “equivalente” resulte más barata. Estas empresas que pueden reducir sus emisiones por encima de los requisitos legales aprovecharán la oportunidad de ganar dinero vendiendo los créditos que les sobran. Las empresas que desean seguir contaminando pueden comprar dichos créditos a un precio muy barato sin tener que modificar sus prácticas.

El segundo de los mecanismos, el sistema de compensaciones, implica que, en lugar de reducir las emisiones en el origen, la empresa y a veces los organismos financieros internacionales, los gobiernos y los particulares, financian proyectos de ahorro de emisiones fuera del territorio donde se deberían reducir. El principal programa de este tipo es administrado por las Naciones Unidas: Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL)[1].

Existe un tercer mecanismo adoptado recientemente en las negociaciones internacionales que no faltará a su cita en Cancún: el de Reducción de Emisiones de carbono Derivadas de la Deforestación (REDD). Se basa en la compensación financiera a quien logre “evitar” que ocurra una deforestación. Pero no a cualquiera, no va dirigido a comunidades indígenas o tradicionales que llevan siglos conviviendo con esta responsabilidad, asumida desde la propia base cultural y desde su cosmovisión. La compensación es sólo para los casos en los que el bosque está sentenciado a la destrucción por la actividad industrial y sólo un convincente y oportuno aporte de dinero le salve de este destino. Es decir, esta iniciativa está diseñada para convencer a empresas o a gobiernos, o a ambos, con argumentos en lenguaje del capital.[2]


[1] . Tamra Gilbertson y Oscar Reyes, “El mercado de las emisiones. Cómo funciona y por qué fracasa“. Carbon Trade Watch.

[2] . Ricardo Carrere, “Una visión crítica del REDD“. Ecología política, nº 39.

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